- CAPÍTULO 06 -

 

Sus ávidas manos se deslizaban por su cuerpo, frotando su piel, dejando un reguero de fuego líquido por donde pasaban. Sus besos arrullaban susurros armoniosos, deleitándola el oído. Calor, ardor, pasión. Sintió las caricias en sus muslos, sintiólas deslizándose cerca del fuero interno, de la excitación. Aquellos ojos del color del hielo se clavaban sobre ella adorándola. Su sonrisa de precioso demonio se pronunciaba cerca de sus labios, provocándola los besos, mientras le sentía hundirse profundamente en su interior. Alasdair...Alasdair...susurraba su garganta envenenada por la fiebre, por el deseo de tenerle más y más. Su visión se desvanecía, delirante. Alasdair...Alasdair... y despertó sudorosa entre las sábanas de seda. Elizabeth se sentó de golpe en el lecho, con la respiración agitada, el corazón repiqueteando en su pecho con fervor amenazando con salírsele. ¡Dios Santo! ¡Dios Santo! Observó la ropa de cama, enredada entre sus piernas, desbarajustada. Su camisón pegado al cuerpo humedecido, delineando cada curva, volviéndose casi transparente. El cabello alborotado y sutiles tirabuzones pegados a sus sienes. Su rostro caliente, sus manos temblorosas y el sabor del ardor aún en el cuerpo. Cuando por fin entendió lo que había sucedido, reprimió un grito entre sus labios, apretados y compungidos ¡Qué la estaba pasando! Alargó la mano y tomó una de las sábanas blancas. Cubriéndose con ella se pegó al cabecero de la cama, asustada. Miró a ambos lados del dormitorio ¡No podía estarle pasando aquello! ¡No podía padecer ese tipo de sueños! ¡No, no! Se levantó rápidamente y corrió al palanganero. Vertió el agua de la jarra y se lavó el rostro, refrescándose además el cuello, el escote y las manos. Percatándose de la luz que se filtraba a través de la rendija que formaban las cortinas que cubrían el enorme ventanal de su dormitorio, temporal como le habían repetido cientos de veces, se dió cuenta de que era tarde. Muy tarde. Se acercó con paso lento, aún aturdida por su sueño, y retirándo ambas cortinas dejó que la luz del sol bañara el dormitorio, resplandeciendo. Desde su ventana podían verse los preciosos jardines, con aquel grandioso lago al fondo... La imágen la reconfortó un instante, el tiempo que tardó su mente en hacer presente las imágenes de su sueño. Cerró los ojos con fuerza y meneó la cabeza. Se tapó la cara con las manos mientras caminaba hacia la cama.

 

           –-¡No puedes tener esos sueños!-susurraba en gaélico –-No, no puedes, no...
 

De repente, la puerta de su dormitorio se abrió de par en par. Elizabeth dió un salto y se puso en pie. Si seguía recibiendo sustos tan a menudo como esa mañana estaba segura de que no duraría demasiado... Una pequeña y regordeta mujer de cabellos oscuros como la noche, recogidos en un moño, apareció ante ella. Su rostro era redondeado, con una tez pálida a pesar de sus mejillas rosadas. Sus ojos eran grandes y almendrados y de un azul tan cristalino que parecían transparentes. El vestido negro que llevaba puesto estilizaba de algún modo su cuerpo curvilíneo, abultado en algunos puntos en exceso. Era una mujer hermosa, decidió Elizabeth, a pesar de su edad madura. Con las manos cruzadas sobre el regazo, la fémina la contempló de arriba abajo con gesto serio durante unos instantes. Después, para su sorpresa, la extraña hizo una mueca acompañada de una afirmación con la cabeza y una sonrisa y se encaminó directamente hacia ella.

 

              –-Debería vestirse señorita Elizabeth... –-su voz era cálida, con un timbre tierno y maternal–-...no creo que al señor le gustase seguir esperándola.

 

              –¿Seguir esperándome? –-preguntó aturdida. La mujer se había movido tras de ella, atusándola el cabello –-¿Quién  me espera y para qué? –-frunció el ceño, remarcando su desconcierto y, moviéndose rápidamente, se giró enfrentándola.

 

             –-Para tomar el desayuno –-confirmó ampliando aún más su sonrisa. La preciosa muchacha seguía contemplándola con aquel ceño que tan poco la favorecía –-El señor Alexander Sackville –-confirmó percatándose de que la jovencita abría mucho los ojos. Sonrió para sí misma –-Ha retrasado dos horas su primera comida esperándola y, finalmente, decidió que alguien viniera a despertarla –-Y guiñándola un ojo pícaramente y en tono confidente dijo –-Sinceramente, si no se da prisa comenzará a morder la mesa... Ni se imagina el apetito que tiene ese muchacho.

