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- CAPÍTULO 07 -
Aún saboreaba las delicias del desayuno. No solo el gusto de aquellos riquísimos dulces que se sirvieron en bandejas de plata se aguaban en su boca, lo que verdaderamente paladeaba con placer era el recuerdo de ésos besos llenos de erotismo y sensualidad, que alimentaban aún más sus excitantes fantasías. Sintió una punzada en el costado que la hizo quejarse sonoramente, con cierto desliz de reproche y otro tanto de compasión. No era la primera y, por lo que podía percatarse que le quedaba por esbozar todavía a la joven e inexperta modista, tampoco sería la última. La muchacha, que rondaba los quince años, levantó la vista al espejo de cuerpo entero, que quedaba frente a ellas, entablando un sutil contacto visual con Elizabeth. Las mejillas de la joven se tornaron sonrosadas y prodigó varios “Lo siento mucho, my Lady. Le ruego disculpe mi torpeza” rápidamente, casi balbuceando. Observó cómo la costurera se esforzaba por colocar todo el telaje de patrón perfectamente en su sitio, intentando que nada pudiera rozarla y hacerla daño. Se esmeraba en su trabajo, disfrutaba de él... pero estaba tan nerviosa que a cada dos alfileres prendidos revisaba todos de nuevo y, cuando se aseguraba de que estaban bien sujetos, volvía a colocar un par más. Suspiró resignada mientras se miraba al espejo. Aquellos trozos de tela de un horrible verdoso conformarían el patrón para su vestido de novia... Su vestido de novia. Su radiante y blanco vestido de novia... No podía asimilarlo ¡Iba a casarse! ¡Iba a casarse con un hombre al que hacía tan solo tres días ni siquiera conocía, al que había repudiado desde lo más profundo de su ser! ¡Y con el que soñaba ardorosamente por las noches! ¡Con el que cada beso era un delirio de placer! ¡No! ¡Era una locura! Sin darse cuenta dió un respingo en el sitio y se tapó la cara con ambas manos, avergonzada por sus pensamientos. ¡Por qué no dejaba de pensar en él!
–-¿Se encuentra bien? –-preguntó la niña con un hilito de voz, arrodillada en el suelo
Elizabeth la miró aturdida un instante, como si no comprendiera quién era aquella muchacha y qué hacía allí. Después, dibujando una de aquellas dulces sonrisas contestó con tranquilidad.
–-Sí –-se irguió de nuevo y se mantuvo quieta –-. Es solo que estoy muy nerviosa por todos los preparativos de la boda.
La muchacha sonrió tímidamente, con un brillo soñador en aquellos ojos del color de la miel, de nuevo con las mejillas sonrosadas y afirmando ligeramente con la cabeza mientras se apresuraba a volver a su trabajo con otros ánimos. Elizabeth quedó desconcertada ante el repentino cambio y, en silencio, volvió a observar los movimientos de la chica con mucha perspicacia. Pero aún más quedó anonadada cuando la puerta se abrió de golpe y al girar el rostro se encontró con su prometido en el umbral. Sintió un tirón de la falda del patrón y escuchó el sonido del costurero caer al suelo. Ah vaya, así que él era el motivo por el que la niña parecía haberse contentado.
–-Tengo algo para ti –-anunció Alexander con talante serio clavando la mirada sobre su prometida. Aquellos almendrados ojos esmeralda brillaron de intriga... Pero sintiendo que alguien más parecía interesado en él sus ojos azules volaron hasta posarse sobre la figura arrodillada al lado de Elizabeth. La muchacha le observaba como si se tratase de un fantasma. –-. ¡Búuh! –-exclamó con voz grave y entre-cerrando los ojos consiguiendo que la jovencita le quitase la vista de encima y se pusiera a recoger el pequeño costurero como alma perseguida por el diablo. Cruzándose de brazos con una burlesca sonrisa, se apoyó contra el marco de la puerta mientras sus pupilas volvían a deleitarse con la preciosa visión de su futura esposa –-. Y creo que va a gustarte...
