- 0 -

 

Photoshop. Fué lo primero que le vino a Sharon a la cabeza al observar aquella fotografía con fijeza; seis hombres, de cuerpos esculturales y rostros más que espectaculares, enfundados en cuero, vinilo y lycra negros. Lo segundo, fue ser consciente de su excesiva salivación. Aunque, eso sí, nunca reconocería que había babeado por el físico de un hombre y muchísimo menos por alguno o por todos ellos. Liquid Steel. O lo que era lo mismo, los hombres más famosos de la tierra. El grupo que de la nada y con tan solo dos álbums en la industria musical, se habían metido en el bolsillo a público y crítica.

No dudaba de su calidad como músicos, y todo lo que eso conllevase a nivel profesional, (básicamente porque ella de música, más bien nada) pero la verdad es que estaba bastante harta de ellos. Se escuchaban por todos lados; la radio, la televisión, en el transporte público, en los coches que llevaban el volumen altísimo (como si el conductor estuviese sordo y los transeúntes tuvieran que acompañarle en su falta de sentido)... Por si fuera poca aquella saturación auditiva, también se veían por todos lados; publicidad, revistas de cualquier temática, periódicos, panfletos. Y, lo que era peor de todo, arrastraban dos adjetivos que emparejados formaban una composición lingüo-psicológica horripilante: Ricos y famosos. Que traducido por ella, venía a decir: Egocéntricos, prepotentes y adictos a alguna sustancia tóxica.

Como simple redactora de noticias de la revista MTV, es decir, persona que recibe las notas de prensa ofrecidas por las discográficas y las adorna un poquito para que no quede tan frío y, siendo realistas, para rellenar hueco, nunca había tenido un contacto directo o continuado con los cantantes, grupos, cantautores o productores de turno. Pero sí que algún que otro mal trago había pasado cuando, como una rara excepción, había acompañado a su amiga Katie a las entrevistas que ésta realizaba para la cadena de televisión. Desde el día en que el 'innombrable', como ellas le llamaban, se había presentado en el hotel excitadísimo a causa de la cocaína que todo el mundo sabía que tomaba, con la lengua de trapo, los ojos casi fuera de las órbitas, con proposiciones para que ambas subieran a su suite y jugaran a 'hacer sándwiches' con él, y dejando muy claro el poco seso que anidaba en su cabeza, Sharon había llegado a la conclusión de que todos los ricos y famosos desembocaban en algo parecido tarde o temprano. Y casi todos más bien muy temprano. Por su experiencia, y lo que Katie le comentaba cuando se reunían, todo aquel que llevase esos dos adjetivos solapados a su nombre, era alguien por el que Sharon inmediatamente dejaba de tener interés. Y Liquid Steel, eran unos más de tantos.

Se dejó reposar contra la silla de su escritorio de trabajo, quitándose los zapatos de tacón que la estaban amargando el día, y cruzó las piernas sobre la mesa. Allí, casi recostada, alejó un poco la fotografía del 'grupo más famoso del mundo' y les observó en conjunto. Sí, estaba claro, quitaban el hipo y la respiración, todo junto. Pero, estaba convencida de que, si rebuscaba en los archivos gráficos, esa fotografía que sostenía entre las manos apenas se parecería a la original tomada en el estudio. ¡Ah! Los milagros del retoque fotográfico. Apostaba lo que fuera con cualquiera a que todas las protuberancias de entre las piernas de los componentes del grupo estaban agrandadas generosamente. Torció la cabeza hacia la izquierda, allegando su oreja al hombro, como si así pudiera encontrar mejor el fallo en el retoque. Uf, que si apostaría...¡hasta su casa! Estaba claro. Todo el mundo sabe que el sexo vende y más en la industria musical y la publicidad. Y ésos seis hombretones, a cual más atractivo, estaban tan cubiertos de ropa, en posiciones tan castas y corrientes, que los publicistas se habían visto obligados y, seguramente se habrían vuelto locos, para buscar la manera de retocar la imágen de tal manera que exudara sexo por todas partes. No podían desnudarlos, puesto que el medio de comunicación podría recibir una querella por parte del grupo por 'uso inapropiado de los derechos de imágen' Pero... ¿Qué mejor forma de evitar un enfrentamiento, que resaltando sus miembros viriles? Ninguno de ellos se quejaría porque un medio les colocara aún más en la cima de su hombría.