 

Elizabeth meditó unos instantes antes de acatar vestirse y encarar al hombre que comenzaba a atormentarla en sueños. La mujer la ayudó a escoger una vestimenta apropiada y a arreglarse el cabello. Todo se hizo en sepulcral silencio hasta el momento en que dejó de peinarla y terminó su tarea.
 

            –-Soy Angie –-dijo antes de salir por la puerta –Normalmente soy el ama de llaves, pero como ve hoy ha sido una excepción. Frunció los labios –-Excepción que pronto comprenderá... –-susurró para sí misma –-Estoy siempre a su disposición señorita Elizabeth, es un placer tenerla en Sherborne. –-Y la puerta se cerró tras ella.


 

Elizabeth contempló las dos amplias hojas de madera que separaban su dormitorio del pasillo y por las cuales había desaparecido el ama de llaves. Qué curiosa era aquella mujer; la había hecho sentir bien con tan solo su presencia y cuatro oraciones. 'Y por poco estuve a punto de no conocer su nombre! Angie. Sentada frente al tocador contempló sus manos un instante. Le aterraba la idea de verle, estar frente a él. ¿Por qué comenzaba a tener esos cosquilleos en el estómago cuando Alexander estaba cerca? ¿Por qué comenzaba a soñar con él de aquella manera tan...tan...primitiva? ¡Por Dios! Jamás había tenido unos sueños como aquellos. Ni siquiera cuando quedó enamorada de aquel heredero escocés... Revolvió sus pensamientos. No, lo de Alexander no era igual. Primero de todo porque iba a ser su esposo e iban a compartir un mismo lecho al menos por dos meses, según su condición. Y segundo porque, por más que luchaba contra ello, aquella sonrisa y aquella mirada azul la habían hechizado completamente y estaban presentes en su mente a cualquier instante. Elevando la vista y contemplando su reflejo en el espejo, recordó las tiernas caricias que él la profesó cuando se disculpo con él. El dorso de su varonil mano se deslizó por su mejilla suavemente, como si temiera romperla. Después, sus dedos se enredaron en sus cabellos, deslizándose por ellos como si fueran una rasgadura de seda. Y sus ojos azules pendientes de los suyos, como si contemplara un espejismo... ¡Por qué se empeñaba en querer ver en él a un hombre tierno! ¡Se veía obligada a contraer matrimonio con un noble arrogante, prepotente y mal criado que estaba acostumbrado a tener todo lo que quisiera! ¡El tipo de hombre en el que ella jamás se hubiese fijado! Maldición. Además, su propósito estaba claro. Tenía que conseguir que él rechazara el matrimonio. Tenía que conseguir que Alexander Sackville la repudiara si hiciera falta. Necesitaba que la unión no se llevase a cabo. No. Porque ella quería un matrimonio por amor. Nunca una unión dinástica. Y allí no había ni un solo ápice de afecto o cariño. Allí solo había atracción... una irresistible atracción...


 

 

Mientras bajaba las enormes escaleras que quedaban cercanas al salón en donde se ofrecían las comidas, se dió cuenta del silencio reinante en el castillo. Por un momento pensó que se había confundido de ala, pero realmente ella solo había contemplado algunas habitaciones de la enorme vivienda, y su dormitorio estaba muy cerca del salón, las cocinas y las salidas a los jardines y la entrada principal. No, no podía haberse equivocado, pero todo estaba desierto, tan quieto que abrumaba.

Caminó hacia la sala en donde supuestamente Alexander la estaría esperando y cuando llegó al portón, empujó y se asomó a través de la rendija que había abierto. En la gran mesa, del otro lado, Alexander presidía, con una pequeña figura a su lado, sentada en la tabla. Agudizando su vista, observó que se trataba de Connor. Los dos parecían concentrados en el juego de ajedrez que mantenían frente a ellos. El niño estaba cruzado de piernas, con los codos apoyados en cada una de sus rodillas, en una actitud desalentadora, mientras que Alexander, apoyado totalmente sobre el respaldo de la silla y reclinado a un lado de ésta, apoyando su cabeza en su mano izquierda, parecía estar entre hastiado y divertido. Una extraña mezcla. Era tan tierno verles juntos... Durante unos segundos nada se movió. Era como si se tratasen de esculturas. Pero, entonces, el niño empezó a moverse sobre la mesa con saltitos, mostrando impaciencia.