–-No deberías entrar en un dormitorio sin llamar... –-recriminó Elizabeth con un tono juguetón –-¿No ves que asustas a la gente? –-señaló con la mirada y un ligero arqueo de cejas a la pequeña, que terminaba de recoger.
–-Estoy en mi casa –-alegó él y elevando los hombros prosiguió arrogántemente –-. No tengo por qué avisar de mi entrada en ningún lado. Y dudo mucho de que alguien se asuste al verme...
–-Pues quizá deberías comenzar a llamar –-dijo con tono altanero –-. No sería apropiado, mi Lord, que entraráis y no estuviera visible como debería para vos –-con un gracioso gesto de sus manos, dibujó su propia silueta sobre su cuerpo con un toque de sensualidad.
–-Tú siempre estarás visible para mí –-sentenció él con la mirada turbia.
Elizabeth sintió como un escalofrío recorría toda su espalda, abrasándola.
Aquella mirada era tan intensa que estaba segura que conseguiría prender
fuego a los leños que reposaban en la chimenea. Aclaró su garganta al mismo
tiempo que apartaba la mirada de aquel demonio de hombre que la hacía hervir
la sangre. –-Si me disculpan –-dijo la niña –-Mi lady, necesito llevarme el patrón para que mi madre comience con la confección de su vestido cuanto antes –-Con cautela desvió casi inapreciablemente la mirada hacia Alexander, señalando si era apropiado que él estuviese allí mientras retiraban los telajes de patrón. Carraspeó antes de señalar la evidencia de que... –-Aún debe elegir el modelo y las telas mi Lady y no... –-sus mejillas se tornaron carmín, sopesando la posibilidad de que se estuviera extralimitando con su señora –-disponemos de mucho...tiempo...
–-Márchate –-le dijo Elizabeth a Alexander, dándole la espalda –-tengo que desvestirme
–-Puedes empezar cuando quieras... –-anunció él despegándose del marco de la puerta y acercándose y restregando sus pupilas sobre ella –-No me perdería por nada del mundo el verte como Dios...
–-¡Alexander! –-gritó llena de pavor, interrumpiéndole y dándose la vuelta para mirarle con el ceño fruncido –-¡Cómo puedes decir ésas cosas! ¡Ni siquiera estamos solos!
Acorralando a Elizabeth, quién no dejaba de caminar hacia la pared con pasos cortitos hacia atrás, y fundido por aquel fuego que esos deliciosos irises desprendían, ni siquiera se molestó en mirar a la niña cuando se dirigió a ella.
–-Vete. Te haré llegar el patrón ésta misma tarde –-escuchó los pasos presurosos de la pequeña sobre la moqueta y el traquetar de los objetos metálicos del costurero –-. ¡Y cierra la puerta! –-Cuando la escuchó candar las grandes hojas de madera y cuando por fin tuvo a su prometida acorralada contra la pared, comenzó a susurrarla con voz pausada y melosa –-. Puedo intentar esperar –-recalcó lo último –-hasta después de casados para verte desnuda y tocarte. Siempre y cuando no me muestres demasiada piel –-masculló recorriéndola con la mirada, excitado tan solo imaginándola. Rozándole el cuello con la yema de los dedos, se deleitó con aquella tersedad, con aquella muestra de piel, la que añoraría cada noche, cada día, cada hora y cada minuto hasta su boda. Finalizando la caricia, llevó la mano contraria hacia uno de los bolsillos de su pantalón y sacó un pequeño sobre amarillento que colocó frente a la nublosa vista de su prometida –-. Una carta de Davina –-anunció percatándose del rápido cambio en el brillo, ilusionado, que inundó sus verdores. Pero cuando ésta intentó arrebatarle con ambas manos el sobre, lo colocó con un rápido movimiento tras su espalda –-. Si la quieres, bésame.
–-¿Chantaje?
Quizá debería replantearme esa tregua que...
