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- CAPÍTULO 03 -
Durante unos
largos minutos ninguno de los dos habló. Sencillamente anduvieron juntos por
los caminos de gravilla que se serpenteaban entre el manto verde que cubría
toda la tierra de los jardines de Sherborne.
Con paso tranquilo, Alexander la conducía casi por inercia hacia la casita a
orillas del lago, donde a él le gustaba pasar algunas tardes en soledad.
Deseaba preguntarla sobre su intranquilidad cuando se nombró a Lord Fitz-James.
No por nada había sido una reacción totalmente impulsiva y asustadiza que,
por lo poco que había visto de ella, no la correspondía en absoluto para el
carácter que tenía. Aún sentía como se agarraba a él con fuerza, cómo su
pequeño y curvilíneo cuerpo se pegó al suyo solicitando apoyo. Y fue
entonces, al percibirla tan vulnerable, cuando la necesidad de protegerla se
agudizó intensamente. Desde entonces, había estado dándole vueltas a la
manera de abordar el tema sin ofenderla o incomodarla. Quería que confiara
en él porque, si estaban destinados a casarse y a no tener posibilidad de
impedirlo, lo menos que podían tener era una relación cordial de confianza y
amistad. Y eso era lo que Alexander quería proponerla antes incluso de que
contrajeran matrimonio.
- ¿Dónde
vamos? – preguntó Elizabeth con curiosidad. Habían caminado por el sendero
durante varios minutos y el silencio, tan solo irrumpido por algunos
trinares y el oleaje de los árboles, comenzaba a incomodarla.
- Al lago
–contestó observándola, clavando sus irises azules en ella –Quiero que
conozcas la casita que hay a las orillas.
-¿Por qué?
–detuvo el paso. Estar a solas con él en una casa no era algo que
pretendiera por ahora…ni nunca, agregó mentalmente de forma rápida con
cierta duda.
- Me gusta pasar
allí algunas tardes. Es un lugar tranquilo –su tono fue apaciguado y
melancólico–Simplemente quería que lo conocieras.
Elizabeth arqueó una ceja; lo último que esperaba de él era un acercamiento
y lo que estaba haciendo era mostrarle un lugar donde le gustaba pasar el
tiempo. No quería conocerle. No. Porque si lo hacía corría el riesgo de
enamorarse también de su personalidad, puesto que ya lo estaba de su
imponente físico, y era lo último que quería. Amar sin ser correspondida era
la mayor de las desgracias para ella y no quería padecerlo de ninguna de las
maneras.
-
Preferiría caminar por la orilla del lago, si no os importa –acentuando el
tratamiento formal inició la marcha, siendo acompañada por él –Tenéis unos
jardines preciosos en Sherborne –apuntó observando los alrededores, sin
recibir respuesta. De nuevo el silencio entre ambos.
Alexander carraspeó incómodo y decidió explicarle sus propios planes
ignorando el comentario halagador sobre el hogar que dirigía.
-
Elizabeth, quería comentaros algo respecto a nuestro matrimonio –su
voz serena, pero seria. Ella masculló un “Uhum” aprobando el iniciar la
conversación – Ninguno de los dos lo quiere así que, he pensado que
podríamos hacer nuestra vida por separado aunque vivamos bajo el mismo
techo. – la muchacha detuvo el paso -Los únicos momentos que pasaríamos
juntos serían en nuestras obligaciones sociales y en alguna ocasión concreta
que lo precisara. Creo que es lo mejor para los dos… ¿Qué opináis?
- No
estoy muy segura –respondió elevando la mirada hacia él - ¿No habrá rumores
de que sucede algo extraño en nuestro matrimonio? No quisiera tener que
soportar los cuchicheos de toda la nobleza inglesa cuando estuviésemos en
ésas reuniones.
- Nadie
dirá nada si ambos somos discretos – tomó las manos de Elizabeth entre las
suyas, acercándolas a su pecho en un acto que pretendía denotar confianza -
¿Estáis de acuerdo?
Elizabeth quería decir que sí, pero tampoco deseaba que él lo tuviera tan
fácil. Sabía perfectamente que mientras ella estuviera en casa Alexander
estaría en los brazos de otra mujer. Eso era lo único que él pretendía,
tener la libertad de poder ir y venir con sus otras mujeres sin que ella lo
esperara con una reprimenda. Ella no quería un matrimonio así, de ninguna de
las maneras. ¿Por qué no, simplemente, hacían un esfuerzo por conocerse e
intentar enamorarse? ¿Por qué no podía haber sido más fácil? Suspiró,
agotada. No podía cambiar las cosas; él deseaba retornar a su vida anterior,
previamente a encontrarse con el matrimonio forzado, y ella también lo
quería así pero, estando tan lejos de su amada Escocia, de su familia, de
Davina y el pequeño Alan no podría conseguirlo. No, él no podía simplemente
decirlo y tenerlo.
