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- CAPÍTULO 02 - Condado de Dorset, Inglaterra, 1752. Camino del Castillo de Sherborne.
John observa a su hija atentamente. Sentada frente a él, permanecía con gesto serio, sombrío, observando a través de la ventana del carruaje las coloridas calles de la ciudad de Sherborne. Habían mantenido una fuerte discusión justo antes de dirigirse al futuro hogar de Elizabeth. El motivo, su provocativa indumentaria. Su hija había escogido un traje casi indecente. Al contrario de cómo dictaba la moda, su falda, de color burdeos, era recta y caía al vuelo, moldeando y resaltando sus redondeadas caderas. El corpiño, puntiagudo, apretaba, realzaba y abultaba sus ya de por sí generosos pechos. Y un escueto chal de seda de la misma tonalidad borgoña era lo único que portaba para cubrir sus hombros. Los guantes como último toque a su atuendo, que resaltaban con escogida pedrería, eran largos, tanto que la rozaban los codos al ponérselos. Había ondulado su cabello y recogido en un pequeño moño casi informal, dejando que algunos tirabuzones resbalaran por sobre su rostro y que otros cayeran sobre su cuello, rozando el inicio de su espalda y las clavículas. Había adornado su melena suelta con algunas florecillas talladas de rubíes. John no podía negar que su hija era muy hermosa, un pecado para cualquier hombre que la viera arreglada de aquella manera. Sus instintos protectores se arremolinaban y se agudizaban casi peligrosamente. Por eso habían discutido, porque para ir a presentarse a la casa de los Sackville, a su prometido y futuro esposo, no era un atuendo apropiado. Pero, después de una acalorada y efusiva discusión, finalmente, ella se salió con la suya. O era así o tendría que llevarla a rastras y no estaba dispuesto a complicarlo todo más con su pequeña. Ahora, necesitaba que ella le hablara un instante, escuchar su voz de forma relajada. No soportaba encontrarla tan distante.
- Elizabeth –los ojos verdes de su hija se fijaron en él fríamente, moviéndose despacio – Se que esto es difícil pero, el matrimonio entre tu madre y yo fue también arreglado y, como sabes, nos amamos muchísimo –aquel fuego esmeralda chispeó, destellando despótica incredulidad –Se que eso es lo que te preocupa, no encontrar amor en ésta unión, pero es muy difícil no quererte hija. Alexander es un buen muchacho cariño, créeme. Él sabrá apreciar todo lo que vales y se que él te gustará también. Nunca te comprometería con nadie a ciegas.
Aunque sabía que su padre intentaba apaciguar las cosas entre ellos, lo único que estaba consiguiendo era removerlo todo mucho más y a peor. No soportaba que siguiera tratándola como a una niña pequeña que no sabía lo que era el mundo y mucho menos intentar convencerla de que encontraría el amor en un completo desconocido. Ni siquiera sabía la edad de su forzoso prometido. Abrió un poco los ojos, la curiosidad se hizo latente en ella. ¿Y si su padre la había comprometido con un hombre mucho mayor que ella? Algunas de sus conocidas habían sido forzadas a casarse con hombres casi veinte años mayores. Y un par de ellas con varones que podían ser casi sus abuelos.
-¿Qué edad tiene Alexander, padre? –preguntó con voz mecánica, colocando sus manos entrelazadas sobre su falda brillante –No me has hablado nunca de él.
-¡Oh! Veinticinco años, a punto de cumplir veintiséis. – dijo John alegremente.
Elizabeth supo que su padre entendió aquel falso interés como un acercamiento, una tregua o una reconciliación. Nada más lejos de la realidad. Ella quería conocer cosas de él para obtener ventaja. Si sabía lo que le gustaba, podría actuar del modo en que no. Sería aún menos cortés de lo que se esperaba de ella; más tosca e incluso rozando la vulgaridad si fuera preciso. Todo con la esperanza de ser rechazada o que el contrato se anulara por no ser lo suficientemente buena como para desempeñar el papel de una estirada esposa inglesa. Con una tímida e irónica sonrisa, volvió a clavar sus irises sobre las calles de la ciudad.
- ¿Se dedica a algo en especial? –continuó con voz tierna maquinando formas de comportarse. Se imaginó una conversación escueta con él y las contestaciones impertinentes que le daría a cada pregunta. Seguro que era el cotidiano lord inglés extremadamente refinado y afeminado que empolvaba su rostro y se colocaba aquellas horrendas pelucas rizadas y de un blanco marmóreo. Nada que tuviera que ver con lo que ella consideraba un hombre.
- Ha estudiado leyes –confirmó su padre con animosidad –Y siente un interés especial por la filosofía. –Hubo una breve pausa -Le gusta leer, como a ti.