 

           –-Oh, venga, venga... –dijo empujando a su tío –¡Mueve ya! ¡Me aburro!

 

          –-¿Estás seguro de que no te arrepientes de haber movido ese alfil ahí? –-preguntó Alexander con exagerado interés, enarcando una ceja. Connor le miró serio y después al tablero.–-A lo mejor deberías cambiar tu última jugada...–-provocando al pequeño, contempló el techo con desmesurado interés.
 

          –-¡No! –gritó saltando sobre su tío con una gran sonrisa –-¡Solo mueve, mueve, mueve! –-exclamó una vez estuvo entre los brazos de Alexander.

 

           –-Vale, vale... Mmm... –-revisó la posición de las piezas y decidió que ya era momento de finalizar la partida. Pasando su brazo sobre la cabeza de Connor, movió la torre y anunció –-Jaque, mate.
 

Fingiendo un enfado, Connor se abalanzó sobre su tío como si tratara de pegarle. En un momento, el pequeño estaba tumbado sobre la mesa desternillándose a causa de las cosquillas y su tío también, contagiado por el niño. Las piezas del ajedrez cayeron al suelo, entre pataleos y risotadas, pero a ninguno le importó. Elizabeth comenzó a contagiarse de los sollozos y también rió con ambos. Al cabo de unos instantes se dió cuenta de que el silencio volvió a inundar el salón y se percató de que Connor, sonrosado y agitado por el ejercicio mirándola del revés, y Alexander, sujetando al pequeño por la cintura, la observaban con un brillo de picardía en sus ojos azules, a cual de los dos más intenso. Entonces, Elizabeth dejó de reírse; carraspeó y observó a los dos con cierta desconfianza.

 

             –-¿Qué opinas Connor? –preguntó Alexander sin quitar la vista de su prometida –¿Crees que podríamos conseguir que Elizabeth vuelva a reírse? –el niño afirmó efusivamente, intentando además soltarse de los brazos de su tío. Dejó al pequeño en el suelo y, guiñándole un ojo, le susurró –Tu por la izquierda y yo por la derecha...

 

De repente, Elizabeth les vió venir como dos leones acechando a su presa. Corrió hacia el lado de Connor, consiguiendo evitar al niño, y cuando le bordeó escuchó su queja y sus pisadas intentando darla alcance. Pero quién la preocupaba realmente era Alexander, que podía verdaderamente atraparla... Llegando a toda velocidad al extremo contrario de la mesa donde tío y sobrino habían estado un instante antes y agarrándose en el borde de una de las sillas para evitar caerse por la inercia, se topó de frente con su prometido. Ambos se quedaron estáticos observándose, intentando averiguar hacia qué lado iría cada uno. Alexander hizo un ligero movimiento, dispuesto a avanzar hacia ella y, entonces, Elizabeth dió un paso atrás. Volvieron a quedarse quietos. Su prometido sonrió luciendo una mirada llena de picardía y divertimento.
 

             –-Si sigues yendo en esa dirección, Connor te atrapará... –masculló con voz melosa, dando otro paso hacia ella. Aquellos ojos verdes clavados sobre él le encendían la sangre... Y aquellos labios que contenían su sonrisa, aquel pecho subiendo y bajando al compás de su agitada respiración y esas magníficas mejillas sonrosadas... ¡Dios! Iba a devorar a esa mujer...

 

              –-Connor no me preocupa –respondió ella en un sensual susurro, acercando la barbilla hacia su hombro desnudo. Le vió sonreír ampliamente cuando terminó de decir aquello y la mirada hambrienta que se reflejó en esos ojos azules de demonio, la hicieron temblar.

 

            –-¿Y yo si? –Dió otro paso y ella retrocedió dos, deslizando sus manos fuera del respaldo del sillón y sujetándose las faldas, dispuesta a huír.


 

Entonces, Elizabeth escuchó a Connor acercándose y, en un movimiento rápido corrió en dirección contraria huyendo de ambos. El niño volvió a gritar algo que ella no logró entender y, en su obsesión por escapar de su prometido, bordeó todo el lado largo de la mesa a la máxima velocidad que le dejaban sus piernas. Sin darse cuenta, comenzó a reírse; se estaba divirtiendo. Miró hacia atrás intentando vislumbrar a Alexander y le encontró corriendo por el lado opuesto de la mesa, más o menos a la par de ella. Sonrió ampliamente y le sacó la lengua jugueteando. Intentó correr más rápido cuando encontró una posible vía de escape, la puerta del salón y, justo cuando tomaba el picaporte para abrirla, la mano de su prometido se aferró a su otra muñeca y tiró de ella hacia dentro. Con un diestro movimiento la hizo girar en redondo y Elizabeth chocó de frente contra el cuerpo masculino. Carcajeándose armoniosamente, abrazó a su prometido llena de alegría y, casi al mismo tiempo, los brazos de Alexander la rodearon posesivamente, manteniendo el equilibrio, mientras escuchaba su risa y sentía el cálido aliento de ella acariciándole el cuello.