- Estoy de acuerdo –contestó decidida. Alexander besó sus manos
enguantadas con una amplia sonrisa en sus labios y, fue entonces cuando se
apresuró a decir –Tan solo os pongo una condición que cumplimentar para
aceptar vuestra propuesta mi Lord – La observaba con atención, aquellos ojos
azules clavados sobre los suyos con expectación –En Escocia, al contrario
que en Inglaterra, los esposos duermen en una misma cámara. Vos dormiréis en
mi cama cada noche durante los dos –soltando su mano de la de él, elevó sus
dedos índice y corazón afianzando el número –primeros meses de nuestro
matrimonio. Así aseguraremos que nadie tenga motivos tan tempranos como para
atormentarme con comentarios que no deseo escuchar de ningún modo tras mi
boda.
-
Pero Elizabeth…
- Es así o
no hay trato Alexander –interrumpiéndole, utilizando un tono familiar, elevó
la barbilla altanera. Aquel fuego rebelde y belicoso había vuelto a ella –
Nunca quise tener un matrimonio en el que mi esposo marchara a los brazos de
otra mujer en cuanto yo no mirase. –Cruzándose de brazos, prosiguió - Ahora
deberé resignarme pero, al menos, me gustaría disfrutar de dos meses de
fidelidad antes de obligarme a aceptarlo –Enarcando una ceja con malicia,
ladeando un poco la cabeza como si se asomará, preguntó intencionadamente -
¿Es que acaso os soy tan repulsiva mi Lord? ¿O quizá no sóis capaz de
soportar dos meses sin poseer a una mujer?
¡Maldición! De ninguna de las maneras ella le parecía repulsiva, nada más
lejos de la realidad. Y mucho menos era capaz de estar tanto tiempo sin
saborear el cuerpo de una mujer. Pero lo que verdaderamente le atormentaba
era tener que dormir al lado de ella, un prodigio de la belleza, sin poder
tocarla, acariciarla y saciarse de su espléndido cuerpo cuantas veces
precisara. Entonces, precisamente por ese pensamiento, preguntó esperando
que ella recapacitara sobre lo que la había pedido.
- ¿Eso
significa que puedo tocaros a vos, Elizabeth?
Creyó desfallecer ante la imagen de Alexander tocándola íntimamente; el
calor abrasó su interior derritiéndola de placer. Abrió mucho los ojos
cuando sintió como la rodeaba la cintura con las manos. Asustada por el
contacto inesperado y sus propios pensamientos, luchó por zafarse de su
abrazo, consiguiendo únicamente que él la estrechara aún más contra su
robusto y fornido cuerpo. Su voz era ronca, sensual, estrellándose sobre sus
labios entreabiertos e irracionalmente anhelantes de él.
- ¿Podré
saciarme contigo? -emborrachado por la fragancia de la mujer, se aventuró a
sostenerla sobre su cuerpo tan solo con un brazo, mientras la acariciaba con
su mano sobre la suave tela, dibujando la forma de su cintura y la curva
perfecta de su cadera - ¿Tenerte? –Ella era exquisitamente erótica,
maravillosamente sensual. Su aroma era tan candente, tan pasional que sin
percatarse de lo que hacía se aproximó a sus jugosos labios rosados
entreabiertos que parecían más que dispuestos a recibirle - ¿Poseerte cada
noche como si fuera la última vez?
- Yo… - no
sabía qué decir. Todo el cuerpo la temblaba, su vista estaba nublada y el
calor de los labios de Alexander abrasaron repentinamente los suyos al
contacto. Automáticamente, su boca se abrió dejando paso a una deliciosa
batalla de húmedas lenguas enredadas y placenteros mordisquitos en los
vértices. Sabía tan bien, tan dulce, salvaje y varonil…
Entonces, el sonido del trotar de un caballo les hizo separarse y repelerse
con fingido desagrado. Elizabeth mantenía a raya su agitada respiración y
rogaba porque sus labios no estuvieran excesivamente hinchados. Observó a
Alexander, con los ojos brillantes y feroces. La maldición que masculló fue
tan violenta, denotando toda su frustración masculina, que casi se echó a
reír por culpa de los nervios.
Entonces, el
sonido del trotar de un caballo les hizo separarse y repelerse con fingido
desagrado. Elizabeth mantenía a raya su agitada respiración y rogaba porque
sus labios no estuvieran excesivamente hinchados. Observó a Alexander, con
los ojos brillantes y feroces. La maldición que masculló fue tan violenta,
denotando toda su frustración masculina, que casi se echó a reír por culpa
de los nervios. Dio gracias al cielo por la interrupción que se les
avecinaba en breve, pues no hubiera sido capaz de controlarse si él hubiera
demandando un contacto más íntimo en aquel preciso instante. ¡Dios Santo,
estaban en un jardín! ¡Y tampoco estaban casados!
-
¡Alex! – la voz de un hombre se perdió en el aire, reverberando en el lugar.