Bueno, compartían dos aficiones. Al menos, esperaba que fuera lo suficientemente instruido como para darla conversación de vez en cuando. Sobre todo si aquel matrimonio se llevaba a cabo a pesar de todos los esfuerzos que haría por resultar la peor prometida de toda Inglaterra. Sabía que la familia podría pasarlo por alto. Era una unión repleta de intereses terrenales, económicos y nobiliarios por tanto, podía salirle mal la jugada. Frunció el ceño y evitó hacer más preguntas.
* * * * * * * * * *
Elizabeth se maravilló contemplando la fachada principal del Castillo de Sherborne, mientras el coche les acercaba por el largísimo camino de arena. Observó las amplias tierras verdes que pertenecían a los Duques de Dorsetshire; ella había oído hablar de los magníficos jardines que circundaban a todo el castillo, en sus incontables tierras, pero si lo que veía era tan solo una pequeña parte, como su padre se apresuró a confirmar, no estaba muy segura de poder creer que existieran lugares más hermosos. Las llanas tierras, delanteras, que era capaz de divisar desde su posición, estaban salpicadas de árboles frondosos y de rugosos y majestuosos troncos. A ambos lados del camino se dibujaban las formas de pequeños rosales ingleses en pleno crecimiento, cargados de su flor aromática, de una gama de rosados, color melocotón y blanco, que perfumaba el ambiente con un aroma dulce y embriagador. Y llevando su vista un poco más lejos, Elizabeth pudo distinguir un lago profundamente azul que rodeaba algunas partes de la tierra y, tras él, un bullicioso bosque que se alzaba esplendoroso más allá de lo que su vista podía alcanzar. Tan ensimismada estaba observando el lugar, que no se percató de que el coche había parado en la plaza que presentaba la entrada al Castillo, unos metros por delante, ni tampoco de que su padre la tendía el brazo cortésmente para ayudarla a bajar. Fue solo cuando John la llamó en un susurro que pudo reaccionar. Colocándose el chal sobre los hombros y levantándose la falda lo suficiente como para evitar tropezar y caer, tomo la mano de su padre y bajó con cuidado. Los Duques de Dorsetshire, quienes esperaban bajo el arco de mármol blanco cubierto de rosales trepadores en flor, que ofrecía la bienvenida a sus visitantes antes de entrar al Castillo, quedaron maravillados al contemplar a la bellísima joven que venía del brazo de John Kennedy; la Condesa de Ayrshire. Adrianne contempló a la muchacha con incrédula admiración. Su esposo no había mentido ésta vez y no dudaba de que su hijo se prendería de la beldad que se acercaba con paso tímido y que no dejaba de mirar los alrededores con aquellos profundos ojos verdes llenos de curiosidad. De repente, sintió una punzada de celos por el espléndido físico que poseía la joven y que ella jamás tuvo.
- ¡John Kennedy, grandísimo canalla! –exclamó Charles adelantándose hacia su amigo con una radiante sonrisa -¡Cuánto tiempo sin vernos!
Elizabeth sintió como su padre la apretaba la mano enlazada en su brazo sutilmente. Ella, entendiendo a la perfección el gesto, dejó que su mano se escurriera de donde estaba, liberando a su padre para que pudiera adelantarse hacia aquel hombre y fundirse en un amistoso abrazo. Entrelazó sus manos y las dejó caer hacia el regazo, tomando una aptitud dulce y formal. De repente se sintió cohibida ante aquellas personas y ante aquel lugar que le recordaba en cierta manera al suyo. Toda la rabia que traía predispuesta para enredarlo todo se la cayó a los pies. Apretó las mandíbulas. No quería casarse, no así y lo único que la podría ayudar a estropearlo todo se había marchado de su interior sin su permiso. Esfumándose, volatilizándose. Sus deseos de ser descortés no estaban, sus intenciones de comportarse descarada o indebidamente, tampoco. Su corazón comenzó a palpitar rápidamente y su respiración se agitó con él. Y aún más se le revolvió el cuerpo cuando fue presentada a la Duquesa de Dosertshire. Sintió como las manos la temblaron y su boca se secaba. ¿Qué la estaba pasando?
Adrianne tuvo un buen presentimiento nada más verla. Sería escocesa, pero por el momento había demostrado una clase y unos buenos modales impecables. Su manera de caminar, la forma en que observaba todo, el modo en que se reverenció ante ella…
- Ven, querida – su voz sonó seca y sin emoción, aunque para quién la conociera sabía que escondía un resquicio de ternura –Vayamos dentro – se acercó y se permitió el gesto íntimo de sujetar a la muchacha por el brazo y caminar con ella hacia la entrada -seguramente estés deseosa de conocer a mi hijo.
