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Sharon miró su reloj de pulsera por quinta vez consecutiva; las seis y media. ¿Por qué avanzaba tan lento el tiempo? Llevaba en la recepción del lujosisímo hotel quince aburridísimos minutos, esperando a que Katie contactase con algún miembro del equipo de representantes del grupo. Resopló hastiada. Apenas había dormido, estaba cansada, hambrienta y no quería hacer aquel trabajo. Y todo aquel ambiente de oro reluciente y brillantes cristales del Ritz la tenía completamente abrumada y la hacía sentir muy, muy pequeñita y casi vulgar con sus ropas y zapatos de no marca. Maldita sea.

Impaciente, comenzó a caminar de un lado a otro sobre la redondeada, mullida y pulcra alfombra beige cercana a uno de los ascensores de puertas de espejo dorado, mordiéndose la uña del dedo gordo de la mano derecha y mirando de un lado a otro esperando vislumbrar pronto a su amiga. Los ineptos del mostrador de recepción no la quitaban la vista de encima, a pesar de que ambas se habían identificado como periodistas de la MTV. ¿Qué se habían creído, que era una fan histérica? Si tenían que preocuparse por alguien que pudiera saltar sobre alguno de sus huéspedes, estaban fijándose en quién no debían. Las constantes miradas la estaban desquiciando. La hacían sentir más distinta de lo que ya ella se encontraba en aquel ambiente de excesos. ¿Dónde había ido Kate a buscar a aquel tipo? ¿A Siberia? ¿Y dónde estaba aquel cámara? ¿Por qué no había llegado todavía? Al menos si apareciese alguno, aquellos ojos del mostrador se repartirían entre dos y Sharon no se encontraría tan incómoda. Además, iban a llegar tarde. ¡Iban a llegar tarde!

Soltó la uña de entre sus dientes y comenzó a abanicarse con la mano. Qué calor. Si no era el verano más caluroso de toda la historia de Nueva York, seguro que debía faltarle muy poco. Estiró hacia abajo su camiseta blanca de lycra y tirantes y reajustó sus vaqueros por debajo de su cintura. Resoplando al mismo tiempo, arrastró su capeada media melena castaña hacia atrás, despejándose el rostro. ¡Mierda! Ya sentía el picazón en la nuca. Siempre que se ponía nerviosa comenzaba a picarle todo el cuerpo con desesperación. Se rió para sus adentros; era alérgica a su propia impaciencia. Una guerra declarada entre su cuerpo y su mente para complicarle la vida un poquitín más.

Cuando la campanita del ascensor se escuchó, se giró rápidamente esperando encontrar a Katie para retorcerla el pescuezo por dejarla allí sola tanto tiempo. Falsa alarma. Una mujer cincuentona de porte regio salió con la barbilla alzada, caminado frente a ella como si fuera la dueña del mundo.

¡Já! Se acabó, no soportaba más la espera. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y peleó contra la estrechez para sacar su teléfono móvil. Cuando lo tuvo entre las manos, marcó con tanta fuerza que a punto estuvo de hundir las teclas por debajo de la tabletilla de plástico.

         —¡Ya estoy bajando, lo juro! —escuchó el gritito de súplica al otro lado de la línea.

        —¡Más te vale! —moderó su voz, aunque no por ello dejó de entenderse como gritos susurrados —¡Porque estoy hasta el mismísimo... —se contuvo, por poco —...rabo de la fresa de esperarte aquí abajo, sintiéndome como una estúpida! ¿Sabes que todo el mundo me mira como si fuese a saltar sobre alguien de un momento a otro?

         —Tranquila, estoy en el ascensor.

Sharon se giró como una tigresa enrabietada al azecho de su presa y caminó ardua y veloz hacia la puerta del ascensor. En efecto, bajaba.

          —¿Bajas sola?

          —¿Qué? —preguntó Katie confusa. Miró el cubículo vació —Sí, bajo sola. ¿Por qué?