Sharon negó con la cabeza, mientras una sonrisa se formaba en su labios y lanzaba la fotografía sobre su ordenado escritorio de cualquier manera. “¡Hombres!” pensó mientras volvía a sentartse correctamente y, tras unos segundos más, su mente gritó “¡Y mujeres!” y unos cuantos tecleteos para responder a un e-mail y otra vez escuchó la vocecita “¡Y Katie que está como loca con ellos!”. La culpable, por cierto, de que aquella fotografía estuviera ésa mañana sobre su mesa, meticulosamente protegida en un sobre marrón ocre proviniente de Los Ángeles.

El teléfono de su escritorio sonó con violencia. Cómo odiaba aquel timbre estridente que se multiplicaba por cientos gracias a los muchos aparatos repartidos por las mesas de las oficinas de la sede de la cadena MTV en Nueva York. Descolgó con desparpajo y declamó alegremente, con un perfecto acento irlandés “Sharon Smith”. La voz gutural de su redactor jefe ladró un casi histérico “¡A mi despacho!” y seguidamente la dejó con la palabra en la boca. Retiró el auricular y lo observó con los ojos muy abiertos, como si John le hubiera hablado en chino. ¿Qué diablos le pasaba? Normalmente era muy amable con ella. Se levantó de un salto y caminó bordeando mesas, sillas y personas, hasta llegar a la puerta en donde se leía 'John MacAllister' con la 'a' del Mac tachada con edding negro sobre el metraquilato que protegía las letras.


 

Cada mañana, John salía con su grueso rotulador y retocaba el tachón sobre la 'a' que él mismo había hecho desde el primer día en que se había dado cuenta de que su apellido estaba mal escrito. Cuando terminaba de apretar fuertemente la punta dura y pringada de tinta del rotulador sobre la imitación de cristal, cuando podía oler los alcoholes y fijadores químicos, y se aseguraba que desde ningún ángulo se pudiera vislumbrar la condenada vocal, se giraba muy rígido a todos los presentes en su sección y gritaba con una cólera fingida “¡Es McAllister! M mayúscula, c minúscula, A mayúscula y todo lo demás que sigue, catetos!”. Aquel grito, que empezó como una advertencia, se había convertido en una especie de grito de guerra para toda la sección. Sin ése grito a primera hora de la mañana, a todo el mundo parecía faltarle algo. Una dependencia psicológica para los que trabajaban bajo las órdenes de John McAllister. Tanta como la dependencia física de la cafeína, en todas sus diferentes formas, que el noventa y nueva por ciento de la sección padecía. El uno por ciento restante era Sharon; adicta a un vaso de agua helada y a un zumo de naranja.

     

Llamó a la puerta y, sin esperar contestación, se asomó al despacho. Su editor jefe tenía el auricular inalámbrico del móvil en la oreja, mientras caminaba de un lado al otro del despacho nerviosamente, haciendo gestos bruscos con las manos y hablando rápidamente. Cualquiera que le viera, y no se percatara del pinganillo, creería que estaba loco. De repente John se giró y, con un gesto impaciente, la indicó que entrara. Sharon cerró la puerta tras de sí y caminó hasta un sofá de dos plazas que quedaba a un lado del despacho. Tras unos instantes de espera, comenzó a observarse sus largas uñas poco cuidadas. Debería prestarlas más atención. Al cabo de un rato de inspección, otros dos golpes en la puerta resonaron en la habitación haciendo que perdiera el interés en sus manos. Sus ojos se abrieron sorpresivamente al encontrar el rosto de Katie asomándose por la rendija de la puerta. Ésta también compuso una mueca de incredulidad y se metió dentro del despacho a gran velocidad. John seguía al teléfono, sin prestarlas atención.

              —¿¡Qué haces aquí!? —susurró Sharon, abrazando a su amiga —Pensé que estabas en Los Ángeles y que no volvías hasta el fin de semana.

