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- CAPÍTULO 08 -
Observando a su hijo, Charles comprendió que éste había escuchado lo suficiente de la conversación como para estar afectado. Asintió mirando fijamente a Alexander y, antes de salir de allí, tomo la mano de su esposa y le ofreció un apretón cariñoso, confortante, con la intención de instarla a conservar la calma. Echó una última mirada a ambos, antes de cerrar la puerta tras de sí. Estaba seguro, aquello no terminaría bien de ninguna de las maneras. Tenía que ir con John, necesitaba hablar urgentemente con él y sacarle de la casa hasta que pasara la tormenta.
Adrianne, aún furiosa, contemplaba a su hijo con cierta lástima. Esperaba que no se hubiera encaprichado demasiado de la escocesa, porque si fuera así, sería mucho más complicado convencerle de que aquello no estaba bien. Seguro que aquella mujerzuela le había prometido miles de glorias si terminaban en boda; así ella heredaría uno de los títulos más importantes de Inglaterra, mientras que la familia se tendría que someter a escuchar las malas habladurías y a la vergüenza de que ésa salvaje perteneciera al clan. Su hijo la contemplaba con el hielo en sus grisuras. No podía soportar ver aquella mirada sobre ella. ―Ya estamos solos, como querías ―elevó la barbilla, irguió los hombros e intento conservar la compostura.
―¿Por qué no me cuentas lo que estabas diciendo antes de yo entrar? ―preguntó cortante, acercándose más a Adrianne y consiguiendo intimidarla al imponerse a su altura al menos una cabeza.
―Ésa escocesa...
―Elizabeth ―corrigió con las mandíbulas apretadas, masticando cada sílaba ―Se llama Elizabeth.
―¡No pienso pronunciar su nombre! ―sus
mejillas volvieron a sonrojarse por el enfado ―¡Y
no vas a casarte con ella! ¡Es una mujer barata que no merece...!
―¡Cállate! ―gritó
furioso, alejándose un paso de su madre. Su respiración se comenzaba a
volver pesada. Su voz cada vez más ronca y gutural. Se acercó de nuevo y la
advirtió señalándola ―Si
la faltas el respeto otra vez, te echaré de aquí.
Adrianne no podía creer lo que oía.
―¡Soy tu madre! ―exclamó ofendida, exasperada y aún más rabiosa por percatarse de la posición que había tomado su hijo.
―¡Como si fueses Dios! ―dijo caminando con paso firme hacia uno de los ventanales desde donde se divisaba el jardín.
El silencio se instauró entre
ambos y pareció unírseles durante horas, emanando distanciamiento, rencores
que creían haber sido olvidados y otros nacidos, secretos, que creían no
haber sido descubiertos. ―Habla ―exigió apoyado contra el vértice de la cristalera y perdiendo la vista en la inmensidad de sus terrenos, repletos de una perfecta gama de verdores.
―Elizabeth ha mantenido relaciones con Lord Robert Fitz-James ―Adrianne se sintió poderosa mientras lo anunciaba ―. No es pura.
―Cotinúa.
―¡¿Qué más quieres que diga?! ―caminó compulsivamente de un lado a otro, gesticulando grotescamente con los brazos, carcomida por la impotencia ―¡No es pura! ¡Y eso debería bastarte para repudiarla!
―No pienso repudiarla ―contestó observando fijamente a su figura materna, moviéndose nerviosamente por una pequeñísima porción de la sala.
―No lo entiendes hijo ―de inmediato se paró y clavó sus pupilas en la silueta varonil que se dibujaba a contra luz. ¿Cómo podía hacerle comprender? ―¡Solo quiere tu título! ¡Busca el poder de los Sackville! ―su pequeño la miraba sin mirarla. Su vista nublada y aturdida. ―Ésa mujer es ligera con cualquier hombre ¡Se irá al lecho con cuantos pasen frente a ella!
―¿Como tú? ―susurró, intentando no volverse loco de rabia.
Adrianne le contempló aturdida, impactada, ofendida.
―¿Cómo has dicho? ―su voz tembló y el color de su piel se volvió marmóreo. Percibió a su corazón pararse un instante para, al siguiente, bombear sangre con una fuerza desmesurada.