         —Pues prepárate. Porque en cuanto se abran las malditas puertas del ascensor —mascullló ladeando sus caderas y apoyando la mano libre sobre su redondeada cadera —...¡pienso tirarme encima ti para que al menos los imbéciles de recepción tengan un motivo real para mirarme como lo hacen!

 

La campanita sonó, anunciando la llegada a planta del montacargas. Sharon ni siquiera esperó a que las puertas terminaran de abrirse. En cuanto tuvo espacio suficiente para colarse dentro, no se lo pensó dos veces, corrió y se lanzó contra la figura. Unos brazos la rodearon por los hombros, mientras sentía como caía hacia delante, hasta que el amplio cuerpo en el que se apoyaba chocó contra la pared panelada de madera del ascensor. Katie no era tan grande, ni tampoco olía a Blue Jeans de Versace ¡Oh, mierda!

          —¡Vaya! —y aquella voz tan grave tampoco podía ser de ella —Esto si que es efusividad.

Y aquel ligero acento ni siquiera era americano. Oh. Oh.

Sharon creyó morir. Sintió como toda la sangre de su cuerpo se apelmazaba en sus mejillas y como el calor se arremolinaba en toda su cabeza dejándola a punto de explotar de vergüenza. ¡Dios Mío! ¿¡Pero encima de quién estaba!? Con toda la fuerza de voluntad que pudo recoger, y que nunca supo de donde salió, elevó la cabeza poco a poco hasta toparse con una mandíbula firme de varón, un poco más allá una sonrisa divertida de perfectos dientes blancos, y finalmente, con un salto abrupto, divisó unos ojos azul profundo de mirada curiosa que le eran muy familiares. No. No. Imposible. No, no, no, no.

           —Hola —susurró hacia ella, justo cuando las puertas se cerraban y el ascensor comenzaba a elevarse—¿Estás cómoda?

          —E...e-e-esto...yo... — Enfundado en un vaquero desgastado, que se cerraba justo en donde sus abdominales perdían su nombre, y una camiseta negra de tirantes que dejaba casi a la vista toda su magnífica anatomía, Sharon decidió que las fotos no le hacían justicia ninguna. Pero que ninguna. ¡Eh! ¿En qué demonios estaba pensando? Entonces se percató de algo ¡Dios mío, aquellas manos la estaban tocando! ¡Sus manos la estaban tocando! ¡Las manos número uno de su podio de mejores manos del mundo estaban sobre ella, sobre su cuerpo! La nuca comenzó a picarle con desesperación —yo...yo... —¿Por qué no podía dejar de balbucear? ¿Su cerebro se había olvidado de repente de todas las demás palabras?

           —Tú... —la animó a seguir, divertido.

Entonces Sharon sintió como las manos masculinas descendían desde los hombros, hasta su cintura. Y gracias a aquel roce, que le provocó escalofríos, todas sus neuronas se encendieron de repente.

          —¡Lo siento! —chilló empujándose contra él para apartarse. Cogió tanto impulso que a punto estuvo de golpearse contra las puertas ¡Maldita sea! Recuperó el equilibrio, le dió la espalda y comenzó a arrascarse la nuca. Estaba enfadad consigo misma ¡Había quedado como una estúpida fan histérica! ¿Qué podía decir? . Una sarta de excusas y mentiras se le pasaron por la cabeza de golpe y lo único que le pareció apropiado fue decir la verdad —Creí que eras otras persona.

Entonces sucedió lo que ella menos esperaba, Adam empezó a carcajearse. Su risa grave inundó el cubículo que, de repente, se le hacía pequeño. Sharon dejó su nuca para pasar a frotarse la mano y se giró parcialmente para observarle con escepticismo, allí, detrás de ella muriéndose de risa. Frunció el ceño ¿Qué le hacía tanta gracia? Estuvo a punto de reprochar a aquel mocoso cuando Adam se le adelantó.

            —Me han dicho muchas cosas —dijo con la risa aún oyéndose en su voz, irguiéndose —, pero nunca que creían que era otra persona.

           —Pues mira, siempre hay una primera vez —volvió a darle la espalda completamente, cruzándose de brazos y ladeando sus caderas.