- Sí – masculló con un hilo de voz que parecía esconder una prudente timidez. Se enfadó consigo misma, con su cerebro y con su boca por su descoordinación. Lo que ella había querido decir era un rotundo NO a la presentación de su futuro esposo. Pero antes de darse cuenta, la puerta del Castillo de Sherborne estaba cerrada. Sin escapatoria. Lo único que escuchó a continuación fueron las risueñas carcajadas de los dos patriarcas de los clanes a unir. Unas risas repletas de felicidad. De repente, un pequeño tirón por parte de la Duquesa la hizo volver a la realidad.
- Alexander, querido –exclamó Adrianne con un canturreo – Hay alguien aquí que quiere conocerte…-en ese preciso instante desvió la vista hacia Elizabeth, quién clavaba sus preciosos ojos verdes en su hijo. Ahí estaba, aquel brillo…
Elizabeth observó al hombre que bajaba las escaleras con paso despreocupado y sin ninguna prisa. En lo primero que reparó fue en la informalidad de su atuendo; los calzones largos ajustados de color café remarcaban unas piernas torneadas, largas y ejercitadas. Las botas altas de la misma tonalidad ocre, estilizaban la figura. Su camisa blanca e impoluta, abierta hasta la mitad de su pecho, dejaba al descubierto una parte de su piel que se consideraría indecente; se proclamaban unos hombros amplios y vigorosos; unos brazos robustos, fuertes, emanando poder. Sus pupilas se dilataron. Tenía el cabello negro azabache, largo y suelto, derramándose por encima de los hombros. A medida que se acercaba pudo percatarse de la belleza varonil de aquel rostro. Su mandíbula era cuadrada y bien marcada; los pómulos altos le ofrecían un aspecto más afilado que era contrarestado, dándole el equilibro perfecto, con los labios finos y sensuales y la nariz recta. Pero, lo que amó al instante, fueron aquellos ojos tan azules y profundos como el embravecido mar de Escocia, los cuales, se posaban firmemente sobre ella. Sí, lo admitió, existía algo más hermoso que los jardines de Sherborne; su dueño. Una pícara sonrisa se perfiló en los labios de Elizabeth cuando comprendió lo que él estaba intentando ocasionar al recibirla de aquel modo: intimidarla, incomodarla y causarla una mala impresión que la hiciera escandalizarse y querer huir de allí arruinando el compromiso. Al mismo tiempo que se obligaba a borrar aquella sonrisa al descubrir los propios planes del Conde de Dorsetshire, el alivio la inundó; no parecía del tipo de hombre que seguía aquella horrorosa moda de pelucas blancas y polvos en el rostro. Era más bien un ejemplar único y perfecto de lo que ella consideraba un auténtico hombre. Entonces, de repente, sintió como sus ganas de pelear revivían pasional y acaloradamente en sus entrañas.
Cuando Alexander estuvo cerca, se quedó sin aliento. Jamás había contemplado a una mujer más hermosa que Elizabeth Kennedy y, para más fortuna, ataviada con el color que más le gustaba para una mujer. Aquel rostro irradiaba sensualidad y dulzura enmarcado en una preciosa mata de pelo rubio cenizoso brillante y perfectamente ondulado salpicado de rubíes. Su piel era blanca, limpia, impoluta y desde allí podía percibir su sedosa suavidad. Los pómulos eran altos y sobresalientes, algo que él adoraba y encontraba sumamente atractivo. La nariz era estrecha y fina. Los labios carnosos, acorazonados y deliciosamente tiernos a la vista; se coloreaban de un ligero tono rosado que percibió como propio, no maquillado. Y sus ojos… sus ojos eran grandes y almendrados, rasgados, ojos de gata, con dos brillantes esmeraldas engarzadas; auténticas esmeraldas de escocia enarcadas por unas largas pestañas rizadas, cejas arqueadas y perfectamente delineadas. Recorriéndola, contempló los aterciopelados y sensuales hombros, las clavículas ligeramente dibujadas en donde, en su centro, descansaba un pequeño colgante de plata y rubí. Sus generosos y níveos pechos sobresalían provocativamente por encima del corpiño borgoña, el cuál, acentuaba su espléndida figura; una cintura estrecha y unas caderas redondeadas bañadas por la falda lisa, al vuelo, que completaba su magnífico atuendo. Si la hubiese visto en cualquier otro lugar, no hubiera dudado en abordarla de todas las formas posibles con tal de conseguirla para sí. Era magnífica, dotada de una beldad envidiable. Tragó pesadamente cuando clavó sus ojos sobre los de ella. Le habían mirado con picardía, con un ardiente fuego verde que creyó enamorarle.
-¡Alexander, muchacho! –John se acercó a él tendiéndole la mano, haciéndole despegar los ojos de su pequeña -¡Vaya, cuánto has crecido!