–-y
no pudo finalizar por que aquellos deliciosos labios ya estaban devorando a
los suyos antes de siquiera darse cuenta. Como amaba aquella calidez, aquel
delicioso sabor a hombre... Y cuando él dió por finalizada aquella guerra
entre sus lenguas Elizabeth se sintió desamparada.
–-Chantajéame
así más veces... -rogó dulcemente abriendo los ojos
–-Puede
que me acostumbre. Alexander se rió con tirantez. Ni siquiera iba a poder besarla de nuevo...estaba a punto de culminar de placer. Rígido, frente a ella, le tendió el sobre con dificultades. Procuraba mantener toda su concentración en calmar el deseo que le oprimía dolorosamente entre los pantalones. Ella le observa con una pícara sonrisa dibujada en los labios que la hacía aún más deseable, si eso era endemoniadamente posible. Si había algo que le encantara era una mujer dispuesta a juguetear con él a cada instante...
–-¿Debería desvestirme ahora, mi Lord? –-dijo ella mirando hacia abajo.
–-Te
he dicho que iba a esperar a estar casados...
–-masculló
cerrando pesadamente los ojos. Por Dios que si seguía mirándola iba a
devorarla. –-Has dicho que ibas a intentarlo –-aclaró ella vocalizando y aumentando su acento y deje escocés. Tras unos instantes de silencio, en los que le observó luchar contra su rigidez, canturreó en un sensual susurro –-Además... yo... nunca dije... que... –-resbalando por la pared, salió del encarcelamiento al que él la sometía con sus brazos apoyados contra el muro y cuando estuvo lo suficientemente lejos de su alcance finalizó–-...quisiera esperar...
Alexander giró el rostro, observándola por encima del hombro con un brillo
malicioso en la mirada y con una sonrisa pícara en los labios. Iba a
comérsela, ahora. –-Me parece que te gusta que te persiga ¿verdad? –-masculló con la voz seca y profunda, antes de girarse rápidamente y echar a correr detrás de ella.
Elizabeth voló descalza por el dormitorio en dirección a la cama, sintiendo algunas punzadas de los alfileres prendados sobre su piel. Intentó agarrarse a la columnilla de madera del dosel, pero se le resbaló la mano y a punto estuvo de caer sobre el colchón de lana y ser atrapada por su prometido. Rápidamente consiguió sotener el equilibrio tomando como sujeción el cordel dorado que recogía los cortinajes de seda clara y gracias a la inercia del salto para subirse, el cordel se deslizó y quedó prendido en su mano haciendo que los cortinajes cayeran frente a Alexander. Elizabeth se quedó quieta mirándole, riéndose por verle luchar con la tela para desenredarse. Cuando su prometido estaba a punto de conseguirlo se dió la vuelta para llegar al otro lado del lecho y casi en el precipicio escuchó el característico sonido de tela al rasgarse y un inusual frescor en su muslo. En el borde de la amplia cama se quedó paralizada y se giró para cerciorarse de que lo que creía que había pasado, realmente sucedió. Y, en efecto, Alexander tenía en la mano uno de esos trozos horrorosos de tela verdosa y no dejaba de mirar hacia abajo con un intensísimo brillo de deseo. Elizabeth rápidamente deslizó su mirada hacia donde aquellos ojos del color del mar permanecían clavados, donde se deleitaban con la visión, donde la devoraban, y donde ella sentía frío; toda su pierna derecha, hasta la mitad del muslo, estaba al descubierto. Oh. Con la garganta seca, y los ojos muy abiertos, volvió a clavar sus irises sobre él.
Alexander no podía creerlo, con solo un tironcito podría desgarrarla
aquellas telas que cubrían su piel. Tragó pesadamente mientras contemplaba
aquella suculenta porción de piel que parecía reclamarle a gritos. ¡Por
Dios! Se estaba convirtiendo en una obsesión. La sonrisa volvía a cubrirle
los labios sin siquiera tener la intención. Deslizó sus pupilas por la
torneada, deliciosa y lechosa extremidad, recorriéndola una y otra vez,
hasta que una parte de su anatomía comenzó a tomar el control de su mente y
le hizo observar a su prometida al completo, imaginándola, una vez más, como
se vería desnuda y retozando de placer debajo de él. Apretó fuertemente la
tela desgarrada que yacía en su mano y con gran efusividad la tiró al suelo.