―Si juzgaras a la gente por tí misma ―obvió la acusación que acababa de verter contra Adrianne ―... en vez de escuchar lo que se rumorea, sabrías que Robert nunca rechazaría a una mujer que se le ofrece. Que sería capaz de cualquier cosa por tener a la muchacha de la que se encapricha. Que la pegaría y la forzaría. Y también sabes perfectamente que conozco muy bien a Lord Fitz-James y, si tu cabeza dejara de darle vueltas a los rumores y de preocuparse por toda esa mierda de protocolo, hubieras venido a consultarme antes de sacar conclusiones. ―Gruñó, mirando de arriba abajo a su madre, ofreciéndola desprecio con sus irises azul profundo cargados de fuego ―Deberías preocuparte más por ocultar lo tuyo y dejar a los demás tranquilos.
No podía articular palabra. No podía creer que su precioso niño se pusiera en contra suya por defender a aquella mujer que tan solo conocía de cuatro días. Pero, lo que le era imposible concebir era la idea de que él lo supiera. Era imposible. Era imposible. Él no podía saberlo ¡¿Cómo?! ¿Cómo había llegado hasta Alexander?
―¿Qué es lo que sabes?
―Suficiente como para poder acusarte de lo mismo que tú acusas a mi futura esposa ―despegándose pesadamente de la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, caminó lentamente como una bestia en la nocturnidad del bosque al acecho de su presa indefensa, hasta llegar frente a ella. La miró fijamente, amenazante ―Sé quién es mi padre Adrianne ―los ojos de su madre se abrieron, aterrorizados ―Voy a casarme con ella, te guste o no te guste ―Aprovechó para enfatizar sus argumentos, cargándolos con humillante ironía ―. Fáltala el respeto una vez más, y te echaré de mi casa. Hazlo dos veces y conseguiré que el secreto de la respetabilísima Adrianne de Dorsetshire llegue hasta los oídos de su queridísimo esposo. ―Dándose media vuelta, caminó hacia la salida de la biblioteca y, cuando se disponía a desaparecer de la sala, añadió masticando cada una de las palabras ―No vuelvas a intentar controlar mi vida, nunca más.
La puerta fué cerrada con tanta intensidad, que reverberó un sonido ensordecedor. Temblaba. Quería llorar de rabia, de dolor, pero las lágrimas se negaron a inundar sus mejillas. El eco acallado de los errores del pasado volvía a dejarse escuchar, a atormentarla el alma. Había perdido a su hijo.
************
Elizabeth no podía creerlo. Sentada en la banqueta releyó de nuevo la carta de Davina “¡Llegan mañana!” exclamó levantándose de un salto y dejando caer la carta al suelo. Tenía que contárselo a Alexander ¡Tenía que decírselo! Corrió hasta el armario, con una enorme y alegre sonrisa dibujada en el rostro, y rebuscó un vestido en tonos azules oscuros que se amoldaba perfectamente a la petición que su prometido le había hecho unos minutos antes. Colocándoselo como pudo sin ayuda, prácticamente haciendo malabares en el dormitorio, se atusó el pelo frente al espejo y se agachó para coger el sobre. Cuando se levantó, volvió a cerciorarse de que el cabello estaba en su sitio. Una vez lista, se levantó las faldas y corrió por los pasillos del castillo como una niña, con el corazón martilleando desbocado, hasta llegar a las escaleras. Una vez allí mantuvo el equilibrio sujetándose en la baranda con la mano libre mientras descendía a toda prisa. Entonces, cuando había recorrido la mitad de la pulcra escalinata marmórea, escuchó las voces alteradas de Adrianne y Alexander. No lograba entender lo que decían, pero a juzgar por los tonos, estaban verdaderamente enfadados. Comenzó a descender lentamente, con cautela, como si temiera ser descubierta. De repente, la puerta se abrió como una exhalación del diablo y se cerró estruendosamente, como cuando las olas del mar golpeaban con furia los acantilados.
― ¡Alexander! ―exclamó entre la alegría y la preocupación, bajando los últimos escalones.
―¡Ahora no Elizabeth! ―contestó él caminando con paso duro hacia la salida.
―Pero Alec...
―¡He dicho ―parando su caminar, se dió la vuelta y la observó lleno de ira, gritándola furioso ―...que ahora no!
Se quedó petrificada y asustada
ante aquella reacción. Alexander volvió a girarse rígidamente y salió por la
puerta. Durante un segundo todo quedó sepultado en un silencio abrumador.
¿Qué estaba pasando allí? Quiso correr tras él, averigüar qué le sucedía,
pero entonces Adrianne salió de la biblioteca con los ojos enrojecidos y
llorosos. Su preocupación aumentó ante aquella visión de la, normalmente,
fría mujer. Al encontrarse frente a frente la Duquesa de Dorsetshire
la observó de arriba abajo, llena de desprecio.