Elizabeth contempló la apuesta figura del jinete que quedaba a tan solo unos
pasos de ellos -¿Dónde demonios pensabas escaparte con semejante belleza? -
A medida que se acercaba al trote largo, con aquel espléndido alazán, se
percató de que prácticamente era idéntico a su prometido; las únicas
diferencias residían en sus cabellos rubios y sus ojos verdes, tan oscuros
que parecían marrones, y un rostro en donde los rasgos estaban tenuemente
suavizados. Sintió como el rubor cubría sus mejillas ante el halago del
desconocido, que desmontaba ágilmente, recogiendo las riendas, y caminando
hacia ellos - ¿No vas a presentarme? – Elizabeth sintió como las pupilas de
aquel hombre la recorrían, de la misma manera que su futuro esposo lo hizo
cuando se vieron en el recibidor.
- No me
escapaba a ningún sitio, Joseph –masculló de mala gana –Lady Elizabeth y yo
dábamos un paseo mientras nuestros padres arreglan la lista de invitados de
nuestra boda – la antipatía y la ironía se desprendían de su voz.
Contemplando a su hermano, que lucía una enorme sonrisa divertida y
aventurando lo que estaba a punto de proponer, prosiguió amenazante - ¡No!
No puedes comprometerte con ella.
- Como mi
hermano es un tanto antipático – dijo Joseph estrujándole las riendas a
Alexander sobre el pecho y pasando por su lado hacia Elizabeth – y bastante
desconsiderado, me presentaré yo mismo. – Y haciendo una reverencia, cumplió
- Joseph Charles Sackville, mi Lady – tomando la mano de ella, quien aún
permanecía acalorada, la besó con extrema delicadeza – A su servicio.
-
Elizabeth Kennedy, mi Lord –susurró tímidamente, retirando la mano
coquetamente sin proponérselo –Es un placer conocerle.
- Así que…
-Joseph merodeó alrededor de ella, mirándola de arriba abajo con una chispa
de simpática lujuria en sus oscuros verdores - ¿Sois la prometida de mi
hermano? –con las manos cruzadas a la espalda se paró frente a Elizabeth.
Estaba tan cerca que se veía obligada a levantar la mirada para encararle.
Percibiendo el descarado cortejo del recién llegado, decidió tomar una
actitud inocente y casi infantil. Aún estaba lo suficientemente aturdida
como para no tener una ingeniosa respuesta que darle a aquel bribón que, de
seguro, tenía como ejemplo a seguir a su hermano. Nunca había sido buena
para predecir las edades de quienes la rodeaban, pero apostaría que aquel
muchacho no sobrepasaba los veinte años. Así fue como cruzó también sus
manos a las espaldas, consiguiendo que sus pechos se apretaran y abultaran
más con el frunce del corsé, y se asomó hacia Alexander, dejando que su
cuerpo se inclinara hacia un lado.
-
¿Soy vuestra prometida, mi Lord? – preguntó con un tono juguetón. Su
preciosa melena se derramó hacia un lado, acariciando su hombro desnudo. Su
mirada esmeralda clavada en el hombre que a punto estuvo de hacerla perder
la cabeza un instante antes.
-
Evidentemente que lo eres - Ofendido por la pregunta, que le dejaba en duda
ante su hermano pequeño, respondió con fastidio, clavando una mirada de
advertencia al condenado de Joseph – Y ahora deberíamos volver dentro. Aún
tienes que instalarte en tu dormitorio y guardar todas tus pertenencias.
Quería llevársela de allí cuanto antes. Mientras menos tiempo tuviera la
posibilidad su prójimo de contemplarla y pasar tiempo con ella, menor era el
riesgo de que se enamorara de él. No estaba muy seguro de por qué, pero la
sola idea de imaginarla interesada en Joseph le revolvía las tripas, le
llenaba de…celos, envidia. Acercándose a Elizabeth, para caminar con ella de
vuelta a casa, y de paso remarcar su posesión sobre ella, la escuchó decir
algo que a punto estuvo de provocarle una carcajada. Fue el tono y su
lenguaje corporal lo que le causaron tanta gracia.
-
Evidentemente que lo soy –se irguió ante Joseph e intentó imitar a
Alexander, con aquella voz ronca y profunda – Y, si tiene la amabilidad de
disculparme, debería volver dentro. Aún tengo que instalarme en mi
dormitorio y guardar todas mi pertenencias – Fingiendo una sonrisa cogió sus
faldas y, despreocupadamente, dijo – A su hermano le gusta dar órdenes,
¿Verdad mi Lord? – Joseph asintió con una amplia sonrisa – ¡Qué lástima! –
hizo un gracioso puchero que encandiló al instante a ambos hombres -Eso
significa que deberiáis mantener las distancias conmigo, y aún más cuando su
hermano y yo estemos juntos. – Y con una mirada amenazadora, que permanecía
clavada en su futuro esposo, predijo -La casa será un auténtico campo de
batalla, créame –E ignorando el brazo que cortésmente tendía su prometido,
echó a andar hacia el Castillo, con paso firme y decidido, abandonando a los
dos hombres.
