- CAPÍTULO 04 -

Enide resultó ser brillante. Su apariencia era clásica en una mujer escocesa o irlandesa; su pelo rojizo caía libre por la espalda hasta casi su cintura; sus ojos eran grandes y del color de las aguamarinas; su rostro blanco de piel suave, alterado tan solo por unas tenues pecas que decoraban su nariz y sus pómulos. Era un poco más bajita que Elizabeth y de constitución delgada, menuda, sin contar con su tripa de embarazada. Y muy guapa. Muy, muy guapa. Se habían conocido en la cena del día anterior. Realmente la habían presentado a tanta gente la noche pasada que apenas era capaz de recordar unos cinco nombres. Y eso era decir mucho. Una de esas personas fue Enide y su esposo, el hermano mayor de Alexander, Charles que resultó ser un hombre encantador.
Ambas habían congeniado rápidamente, a pesar de los prejuicios de Elizabeth y su reticencia por entablar amistad con ella. Pero, las apariencias engañan. Enide no solo sabía gaélico perfectamente, si no que conocía la cultura escocesa prácticamente mejor que cualquier mujer que viviera en el país. Era más, sentía un arraigado amor por su tierra.

        - Es mejor que sigan creyendo que no les entiendo cuando hablan en gaélico. Así puedo saber y enterarme de cosas muy interesantes… -dijo Enide cuando Connor, que corría por los jardines hacia el lago, estuvo lo suficientemente lejos. Las dos rieron imaginando a los hombres, creyendo que no podía entenderles.

        - Pero… ¡Ni siquiera lo sabe Connor! –Elizabeth estaba sorprendida de cómo una madre podía ocultarle algo así a su hijo.

       - No es muy recomendable que lo sepa. Los niños son inocentes y creen que esas cosas no son importantes. – Meneó la cabeza, reafirmando su argumento -En cuanto hubiera un comentario por parte de esos dos bribones sobre que “yo no sé gaélico” Connor se apresuraría a desmentirlo –Enide frunció sus ojos, fijándose en lo que su pequeño hacía cerca de la orilla –No puedo arriesgarme… -suspiró con nostalgia –Cuando sea mayor, se lo diré…

       - ¿Qué le dirás? –Su tono fue realmente jocoso. Colocó los brazos en jarras, como si estuviera dándola un sermón para hacerla recapacitar -¿Qué no te fiabas de su padre y que pensabas que tenía amantes por doquier y que esa era tu forma de espiarle? – La mujer la miró con los ojos muy abiertos, al mismo tiempo que sus mejillas se teñían de un brillante rosado. Elizabeth empezó a reír.

       - No se lo que le diré –susurró aún avergonzada al verse descubierta –Quizá, un día sin más, le hablé en escocés y evitaré responder a sus preguntas –Después de un silencio prolongado, aclaró –Se nota que no conocías a Charles –acarició su abultado vientre con suavidad –Si crees que Alexander es descarado y libertino, es que no descubriste a su superlativo–escuchó como Elizabeth rió por lo bajo –Es por eso que su padre le desheredó; decía que un hombre que se comportase de aquella forma tan inapropiada no podía heredar un título tan importante –Suspiró resignada, mirando al cielo, como clamando ayuda –Se pasaba el día yendo y viniendo con mujeres. Cada día una. ¡A saber de dónde las sacaba! –exclamó con diversión –Eso era lo que más preocupaba; nunca se supo si eran prostitutas, damas, nobles, sirvientas…-volvió a suspirar –En fin, tenía un gran harén para él solo…

Elizabeth escuchaba atentamente, mientras vigilaba a Connor junto con su madre.

         - Y… ¿Cómo os conocisteis? ¿Por qué os casastéis?