―¡Todo es por tu culpa! -gritó con ojos acuosos, atravesándola con
sus pupilas ―¡Ojalá
nunca hubieras venido! ―furiosa
pasó al lado de ella, golpeándola a propósito en el hombro y haciéndola
perder el equilibrio. No pudo reaccionar. Elizabeth se sujetó nuevamente a la baranda, evitando así caerse sobre las escaleras. Estaba tan aturdida por lo que acababa de decirla que fué incapaz de enfrentarse a Adrianne. No comprendía nada, no entendía qué había sucedido para que la acusara de aquella manera, para que de repente aquella mujer la despreciara tanto. Incluso podía decir que lo que aquellos ojos llorosos la transmitieron fue puro odio. Aún aturdida y por impulso, corrió fuera de la casa en busca de su prometido. Caminó, rodeando el castillo, por la parte delantera. Cuando giró en la primera esquina, se encontró con un hombre arrodillado en la tierra, mimando a un rosal trepador.
―Disculpe
¿Ha visto a Lord Alexander pasar por aquí?
El hombre levantó la mirada hacia
ella, dejando lo que estaba haciendo. Tenía un rostro redondeado, con las
mejillas sonrosadas, que le confería un aspecto lozano y vivaracho. Su
cabello era largo y rojizo como el fuego y sus ojos, tan azules como un
cielo de verano, se clavaron en ella con extrañeza antes de fruncir el ceño.
¿Quién era aquella jovencita? ¿Una nueva conquista? ¿Y por qué le trataba
con tanta cortesía?
―El señor ha ido hacia las caballerizas ―levantó el brazo y señaló hacia la dirección en la que se encontraban, sin apartar la vista de ella.
―¿Podría llevarme hasta allí? ―Elizabeth
se retorció las manos nerviosamente.
El jardinero meneó la cabeza negativamente mientras farfullaba quejumbrosamente y se levantaba. No era buena idea que la muchacha se acercara a su Señor, a juzgar por el humor con el que le había visto pasar a su lado. Ni siquiera le había respondido al saludo, lo que significaba que estaba realmente furioso. Tenía que advertir a la muchacha, aunque recibiera más tarde alguna que otra represalia.
―No creo que sea una buena idea Mi Lady ―dijo irguiéndose frente a ella ―Lord Sackville desea estar solo.
―Necesito verle ―anunció con voz temblorosa ―Tengo
que anunciarle algo importante.
Paddy dejó los ojos en blanco. Ya está, ahí estaba otra Dama de alta cuna seducida por su señor que venía a anunciarle un falso embarazo para poder desposarse con él. Maldita fuera la adicción que ése muchacho tenía por las mujeres. Aunque al menos le daba el crédito de tener un excelente gusto. Cabeceó afirmativamente mientras se giraba y comenzada la marcha con dirección a los establos. Pero ni siquiera dieron diez pasos cuando escucharon el poderoso galopar de un brillante purasangre negro que se movía frente a ellos. Paddy maldijo en lo que Elizabeth entendió como un gaélico irlandés.
―¡Dios! El purasangre no... ―masculló frotándose la frente.
―¿Qué sucede? ―preguntó Elizabeth totalmente perdida.
―Va a lesionarlo... ―volvió a decir entre dientes. Se giró hacia la muchacha ―Si saca ése caballo quiere decir que está verdaderamente enfadado. Mi Lady, creo que es mejor que deje su anuncio para más tarde, cuando el señor regrese y se haya calmado.
************
Tras verle marcharse con el
caballo, Elizabeth decidió esperarle sentada en el borde alto de las
escaleras desde donde podría verle llegar, entrara por donde entrara. Ya era
casi la hora de la cena y aún no había regresado. La preocupación comenzada
a impacientarla sobremanera. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si se había
caído del caballo y....? Gritó presa del pánico y de un salto se puso de
pie. Aterrorizada por el hecho de que hubiera podido caerse y lastimarse
salió en busca del hermano de su prometido. Caminó presurosa hasta la
habitación en donde Enide aún se recuperaba del parto y en donde seguro
encontraría a Charles. Golpeó dos veces la puerta y esperó hasta que le
dieran permiso para introducirse en el dormitorio. Para su sorpresa, la
puerta se abrió despacio, revelando el rostro cansado del marido de Enide.
―Necesito hablar contigo ―susurró, intuyendo que su amiga podría estar durmiendo ―Es sobre Alexander.
Ante eso, Charles abrió mucho los ojos. Se deslizó silenciosamente al pasillo y cerró la puerta con la misma cautela con que la había abierto.