Ambos admiraron, en silencio y de brazos cruzados a la hermosísima mujer,
hasta que ésta parecía tan solo un coqueto punto borgoña moviéndose en el
horizonte. Joseph consiguió salir de su ensoñación antes de que lo hiciera
su hermano. Al girar la vista observó cómo éste aún seguía contemplando a
Lady Elizabeth prácticamente hechizado. Un escalofrío le recorrió la espalda
al recordar las últimas palabras que ella había dedicado a Alexander.
- Si
una mujer me hubiese dicho eso a mi –golpeó amistosamente la espalda de su
hermano, haciéndole volver al mundo real -estaría corriendo hacia ella todo
lo rápido que me dejaran las piernas - afianzando su tono lujurioso,
apostilló -Y más después de lo que acabo de ver…
- No
creo que quisieras hacerlo… -su media sonrisa y aquel brillo pícaro en los
ojos delataban sus intenciones para con Joseph – Primero porque no te gustan
las mujeres rebeldes, ésta lo es y, además, te aseguro que su “Campo de
batalla” no es de esa clase en la que estás pensando. Segundo, tú no has
visto nada y tercero, y lo más importante –devolviéndole las riendas de su
caballo, del mismo modo brusco en que Joseph se las dio, advirtió con
seriedad y voz grave – si te acercas a ella, te descuartizo hermano…- y, con
aquello, caminó despreocupadamente de regreso al castillo.
*
* * * * * * * * *
En cuanto atravesó
una de las puertas de entrada a Sherborne, que la hizo aparecer al lado de
las cocinas a juzgar por el delicioso olor que se derramaba en el ambiente,
sintió como un pequeño bulto chocaba violentamente contra sus faldas.
Asustada dio un respingo hacia atrás, acompañándolo de un gritito
quejumbroso, mientras contempló al causante del encontronazo. Un niño. Un
pequeñín que apenas la llegaba a la altura de las caderas. Era un muchacho
precioso; con el pelo rubio atado en una cola de caballo, el flequillo
revuelto y unos magníficos ojos azules que la observaban con un almizcle de
admiración y sorpresa. Su carita era redondeada, de un atractivo innato, y
sus mejillas estaban sonrosadas. El niño sonrió de improvisto, lo que la
dejó apreciar los dos hoyuelos que enmarcaban un gesto pícaro y travieso.
Con un trajecito informal marrón tierra de pantalón holgado y chaleco corto,
parecía una versión un poco mayor de su añorado sobrino Alan.
-
¿Eres una Sidhe? – preguntó de repente con su vocecita infantil,
dando un corto paso hacia atrás. Su ceño se frunció cuando contempló la
sonrisa que iluminó el rostro de Elizabeth.
-
No, no soy una Sidhe –confirmó mirando con ternura al pequeño.
- ¿¡No?!
–exclamó sorprendido. Le recordaba a uno de los dibujos de uno de sus libros
de cuentos sobre las hadas mágicas del norte y, cuando la vio, se emocionó
al creer que había encontrado a una auténtica Sidhe – Entonces… - se
llevó la manita hacia la sién, confirmado su confusión -…si no eres una
Sidhe… - sus ojitos azules se volcaron sobre los suyos - ¿Quién eres?
Elizabeth se arrodilló en el suelo, quedando aproximadamente a la altura del
pequeño. Era condenadamente adorable. Dios, solo habían pasados dos días
pero extrañaba tantísimo a Alan... Sonriendo dulcemente alargó las manos
hacia el niño, invitándole a acercarse. Pero él no se movió, se quedó allí,
observándola con incredulidad mientras mantenía en una de sus manitas un
pequeño melocotón.
Ninguna mujer se agachaba para quedar a su altura, solo su madre lo hacía
cuando quería explicarle algo o cuando quería abrazarle y arrullarle entre
sus brazos. Pero aquella mujer era una extraña, aunque parecía buena... Una
Sidhe, una princesa.
- ¿Cómo te
llamas? –preguntó Elizabeth con ternura, obviando su última pregunta.
- Connor
–respondió con una gran sonrisa, acercando la fruta a su boca y dándole un
pequeño mordisco. - ¿Y tú? –farfulló con la boca llena.
- Elizabeth –él
asintió, como aprobando que ella tuviera aquel nombre – Y dime, Connor
¿Dónde ibas con tanta prisa? – Él niño frunció de nuevo el ceño, tragando el
trozo de melocotón antes de contestar.
–Mi madre
no quiere que coma antes de la cena –elevó los hombros despreocupadamente
–Pero a mi me gustan mucho los melocotones y encontré éste en la cocina. Iba
a los jardines, para que no me viera comiendo – Acercándose un poco a ella,
preguntó ladeando un poco su cabeza -¿A ti te gustan los melocotones?
- ¡Oh, sí!
– exclamó con sinceridad –Es mi fruta favorita –aquello pareció del agrado
de Connor, porque sus ojos de color cielo se iluminaron –Pero si tu mamá te
ha dicho que no comas nada antes de cenar, no deberías estar tomando ese
melocotón.
- Pfpfpf –
bufó dejando los ojos en blanco –Si no lo como ahora no podré comerlo luego.