        - Vine a Inglaterra buscando a una tía que estaba casada con un Lord. El hombre no la dejaba volver a Escocia, por miedo a que le abandonase y no volviera –aclaró su garganta – Su hermana, mi otra tía, con la que yo vivía tras la pérdida de mis padres, había muerto y decidí que era mejor que recibiera la noticia por alguien de la familia que no por un mensajero. Así que vine hasta aquí –dejó descansar sus manos sobre su vientre –Me hospedé en su casa durante un par de semanas y, un día que iba de compras, me tropecé con Charles en plena calle. Yo llevaba varios paquetes con vestidos nuevos –llevó las manos hacia delante, imitando la dimensión de las cajas e hinchando los carrillos –apenas podía ver por dónde iba y, de repente, todos se cayeron al suelo. Entonces le ví y me dije “¡Dios mío, he debido morir y no me he dado cuenta!” – Elizabeth estalló en carcajadas al comprobar lo buena actriz que era Enide y su gran sentido del humor –Creo que él pensó algo parecido, a juzgar por la cara de tonto que tenía…-ella también rió al recordarlo –Me ayudo a recoger todos mis paquetes y se ofreció a llevarme a casa. Yo acepté y creo que nos casamos en ese mismo instante. Desde ese momento no se separó de mí. Fue un tanto extraño, lo reconozco, pero muy original ¿No crees? –Enide clavó sus irises sobre su nueva amiga, que no dejaba de sonreír con alegría.

          - Desde luego que sí es original –afirmó moviendo la cabeza con incredulidad –Pero, ¿De verdad crees que Charles te es infiel?

          - No estoy muy segura –masculló acariciando de nuevo el vientre –La verdad es que no es por él, es por mi. Soy muy celosa y muy insegura. Especialmente cuando tengo ESTO –señaló con las manos su muy avanzado estado de gestación y lo exageró abriendo mucho los ojos –Y bueno… su pasado con las mujeres no ayuda, francamente. – Carraspeó -Al principio fue difícil porque, todas creían que yo era una amante cualquiera, y se le insinuaban frente a mi… ¡Me volvía loca! –Empezó a reírse ante los recuerdos –Formaba unos terribles escándalos allá donde fuera; en un parque, en alguna tienda, en el teatro, la ópera… Daba lo mismo, pero no soportaba que hicieran eso. Después, con el tiempo, todas se dieron por enteradas y dejaron de molestar. Pero claro, me aseguraba de que así fuese mientras yo estaba delante pero ¿Y cuándo no estaba? –miró a su compatriota, como pidiendo su aprobación. Y la encontró –Charles viaja mucho a Londres, para manejar los negocios familiares, y entonces pierdo el control sobre él. No se qué hace por las noches, cuando se queda allí, ni si estará con otra mujer ni…-de repente, empezó a llorar.

Elizabeth se asustó ante el repentino cambio de humor. Incluso dió un salto hacia atrás, casi aterrada. Enide estaba totalmente compungida, sollozando, llorando desconsoladamente como si le hubieran dado la peor de las noticias. Sin saber muy bien qué hacer, decidió pasar su brazo alrededor de los hombros de la mujer, y frotar la palma de sus manos contra sus brazos, intentando reconfortarla.

         - Tranquila…-susurró con calma –Tranquila. Estoy segura de que Charles te adora, Enide. Te mira completamente embelesado y está siempre pendiente de ti.

          - ¡Eso es por que llevo a su hijo en mis entrañas! –Sollozó aferrándose a Elizabeth –Ya no le parezco atractiva; estoy gorda y fea. –Sollozó más fuerte y tembló - ¿A qué hombre le resultaría atractiva una mujer como yo?

Elizabeth no daba crédito. Hacía unos instantes parecía radiante, feliz y ahora, sin embargo, estaba totalmente sumida en una depresión y en un conflicto interno. ¡Había que estar ciega para no darse cuenta del cuidado que Charles tenía con ella! ¡Para no ver ésas miradas furtivas, llenas de amor! ¡Incluso pasión! ¿Por qué Enide no era capaz de verlas? Carraspeó. Por unos instantes el llanto estuvo a punto de contagiarla y se le formó un nudo en la garganta. Elevó la mirada buscando a Connor. El pequeño parecía entretenido observando algo en el agua del lago; lo bastante entretenido como para no ir en busca de su padre. Necesitaba a Charles. Necesitaba que aquel hombre viniera a consolar a su esposa. Elizabeth sabía, por Davina, que las mujeres embarazadas sufrían constantes cambios de humor; podían estar absolutamente felices y maravilladas y, un segundo más tarde, completamente hundidas, a lágrima viva. Pero nunca, jamás, Davina insinuó que John hubiese dejado de amarla o no la encontrara atractiva. No sabía cómo reconfortarla ¡No sabía cómo reconfortar a una mujer TAN embarazada! Sintió como Enide se aferraba más a ella y se quejó dolorosamente. Elizabeth se asustó.