―¿Qué pasa con él? ―preguntó en un murmullo, cruzando sus manos tras la espalda.
―Se ha marchado esta tarde con un caballo y todavía no ha regresado ―Clavó
sus esmeraldas en la mirada aturdida de su cuñado, como si aquello que le
estaba anunciando no fuera algo inusual ―.
Estoy muy preocupada, Charles. Estaba muy enfadado
cuando salió y temo que le haya sucedido algo.
―Tranquila Elizabeth ―Una sonrisa conciliadora se dibujó en el rostro varonil ―Normalmente hace eso cuando se enfurece por vete a saber qué ―Elevó los hombros ―. Le relaja cabalgar. Cuando regresa, está como si nada hubiera pasado y así evita pagar su ira con cualquiera que se cruce en su camino. ―Tras unos segundos de silencio en lo que ella tan solo le observaba con súplica en sus irises, recalcó ―Estará bien, de veras. Es uno de los mejores jinetes que conozco, no tienes por qué preocuparte.
―¿Estás seguro? ―susurró clavando la mirada en el suelo. Ahora se sentía avergonzada por haber mostrado tantísimo interés en Alexander. Su reacción estaba siendo prácticamente histérica y eso, en una mujer como ella, que solo conocía a ése hombre de apenas una semana, era preocupante. Eran sentimientos demasiado profundos hacia él. Intensamente profundos y también dolorosos. Estaba sufriendo por no saber si se encontraba bien: sufriendo como si estuviese perdidamente enamorada.
―Completamente ―contestó
Charles, posando sus manos en los hombros de Elizabeth ―-Me
alegra saber que te preocupas por mi hermano, Liz ―susurró
orgulloso ―De
todas formas, si esto te tranquiliza, puedo mandar a que alguien le busque.
―¿Lo harías? ―en su voz se escuchó un halo de alegría y agradecimiento.
Charles cabeceó afirmativamente a la vez que le ofrecía una caricia paternal en la mejilla. Ella sonrió también, ante el contacto amistoso y reposó su rostro en aquella mano grande y cálida. Se sintió aliviada al saber que podía contar con él y su esposa. Realmente había encontrado una familiar acogida por parte de ellos y eso la hacía relajarse tras sus irascibles encuentros con la que se convertiría en su suegra. Eran como una versión inglesa de Davina y su hermano John. Siempre tan amables y atentos con ella...
―¡Quítala las manos de encima! ―La voz de Alexander sonó como si se tratara del rugido de un lobo herido.
Elizabeth se asustó y se separó de
inmediato del mayor de los Sackville. Cuando giró la vista y contempló a su
prometido sano y salvo, aunque con cierto y atractivo aspecto desaliñado,
sintió como si un bálsamo bañara a todas sus emociones negativas, dejándola
radiante de felicidad. Sonrió inconscientemente. ¡Estaba bien! Quiso
acercarse pero, aquellos ojos azules ahora ennegrecidos, la detuvieron en el
sitio con una furia incomprensible.
―Hey Alec, Liz estaba muy preocupada por ti ―Charles
intentó ofrecer un tono amigable pero, conociendo a su hermano, de nada le
había servido cabalgar. Sus ojos, clavados sobre él en aquellos instantes,
llameaban la ira que se apreció en aquel bramido de cólera. Echó una mirada
rápida a Elizabeth antes de volver sus pupilas sobre su hermano pequeño e
intentar tranquilizarle ―Íbamos
a mandar a alguien que te buscara si no aparecías pronto. Las botas se clavaban fuertemente sobre el suelo a cada pisada. Se acercaba como un león herido, en busca del causante de su dolor. Alexander no veía otra cosa que a su deliciosa prometida observándole desconcertada. “Mejor”, se dijo, “así podré saber la verdad”. Dando un par de zancadas más, y sin detener su apresurado caminar, cogió fuertemente a su futura esposa del brazo y la arrastró, literalmente, con dirección a su habitación. Charles se apresuró a incitarle a la calma, a lo que él respondió un feroz “Métete en tus malditos asuntos” mientras ignoraba los jadeos asustados de Elizabeth y su constante lucha por zafarse de su agarre. Lejos de haber apaciguado sus ánimos, el cabalgar provocó en él el efecto inverso. Solo hizo que darle vueltas a la idea de que Elizabeth había sido tocada por otro hombre. Aquello le hacía hervir la sangre de rabia, le estaba volviendo loco. Pero el imaginar que hubiera sido Robert... ¡Eso le provocaban deseos de