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- CAPÍTULO 05 -
Elizabeth no podía creer lo que veía. Jamás imaginó que un hombre de la envergadura de Charles pudiera comportarse como un niño desvalido, prácticamente a punto de llorar. Caminaba de un lado a otro como un león herido frente al dormitorio donde Enide padecía los dolores de parto. Con las manos tras la espalda y con gesto extremadamente preocupado. A cada sollozo de su esposa, Charles se paraba en el sitio, observaba a la puerta con horror y dejaba la boca abierta, como si él intentara gritar con ella pero la voz se le estrangulara en la garganta. La imágen era terriblemente tierna y Elizabeth no pudo dejar de sentir cierta envidia al comprobar la preocupación desmesurada de ese hombre por su esposa. Además, dentro de la complejidad y preocupación propia del momento, tenía una parte cómica, puesto que el hermano mayor de su prometido, cada tres gritos de Enide se abalanzaba sobre la puerta intentando derribarla para entrar y consolar a su mujer. Cómo desearía ella tener a un marido como aquel, que la colmara de atenciones y demostrara su preocupación. Con el ceño ligeramente fruncido, desvió la vista hacia Alexander. Sentado en el otro extremo del banco que compartían frente al dormitorio, parecía estar tranquilo, impasible ante los sollozos de su cuñada. Incluso podría decir que, por su gesto, estaba molesto. No fue hasta unos segundos más tarde, que comprendió por qué se veía así: de la garganta de Enide brotó un sonido tan quejumbroso y aterrador que Charles volvió a intentar irrumpir en el dormitorio y fué entonces que Alexander se abalanzó sobre él, empujándolo y aprisionándolo contra el suelo. Elizabeth saltó de su asiento asustada ante la repentina acción de su prometido, a la vez que se sorprendía por la facilidad con que le había tumbado.
– ¡Charles, basta! -gritó con voz furiosa, mientras su hermano intentaba zafarse de su agarre –¡Compórtate, maldita sea! –la mano de Charles se resbaló de entre la suya con desesperación y consiguió encajarle un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aliento por un segundo. Elizabeth gritó algo. Enrabietado, Alexander le devolvió el golpe un poco más arriba de donde su hermano le había golpeado, dejándolo completamente sin respiración – ¡No se te ocurra volver a hacer eso! -masculló recuperando el aliento. Cogiéndole de la pechera, intentó que volviera a ser racional –¡Cálmate! Está con el médico, no va a pasarle nada. ¡Mírame! –ordenó luchando porque las pupilas de Charles se enfocaran sobre su rostro y, cuando lo consiguió, su voz se tornó apaciguadora –Enide va a estar bien. No es la primera vez que pasa por esto Charles y la está atendiendo el mejor médico del país. No creo que tu comportamiento la ayude mucho en éstos momentos y si entras ahí la pondrías más nerviosa. –Y con voz severa, finalizó –Así que por el bien de todos, tranquilízate. -Cuando le afirmó con la cabeza, se dió por satisfecho, confiando en él – Voy a soltarte y ni pienses en cruzar esa puerta o tendré que dejarte inconsciente. Si no puedes soportarlo, vete abajo y quédate con tu hijo, él también te necesita, incluso más que ella. Charles observó durante unos segundos más a su hermano, mientras éste se retiraba. Intentó controlar sus nervios. No era fácil. Si había algo que temía en el mundo, era perder a Enide. No podría sobrellevarlo de ninguna de las maneras; ella era su vida. Levantándose del suelo contempló la puerta horrorizado por sus miedos y después, repasó con la mirada oscurecida a la dulce Elizabeth; tan pálida como el mármol de Carrara, con sus verdores muy abiertos y fijos en algún punto al frente, estática y rígida, de pie, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Sonrió sin darse cuenta, al percatarse de que no solo a él le estaba afectando el alumbramiento. Con inmaculada exquisitez, se acercó hasta la prometida de Alexander y la reverenció.
– Disculpadme Elizabeth –su voz sosegada, como si un bálsamo se hubiera derramado sobre él –...por mi pérdida de compostura. Lamento que me hayáis visto de ésta manera. Tan solo espero que comprendáis que es mi esposa y...
