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Estaba hasta el mismísimo... ¡Rabo de la fresa! ¡Santo cielo! Llevaba tres horas buscando toda la información posible sobre Liquid Steel en Internet, además de haber leído toda la que le prestó Katie. Había escuchado los dos discos tres o cuatro veces de seguido. Estaba saturada de datos y con un dolor de cabeza insoportable. Se llevó las manos a las sienes, intentando aplacar el agresivo palpitar que le provocaba la jaqueca. Ésa música del demonio... Se levantó del suelo de su saloncito, con las piernas ligeramente entumecidas, y caminó hasta la cocina, refregándose los ojos, en busca de algo fresco que ponerse sobre la cabeza. Sacó una botellita de agua mineral de la nevera y la deslizó por su frente, el resto de la cara, el cuello, el pecho... Suspiró aliviada ante la sensación. Con suavidad, se apoyó en el marco de la puerta, observando las cajas abiertas de los discos al lado del portátil. ¡Maldición! Se vió obligada a escucharlos cuando había jurado que no lo haría. ¡Tenía que documentarse! John sabía que odiaba a toda ésa gente rica y famosa. Que no soportaba aquella prepotencia, aquel mundo de excesos y abusos. Pero aún así ¡La había liado! ¡La había suplicado que aceptara el trabajo! ¡Por Dios, si hasta se había arrodillado! Y finalmente, la había convencido de la más vil de las maneras ¡Chantajeándola emocionalmente, con lágrimas de cocodrilo y con una promesa de mejoras laborales de las que ella, juró, estaría encantada! Además de usar repetitivos “Solo puedo confiar en tí, eres mi única esperanza” ¡Já! ¿Ella? ¿Una simple redactora de noticias, su única esperanza? Frunció el ceño. ¡Oh! ¡Le debía una pero muy, muy grande! ¡Gigante! ¡Tendría que darla vacaciones al menos por un año entero después de que volviera de pasar los tres peores meses de su vida rodeada de aquella gente! ¡Y pagadas! ¡Vacaciones pagadas en alguna isla caribeña! Frunció los labios y masculló para sí misma “Música del demonio, música del demonio ¡Música del demonio!” durante algunos segundos hasta que comenzó a dolerle la mandíbula por la presión. Dejó escapar el aire que retenía, descargando su frustración con aquella bocanada. Aunque... por mucho que le pesara, debía reconocer que le habían gustado las canciones lentas y los interludios instrumentales, cargados con aquel aire misterioso y medieval. Pero el resto de temas, un bodrio. Elevó los hombros. Tampoco podía ir predicando que eran malos, musicalmente hablando, cuando ella no tenía ni idea. Para eso estaban los críticos. O eso suponía. Decidió que, simplemente, no era su estilo. Distraídamente dejó caer la cabeza hacia la izquierda, mientras contemplaba el relucir azulado de la pantalla del portátil. Y la curiosidad la carcomió ¿Quién habría compuesto ésas pocas canciones que habían conseguido encandilarla? Caminó hasta quedar al lado de las cajas y volvió a sentarse en el suelo, cruzándose de piernas. Con el reproductor de audio abierto en el escritorio de su sistema operativo, fué escuchando los principios de cada pista, hasta encontrar las que le gustaban. Sacó el libreto del compacto y buscó los créditos de la primera canción. Su compositor era Adam Müller. Buscó la siguiente en el disco. Ésta vez era uno de esos medievos interludios, con una gama de cuerdas frotadas, algún instrumento de viento que no sabía identificar y un sútil coro femenino de fondo que le recordaba a esos cánticos de las bandas sonoras de las películas de terror. Repasó el libreto. Adam Müller, otra vez. Frunció el ceño. ¿Ése no era uno de los guitarristas? Rápidamente abrió su explorador de Internet y revisó una de las muchísimas páginas web de fans del grupo que había guardado en sus Favoritos. No le había gustado la página oficial, porque carecía de muchísima información que los fans, sin embargo, sí que recopilaban. Abrió la que más completa le había parecido www.liquidsteel-online.com, y se dirigió al apartado de 'Componentes', en donde seleccionó de la lista de nombres al tal Adam. ¡Vaya, así que no era el guitarrista, si no la voz principal! Eso la hizo anotarse mentalmente que debería 'estudiar' un poquito más sus perfiles, porque si no, haría el ridículo más grande de su vida ante ellos. Y ya que tendría que vérselas cara a cara tres meses completos contra los seis, lo que menos le apetecía era que los muy prepotentes creyeran que había estado viviendo en una caverna y le entorpecieran el trabajo. Antes de poder darse cuenta, estaba leyendo la pequeña biografía personal del vocalista.