venganza! ¡Unos celos que se acercaban al borde del precipicio de perder el control! No, no podía. Simplemente, en un principio, no podía concebir que aquel mal nacido hubiera puesto sus manos sobre el precioso cuerpo de su prometida. Era más, no soportaba que ella hubiera accedido a que él la poseyera. ¡Maldita sea su madre por torturarle con rumores! Galopando por sus tierras, aquel anuncio de Adrianne había empezado a cobrar fuerza, a parecerle posible. Y, según avanzaba por las verdes llanuras, terminó por creerlo a pies juntillas. Elizabeth era puro fuego, febrilmente sensual y sexual, apasionada y entregada. ¿Por qué no? ¿Por qué no iba a poder haberse entregado a aquel bastardo? Sí, él la había tenido. Y no podía soportarlo más. Abriendo la puerta de su austero dormitorio, la empujó dentro casi con desprecio, cerrando la puerta eufóricamente con una patada. La vió trastabillar por la inercia y girarse rápidamente para observarle, con ojos lastimeros. Si pensaba que con eso iba a librarse, es que era menos inteligente de lo que parecía. Parado frente a la puerta de salida, con las mandíbulas tensas, apretadas hasta casi hacer chirriar a los dientes, la observó de arriba abajo como si se tratara de una cualquiera. Cerró los ojos con fuerza y respiró sonoramente, como si intentara mantener a raya su control. Como si tuviese dos personalidades luchando en campo abierto, a muerte, dentro de él. ¡Maldita fuera! Volvió a lanzarse contra ella y a sujetarla por los brazos con tanta fuerza que sentía como la suave carne se hundía mucho más allá de un simple agarrón.
―¡Me haces daño! ―gritó
ella, tan aterrorizada por los recuerdos, que sus piernas temblaron sin
control alguno invitándola a desmoronarse en el suelo. Solo el agarre que la
estaba provocando tanto dolor la mantenía erguida en el sitio ―¡Suéltame
Alexander! Él no dijo nada. Arrastrando sus manos, arañando, desde las frágiles muñecas apresadas, hasta los codos, la levantó en vilo hasta tirarla sobre la cama. Al caer, Elizabeth volvió a gritar y un quejumbroso lloriqueo escapó de sus labios blanquecinos. Ciego por los celos, por la ira, por la desesperación, la aplastó contra la cama, colocando todo el peso de su cuerpo sobre las femíneas caderas. Con una mano la cogió de los antebrazos y los llevó por sobre su cabeza. Tenía el rostro girado, mientras balbucía y sollozaba. ¡Basta! ¡Basta!
―¿¡Qué demonios te pasa, gráidh!? ¡Mírame! ―gritó
colérico, llevando la mano hacia las mandíbulas de su prometida, obligándola
a mirarle ―¡Si
te abriste de piernas para él, también lo vas a hacer para mi! ―habiendo
hecho su anuncio, libró aquel maravilloso rostro de su agarre y deslizó
violentamente la mano por sobre la silueta de su prometida. Levantó sus
faldas y rasgo las prendas interiores. Notaba como ella intentaba apretar
los muslos inutilmente, porque solo tuvo que colocar
una de sus piernas flexionadas entre medias de las femeninas para evitar que
los cerrara.
Elizabeth no podía creer lo que la
estaba sucediendo. Su cuerpo acababa de quedar bloqueado ante el revivir de
su pasado. Rogaba que no fuera cierto, que aquello no la estuviera
sucediendo. Suplicaba para que aquel hombre, del que creía estar enamorada,
se detuviera. Añoraba que todo fuera un mal sueño y que, al despertar,
Alexander estaría esperándola con una sonrisa y una caricia llena de
ternura. ―Dime Mo bhean ¿Disfrutaste con ese bastardo? ―acercando su rostro embravecido, susurró sobre sus labios ―- ¿Gritabas mientras te embestía?
Entonces,
sin saber muy bien por qué, algo en ella la hizo reaccionar. Sus irises
llameaban ese fuego verde de las tierras altas. Sus fuerzas, como líquido
hirviendo, recorrían su torrente sanguíneo llenándola de rabia.
―-¡Sí, gritaba! ―rugió
fuera de sí, notando como el calor de la desesperación invadía su rostro,
como las lágrimas ebullían y escocían dolorosamente en sus ojos ―¡Gritaba
pidiendo ayuda! ¡Grité mientras me violaba con quince años!
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* gràidh > Amor, amante (en gaélico escocés) | *Mo bhean > Mi esposa, esposa mía. |
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