Devórala, devórala, le ordenaba el escalofriante deseo. –-Creo que voy a ayudarte a desvestirte, Elizabeth.
–-No... –-susurró ella docilmente. Pero, en seguida, recuperó el control de su cuerpo y fingiendo estar enfadada gritó ––-¡Vas a destrozar los patrones! –-dió un paso hacia atrás, tanteando el borde del colchón.
–-Ya te harán otros gràidh –-masculló tranquilamente, preparado para saltar sobre ella, como un lobo al acecho –-Pero éstos son para que yo los destroce... –-y saltó encima de la cama.
Elizabeth gritó a la vez que bajaba del colchón y corría hacia la cómoda, perseguida muy de cerca por él. Estaba segura de que si Alexander quisiera la atraparía en tan solo dos pasos, pero también tenía la intuición de que a él le gustaba aquello. Le gustaba dejarla ventaja para que creyera que no podía atraparla y en el momento en que bajase la guardia la rodearía con sus fuertes brazos y... Imaginándose lo que sucedería no se dió cuenta de que estaba más cerca de la banqueta del tocador de lo que creía y tropezó con ella. Entonces, su prometido aprovechó aquello para atrapar otro trozo de tela y rasgarlo. Ésta vez arrasó con parte del telaje que cubría el brazo, el hombro, la clavícula y su pecho derecho.
–-¡Estás loco! –-gritó ella carcajeándose corriendo hacia el espejo de cuerpo entero –-¡Para!
–-Mi
locura empezó cuando apareciste en mi puerta con aquel vestido rojo
–-dijo
parado al lado del tocador, con las piernas ligeramente separadas y su mano
izquierda cerrada en un puño, apoyada en la cadera, observando con fingida
curiosidad el trozo que había arrancado. –-Borgoooña –-aclaró Elizabeth detrás del espejo, asomada para verle. Era tan guapo, tan atractivo y tan, tan divertido...
–-Rojo, borgoña... ¡Qué más da! –-Después de un análisis desinteresado, tiró aquel trozo verdoso al suelo –-El caso es que me provocas y yo reacciono –-Su mirada se tornó oscura, del color del mar escocés embravecido en medio de una tormenta y, con una intensidad y brumosidad que rayaba la locura, enarcando una de sus cejas oscuras, dijo –-Has dicho que no querías esperar... –-dió un paso hacia el espejo y Elizabeth se escondió hasta que cubrió sus labios con el vértice del reflectante –-Ven aquí.
Las esmeraldas de Elizabeth brillaron en una mezcla de pánico y excitación sexual. Se mordió el labio inferior, resbalando con intensidad sus dientes por sobre el. Dios, le deseaba profundamente. Su cuerpo ardía, se derretía y fundía en deseos por él, pero no estaba bien mantener ese tipo de relaciones aún. No porque le importaran las reglas sociales inglesas, si no porque la casa estaba llena de familiares de Alexander ¡Y su padre estaba también allí! Se moriría de vergüenza si les descubriera manteniendo ese tipo de relaciones íntimas con tan solo cuatro días de conocerse y sin que las familias se hubieran unido. Alertada por la tensión que observó se instauró en el cuerpo de su futuro esposo, se apresuró a contestar.
–-No –-desgarró su voz.
–-Elizabeth... –-canturreó en tono peligroso –-No me hagas ir a por ti gràidh, porque ésta vez si que pienso atraparte.
Tembló. Sintió sus rodillas flaquear como si se convirtieran en miel. Algo en ella la incitaba a erguirse y salir de detrás del espejo casi desnuda, a extender sus brazos y entregarse a él. Algo en ella anhelaba con delirios sentirle dentro moviéndose como las olas del mar; suavemente bañando su ser o con tórridos embates. Un gemido se escapó de su garganta involuntariamente.