Connor, ajeno a lo que realmente sucedía, gritaba y saltaba lleno de júbilo, en una danza muy peculiar, al ver que su tío había atrapado a su Sidhe.

 

              –-Ya eres mía –susurró apretándola más contra sí.

 

Por un momento Elizabeth dejó de respirar al escuchar aquellas palabras, porque tuvo la sensación de que encerraban más de lo que aparentaban; más allá del simple juego. Quería mirarle, pero no podía. ¿Y si le sucedía como aquella vez que le encontró en las entradas traseras de los jardines? Su mente se volvería fláccida y ella no era una mujer débil. Entonces sintió como la tomaba de la barbilla y, delicadamente, la elevaba para profundizar la mirada... Pero cuando el contacto visual estuvo a punto de establecerse, la puerta del salón se abrió, golpeando a ambos, aún enredados, y obligándolos a retroceder tras recibir el impacto.

Cuando Angie empujó la puerta y sintió el golpe, imaginó que Connor, en una de sus travesuras, le había preparado lo que él llamaba 'trampas'; trampas que esparcía por toda la casa. Aquel chiquillo no podía negar ser un Sackville; todos los hombres de aquella familia eran unos demonios revoltosos incluso de adultos. Suspiró resignada con una sonrisa. Era la segunda generación de Sackvilles que cuidaba y era tan refrescante y entretenido hacerlo, que nunca pudo enfadarse con ninguno... Excepto cuando la broma pasaba de castaño oscuro y aún así a veces.....

 

              –-Muy bien Connor -comenzó a decir mientras abría del todo la puerta –Has conseguido que cayese en tú... –se interrumpió bruscamente cuando observó al pequeño en medio del salón, mirándola con gesto extraño –¡¿No ha sido una trampa?! –-exclamó sorprendida, dando un saltito y girándose rápidamente en busca del obstáculo. Cuál fue su sorpresa al ver a Alexander y a Elizabeth abrazados, mirándola sorprendidos. –Oh... Oh, vaya, lo siento. –-Colocó sus brazos en jarras –-Solo venía a preguntarles si ya desean tomar el desayuno y a informar a la señorita Elizabeth que en una hora vendrá la modista para tomar las medidas para su vestido de novia –- ¡Y aún seguían pegados! ¡Increíble!
 

Cuando Elizabeth escuchó la palabra 'novia' reaccionó. Giró la cabeza, topándose al frente con el pecho masculino, levantó rápidamente la vista con los ojos muy abiertos y, cuando contempló el rostro de Alexander, apoyó las manos sobre el cuerpo de él y le empujó para apartarse. Su prometido, como movido por un resorte, la soltó tan rápido que a punto estuvo de caerse al suelo. Haciendo grandes esfuerzos para mantener el equilibrio, y una vez que pudo dominarlo, se irguió altanera y volvió la vista hacia Angie, como si nunca hubiesen estado abrazados.

Alexander, por su parte, volvía a lucir esa sonrisa pícara mientras respondía a la mujer.

 

               –-Si Angie, tomaremos ahora el desayuno –-carraspeó, cruzando las manos a la espalda, como si decir lo que seguía le molestara -Y si me haces el favor, te llevas a Connor. Elizabeth y yo tenemos que hablar.

 

             –-Por supuesto –-Moviéndose con pasos cortos y contoneando voluminosamente sus redondeadas caderas, Angie se acercó hasta el pequeño y, tomándole de la mano, y tras una promesa de un pedazo de pastel de melocotón, se lo llevó fuera del salón dejándolos solos.

 

                –-Eres terca –-dijo Alexander caminando despreocupadamente hacia el otro extremo de la mesa.
 

Elizabeth abrió mucho la boca y los ojos, absolutamente ofendida y le siguió con la mirada unos instantes antes de poder reaccionar.

 

               –-¿Perdón?–-casi gritó, cogiéndose las faldas y caminando tras de él como una fiera embravecida.

 

              –-Que eres terca, Elizabeth –-repitió con tono solemne, sentándose en el sillón presidencial. –-¿Por qué sigues negando lo evidente?
 