Mi madre no quiere que los tome. Ni en el desayuno, ni en la comida y mucho
menos a la hora del té. Por la noche dice que no puedo porque me voy a la
cama temprano y me dolerá la tripa – Levantando un dedo cada vez que
numeraba una de las comidas, se quedó callado un momento. Bajó todos los
dedos y volvió a levantar uno a uno a la vez que sus labios se movían
silenciosamente enumerando –Me falta una comida –dijo con cuatro dedos
erguidos, mirando al techo – No se cuál es…-al cabo de unos segundos más de
observaciones al cielo, finalmente gritó con felicidad ofreciéndola una
enorme sonrisa- ¡ALMUERZO! – y le volvió a dar un mordisco al melocotón,
despreocupadamente.
Elizabeth rió ante lo volátil que era la atención de Connor. Y el pequeño
era tan encantador, tan sencillamente fácil de querer. Adoraba la inocencia
de los niños, su pureza en sus actos, su espontaneidad y su sinceridad.
Atributos que admiraba pero de los que carecía todo hombre de su edad.
Suspiró con tristeza, bajando sus párpados, clavando sus pupilas en sus
faldas borgoña. Por un momento había olvidado su compromiso con Alexander. Y
lo más importante, había conseguido no recordar ese beso endemoniadamente
excitante que la había turbado tanto que, incluso, entró por la puerta
equivocada… Sintió como sus mejillas se ruborizaban ante el recuerdo.
- ¿Quieres un poco de melocotón? –preguntó el niño, estirando el
brazo hacia Elizabeth, ofreciéndole la fruta.
- Gracias
Connor, pero no tengo hambre – acarició amorosamente sus cabecita rubia –
¿Cómo se llama tu madre?
- Enide –pronunció con marcado acento inglés.
-
¡Vaya! – exclamó sorprendida -¿Es escocesa? –su voz estaba cargada de
esperanza. Si había alguien más en aquel castillo que fuera de su preciosa
Escocia, al menos no se sentiría tan fuera de lugar dentro del estirado
ambiente inglés en el que viviría.
- Sí
– Connor asintió al mismo tiempo. – Pero mi tío la llama Gaill todo el
tiempo y mi padre a veces también. Mi madre se enfada mucho… -bajó el
volumen de su voz, como si alguien pudiera escucharles -…pero es la verdad.
Elizabeth mantuvo un instante su entre cejo fruncido. Gaill era la palabra
gaélica que denominaba a un escocés que no hablase el idioma de sus tierras.
Sus esperanzas se derrumbaron ante la confesión de Connor. Seguramente la
mujer habría nacido en Escocia pero habiendo sido criada en Inglaterra. Lo
que para ella era una tremenda ofensa, puesto que no comprendería jamás como
alguien podía renegar de sus raíces, de su cultura, su idioma, su
historia... Y si esa mujer no había aprendido el gaélico escocés, era porque
renegaba de su país. Pero, un momento…
-
¿Sabes gaélico Connor?
- ¡Claro!
– Otro mordisco al melocotón y de nuevo una chapurreo de palabras con la
boca llena, con un casi perfecto acento escocés– Mi tío Alexander siempre
habla conmigo en gaélico, le gusta mucho. Pero shshsh –colocó su dedo índice
sobre los labios –es un secreto.
Horrorizada, Elizabeth abrió muchos los ojos y se puso de pie, completamente
rígida. No. No podía ser cierto. Ese niño no podía ser… Se fijó mejor en el
pequeño, que le lanzaba una mirada extrañada al haberse movido tan
bruscamente. ¡No quedaba duda! ¡Cómo no se había dado cuenta antes! El niño
era una copia en miniatura del hermano de su futuro esposo, Joseph. Su mente
gritó de nuevo un asustadizo NO. ¡Alexander sabía su idioma! ¡Los dioses se
habían vuelto locos! Maldita sea, el único que no le interesaba que pudiera
entenderla ¡Y para su desgracia así era! Connor lució de repente una gran
sonrisa y salió corriendo, chillando y saltando, hacia la puerta por dónde
había entrado ella hacía unos instantes. Imploró que al darse la vuelta no
encontrara a quién temía… Pero parecía que sus plegarias no eran escuchadas.
Cuando se giró, contempló a su apuesto e hipnotizante prometido, acuclillado
y cogiendo en brazos al pequeño. La imagen la envolvió en una nube de
ternura. Sería un buen padre para sus hijos… Oh, no. Ella no podía estar
pensando eso. Pero, de nuevo, el recuerdo de aquel maravilloso beso volvió a
provocar un fogoso escalofrío en todo su cuerpo y, su imaginación, recreó
deliciosamente lo que hubiera seguido tras ese embate de excitación. Volvió
a agradecer la interrupción… O quizá no lo hacía tanto. “¡Concéntrate
Elizabeth!” se gritó interiormente.
-
¡He conocido a una Sidhe! – exclamó el niño enrollando sus bracitos
alrededor del cuello del hombre, dándole un abrazo muy fuerte y lleno de
cariño..
- ¿De
verdad? – Con un tono divertido fingió un gigantesco asombro, acariciando la
cabeza del pequeño tal y como había hecho Elizabeth.