Maldijo su mala suerte. No, ella no podía haber caído sobre alguno de los otros chicos del grupo, qué va, tenía que ser sobre el cantante, el líder, el que tenía las manos más impresionantes, sensuales y excitantes de todas las que ella había visto alguna vez. Las que se habían posado sobre ella, las que había sentido grandes y cálidas en sus hombros y rodeando su cintura. Y las culpables de que un placentero calorcito se hubiera instaurado entre sus muslos. ¡Mierda! Que un hombre, bueno que ése hombre, le hubiese puesto las manos encima tan solo unos segundos y que la hubieran excitado hasta el punto de humedecerse no era una reacción normal. Tenía que ir a un psicólogo. O mejor aún, a un psiquiatra para que directamente la encerrara. Igual así podría dejar de fantasear con las manos de Adam arrastrándose, amasando su cuerpo. Su voz barítona, en la que aún flotaban vestigios de una sonrisa, la sacó de sus encabritados y pecaminosos pensamientos.

             —Desde luego —masculló entre dientes —. Y ésa nunca se olvida...

Contempló a la mujer de arriba abajo. Era guapa. No, no era guapa, era preciosa y de una belleza fresca y juvenil. No pudo evitar que le llamase la atención, había sido la única mujer en cuatro años que no se había deshecho nada más verle.

Sharon abrió mucho los ojos al escuchar aquello. ¿Acababa de flirtear con ella? Algunos mechones de su cabello castaño y capeado flotaron por encima de sus brillantes ojos avellana cuando se giró para mirarle desafiante. ¿Pero qué demonios se había creído?

          —Eso depende de la persona —forzó una sonrisa que intentó ser radiante, antes de elevar los hombros y continuar —A mi siempre se me olvida.

Adam estaba apoyado contra la pared de brazos cruzados, sin apartar aquellos ojos suyos tan azules de ella. Su rostro había quedado de repente serio, indescifrable. Sharon sintió un escalofrío cuando encontró su penetrante mirada. La mano comenzó a picarle de nuevo.

          —Entonces... —se retiró del panelado de madera, pesadamente, y se acercó un paso hasta ella, susurrando —dime tu nombre para que cuando nos veamos la segunda, pueda recordarte nuestra primera vez.

¡El colmo! ¡Arrogante! ¡Prepotente! Sintió como la rabia ebullía en su garganta y teñía sus mejillas de carmín. Se giró al completo, encarándole.

           —¡Eh! —su dedo índice estirado apuntaba directamente al corazón —Quizá eso te funcione con mocosas de quince años —dió un paso hacia él, apretando la yema del dedo contra la camisa. Parecía confundido —pero te aseguro que no surte efecto con mujeres de treinta.

          —¿Qué es lo que se supone que debería funcionar contigo? —la sonrisa se había vuelto a dibujar en sus labios. Una sonrisa cargada de suficiencia.

Ya está. Ahí tenía su confirmación; todos acababan con las neuronas destrozadas. ¿Que qué se suponía que debería funcionar con ella? ¡El muy cretino acababa de coquetear descaradamente y se atrevía a desmentirlo!

          —No te estoy pidiendo que te vengas a la cama conmigo —En su voz se alojaba una incredulidad sincera que desconcertó a Sharon —. Solo quiero saber tu nombre.

Oh. Vaya, a lo mejor se había precipitado. ¿De verdad solo quería saber su nombre? Además, ¿Qué más le daba? En breve iba a averigüar incluso su apellido. ¡Mierda! ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Por qué le había hablado así? Malditos prejuicios que se apoderaban de toda su cordura. Se pasaría los próximos tres meses pegada a él como una lapa, porque no le quedaba más remedio por supuesto, y no se le ocurría otra cosa que enfrentársele y ponerse a la defensiva. Fantástico, maravilloso. Lo último que debía hacer era crear un mal ambiente de trabajo y había tentado descaradamente a su suerte.

Se giró de nuevo y lanzó su mano hacia delante.