“A pesar de reconocer que su casa son los Estados Unidos, Adam Nikolaus Müller se siente muy arraigado a su tierra natal, Alemania, la que siempre visita en cuanto tiene ocasión. Nació en Berlín en 1981 y es el primero de tres hermanos varones. Bilingüe en inglés y alemán, habla fluídamente español y se defiende con el francés.”
—¿Así que eres alemán, eh, yogurín? —masculló en voz baja. Al menos, si se ponía tonto podría pararle los pies; le sacaba tres años de ventaja físicos y a saber cuantos cientos mentales.
“A la muerte de su padre, en un trágico accidente del que poco se sabe, Adam (quién solo tenía ocho años por entonces) y su familia se trasladaron a Los Ángeles, de donde es originaria su madre, Jane. Desde pequeño mostró un interés y una habilidad especiales para la música. En su país comenzó los estudios de violín y piano, de los que actualmente poseé el título superior, para más tarde practicar con la guitarra española que le regaló su abuelo cuando cumplío los doce años.”
—¡No me jodas! —exclamó dando un brinco en el suelo. ¡Eso si que era toda una sorpresa! ¡Violín y piano, nada más y nada menos! ¿A quién le importaba una mísera guitarra que todo el mundo tocaba? ¡Ése tipo debía tener unas manos, unos dedos maravillosos! Rápidamente se olvidó de la biografía. Necesitaba una fotografía de sus manos. Buscó su apartado en la sección 'Galeria' y revisó las diminutas previsualizaciones. “¡Tenéis que tener un maldito primer plano de sus manos! ¡Si tenéis fotos suyas de bebé, debéis tener alguna mísera imágen de las manos!” Gritó su mente frenética. Deslizaba la barra del explorador, desquiciadamente diminuta como ella nunca antes había visto en una página web, con rápidez. Sus pupilas embebían los colores y las formas con desesperación. De repente, captó una miniatura en donde le pareció que salían sus manos. Pinchó sobre ella y una ventana nueva se abrió. No sabía muy bien por qué, pero desde siempre había tenido una fascinación, que rayaba la locura, con las manos masculinas. Y dió gracias por ya estar en el suelo, porque si llegaba a estar en una silla se habría caído de espaldas y hecho añicos el trasero. ¡Se acababa de enamorar perdidamente de sus manos! Adam salía de perfil en un plano de medio cuerpo, con la mirada enfocada directamente sobre la cámara y las manos cruzadas cerca de su pecho como si estuviese dando una palmada flamenca. Solo podía apreciar el reverso de la izquierda, pero era suficiente. Podía jurar que si veía las dos era capaz de tener un orgasmo en ese momento. Manos grandes, fuertes, de dedos finos, largos y poderosos. Las gruesas venas se le marcaban de esa manera angulosa, pero no excesiva, que a ella tanto le gustaba. Y como debía ser, un índice peligroso, mucho más extenso que el anular. Lo que, según había leído, auguraba una magnífica virilidad. ¡Sí, sí, sí! —¡Adiós Brad Pitt! —gritó estirando los brazos hacia arriba moviéndolos en señal de victoria, sin apartar ni por un solo segundo la vista de la pantalla —¡Adam Nikolaus