- Aunque
ella dice que no lo es -Echándose hacia atrás, Connor frunció los labios y
miró directamente a los ojos de su tío. Agitándose en los brazos de
Alexander nerviosamente, prosiguió- ¿A que nunca has conocido a una Sidhe,
tío? ¡Mira, allí está! –estiró su bracito y señaló hacia ella con sus
hoyuelos enmarcando su amplísima y feliz sonrisa.
Dos pares de ojos azules se clavaron sobre ella, intimidándola.
Especialmente, los dos más claros. Los ojos más bonitos que Elizabeth había
contemplado en su vida. Sintió el rubor en sus mejillas; un rubor que era
una mezcla de timidez y enfado. Escuchó el sonido grave y encantador de la
risa de Alexander. Creyó que las rodillas la harían caer de bruces al suelo
cuando temblaron ante aquella melodiosa carcajada.
- Pero ella no es una
Sidhe Con’, es como tú y como yo –mientras caminaba para reunirse con
ella, observó como su travieso sobrino llevaba algo en la mano que no
debería tener. Frunció el entrecejo y con un forzado gesto de enfado, que le
costaba horrores dibujar en su rostro para con él, dijo –¿No será un
melocotón eso que tienes en la mano, verdad?
Connor abrió mucho los ojos. Se irguió de repente entre los brazos del
hombre y llevó los suyos detrás de la espalda, escondiendo sus manitas.
Rápidamente giró la cabeza hacia Elizabeth, pidiendo ayuda. Ella sonrió ante
el gesto. Cubriéndose los labios con la yema de los dedos para cubrir su
sonrisa, esperó hasta que estuvieran más cerca para guiñar un ojo al pequeño
con complicidad. Lo que no sabía es que Alexander había deseado que por un
momento aquel gesto fuera dirigido a él, no al niño.
- El melocotón es mío,
mi Lord – inclinándose ligeramente, representando su papel de coqueta dama,
miró a su futuro esposo casi con súplica –No le regañéis…
“Lo que tú digas” exclamó su mente adorando a la mujer. Alexander carraspeó,
volviendo a la realidad, y relajó su teatral gesto. Admiró como ella, sin
conocer al niño, estaba defendiéndolo y protegiéndolo. Dios, podría
permanecer días y noches observando esos cautivadores y fogosos ojos verdes
sin cansarse. Y lo más peligroso de todo, es que sentía como eso no solo se
remitía a sus preciosos irises, si no que se derramaba sobre toda ella;
contemplarla era un delicioso festín para la vista y aseguraba que podría
permanecer toda la vida hipnotizado con Elizabeth. Con grandísima
dificultad, consiguió despegar sus pupilas de ella y deslizarlas hasta
observar a su sobrino.
-
Connor, sabes que no puedes comerlos– le dijo con voz pausada, con una
entonación explicativa, mientras le bajaba al suelo – Te pones muy enfermo
después – Alexander cruzó los brazos sobre su pecho, en un intento de
parecer más distante. Luego miró a su prometida y esperó que comprendiera
que debía ponerse de su parte.
- ¡Pero me
gustan! –se quejó acercándose a Elizabeth, rehuyendo de su tío –Además, los
melocotones no me ponen enfermo, es ese guiso extraño que prepara Clarice y
que le echa a toda la comida –bufó y, para sorpresa de ambos, se agarró a la
falda borgoña de “su salvadora Sidhe que le dejaba comer melocotón”.
- Connor –
Elizabeth tomó la manita del niño con mucha suavidad, retirándola de sus
faldas. Volvió a agacharse y acarició los vértices del rostro del pequeño,
reconfortándolo - ¿Me das mi melocotón? – bajando la voz y acercándose un
poco, como si así evitara que Alexander les escuchara, dijo –Si me lo das,
tu tío no te regañará y no le dirá nada a tu mamá – El rostro se le iluminó
de felicidad y, sin pensarlo, le tendió la fruta a su hada –Muy bien, cariño
–cuando se irguió, Connor salió corriendo como alma que llevaba al diablo,
con una gran sonrisa, gritando y llamando a su madre.
Estaban solos. Era la dura realidad. Elizabeth temía girarse y contemplarle.
Pero no hizo falta que ella se moviera, pues lo hizo él, colocándose a su
lado.
- Descubrieron que es alérgico hace un año – aclaró hablando
pausadamente y con voz grave. Una sombra de tristeza cubrió su rostro,
mientras mantenía su vista perdida por donde el pequeño había desaparecido.
- Lo
supuse – se atrevió a mirarlo fijamente. Eso sí, con el ceño fruncido. No
era tonta y se sintió ofendida al comprobar que él señalaba algo tan
evidente, creyendo que ella no era capaz de deducirlo por sí misma –Soy una
mujer instruida, a la que le encanta leer.
- Lo se. Y eso me gusta –Entonces, clavó sus preciosos ojos del color
del mar atormentado sobre Elizabeth y la dejaron inamovible, congelada, a su
merced -Acepto tu condición –masculló de improviso dibujando una seductora
sonrisa en sus sabrosos labios –Si aún la mantienes, por supuesto… -ronca.