–-Alexander no...no creo que... –-su cuerpo se tensó cuando él se lanzo de nuevo a por ella. Se colocó a un lado del espejo carcajeándose mientras él se aventuraba en el otro, desde donde podían verse gracias a la finura de los vértices. Si se miraban podían contemplar con cada uno de sus ojos la mitad del cuerpo del otro.
Él se asomó del lado derecho y se retuvieron la mirada, estudiándose. Desde ahí, la parte descubierta del cuerpo de su prometida quedaba tapado con el frontal del espejo que reflejaba la puerta del dormitorio y entorpecía su ángulo de visión. Fastidiado por no poder admirar la nívea carne, se movió hacia la izquierda, consiguiendo que ella se reclinara a su propia derecha para no perder detalle de sus movimientos. Ahh, eso era otra cosa. Las porciones de piel desprovistas de telaje se ofrecían a sus pupilas como un exquisito manjar. El pecho casi desnudo de Elizabeth se movía agitadamente al ritmo de su respiración y Alexander no podía retirar la mirada de aquella apetitosa protuberancia que deseaba llevarse a la boca y saborear con toda la calma del mundo.
–-Hagas lo que hagas voy a cogerte –-susurró con la mirada aún fija en el pecho de su prometida –-Y cuando te atrape vas a sentir profundamente lo que es agotar mi paciencia...
–-Elizabeth querida, he pensado que –-la voz de Adrianne de Dorsetshire se quebró en el mismísimo instante en que contempló a la prometida de su hijo, prácticamente desnuda ante él.
Ambos giraron la cabeza en el momento en que escucharon la puerta abriéndose. Cuál fué su sorpresa al oír la voz de Adrianne esparciéndose por el dormitorio y quebrándose casi de inmediato. Elizabeth no podía moverse y aunque intentó cubrir sus partes desnudas le fué imposible, sus músculos no respondían ante la impresión. Alexander, por su parte, se irguió contemplado a su madre con una mirada impertinente y que claramente irradiaba molestia por la interrumpción. Adrianne sintió que la cara le ardía de rabia. Apretando las mandíbulas fuertemente y agarrando el pomo de la puerta con tanta intensidad que los nudillos se le quedaron blancos, miró despreciativamente de arriba a abajo a la mujerzuela que iba a casarse con su hijo. Escocesas... Elevando la barbilla, se dió la vuelta y golpeó con fuerza la puerta mientras se alejaba con paso firme y contundente por el pasillo.
Elizabeth miró a Alexander con el rostro plagado de vergüenza ante lo que acababa de suceder, pero entonces contempló algo que la dejó maravillada ¡Él se estaba riendo! Su prometido empezó a carcajearse hasta el punto de casi lagrimear. Ella soltó un bufido que precedía a la risa. Intentó contenerse, pero era complicado teniéndole a él al lado dando rienda suelta a lo divertido que le había parecido aquello. Intentando mostrarse discreta se tapó los labios con la mano mientras se dejaba contagiar por Alexander. Al cabo de unos segundos él la miró mientras se tranquilizaba, pero nada más lejos del propósito, puesto que ambos empezaron a reírse con más ganas. Llegó un momento en que ella ya no estaba segura de por qué estaban carcajeándose de aquella forma tan estrepitosa, pero era tan reconfortante...
–-Uuuh, hemos enfadado a su Grandeza la Duquesa de Dorsetshire –-dijo aún entre risas con la voz ronca. Tosió un par de veces mientras dejaban de dolerle las costillas y recobraba el control de su respiración.
–-Eso...eso parece... –-contestó ella, calmándose como podía. Santo cielo, era una locura divertirse con una situación así.