            - ¿El bebé? –preguntó con la boca seca y pálida, intentando mirar el rostro de su nueva amiga.

           - No…-masculló entrecortada. Se inclinó hacia delante de nuevo, emitiendo un gemido que congeló a Elizabeth –No lo sé…

            - ¡Dios mío! –exclamó -¡Hay que avisar a alguien! –Movió la cabeza desesperadamente en busca de alguna solución-¡Estamos muy lejos de la casa! ¡Oh, oh! – se quedó paralizada al sentir como sus manos se quedaban sin circulación cuando Enide las apretó fuertemente y prácticamente aulló -¡Connor! ¡Connor! –gritó desesperada, sujetando a la mujer, evitando que se desplomara en el suelo.

El niño se giró hacia ellas, alarmado por el griterío. Cuando observó mejor, vió como su madre estaba inclinada hacia delante, con las manos apoyadas sobre el vientre. Se irguió de un salto y corrió hacia las mujeres todo lo deprisa que sus piernecitas le dejaban. Cuando llegó hasta ellas su hada Elizabeth parecía no encontrarse tampoco bien. Le hablaba en una mezcla de gaélico e inglés muy raro, entrecortado. Farfullaba palabras que era incapaz de comprender, elevando el tono de voz. Connor miró a su madre asustado y petrificado; estaba muy enferma y lloraba y gritaba. Frunció el ceño. Su padre le había dicho que si la veía alguna vez sufriendo, entonces tendría que ir en su busca. En ese instante de recuerdo, su hada gritó dos perfectos Papá y Alexander en gaélico y fue lo que le impulsó a correr nuevamente con desesperación, ésta vez hacia la casa.

 

* * * * * * * * * *

 

 
Estaba de los nervios. Alexander creía que de un momento a otro saltaría sobre su hermano y le retorcería el pescuezo, o algo peor. Mientras él permanecía en uno de los sillones de la biblioteca, sentado como si fuese a recibir un sermón de su padre, Charles se pavoneaba delante de él, caminando de un lado a otro frente suyo con una copa de Brandy en la mano. Completo silencio tan solo interrumpido por alguna sonrisa de su hermano, un sonido áspero de su garganta y alguna que otra exclamación, en un susurro, sobre Elizabeth. Harto de la pérdida de tiempo que suponía estar allí, se levanto e intentó marcharse, pero su hermano mayor le empujó en el hombro y le obligó a sentarse de nuevo en el sillón. Alexander se dejo caer en el asiento con pesadumbre. Ni siquiera hizo esfuerzo por resistirse. Si lo hacía sabía que terminarían a golpes, como otras tantas veces, y no era su intención destrozar su preciosa biblioteca y los valiosísimos ejemplares que allí podían encontrarse. Reclinándose hacia un lado, dejó que su cabeza reposara en su mano, castañeteó los dedos sobre el otro brazo del sillón, bufó, resopló y se espatarró en el asiento. Siguió con la mirada el caminar de su hermano. Volvió a resoplar. Por Dios que iba a morirse de un momento a otro. Si al menos dejara de moverse… o hablara que era para lo que habían entrado allí…

           - ¿Sabes? –Charles comenzó con un tono de voz grave y tranquilo, además de reflexivo.

Alexander llevó las manos al cielo y exclamó un silencioso ¡Aleluya! al techo. Sentándose correctamente en el asiento, se cruzó de brazos y prestó atención a su hermano, quién apuró el último trago de Brandy. De repente, Charles hizo un movimiento brusco y le acorraló en el asiento, clavando sus manos en ambos brazos del sillón. En un acto reflejo se hundió en el respaldo, huyendo de la cercanía. ¿Se había vuelto loco?

          - Tienes suerte desgraciado –su rostro contraído. Parecía realmente enfadado. –Elizabeth es una preciosidad…-se irguió increíblemente rápido y volvió a un tono formal y tranquilo –Y parece una mujer muy interesante –finalizó rascándose el mentón.