El sonido de su voz fue particular y armoniosamente ronco, como si el
aliento le faltara.
-
Sí. Por supuesto que la mantengo –no supo como, la rabia acudió a ella y la
hizo reaccionar ante él. Quizá por que, de repente, Alexander imitó su
acento escocés. Quizá por que se estaba acercando. Casi seguro que era
porque su mano se deslizó sobre su mejilla con una suavidad ínfima,
descendiendo eróticamente por su largo y fino cuello, resbalando la yema de
sus dedos sobre su colgante de rubí y recorriendo el camino hacia el valle
entre sus abultados pechos. Entrecerró los ojos abrumada ante el delicioso
contacto. Abrumada por el maldito deseo que recorría sus venas, abrasándolas
como si se tratase de fuego líquido.
-
Pero no respondiste a mi pregunta Elizabeth… - cuando estuvo a punto de
abrazar uno de sus atractivas y níveas protuberancias, alejó la mano como si
estuviera quemándole los dedos. Cuando lo que estaba ardiendo dentro de él
era algo muy distinto y condenadamente frustrante. Saciarse, de ella. Lo
necesitaba –Tengo que poseerte…-susurró tan suavemente que apenas fue
audible. E hizo lo que jamás había hecho: rogar a una mujer –Elizabeth debes
permitirme…
-
Sí…-susurró sensualmente, interrumpiéndole, embriagada, creyéndose
desvanecer en el aire; siendo consumida por la irresistible respiración de
él, que acariciaba cálidamente su labios, sin tocarlos.
¡Qué estaba haciendo! Asustada, despertando del letargo, lanzó sus manos
furiosa hacia Alexander, con intenciones de apartarle antes de ceder a
cualquiera de sus deseos. Pero lo que nunca esperó es que él interceptara
sus manos y la aplastase contra una pared, devorándola los labios con
frenética urgencia. Accedió, saboreó y acarició. Su mente no podía controlar
el deseo que se derramaba en sus entrañas; la necesidad de apaciguar el
ardor corroían toda capacidad de raciocinio. Sus manos volaron, enredándose
sobre el largo y denso cabello de Alexander, arrimándolo, sintiendo como se
abrasaba con la fiebre que emanaba del cuerpo varonil, como aquel amplio y
fuerte pecho se rozaba con el suyo. Gimió cuando percibió como sus hábiles
manos levantaron sus faldas, acariciándola las piernas con ímpetu y, cuando
llegaron a sus caderas, la empujó aún más contra él, haciéndola consciente
plena de su enorme excitación; provocándola de nuevo un gemido que se ahogó
deliciosamente en la garganta de Alexander. Él se apartó de sus labios,
jadeante, y fue cuando le susurró al oído “briagha”* en un perfecto
gaélico que la excitó aún más. Derramó delirantes besos sobre su cuello, que
se estiró involuntariamente para darle un mejor acceso. Y fue entonces, solo
entonces, cuando aspiró las palabras “mo bhean”* cerca de su boca,
que su mente pudo más que su deseo. No estaban casados.
- Gu leòr Alasdair* –gimoteó en gaélico, desenredando sus
manos del sedoso manto negro, acariciando su cuello en el proceso –Para…
-repitió, ésta vez en inglés, forcejeando con las manos masculinas para
retirarlas de su cuerpo – Para, Alexander – volviendo completamente a la
realidad -¡Basta! -Removió sus piernas y consiguió darle, involuntariamente,
un golpe en la rodilla que le hizo separarse inmediatamente. Aún, no
habiendo sido intencionado, no le pareció tan mal que ahora le doliera. Sus
faldas cayeron, colocándose en su sitio, amoldándose a su cuerpo.
Él la observaba con los ojos brillantes, penetrantes, rebosantes de deseo.
Ella con sus esmeraldas convertidas en fuego verde y su respiración,
trabajando costosa, volviendo a la normalidad. Ninguno de los dos podía
excusar su comportamiento adolescente, aunque, realmente, no deseaban
pedirse disculpas.
Alexander se irguió. Con perfectos, precisos y elegantes movimientos estiró
las mangas de su camisa y colocó la parte superior, desabrochada
parcialmente, para intentar adecentar lo incorregible. Estuvo a punto de
cometer el error más grande de su vida: mantener relaciones con su prometida
en una casa abarrotada de gente. “Discreción”, se dijo. “La próxima vez
abórdala en un lugar más íntimo que el pasillo trasero que da a las cocinas”
Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, destensando su cuello. Entonces,
carraspeó y le ofreció cortésmente el brazo.
-
Pronto cenaremos – dijo despreocupadamente, contemplando el aturdimiento de
Elizabeth -¿Me permitís acompañaros hasta el salón Mi Lady?
Sus ojos se fruncieron, recorriéndole con la mirada, contemplándole sombría.