            —Soy Sharon Smith—su voz pareció vacilar cuando terminó de decir su nombre. Escenificó una sonrisa amable mientras le observaba fijamente. Pero cuando sintió cómo él estrechó su mano con delicada firmeza, sus pupilas se deslizaron hipnotizadas hasta contemplar a aquella maravilla de dedos largos y fuertes. Madre mía ¡Qué mano! Automáticamente al sentir el contacto masculino, sus ojos se abrieron extasiaos por la imágen, mientras su sentido del tacto se deleitaba con el lazo que formaban sus extremidades. El deseo de atraparla entre las suyas, examinarla cuidadosa y pulcramente, eternizarse estudiando cada pliegue, cada línea, que aquellos dedos acariciaran su piel... Ésas sensaciones la estaban haciéndo burbujear y que comenzaran a temblarle las rodillas de placer. Tras percatarse del posible y deplorable espectáculo que podía ofrecerle, el mismo que cualquier fan histérica, reaccionó.

Aunque sus ojos no desaprovecharan la oportunidad de realizar un primer estudio de lo apreciable de aquella mano.

No pudo refrenar a sus cuerdas vocales que con inmensa urgencia, como si de repente necesitaran sincerarse con él, se embalaron chapurreando toda la información necesaria para identificarse completamente y, quizá, un poco más de lo necesario

             —Y soy una de las periodistas de la MTV que os van a acompañar durante los próximos tres meses para hacer un documental especial sobre vuestra carrera. Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento, pero he dormido solo un par de horas porque he tenido que preparar todo a prisa. Siempre que no duermo lo suficiente estoy de mal humor y luego lo pago con el primero que trastoque un poco mis planes —Tomó aire. Ya está, ya lo había dicho, se había presentado y pedido disculpas.

 

Adam observaba a la mujer con muchísima curiosidad y con una de sus oscuras rubias cejas arqueada. Estaba a punto de echarse a reír, pero sus modales no se lo permitían, así que hizo todo lo que pudo por mantener una sonrisa amigable mientras le estrechaba la mano.

Un momento antes había sido incluso antipática, como si tuviera algo en contra suya y, al siguiente, estaba temblando, mirándo con los ojos abiertos como platos sus manos entrelazadas mientras que le hablaba rápidamente y le daba un montón de información que él no terminó de escuchar. Estaba fascinado con el hecho de que no se hubiese avalanzado sobre él, no se pusiera a gritar su nombre miles de veces completamente fuera de sí a la vez que daba saltitos ó que, para rematar, se pusiera a llorar y a balbucear miles de palabras inconexas mientras intentaba acercársele y abrazarle. Tras cuatro años recibiendo esas reacciones de la mayoría de las mujeres con las que se encontraba, que aquella no se comportara como todas, y como él había asumido que sería normal, le había dejado completamente descolocado y alucinado. ¡No le importaba nada lo que le dijera, salvo su nombre! Sharon Smith. Sharon Smith. Su mente repitió cinco o seis veces el nombre de la mujer para poder recordarlo diez minutos después de que se despidiera de ella.

Tenía una memoria de pez en lo que a nombres se refería y si no se los repetía de ésa manera, después se volvía loco intentando recordarlos. Daba gracias por tener, sin embargo, una memoria privilegiada para acordarse de los rostros. Y el de aquella mujer era uno de los más bonitos que había visto en su vida.

Adam se agachó ligeramente para poder quedar a la altura de Sharon y observar sus rasgos con detenimiento, memorizándolos; Su tez nívea y limpia de maquillaje denotaba ser suave, como porcelana. Sus labios llenos, acorazonados eran naturalmente de un tono pálido rosado. Sus pómulos ligeramente sobresalientes, sensualmente delineados, enmarcaban a una nariz fina y recta. Pero lo que más le impresionó fueron sus ojos almendrados, brillantes, de un color indeterminado entre la miel vertida a la luz del sol y el del brandy al candor de una vela, resaltados con unas largas pestañas castañas rizadas y unas cejas finas y arqueadas que acentuaban la caída ligeramente oriental de sus párpados superiores.