Müller acaba de desterrarte para siempre del primer puesto de 'las mejores manos del mundo'! Durante unos largos minutos más, se quedó absorta y embobada contemplando el reverso de la mano izquierda. Estudió las marcadas falanges y sus lineas en la piel, los sobresalientes nudillos, raíces apreciables de los tendones que se perdían hacia la muñeca, las uñas de tendencia cuadrada. Suspiró, maravillada. Comenzaron a escocerle los ojos, así que despegó la vista de la pantalla, a la cual prácticamente se estaba comiendo. Llevando la cabeza hacia atrás, parpadeó muchas veces mientras sus pupilas enfocaban al techo. Con cuidado, se dejó caer de espaldas y aprovechó para estirarse como una gata. Después de aquel lujo, de adorar aquellas manos, se sentía exhausta y repleta. “Deberían existir más manos de hombre como ésas” pensó, volviéndose a sentar y destensando los músculos del cuello con suaves movimientos circulares. Y, entonces, cuando estaba a punto de cerrar la ventana del explorador, algo le llamó irremediablemente la atención; aquellos ojos azul ultramar, dotados con una portentosa mirada hipnotizante. Almizcles de sensualidad, misterio, dolor y felicidad. —Qué ojos más bonitos —susurró acariciándose los labios distraídamente. Elevó los hombros y, con decisión, cerró la ventana del explorador—...pero no pueden competir con sus manos. Justo cuando finalizaba sus pensamientos en voz alta, su plateado teléfono móvil empezó a tiritar sobre la moqueta. Se estiró de lado y quedó tumbada, sin descruzar las piernas, mientras descolgaba y se llevaba el auricular al oído. —¡Soy incapaz de dormir! —Katie, en un ataque de fan-histérica. El grito proviniente del otro lado amenazó seriamente a su tímpano —¿Qué hago? Sharon dejó los ojos en blanco, meneando la cabeza en un “parece mentira que tengas casi treinta años” intentó mostrarse más o menos comprensiva. —Puedes tranquilizarte —murmuró irónica —tomar un vaso de leche bien caliente y meterte en la cama. Cuando estés arropada hasta las coronilla de la cabeza, te pones a contar ovejas saltando vallas. —¡A veces te odio! ¿Por qué no eres capaz de ponerte en mi lugar? —Porque yo nunca me comportaría como una adolescente en celo, Katie. Y menos si la causa es un grupo de música. —Vale, pues piensa en alguien que no conozcas y a quién admires muchísimo. ¿Cómo estarías? ¿No te subirías por las paredes? —Me pasaría el día sentada en la taza del water —las rodillas comenzaron a molestarle, así que desanudó sus piernas y se estiró en el suelo otra vez —Mis nervios se agarran a mi estómago, no a mis hormonas sexuales. —La verdad es que yo prefiero mil veces lo que me pasa a mi... —contestó Katie, con aire soñador —¿Puedo ir a tu casa? —¿Quieres dejarme sin dormir? —exclamó con un tono fingido de incredulidad —¿Pretendes que haga uno de esos gestos de caridad femenina y comparta tus nervios? —Pues sí —dijo sin más. —Vale. Pero cuando llegues al portal, llámame al móvil para que te abra, porque el portero automático está estropeado.