–-Creo que voy a tener que ir con ella antes de que forme un escándalo –-Alexander por fin consiguió erguirse y mirar a su prometida sin volver a caer en la histeria. Carraspeó algunas veces más y, con paso tranquilo, se dirigió a la salida del dormitorio. Abrió la puerta y, parándose en el umbral, preguntó con intimísima curiosidad –-.¿Tienes más vestidos como ése borgoña? –-Ella cabeceó afirmativamente, con las mejillas sonrosadas y el rostro radiante. Era terriblemente hermosa, maravillosa. Guiñándola un ojo se dispuso a abandonar el dormitorio, pero justo antes de que la puerta se candase, se asomó por la rendija y exclamó –-Me gustaría verlos.
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Alexander bajaba las escaleras, aún con la sonrisa en el rostro, cuando comenzó a escuchar los gritos embarullados de su madre y la voz más calmada de su padre. Provenían de la biblioteca, en donde la puerta se encontraba entre abierta. Dejó los ojos en blanco. Ahora tendría que batallar con ella y conseguir que se calmara antes de hacerla comprender que se trataba tan solo de un juego inocente. Bueno, quizá no tan inocente pero ¿A quién le importaba? Estaban prometidos, se iban a casar ¿Qué más daba antes que después? Pero allí estaría ella; la Gran Duquesa de Dorsetshire con su perfecta y estricta educación inglesa, para reprenderle por su comportamiento tan inapropiado y descarado, indigno de un futuro Duque.
Bajando los últimos escalones pudo distinguir las duras y encolerizadas
palabras que brotaban desde aquella habitación. Paró su caminar bruscamente,
frunciendo el ceño y llenándose de rabia por lo que se veía obligado a
escuchar. –-¡No pienso permitirlo, Charles! –-gritaba Adrianne caminando de un lado para otro –-¡No pienso permitir que esa mujerzuela lleve el apellido Sackville! ¿Me oyes? ¡No quiero que esa incivilizada escocesa traiga a mis nietos al mundo!
–-¡Por Dios Adrianne! ¡Cómo puedes decir eso! –-Su esposa había irrumpido abruptamente en la biblioteca, absolutamente afectada, compungida y enrabietada. –-Tranquilízate y explícame qué ha sucedido para que estés así con Elizabeth.
–-¡No la nombres!–-masculló con la mandíbula apretada, señalándole con el dedo recalcando su advertencia y cogiendo sus faldas con la mano libre tan fuertemente que estaba apunto de rasgarlas –-No pronuncies su nombre en mi presencia. ¡Jamás!
Para Charles era incomprensible el comportamiento de Adrianne. Era tan complicado que perdiera los nervios que francamente estaba asustado. Y el hecho de que Elizabeth Kennedy fuera el motivo, era más que suficiente para echarse a temblar. La posibilidad de que las dos familias dejaran de unirse, hundía a su ambición y la posible repercusión de ello, dando como resultado la enemistad entre ambas ahogaba a sus pulmones y le cerraba la garganta. El corazón le latía tan deprisa que pensaba que de un momento a otro se detendría agotado.
–-De acuerdo, está bien –-dijo tan relajado como sus miedos le permitían. Se acercó a ella cautelosamente, temiendo alterarla aún más con cualquier movimiento brusco –-Cuéntame qué es lo que ha sucedido mi vida.
–-¡Lo que sucede es que es una fresca! ¡La he encontrado medio desnuda, exhibiéndose lascivamente frente a nuestro hijo! –-anunció tajante, observando a su esposo con irises afilados. No podía permitir que su pequeño se casara con una mujer que le avergonzaría tanto a él como a toda la familia –-¡Una mujerzuela barata que se abre de piernas ante el primer hombre que pase frente a ella! –-observó como los ojos de Charles se abrían aterrorizados y aprovechó el momento. Debía contárselo. Debía contarle lo que había averiguado –-¿Recuerdas su insistencia para que Lord Robert Fitz-James no asistiera a la boda?
–-¡Por supuesto que lo recuerdo! –-asintió con vehemencia ante aquello y aún aturdido por todo lo dicho por su mujer –-Podría provocar una gran trastorno entre nuestras familias. Aunque también puedo recordar que la defendiste...