Y ésos irises, que circuncindaban unas pupilas dilatadas, estaban fijos en sus manos. Adam tuvo una intuición. Sin apartar su mirada de ella, intentó retirar la mano con suavidad, entonces sintió como Sharon afianzó el agarre ligeramente en un acto reflejo. Sus ojos se abrieron mucho y sus labios se despegaron, emitiendo un casi inapreciable gemido lastimero que, gracias a su finísimo oído, él si pudo escuchar. Intentó hacerlo de nuevo y ella exageró el gesto.

Adam no puedo evitar sonreír con cierta ternura. Hizo el esfuerzo de recuperar alguna de las cosas que le había chapurreado como una locomotora después de decirle su nombre.

         —Sharon —susurró suavemente —¿Has dicho algo de la MTV?

         —¿Qué? —contestó aturdida, levantando la mirada y clavándola en la de él. Entonces se percató de que aún tenía las manos entreazadas. ¡Oh, vaya! Como si de repente le quemara, se soltó de la del hombre con rapidez y protegió la suya en el bolsillo de sus vaqueros. Si volvía a tocarla, no podría soltarla de nuevo tan facilmente. Tenía la boca hecha agua. Con voz muy apaciguada, contestó a su pregunta —Sí, que trabajo para la MTV.

Un silbido. Y cuatro ecos de ése mismo silbido.

            —¿Pero tú no bajabas?

Ambos giraron el rostro hacia la potente y pícara voz que provenía de donde se suponía estaban las puertas doradas del ascensor.

Sharon abrió mucho los ojos y sintió como todo su cuerpo picaba desesperadamente. Oh, maldita sea, maldita sea. ¿Qué había hecho ella para merecerlo? En primera fila estaba Anthony, el batería del grupo, observándoles con sus grandes ojos negros por encima de las gafas de sol y girando una baqueta entre los dedos de su mano izquierda. Detrás de él estaban los otros cuatro que faltaban para completar el sexteto, asomándose como si de niños pequeños se tratasen y se protegieran detrás del más fuerte de ellos.

Adam se limitó a elevar los hombros despreocupadamente, a meter las manos en los bolsillos de su pantalón y a echar una mirada rápida a la mujer que se arrinconaba al otro lado del montacargas.

          —Cada día estás peor de la azotea —masculló Anthony meneando la cabeza, colocándose las gafas y metiéndose en el ascensor. Levantando la mano con gesto cansado hacia Sharon la saludó muy animado —Hola —Y se colocó frente a Adam.

Y detrás de él fueron todos los demás, uno por uno, introduciéndose en aquel cubículo que poco a poco comenzaba a darla claustrofobia. Todos la saludaron, inexplicablemente, como si la conocieran de toda la vida, muy amablemente y con mucha simpatía. Sharon sencillamente se limitó a levantar la mano y a dibujar una sonrisa que irradiaba más incredulidad que otra cosa. Eso la descolocó de su teoría del 'rico y famoso'.

             —Bajamos todos ¿verdad? —Anthony habló mirando al techo y esperando a que la mujer dijera algo. Silencio. —Vale, lo tomaré como un sí —y pulsó el botón de bajada.

Genial. Ahora estaba oficialmente encerrada en un espacio muy pequeño con los seis hombres más famosos y deseados de la tierra. Testosterona de lo mejorcito. La fantasía erótica de cualquier mujer ¡EXCEPTO la de ELLA! Ahogada por la necesidad de escapar de allí, se aferró a observar el numerito que marcaba la planta en la que se encontraban. Maldita sea, que lento era el puñetero ascensor. Agachó la mirada y comenzó a estudiarse el reverso rojo e hinchado de la mano derecha que tan frenéticamente se había rascado. Entonces, una voz la distrajo y elevó la mirada. El que ella identificó como Bruce, el teclista, habló.

             —Oye Adam ¿El martes grabamos la demo?