Ni siquiera parecía afectado por lo que acababa de suceder; lo único que le
traicionaba era el bulto en la entrepierna. Ruborizada por su descaró al
arrastrar la mirada por aquel magnífico y robusto cuerpo, y enfadada por que
Alexander hubiera ignorado su acaloramiento invitándola a pensar en la cena,
se estiró alzando la barbilla y clavando sus pupilas sobre él.
-
Acabaré contigo y tus tretas, inglés –escupió fortaleciendo su acento
escocés y tomándole del brazo con un gesto brusco.
Él comenzó a caminar.
-
¿Me amenazas, escocesa? –Anduvo más rápido y tiró de ella, prácticamente
arrastrándola, obligándola casi a correr para seguirle el paso – No estás en
posición de amenazarme – Llegaron a una gran sala, decorada con preciosos
murales que a Elizabeth le parecieron manchas en las
paredes al ir tan deprisa – Pero si continuamos así, sí. – Masculló él
abriendo una puerta y entrando en otra habitación, atravesándola impaciente
–Conseguirás terminar conmigo; no lo dudes, princesa –elevó la voz, haciendo
que se reverberase en el aire.
Enfurecida por su doble intención y las confianzas que comenzaba a tomarse,
gritó.
- ¡Ni se te ocurra volver a…! – el besó la pilló desprevenida y la
dejó muda a tan solo unos pasos de la puerta.
-
Cállate, por favor – ordenó prepotente, con una medio sonrisa en sus labios.
- ¡Qué te
crees tú…! – y la puerta se abrió, revelando una enorme mesa caoba, en donde
varias personas, entre ellas los Duques de Dorsetshire y su padre, se
sentaban alrededor. Avergonzada por lo que a punto estuvieron de escuchar
los comensales, miró a Alexander desafiante y prosiguió, tomando un rumbo
totalmente distinto al que tenía previsto - …que voy a aceptar una
proposición tan indecente como esa! Primero nos casaremos mi Lord y después
tendré que resignarme a cumplir mis obligaciones como esposa. – Sabiendo que
el comentario habría dejado claro que él estaba impaciente por tenerla y que
ella no, lo que hería profundamente el orgullo masculino y más el de su
futuro esposo, sintió a su mezcla de sangres bramar en sus venas. Luciendo
una espléndida sonrisa y, haciendo una reverencia a las personas allí
expectantes, sorprendidas y algunas risueñas ante lo que acababan de
escuchar, se soltó del brazo de su prometido y caminó hasta su padre.
John, que estaba sentado en el otro lado de la mesa, acribilló a Alexander
con su oceánica mirada. A pesar de que le quería como si fuera de su propia
familia, para nada estaba dispuesto a consentir que las manos de aquel
muchacho se posaran sobre su hija, contra la voluntad de su pequeña, antes
de la ceremonia matrimonial. Elizabeth llegó su lado, besó su mejilla con su
característica ternura y se sentó suavemente a su derecha. John entrecerró
los ojos y dirigió su mirada hacia su amigo Charles, dejando de seguir a
Alexander con la mirada.
Éste tomó asiento, ocupando el lugar que le correspondía, frente a su
prometida. A pesar de ser el anfitrión todos sabían que, al estar los Duques
de Dorsetshire en la sala, él debía ser relegado a un lado para dar
prioridad al título que portaban sus padres y que heredaría en un futuro.
Con aquello demostraba la excelente y ejemplar educación que tanto le
caracterizaba en el ambiente social, aunque él verdaderamente lo odiaba.
Otros, seguramente, hubieran aprovechado la ventaja de ser anfitriones para
presidir la mesa e ignorar los títulos. Pero Alexander no, porque su sentido
de la responsabilidad era mayor que su descaro y lo último que quería
conseguir era avergonzar públicamente a sus padres; eso lo hacía en privado.
De todos modos, otro de los alicientes para comportarse correctamente, era
que ya tendría tiempo, mucho tiempo, para mostrar su verdadera cara ante
todos esos nobles, que apenas podía soportar, cuando se viera obligado a
tenerles presentes. Porque, sin duda alguna, toda su intención era
ignorarles y evitar tenerlos cerca… incluyendo sus asistencias a aquellas
tediosas fiestas en donde su único divertimento era encontrar una mujer de
su gusto, dispuesta a complacerle todo lo que él requería. Tan hermosa... Su
vista se arrastró por ella, atraído como una polilla por una flameante
llama, hasta quedar sus pupilas clavadas sobre el rostro de su prometida.
Sonrió. Su Banshee parecía entretenida con la insulsa conversación de
ambos progenitores varones. Pero a él no se le escapaba; estaba seguro de
que se trataba de una actuación y de que, en realidad, se estaba aburriendo.
Sólo tuvo que observar el persistente y rítmico castañeteo de sus preciosas,
brillantes y muy bien cuidadas uñas sobre la mesa para comprender que
Elizabeth estaba impaciente por que terminaran esa charla y comenzaran a
tratar un tema que le interesase. En el rostro de Alexander se dibujó una
sonrisa perversa y seductora al mismo tiempo. Si su beldad buscaba otro tipo
de conversación, él estaba muy dispuesto a ofrecérsela…
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