–Está bien –le cortó secamente – Lo comprendo perfectamente –finalizó con una sonrisa repleta de ternura. Charles pasó por su lado, sentándose en el sillón en donde unos instantes antes ella había permanecido. Le escuchó suspirar con amargura y desolación. Pero había algo que tenía que resolver, antes de ni siquiera imaginarse intentar consolar al futuro padre. Sin duda, que Charles hubiera reaccionado de aquella manera descontrolada tenía justificación, pero en absoluto lo tenía la actuación de Alexander. Allí estaba parado frente a ella, apoyado contra la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho, observándola como un cazador haría con su presa. Frunciendo el ceño, llameó sus irises sobre su prometido, forzando el dibujo de una sonrisilla, apretando las mandíbulas y con voz tensa, camufló su órden en una sugerencia –¿Me permitís conversar con vos, mi Lord? –En un coqueto disimulo, señaló con la vista y un sútil movimiento de sus perfiladas cejas, hacia Charles, afianzando su necesidad de mantener su charla a solas.
–¿Es imprescindible que sea ahora? –preguntó con voz juguetona. No estaba dispuesto a que aquella preciosa Banshee le separase de su hermano en aquel instante, y menos para el sermón que le esperaba, a juzgar por la mirada que Elizabeth irradiaba en él. Si hubiese sido otra, seguramente hubiera ignorado su pregunta y continuando vigilando a su hermano. Pero no, aquella mujer le incitaba a desvelar su carácter rebelde y peleón constantemente –No creo que sea conveniente dejar solo a mi hermano.
–Estoy segura de que su hermano sabrá comportarse debidamente en nuestra ausencia ¿Verdad mi Lord? –desvió la mirada hacia Charles quién, con un gesto decidido y una ligera sonrisa que no pasó desapercibida para su hermano pequeño, asintió vehementemente. Elizabeth, altanera, volvió sus irises hacia Alexander, con un brillo victorioso cubriéndolos –¿Lo véis? No tenéis que preocuparos en absoluto...
Meditó un instante. Realmente le preocupaba poco si su hermano se tiraba de los pelos, arañaba la puerta hasta quedarse sin uñas o si mordía las paredes intentando entrar al dormitorio. Si se quedaba allí, era por petición de Enide. Aún recordaba aquellos ojos llorosos y la vocecita suplicante que le rogaba no dejar entrar nunca más a Charles mientras estuviese dando a luz. Sonrió inconscientemente. Nunca estuvo seguro de si lo que temía Enide era el comportamiento de su esposo o que si al tenerlo cerca pudiera matarlo por provocarle esos dolores. En fin, se ausentarían tan solo unos instantes y estaría a solas con ella. ¡Qué mejor excusa o argumento para dejar a Charles solo unos minutos!
* * * * * * * * * *
Elizabeth caminó por el pasillo en busca de una lejanía suficiente como para evitar que nadie les oyera, especialmente el primogénito Sackville. Sentía la silenciosa presencia de Alexander siguiéndola, como una sombra, observándola fijamente, excitándola. Realmente no sabía qué le sucedía a su genio escocés-irlandés cuando aquel hombre se arrimaba a ella; el romántico y soñador irlandés se perdía en aquellos ojos azules con tremenda facilidad, sintiéndose enamorada, como si contemplara a su amor platónico. Pero el otro, el genio escocés de generaciones guerreras, deseaba pelear con él, discutir y hacer que sus sangres hirvieran de furia. En ésos instantes, el segundo ganaba por partida doble; nada la satisfacería más que conseguir enfurecerle... y lo iba a conseguir. Cuando decidió que estaban lo suficientemente lejos como para evitar ser escuchados, Elizabeth paró en secó en mitad del pasillo, girándose tan rápido para encararle que apenas le dió tiempo a percatarse de que el cuerpo masculino se le venía sobre el suyo y tropezaban. Por acto reflejo, las manos de Alexander se apresuraron a rodear la cintura de la mujer, sosteniéndola y evitando que cayera. Pero lo más sorprendente, fue la rapidez con que ella enrolló los brazos al rededor del cuello de su prometido. Durante unos silenciosos e íntimos segundos, ninguno dijo nada y, secretamente, gozaron de aquel sútil contacto y calor corporal, que les resultó absolutamente satisfactorio y reconfortante. Ella no quería mirarle porque sabía que si lo hacía terminaría olvidando su propósito. Lentamente, muy despacio, temiendo hacer un gesto brusco que despertara la lujuria del hombre, se separó de él sin mirarle.