Sharon dirigió sus ojos hacia el recién nombrado, que se apoyaba parcialmente contra la pared del montacargas, con la cabeza recostada y los ojos cerrados. Iban a hablar de trabajo. Perfecto, ahí entraba ella como periodista.

             —Supongo que tendremos un hueco por la tarde.

            —El martes tendremos todos los huecos del mundo, chaval —masculló Anthony —Estaremos en Los Ángeles.

            —¿El martes estamos en Los Ángeles? —susurró Mike, el guitarrista solista, hacia Adam, quién afirmó con un cabeceo.

           —¡Anda, pero si el abuelo habla con alguien más que no sea su nueva novia! —dijo Ryan, el segundo guitarrista, con voz burlona.

¿Por qué tenía la sensación de que estaban ignorando que ella estuviese allí?

             —Son las seis y media de la mañana — Mark, el bajista, en tono quejumbroso — ¿Ya tenéis ganas de hacer el imbécil?

Todos le ignoraron.

             —Si yo soy el abuelo, tú eres mi padre...

Sharon abrió mucho los ojos. ¿Estaba presenciando una pelea? Buscó con la mirada rápidamente la espalda de Anthony, y después observó la de Ryan, que estaba delante de ella. Esperaba que no se lanzaran a puñetazos, porque la que tenía todas las de perder era ella como les diera por caer en la esquina en la que estaba. Por si acaso, se movió hacia la derecha, más cerca de Mike.

             —Yo seré tu padre... pero al menos aguanto más de dos asaltos seguidos.

Ahora abrió también la boca. ¡Madre mía, era una pelea en toda regla! ¡Eso era una exclusiva! ¡Nadie sabía que entre ellos había problemas! De hecho, todo el mundo decía que se llevaban maravillosamente.

            —La que no aguanta los dos seguidos es tu madre, Ryan.

            —Te voy a...—Ryan intentó empujar a Anthony, pero éste fué más rápido y se escurrió hacia su derecha.

No podía creer lo que estaba presenciando. ¡No podía creer que los dos estuvieran riéndose mientras intentaban golpearse! A la voz de Adam, ambos se estuvieron quietos. Sharon le miró.

            —¡EH, comportáos! —Anthony atizó al guitarrista con la baqueta en el muslo antes de erguirse y apoyarse contra la pared con una enorme sonrisa victoriosa. —A veces no se si os picáis en serio o lo hacéis simplemente porque sóis gilipollas y queréis amargarnos la existencia a los demás.

            —Lo segundo —dijeron los dos.

Como niños grandes, fue el triste pensamiento de ella. Sí, se había hecho ilusiones de que hubiera alguna fisura entre ellos y no fuera todo tan perfecto como aparentaban y como todo el mundo decía. Aunque, tampoco quería sacar conclusiones precipitadas. En esos tres meses se encargaría de averigüar si, en realidad, lo que había presenciado entre Anthony y Ryan era un simple pique amistoso o escondía alguna cosa más.

Para su fortuna, el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron y sintió como sus pulmones se descongestionaban. Juraría que estaba a punto de sufrir una crisis asmática. Se quedó atrás, esperando a que desfilaran; Ryan empujó a Anthony haciéndole salir y después se subió a su espalda entre risas. Mark meneó la cabeza resignado mientras se colocaba unas gafas de sol. Bruce, el teclista, le siguió y Mike, rebuscando algo en sus pantalones con los que terminó por pelearse, caminó a trompicones mientras balbucía maldiciones.

 

Cinco. Sharon había contado con su mano mental cinco hombretones, a cuál más grandullón, saliendo del ascensor. Faltaba uno. El hombre que ocupaba el primer puesto de su “ranking de las mejores manos del mundo”. Frunció el ceño y giró la cabeza rápidamente hacia su derecha. Sí, ahí estaba, mirándola fijamente con ésos ojos azules suyos tan oscuros, como si fuera a comérsela. Oh, vaya. Se le atravesó la saliva y, para disimularlo, su garganta decidió carraspear como buenamente pudo. Ella no estaba dispuesta a salir antes que él, así que, si se tenía que darse otro viaje en el montacargas, se lo daría. Y si tenía que pasarse la mañana de arriba a abajo, también lo haría. Total, si él no iba al rodaje, no habría nada que pudiera interesar a la MTV.