–-¡Porque no sabía qué era lo que se escondía tras de toda esa parafernalia! –-interrumpió elevando aún más la voz –-Casar a Alexander con esa, esa... –-se le atragantó la palabra –-...solo traerá problemas a ésta casa. ¿Sabes por qué no quiere que Lord Fitz-James asista a la boda? –-Su esposo la contempló en silencio, expectante –-¡Se lanzó a sus brazos nada más verle! Cuando coincidían en algún lugar, ella con toda su desvergüenza se estrechaba contra él. Negativa tras negativa por parte del Lord, ella siempre insistía y, al final, consiguió engatusarle, enredarle con sus artimañas y llevarle al lecho. ¿Lo entiendes? ¡Está claro, querido! –-Elevó los brazos al cielo, dejándolos caer en peso a sus lados –-Quiere adueñarse del privilegio de pertenecer a la alta cuna inglesa, de pertenecer al poderoso clan Sackville. Y no cabía en sus planes que Lord Fitz-James apareciese para despertar los rumores y que supiéramos de sus deshonrosos comportamientos.
Al escuchar aquello último, la mirada de Alexander se dedicó a vagar por las formas beteadas del suelo. Intentando asimilar. Después, se giró despacio y contempló las escaleras, deslizando su mirada marina por cada escalón hasta llegar al punto más álgido de la escalinata. ¡Maldición! Apretó las mandíbulas y sintió como su cuerpo se tensaba. Elizabeth no parecía ser de ése tipo de mujer. Su comportamiento para con él había sido muy diferente, esquiva y uraña. Aún recordaba cuando la asaltó en una de las entradas traseras a la casa; ella había retrocedido hasta verse atrapada contra la pared, le miraba aturdida, nerviosa. Y todas las veces se había encontrado con la misma reacción por parte de su prometida. Le había dicho un millar de veces, en tan poquísimo tiempo, que no deseaba casarse con él y había metido de por medio el no amarse como uno de los principales impedimentos. Se frotó las sienes. Su madre no sabía de lo que estaba hablando. Conocía a Robert demasiado bien de sus noches locas en Londres y si había algo en el mundo a lo que jamás se negaría, era a una mujer que se le entregaba tan abiertamente. Sintió como si la garganta se le cerraba. Si existían rumores de una relación, era porque, seguramente las hubiese habido, pero no como se contaba... ¡Aquel bastardo seguro que la había forzado! No sería la primera vez que obligaba o maltrataba a una mujer de la que se encaprichaba y la cuál se le negaba. El mal nacido de Robert incluso alardeó en alguna ocasión frente a él sobre la última doblegación a la que había sometido a su “última conquista”. << “A veces tienes que forzarlas” le había dicho mientras tomaban una copa en un concurrido club londinense ”Están embebidas por todas ésas normas sociales absurdas. Aunque reconozco que debería ser un poco más cuidadoso. A la última a la que abrí de piernas tuve que abofetearla ¡No paraba de moverse!” Lleno de ira, Alexander le golpeó en la boca del estómago y, de seguido, en la cara, rompiéndole la nariz. Desde entonces no había tenido ni el más mínimo contacto con él. >> Ni la forma de comportarse de Elizabeth, ni la negativa de Robert ante una fémina se representaban en el cuadro que se estaba describiendo en su biblioteca. No dejaría que las imposiciones de su madre ni las mentiras por las que se dejaba engatusar se cumplieran en su casa. Y mucho menos que juzgara, sin conocer, a la única mujer que le había interesado desde Grace.
–-Madre –-su voz grave, ruda y masticada se esparció en la habitación como una oleada salvaje, mientras caminaba hacia ella como un lobo al acecho. Sus progenitores le observaron asombrados–-...quisiera hablar contigo –-al llegar a su lado, sus pupilas se clavaron como cuchillos sobre su padre –-, a solas. Ahora.
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* gràidh > Amor, amante (en gaélico escocés) |
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