–¿Cuál
es tú problema?
–espetó
decidida, levantando la vista con el ceño fruncido -¿Era necesario pegar a
tu hermano? ¡No parece que Charles esté disfrutando
mucho con ésto y a ti lo único que se te ocurre es enzarzarte en una pelea!
-finalizó colocándose las manos en las caderas, esperando una respuesta. Alexander la observaba con una mueca divertida, cruzado de brazos. ¡Se había atrevido a reprocharle, a gritarle! Cuando ni a su madre se le ocurriría ni tan solo por un segundo a esas alturas elevarle la voz. Era curioso porque, en vez de estar enfadado con ella, se sentía terriblemente atraído y prácticamente excitado con ese mal genio de su prometida. Cada vez que ella le gritaba, le entraban unas terribles ganas de avasallara, de tocarla y besarla, de jugar... Pero no era su intención ser descubierto tan rápidamente así que, camuflando sus verdaderos sentimientos, fingió una rigidez por ofensa que brotó de sus labios. Cuando en realidad su rigidez nacía en un punto anatómico muy concreto.
–Tú no has pasado por un embarazado y un parto de Enide con Charles cerca. No tienes ni idea del comportamiento extremo y perjudicial que tiene mi hermano –sentenció serio – Especialmente con su esposa.
–¡Pues habla con él! –gritó exasperada, acercándose un poco más –Pero embestirse a golpes es cosa de salvajes y dudo mucho que un noble inglés debiera serlo ¿Me equivoco? –-se cruzó de brazos, enmarcando sus pechos.
– ¿Y eso me lo dice una mujercita escocesa? –masculló entre dientes, repasando aquel precioso cuerpo de arriba abajo, maravillado. Pero, a juzgar por la respuesta que recibió, ella lo entendió todo como no era. La bofetada que le propinó fue sonora, debastadora, dejándole completamente anonadado.
–No vuelvas, en tu vida, a insinuar nada como lo que acabas de insinuar –Elizabeth se sintió decepcionada y humillada. –Porque cada vez que lo hagas, me comportaré como la salvaje que crees que soy. – Y por eso le golpeó.
Su prometido la miró en silencio, con un gesto impasible y ella encaró su mirada tan solo unos segundos, antes de sentir que sus ojos se humedecían. Rápidamente, cogió sus faldas y anduvo de nuevo hacia el dormitorio de Enide con paso firme, sintiendo como la furia llameaba en sus irises, aguando su mirada con lágrimas cálidas. Realmente había puesto esperanzas. Había creído que podría amarle o encariñarse con él y llevar una vida apacible, juntos. Pero lo único que no soportaba es que la juzgaran tan solo por las tierras en donde había nacido; Alexander había perdido todos sus puntos a favor.
* * * * * * * * * *
Adrianne de Dorsetshire, con gesto cansado y erguida a los pies de la cama, observaba rebosante de ternura al cuadro familiar que se dibujaba ante sus ojos. Su primogénito sentado al lado de su esposa, abrazándola y Enide, quién yacía en la cama con su nueva hija entre sus brazos, tocando las manitas y los piececitos de la recién llegada Sackville. Su hijo besó la frente de su mujer al mismo tiempo que acariciaba su mejilla y contemplaba a su hija con una mezcla de satisfacción, orgullo y temor. Adrianne no puedo evitar sonreír al ver reflejado en Charles el vivo retrato y comportamiento de su padre, el Duque de Dosertshire. Sonrió inconscientemente, con los ojos llorosos de alegría. Entonces irrumpió en el dormitorio la beldad de Elizabeth, despertando el interés de todos los presentes en la sala. Aún dolida con Alexander, se limitó a interpretar su papel. Caminó con una forzada sonrisa hasta la cama, ignorando a la siempre interrogante Adrianne, y abrazó a Enide fraternalmente en cuanto llegó al lado de los nuevos padres.
– Estaba preocupada... –susurró al oído de su amiga con voz entrecortada- Me alegro tanto de que estés bien...-después de establecer un furtivo contacto visual con Enide, desvió sus pupilas hacia el bebé que sostenía entre sus brazos –Es precioso... –susurró contemplando la carita redondita y sonrosada.