          —¿Qué? —murmuró ella —¿Tú no tienes que irte?

         —Supongo —Adam se despegó de la pared con pesadez y caminó fuera del ascensor. Justo cuando quedó a la entrada se giró de improvisto y la observó con fijeza —Sharon Smith ¿verdad?—Ella cabeceó afirmativamente recibiendo con sorpresa la lenta sonrisa que se dibujó en el rostro masculino —Nos veremos —justo antes de darse la vuelta y caminar hacia recepción, tarareando un canción.

 

Sharon se apresuró a salir del montacargas antes de que se cerraran las puertas. Resopló aliviada; primero por sentirse a salvo de ser convertida en un sandwich gracias al par de correderas doradas y segundo porque él no la hubiera visto medio atontada dentro del ascensor antes de echar a correr fuera. Atontada por ésa sonrisa sensual, por lo que insinuaba y porque a su cuerpo le había gustado. Maldijo, maldijo y maldijo. ¿Pero qué demonios le pasaba? Se enfureció consigo misma y con él. Sobre todo con él. Frunció el ceño y clavó su mirada llena de rabia en la amplia y fuerte espalda de Adam. ¡Niño caprichoso!

             —Solo que no es un niño...

Mierda, ya lo había dicho en alto. Katie estaba a su lado, mirándole con ojitos de adolescente enamorada mientras salía del hotel. Suspiró cuando le perdió de vista tras los cristales tintados de un Mercedes negro.

            —Tendrá de todo, pero de niño nada, guapa —otro suspiro más, antes de abalanzarse sobre Sharon y abrazarla como si hubiera conseguido el mayor logro del mundo—¡¡Has bajados con ellos en el ascensor!!

            —Fíjate tú qué cosa más maravillosa —murmuró ella desganada, intentando despegar a su amiga de su cuello —¿Han llegado ya los cámaras?

            —¡No lo sé! —chilló dando palmas y saltitos —¿Pero no te das cuenta? ¡Has bajado con ellos en el ascensor! ¡Con todos! ¿Sabes cuántas pesonas del mundo hubieran dado todo lo que tuvieran por estar en tu situación tan solo un segundo?

            —¿Quieres dejar de comportarte como una cría? —la regañó, caminando con pasos firmes hacia la recepción. Katie la siguió con una pícara sonrisa —Además, cuánto antes encontremos a ésos cámaras antes podré empezar a trabajar como es debido y antes podrás tú rebozarte con ésos seis egocéntricos en un ascensor —Escuchó una risita amortiguada a su espalda. Detuvo su marcha y se giró bruscamente, haciendo que casi se chocaran. La apuntó con el índice tieso justo sobre su nariz, frunciendo el entrecejo —Yo no me he rebozado. Muy al contrario, me he pegado a una esquina e intentado que la pared me absorviera para que ninguno de ellos me rozara si quiera ¡¿Te enteras?!

Durante unos segundos las dos se miraron en silencio, seriamente. Katie apretó los labios, como queriendo contener lo que deseaba decir, pero, por mucho que lo intentó, no pudo evitarlo. Era superior a ella. Se acercó un poco más a su amiga, quién arqueó una ceja alertada por la cercanía, y procuró hablar en susurros.

               —¿Alguno tiene unas manos tan maravillosas y perfectas que podrías incluir en tu ranking?

Sharon se puso roja. Una mezcla explosiva de tonalidades rosadas y granates que iban desde la vergüenza al enfado. Se dió la vuelta y reanudó su camino hacia la salida del hotel, rascándose la nuca desesperada y murmurando maldiciones e insultos.

Katie volvió a sonreír, ésta vez satisfecha por haber descubierto un punto débil en la barrera auto-impuesta de Sharon contra el grupo y en general, contra los hombres. Pero sobre todo, se sentía profundamente intrigada. ¿Quién de los seis sería?

 

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