Sus ojos azules estaban relucientes de estupefacción. Una ceja arqueada remarcaba su desconcierto. No podía creer que Charles le hubiera traído ahí solo para decirle algo que él ya sabía perfectamente. Elizabeth era demasiado interesante para su gusto; no solo atraía su atención si no que todos los hombres que hubo en la sala la noche anterior, todos familiares de él, admiraron como hipnotizados a su prometida. Y lo que más le gustó: intelectualmente era prácticamente un prodigio. Durante la cena se intercalaron conversaciones sobre política, filosofía, arte y música y Elizabeth supo adecuarse al ritmo de cada tema con una facilidad increíble, argumentando sólidamente. Las otras mujeres también vertían sus opiniones, pero ninguna con la convicción, solidez o seguridad con que lo hacía ella. Elizabeth sabía lo que decía y por qué lo decía, mientras que las demás simplemente se limitaban a copiar argumentos de esposos o allegados, exceptuando Enide. Alexander se maravilló. Él únicamente era capaz de observarla y tan solo ofrecía alguna opinión banal e irrelevante sobre el tema a tratar, básicamente para hacer acto de presencia. Estaba realmente asombrado con aquella Banshee. Durante la cena descubrió que sus gustos eran muy parecidos y eso le preocupó, desde luego. Estaba claro que se sentían atraídos físicamente, pero Alexander juzgó que era peligroso que también lo hicieran intelectualmente. Corría el riesgo de creer poder enamorarse de ella y el problema estaba en si ella sería capaz de enamorarse de él.

            - Es interesante –confirmó después de salir del recuerdo de la noche anterior –Parece llevarse bien con Enide –dijo de forma casual. Observó el gesto de preocupación que invadió el rostro de su hermano a la vez que detenía su caminar, pero decidió callar y esperar.

            - Sí, me he dado cuenta –susurró –Me alegro de que al menos se hayan conocido –miró de soslayo a Alexander -Enide estaba deseando encontrar a alguien más o menos de su edad con la que poder conversar de otros temas que no fueran hijos o vestimentas o cotilleos de la alta cuna –finalizó con desprecio. Hubo unos segundos de silencio. Después sonrió –Anoche se divirtió mucho con ella, me lo dijo nada más quedarnos a solas… -se cruzó de brazos y fijó su mirada en Alexander –Vas a casarte con ella.

             - ¿Es una orden? –preguntó divertido.

             - Tómalo así, si quieres –elevó los hombros y empezó a bordear el sillón con las manos cruzadas atrás –Ha llegado el momento de que te calmes, hermanito. Te estás haciendo viejo –le golpeó la espalda amistosamente -¿No crees que asentar la cabeza con Elizabeth sería tu mejor opción? Guapa e inteligente –Se colocó tras el sillón y apretó las manos sobre ambos hombros de Alexander con fuerza, empujándole hacia abajo, manteniéndolo en el sitio –Así evitarás que te salgan los hijos como los de tu ex amiguita Grace, que los pobres niños apenas pueden leer con seis años.

            - Deja de decir tonterías –Alexander retiró las manos de su hermano con un golpe y se levantó de un salto. ¿Quería pelea? La iba a tener –Además, todos saben que ésos mocosos han heredado el cretinismo de su padre.

Charles frunció el entrecejo severamente.

             - ¿Acaso aún estás prendado de esa ramera? –masculló con la mandíbula tensa. Su hermano se había enamorado de ella con tan solo quince años. Un amor de juventud, estaba claro, pero ésos sabía que eran los que más marcaban, especialmente cuando era el primero. La muchacha era cinco años mayor que Alexander y ya se había metido en la cama de más hombres de los que era capaz de contar dos veces con ambas manos. Intentó engatusarlo, sabiendo que heredaría más fortuna que la que ella tenía y sumando a cuatro familias igual de ricas. Y Alexander a punto estuvo de cometer una locura por aquella mujer; renunciar a todas sus posesiones e irse con ella, algo que él sabía jamás pasaría. La muchacha no le quería, solo su fortuna. Su hermano podría haberse visto repudiado por la familia, sin la mujer de la que estaba enamorado y absolutamente solo - ¡No puedes estar enamorado de esa zorra todavía! ¡Maldita sea Alex! –gritó enfurecido.

             - ¡No digas estupideces Charles! – se acercó a él, rabioso - ¡Jamás se te ocurra volver a decir semejante estupidez o creeré que esos críos son tuyos! ¡Joder! ¿Cómo puedes pensar que soy tan estúpido como para seguir enamorado de esa mal nacida? –jamás podrían ofenderle más. De ninguna de las maneras. Fue el mayor error de su vida y ojalá pudiera borrarlo. El único sentimiento que albergaba por Grace era el más sincero de los odios. –Nunca en tu vida vuelvas a insinuar algo como eso –dijo con los dientes apretados. Se desafiaron con la mirada y, después de unos segundos más sin decir nada, Alexander relajó el ambiente con un comentario propio entre ellos -A no ser que quieras probar mi derecha en el único lugar de tu cuerpo que Enide echaría de menos.