–Preciosa –se apresuró a corregir Charles con un toque de admiración y paciencia –Es una niña, Elizabeth.
–-¡Lo siento, lo siento mucho! –se sintió terriblemente avergonzada, a pesar de ser consciente de que nadie le había certificado el sexo del bebé y de que, por tanto, no tenía por qué saberlo. La risa de Charles, ahogada en su garganta, le produjo escalofríos; era una calca perfecta de la de Alexander –No estoy demasiado familiarizada con recién nacidos... -uno de los dedos de Elizabeth quedó enredado en la manita de la pequeña, que dormía plácidamente y movía su cuerpo inconscientemente.
–
No te preocupes querida
–la
voz serena de Adrianne cautivó la atención de todos
–
Muy pronto tendrás los tuyos propios y no supondrá un problema para ti
diferenciarlos
–con
el gesto duro y la barbilla ligeramente elevada, la Duquesa de Dorsetshire
tenía las pupilas clavadas en Elizabeth, dictando sentencia. A pesar de sus deseos por contestar a la madre de Alexander, su conciencia la invitaba a no estropear el maravilloso momento que se vivía en aquel dormitorio; el nacimiento de una nueva vida, un pequeño milagro. Nada tendría que restarle protagonismo a algo tan espléndido y mágico, y mucho menos cómo se sintiera ella. Intentando despejar la atención de aquel muy intencionado comentario, Elizabeth volvió al tema inicial.
– ¿Habéis decidido cuál sera su nombre?
– Aún no –Enide elevó la vista hacia su esposo con una ceja arqueada, empleando a continuación un tono juguetón que dejaba entrever una complicidad entre ambos –¿O si?
–Nos gustan Cara (significa amigable)-dijo Charles acariciando el hombro de su esposa – y Eirinn (significa Paz), pero no nos decidimos por ninguno de los dos.
– Te has olvidado de Lèan (luna) –se apresuró a recordar Enide con cariño mirando a su esposo. Con una sonrisa, volvió la mirada hacia su amiga –¿Cuál te gusta a ti Elizabeth?
–Cara –contestó decidida, percibiendo el suave tacto de la piel de la bebé –-Creo que es un bonito nombre para ella... –la pequeña tembló y se removió en los brazos de su madre, acomodándose en ellos. Todos observaron hipnotizados durante unos segundos, en silencio, los movimientos y los casi inapreciables sollozos de la bebé.
–- ¿Y a ti Alexander? –Enide se asomó, contemplando a su cuñado en el resquicio de la puerta. Observó la tensión que se apoderó del cuerpo de Elizabeth cuando la escuchó nombrarle y también se percató de la indecisión de su cuñado a la hora de acercarse o no hasta donde estaban. Contempló a uno y a otro. Allí había sucedido algo y nada bueno. Frunciendo ligeramente los ojos y con una sonrisa maliciosa continuó –¿Qué nombre te gusta?
–Eirinn -contestó secamente.
Charles suspiró resignado, sin darse cuenta de nada. Flotaba en ambrosía por tener a su hija y a su esposa a salvo.
– Volvemos a tener un dilema... –se levantó de la cama y caminó hacia el otro extremo de la habitación para colocar algunas sillas cerca del lecho. Pronto el dormitorio estaría lleno de personas.
– Oh, vamos, vamos –se escuchó desde la puerta. El Duque de Dorsetshire hacía su aparición en escena, bordeando a su hijo mediano en la puerta e interceptando a su hijo mayor y dándole una amistosa palmada en la espalda – Cualquiera de los dos está bien para mi única nieta – Acercándose hasta la cama con paso nervioso, continuó su peroreta –Y siempre podéis reservar el siguiente para vuestras futuras hijas, porque espero que déis más miembros a la familia... -cuando llegó frente a la pequeña sonrió ampliamente –No cabe duda de que es una Sackville –dijo con orgullo, dirigiéndose a la recién nacida –Siempre durmiendo ¿verdad? Dí que sí, tu descansa mucho ahora para así traernos de cabeza a todos el mes que viene –el comentario provocó una risa en todos los presentes –Reíros, reíros ahora que podéis –Charles se acuclilló y tomo la manita de su primera nieta –Dentro de nada esta preciosidad nos dejará en vela cada noche. Y cuando seas un poco más mayor... –comenzó a susurrarla –...vas a volver locos a todos los hombres de ésta familia, que no son pocos. Claro que sí... cualquiera que te pretenda, tendrá que vérselas con cada uno de nosotros. Y el peor de todos será tu hermano –La niña, entre sueños, dibujó una sonrisa que le iluminó el rostro.