               –-¿Qué se supone que estoy negando mi Lord? –-preguntó bordeándo su asiento y dejándose caer en la silla que quedaba a la izquierda de aquel hombre arrogante y prepotente, prosiguió soberbia–- Ilumíname.
 

               –-Que vas a casarte conmigo –-se había girado en la silla lo suficiente como para poder contemplarla de frente sin necesidad de desviar la vista –-Tú no puedes evitarlo, yo tampoco. ¿Por qué no dejas de pelear?

 

Realmente Alexander estaba sorprendido. Nunca una mujer se le había resistido tanto, aunque también era cierto que nunca había encontrado a una que le encandilara como Elizabeth. Incluso Grace era incapaz de hacerle sombra a su preciosa prometida. Pero no solo eso; aquella Banshee era inteligente y tenía su punto de picardía y eso le encantaba. Tan solo pretendía saber lo que esa mente pensaba, cómo sentía, qué añoraba, qué soñaba... Por primera vez desde hacía mucho, estaba dispuesto a esforzarse por conocer a una mujer y esa mujer era Elizabeth Kennedy, únicamente ella y ninguna otra. Pero, por muchos esfuerzos que hacía, ella siempre le cerraba la puerta y su paciencia estaba por agotarse.

 

               –-No quiero ser uno más de tus premios -masculló mirándole fijamente. Su fuego enrabietado se había avivado sobremanera –-Y no quiero casarme contigo, no te amo –-Y algo en su interior se quejó ante esa última afirmación.

 

               –-Yo sí –-respondió clavando las pupilas sobre las de ella. Vió el asombro en su dulcificado rostro y se percató de sus intentos por disimularlo –-No eres un trofeo Elizabeth –-murmuró con voz grave, suave levantándose lentamente de su asiento -Eres una mujer hermosa, inteligente y divertida –-caminó con paso tranquilo hasta colocarse tras el asiento de ella y, cuando estuvo allí, deslizó las manos alrededor del su fino y largo cuello, resbalándolas como suspiros hasta posarlas sobre sus maravillosos y aterciopelados hombros –-Me paso el día pensando en ti...–-susurró cerca del oído femíneo–-...he soñado contigo por las noches...–-acarició su cuello con las palabras y desde allí, podía divisar el ritmo agitado de su respiración al compás del movimiento de sus pechos –-...te deseo tanto... –-Besó el vértice de la mandíbula inferior y siguió hasta encarar a sus labios, nadando al mismo tiempo en aquellos verdores de Escocia subyugados por la neblina del placer –-Quiero que seas mi esposa, quiero conocerte y quiero tenerte siempre... Me has hechizado gràidh* –-Acarició su boca y saboreó su impaciencia antes de fundirse con ella y fue entonces cuando Elizabeth se levantó facilitando su intromisión. Sus cuerpos quedaron pegados, anidados el uno en el otro. Sus lenguas luchaban por abarcar más espacio, por acariciar más rincones. En un intento por acercarse más, Alexander colocó a Elizabeth contra la mesa mientras con una de sus manos la sujetaba por su estrecha cintura y la otra la sostenía por la nuca, invitándola a permanecer ahí, a no separarse nunca. Ella respondía a cada embate, a cada profundización del beso, a cada intromisión y exigencia con fervor. Era puro fuego y estaba a punto de abrasarle... Con dificultad, no solo por él mismo si no también por ella, consiguió separarse de sus labios lo suficiente como para susurrar entre suaves besos–-¿Tregua?

 

Elizabeth aún temblaba entre aquellas poderosas manos que la sujetaban contra la tabla. Había saboreado sus labios, percibía la excitación de su prometido... Amaba las sensaciones que la provocaba. Amaba cada escalofrío, cada embate de calor, cada beso, cada acercamiento al éxtasis tan solo con esas ligeras caricias... Y amaba sus palabras, ésas que decían que quería conocerla, que quería tenerla siempre, que había pensado en ella. Sí, daba igual... Iban a casarse de todos modos, no tenía por que seguir luchando contra él. Necesitaba culminar aquel placer, acallar ese fuego que la fundía las entrañas cuando Alexander estaba cerca. No perdía nada por intentarlo, porque no había posibilidad de perder nada...
 

            –-Tregua... –-susurró con la voz inhundada por sonrisas.

 

            –-No te arrepentirás, Elizabeth –-suspiró contra sus labios –-Lo prometo.

 

 


* Sidhe > Hada (en gaélico escocés)  * gràidh > Amor, amante (en gaélico escocés)


 

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