Media hora más tarde, su amiga aparecía en su apartamento, arrastrando una enorme maleta que juraría estaba a punto de estallar. Como siempre, Katie lucía espléndida con un pantalón vaquero extra ajustado que remarcaba cada una de sus curvas y un top blanco que se anudaba entre sus abundantes pechos no siliconados. Una de las pocas mujeres que ella conocía que tenía tal cantidad de carne en aquella zona y que eran cien por cien reales. Sí, brillante. Preciosa a pesar de tener el rostro tan rojo como un tomate, con algunos mechones de su alta cola de caballo rubia desprendidos por sobre sus ojos y a los lados, y de estar jadeante por el esfuerzo. —¿Dónde vas con esa maleta gigante? ¿Huyes del país? —preguntó con una sonrisa burlesca. —No se tú... —gimoteó entrando en el piso —...pero yo me voy tres meses de gira con un grupo famosísimo. No puedo llevar solo dos pares de pantalones y cuatro camisetas. Tengo que estar preparada para cualquier situación. —Lo que quieres decir es que tienes que estar preparada por si alguno de ellos pudiera caer accidentalmente entre tus piernas ¿no? —una de sus cejas arqueadas, remarcando físicamente su escepticismo. —Eso también —dejando la maleta cerca de la puerta de entrada, se irguió, estirando los lumbares, y con una enorme y picaresca sonrisa —. Madre mía ¿Hace cuánto que no tenemos una fiesta de helados y pijamas? —Desde el tercer año de facultad —aclaró con un tono neutro. Caminó hasta la cocina, dejando a Katie en la entrada, y rebuscó en el congelador por helado. Solo tenía de vainilla. Por suerte, era el favorito de su amiga —¿A qué hora nos vamos? —¡A las seis! —gritó desde el salón —Los chicos salen a las siete para grabar un video en un ático del centro. Iremos hasta el hotel y allí nos encontraremos con Sam, nuestro cámara. Luego iremos al rodaje y, en algún momento, nos presentarán —observó la pantalla del portátil y la página que estaba abierta ¡Genial! Se sentó en el suelo, tan excitada como una adolescente, y se dirigió al foro de la página. Introdujo su nombre de usuario y su contraseña —¿Puedo usar tu ordenador un momento? Sharon traía consigo dos platitos con dos bolas de helado de vainilla, con almendras troceadas por encima, en cada uno. Rodó los ojos. —¿Para qué preguntas si ya lo estás usando? —masculló divertida, dejándose caer al lado de Katie, haciendo malabares para que ningún plato se volcara. Su amiga parecía adicta a la pantalla, tecleando frenéticamente y con una sonrisa bobalicona en los labios —¿Qué estás haciendo? —Escribo a los del foro, para decirles que voy a conocerles. —¿Eso no es un poco cruel? —Sharon tenía la sensación de que ir con Katie a aquel dichoso trabajo, iba a traerla de cabeza. Era peligroso, definitivamente. ¡Era una fan histérica! Resultaría imposible controlarla. —¿Cruel? —si la inocencia tuviera rostro, era el de ella en ese momento —¿Por qué? —Bueno, yo no se nada de ser fan, ni nada de eso... —dijo rebañando el helado de la cuchara —...pero es como si se lo restregaras en la cara. ¿No sería mejor que se lo contaras cuando hayamos vuelto? —No se... —Katie quedó unos instantes pensativa, pellizcándose los labios y padeciendo un repentino interés por el techo —. Creo que se alegrarán por mí y, además, así podré ir contándoles algunas cosas curiosas según pasan los días. Como si fuera un diario en Internet —Elevó los hombros y se lanzó de nuevo al ataque de las teclas. —Ten cuidado con lo que ésa pequeña-adolescente-fan-histérica que habita en ti cuenta en los foros de Internet. Especialmente después de que vayan pasando los días. Te recuerdo que esto que hacemos es una exclusiva —murmuró removiendo el helado en su boca —. Yo no quiero tener problemas ni con mis jefes ni con los seis mastodontes ésos, por lo que tu puedas soltar en internet. —Tranquila Shaz, sé perfectamente lo que puedo y no puedo contar. Por ejemplo, puedo contar que Mike es un maniático de la limpieza y comentar, como anécdota y confirmación, algo que haya hecho en mi presencia. Pero no puedo contar que el sábado por la noche se fuera a la cama con ésa modelo que está ahora tan de moda... —La miró con ojitos de cordero degollado, pestañeando rápidamente —¿Ves? No te preocupes. Además, la exclusiva gráfica solo afecta a lo que es su trabajo; los conciertos, la composición y grabación de canciones, las sesiones de fotos, la promoción, entre bastidores... solo puedo contarles lo básico y lo que averiguarán tarde o temprano por otros medios. Por cierto, las entrevistas de carácter más personal son cosa tuya prepararlas. —Sí, por si fuera poca la cruz que llevo encima, a mi me toca la parte menos relacionada con su trabajo. Como si a mi me importara lo que hicieran con sus miembros—murmuró fastidiada, levantándose. “O sus manos” se encargó su mente de recordarla. Removió la cabeza, deshaciéndose de ése pensamiento. Qué raro. —Yo solo espero no tener problemas por culpa de tus hormonas.
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