             - A lo mejor podría hacerlo yo –Los ojos de Charles brillaron con diversión -¡Pobre Elizabeth! Tendría a un eunuco por marido… -meneó la cabeza, como si imaginara la escena cuando ella lo descubriera. Escuchó la risa de su hermano –Entonces… -tras unos segundos de silencio, preguntó -¿Te casarás?

             –Eso parece… -se apoyó contra una de las altísimas estanterías repletas de libros que panelaban toda la biblioteca –No tengo más remedio, el contrato está firmado.

             –Y ella ¿Qué te parece? –Ahora Charles fue quien, con paso tranquilo, se encaminó hacia el sillón y se dejó caer –A mi me gustó –Alexander clavó la mirada sobre él, como si fuese un alfiler que estuviese torturando a una mariposa. - ¡Vaya mirada! –Exclamó teatralizando, como si sufriera un infarto –Eso es más de lo que puedo soportar. ¿Mi hermanito está encandilado con la joven e inocente Elizabeth Kennedy? Si no te conociera diría que estás más que interesado en ella –la ironía se desprendía en cada sílaba –Incluso diría que la has probado ya… –dijo con malicia, cruzando las manos a la altura de su barbilla, apoyándola después sobre ellas.

             –No la he probado de esa manera –Recordó el beso en los pasillos de las cocinas y se sintió endurecer –Aunque por poco…-susurró para él con complacencia, intentando evadir el recuerdo –Un par de besos, quizá.

            –Vaya, vaya, así que la fierecilla se rinde a tus pies…-su hermano se carcajeó sonoramente. Eso le sorprendió.

            –Eso es lo que más me gusta –Aclaró entre risas aún –Ahora se rinde, ahora no. Y cuando no se rinde, me gusta más todavía… -se cruzó de brazos y fijo sus pupilas en Charles – Lo sé, me encanta que una mujer me diga que no cuando en realidad estoy deseando que me diga que sí. Soy un pervertido y un perturbado –declaró con fingida voz de preocupación.

            –No eres el único en la familia al parecer. –bajó la vista y comenzó a observar sus botas con desmedido interés –Es divertido cuando te dicen que no y tienes que convencerlas. Especialmente si sabes que ella también se muere de ganas…

Ambos asintieron al mismo tiempo, mientras que cada uno se perdía en sus propios pensamientos. Pasaron unos minutos en relajado y confidente silencio. De repente, la puerta se abrió y una sombra pequeña atravesó la sala hasta llegar a Charles. Los dos hombres observaron aturdidos a Connor, quién apenas podía hablar, y tenía el rostro pálido.

             –Con’ –dijo su padre cogiéndole de los bracitos - ¿Qué te pasa, hijo? –el niño señaló hacia la puerta, mientras intentaba recobrar el aire para hablar. Entonces, sus ojitos azules se clavaron en los de Charles, irradiando temor y, como si pudieran leerse la mente, el hombre se levantó de golpe -¡Enide! –gritó alertando a Alexander -¡Enide! –volvió a gritar. Agarró fuertemente al niño por los brazos y le exigió con euforia -¿Dónde está tu madre Connor? ¡Por Dios, dónde está!

              –¡Charles, estás asustando al niño! –exclamó acercándose a los dos rápidamente -¡Cálmate! –se acuclilló al lado de su sobrino, que miraba a su padre terriblemente asustado –Con’ ¿Dónde está mamá? –le preguntó con calma. El niño se abrazó a su tío y sollozó “Jardines, camino, lago” –Muy bien pequeño –susurró acariciándole la cabeza. Clavó la vista en su hermano mayor –Están en los jardines, en el paseo que lleva al lago.

Charles exclamó una maldición y salió corriendo, desapareciendo de la habitación con una rapidez asombrosa.

                –Connor –le retiró suavemente de él –Tengo que ir con tu padre. Quiero que ahora vayas a buscar a los abuelos y les digas que viene el bebé ¿De acuerdo? – el niño asintió y corrió fuera de la biblioteca junto con su tío, solo que cada uno se dirigió en la dirección opuesta a la del otro.

 

 

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