           —Ayer por la mañana me llamó John —exclamó radiante, lo que provocó que McAllister se girara y las reprendiera con la mirada —, y mi jefe también. Me dijeron que tenía que volar urgentemente a Nueva York y presentarme aquí. He venido directamente desde el aeropuerto. ¿No te han dado las noticias?

          —¿Qué noticias? ¿Qué pasa? —preguntó nerviosamente. Su jefe la gritaba y Katie tuvo que regresar urgentemente de Los Ángeles. ¡Era algo preocupante! ¿Habría caído algún pez gordo de la presidencia y ella, tan despistada como era, no se había enterado?

            —¡¿Podéis callaros un momento?! —gritó John sacándose el minúsculo auricular de la oreja —¡Cotorras! —después sonrió lánguidamente, guiñándolas un ojo y cogió el teléfono inalámbrico de sobremesa.

            —¿Has recibido mi carta? —murmuró Katie dejándose caer en el sofá junto con su amiga. Su rostro iluminado como el de una adolescente en celo.

            —Sí, claro —dejó los ojos en blanco, sonriendo afectada —. Ésta misma mañana. —acercádose un poco más a su amiga, bajando aún más el volumen de su voz, prosiguió —¿Para qué me la mandas? Sabes que estoy hasta el mismísimo...

             —Sí, sí —la interrumpió abruptamente, moviendo la mano de arriba abajo, haciéndola callar —, todo lo que tu digas sobre que estás harta. Pero... te has fijado en... —las larguísimos dedos de Katie se acercaron hasta el frente de sus caderas, formando una bola imaginaria en lo que sería el bajo de su vientre —ya sabes...

             —Está trucada.

           —¡¿Qué!? —una de sus manos voló teatralmente hasta su pecho, y la otra tapó su boca abierta, que había caído formando una 'O' casi, casi perfecta.

John volvió a reprenderlas con la mirada, pero ésta vez se acercó al trote hasta quedar frente a ellas. Cuando su sombra las cubrió, llevó su dedo índice derecho sobre sus labios, frunciendo el ceño y, después, se dió la vuelta bruscamente.

            —Falsa, embustera —masculló Katie con un deje divertido —. No está trucada. Te la envié precisamente por eso. Y para ver si así conseguía que te gustaran un poquito... —La observó con gesto inocente, aniñado, cruzando sus manos sobre su pecho como si fuera a rezar y aleteando sus largas pestañas negras rápidamente —¿Lo he logrado?

             —No...no lo has logrado. Has hecho que me gusten menos todavía —frunció la nariz y le sacó la lengua.

             —Entonces las noticias... —la mirada de Katie voló hasta John, quién parecía finalizar la conversación.

             —Las noticias... ¿Qué, Kat?

            —¡¡SII! —chilló McAllister, elevando los brazos al cielo con una gigantesca sonrisa. Luego, dió un salto en el suelo y corrió hasta ellas. Las levantó del sofá y las enrrolló abrazándolas tan fuertemente que por un momento las dejó sin respiración. Sostenía a cada una con un brazo mientras las hacia saltar con él moviéndose en círculos —¡¡He conseguido tres meses!! —Le dió un sonoro beso a cada una en los labios, sin dejar de brincar, achuchándolas más contra su cuerpo. Y entonces anunció, como si se tratase de una campaña publicitaria —¡Tenéis libre acceso, tres meses, veinticuatro horas al día! ¡Un documental exclusivo para MTV! ¡Con Liquid Steel!

Tenéis. Había dicho claramente tenéis y allí no había nadie más que ellos tres. Y por la desinencia verbal John no era partícipe. Oh, eso la incluía claramente a ella. Sharon se quedó rígida, siendo movida como un palo de fregona entre los brazos de su jefe. Sus ojos se abrieron muchísimo ante la comprensión del tenéis, tres meses, libre acceso, veinticuatro horas y Liquid Steel al final. Y entonces, de su garganta borbotó un agónico, frenético, histérico...

             —¡¡¡¿¿QUÉEEE??!!!!

 

<< Atrás  ·  Siguiente >>

Hosted by www.Geocities.ws

1