Elizabeth dió algunos pasos hacia atrás, retirándose de la cama. La íntima escena familiar la provocó escalofríos. Recordó a su pequeño Alan, a Davina y a sus hermanos. No podía seguir presenciando ese momento sin derramar lágrimas de amargura. Ella no quería casarse con Alexander y aún menos después de lo que la había dicho. Pero, todavía era peor intuir que Adrianne no haría fácil su adaptación en la familia. De reojo observó a la Duquesa de Dorsetshire, con aquel gesto impasible. Aunque unos segundos antes había conseguido verla emocionada, ahora mantenía un semblante serio, tanto como el día en que la conoció. Sintió que el pecho se le comprimía de repente, que la respiración se la agitaba y que el corazón latía descontrolado. Tenía que salir del dormitorio. No podía soportarlo. No podía soportar verse arrancada de sus raíces para, en breve, formar parte de un cuadro familiar en el que no se sentiría feliz de ninguno de los modos. Se giró para marcharse, pero en su intento de huída Alexander se interpuso en su camino. Elizabeth frunció el entrecejo y llameó fuego verde en sus ojos. Pero no sirvió de nada. Su prometido la tomó del codo y la arrastró fuera del dormitorio sigilosamente. Si ambos estaban de acuerdo en algo era en no quitarle protagonismo a los nuevos padres y a la pequeña.
–Escúchame –susurró una vez fuera. No podía soportar verla así, con aquella sonrisa fingida y su preciosa mirada cubierta de tristeza –No quería ofenderte, lo siento. Pero no consiento que nadie me levante la voz y mucho menos alguien que apenas me conoce. –Esperó a que ella dijera algo, pero no lo hizo. Tras un suspiro cansado, prosiguió –Tampoco me ha gustado que me dijeras “noble inglés” con aquella doble intención. –Apretó la mandíbula un segundo – Y si lo piensas, comenzaste tú.
El rostro de su prometida se llenó de duda y sorpresa, acentuado por su ceja arqueada e inquisidora. Sus labios se abrieron, como si estuviese dispuesta a reprocharle con fogosidad nuevamente pero, de repente, se quedó quieta, mirándole fijamente sin emitir ni un solo sonido. Tras unos segundos así, Alexander comenzó a impacientarse. Y descubrió que no solo era por que ella no se dignara a contestarle, en realidad ¡Estaba deseando besarla! Apartó la vista del precioso rostro de Elizabeth y decidió concentrarse en el tapiz que adornaba la pared que había tras de ella.
–¿Y bien? –-preguntó dejando clara su necesidad de saber.
–Yo solo he apuntado lo que eres, un noble inglés -se defendió con voz tranquila, contemplando el suelo. Lo último que quería en aquellos instantes era discutir con él, incluso hablar. Elizabeth quería regresar a su casa, con su familia... Sintió como la garganta se le cerraba, pero no estaba muy segura si era por la añoranza o por el hecho de que Alexander estuviese tan cerca.
–Y yo hice lo mismo –dijo cruzándose de brazos – ¿O no eres una mujer escocesa?
– ¡Sí, pero tú lo dijiste como si fuese un insulto! -levantó la vista, observándole con el ceño fruncido. De repente, le vió sonreír. Una sonrisa paciente que la alertó sobremanera... Ese hombre era sencillamente precioso, hipnotizante. ¿Por qué se exasperaba tanto cuando estaba a su lado? Siempre había sido amable con ella. Incluso le propuso sus propias tretas, desinteresadamente, para que cada uno hiciera su vida aún estando casados. Meditó un instante... él tenía razón, realmente ella había comenzado con el sinuoso insulto. Suspiró resignada y, contemplando con curiosidad la alfombra, susurró –Lo siento, no debería haberlo dicho de aquella manera.
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