Elizabeth giró la cabeza, observando con el ceño fruncido a su padre. Los pequeños pendientes que llevaba se mecieron en el aire al compás de su asombro, repiqueteando un par de veces sobre sus mejillas. Esperaba que aquello no significara lo que ella creía haber entendido.
- John… -cabeceó ligeramente mientras apretaba la mano del hombre –Es un placer volver a verle después de tanto tiempo.
- Créeme hijo, el placer es todo mío –masculló volviéndose hacia su hija. Sonriéndola tiernamente estiró el brazo hacia ella, invitándola a que se aproximase a él –Elizabeth, ven querida…
Reticente caminó hacia los dos hombres con pasos cortitos. Colocándose al lado de su padre, se irguió llenándose de orgullo y se obligó a retenerle la mirada a aquel hombre casi dos cabezas más alto que ella. Comenzó a sentirse pequeñita, cada vez más. Pero su sangre le recordó lo que era y lo que pretendía.
- Alexander Sackville, ésta es mi hija Elizabeth –La voz de John deslizó un profundo orgullo al contemplar a su hija y aún mayor fue cuando prosiguió con el nuevo título familiar con el que se la conocería a partir de entonces –Tu prometida y futura esposa.
-Mi lord –susurró ella haciéndole una perfectísima reverencia que envidiarían muchas mujeres inglesas.
- Lady Elizabeth… -utilizó su nombre, tan solo para observar aquel fuego arder en sus ojos por la confianza en el tratamiento. Pero lo que no esperó es que el ardor también quemase a través de sus labios.
Elizabeth apretó las mandíbulas con fastidio. ¿Qué se había creído aquel precioso demonio? No, precioso no. Se corrigió rápidamente. Endulzando su voz, enmarcándola en una preciosa sonrisa que dejó a su prometido aturdido, dijo con toda sinceridad, o casi.
- No puedo decir que sea un placer conoceros Mi lord, puesto que vengo aquí obligada y forzada a contraer matrimonio con vos – escuchó el gritito de incredulidad de la Duquesa de Dorsetshire mientras se seguía pronunciando –Llamadme romántica, pero siempre esperé casarme con un hombre que me agradara y al que amara, algo que aquí parece no estar sucediendo… -se sintió satisfecha. Con eso bastaría para que él quisiera mantenerse lejos de ella, muy lejos, el mayor tiempo posible.
- ¡Elizabeth! –exclamó su padre con reprimenda, intentando disculparse ante Charles y Adrianne. La mujer se veía con el rostro pálido y parecía haber perdido la rígida y escrupulosa compostura inglesa – Disculpadla, el viaje ha sido largo y ella está…
Lo que fuera que John iba a decir se perdió en el aire. Para sorpresa de todos, Alexander empezó a carcajearse con renovada diversión, muy lejos de estar ofendido. No había mirado a su madre, pero estaba seguro de que estaría totalmente descompuesta. Imaginando su estado, se rió más fuerte. Aquella jovencita era una deliciosa y rebelde Banshee. Elizabeth se asustó, porque de repente le pareció increíblemente atractivo. Aquel sonido masculino, proveniente de aquella potente garganta, le puso los vellos de punta. Preocupada por el sentimiento, abrió mucho los ojos y retrocedió un par de minúsculos pasos que le permitieran tener un poco más de espacio para respirar.
- ¡Alexander James! – gritó su madre de repente.
- ¿Madre? –dijo él irónico, reteniendo las carcajadas, girándose para encarar a su progenitora.
- Esto no tiene gracia. – masculló recomponiéndose. Clavó sus pupilas sobre la joven. El buen presentimiento dejó de serlo, para convertirse en una amarga realidad; una escocesa embravecida, que jamás se comportaría como una noble inglesa. -Ha sido una falta de respeto hacia ti, querido. No debes consentirlo.
Elizabeth arrugó los labios. Quiso decir algo pero su padre, previendo lo que su hija pretendía, la sostuvo del antebrazo y la apretó fuertemente para que se mantuviese callada.
- ¡Vamos, madre! – se cruzó de brazos, en una aptitud que acentuaba aún más sus deseos de que aquello fuese tomado de forma más informal – Lo único que ha hecho Elizabeth –posó su mirada sobre ella –…ha sido ser completamente sincera –ella entre abrió los labios un poco, un gesto que a él le pareció tremendamente atractivo y la hicieron aún más deseable –Valiente… –masculló observando sus esmeraldas –Ha dicho lo que los dos pensamos sobre éste compromiso.
- El asunto es que ninguno de los dos está en posición de opinar sobre esto –intervino Charles con voz solemne. Su hijo y su prometida fijaron la mirada sobre él –Los contratos ya están firmados. Lo único que falta son los preparativos para la ceremonia – haciendo un sutil gesto con la cabeza les invitó a seguirle –Acompañadme al despacho –su esposa le tomó del brazo –Vayamos a redactar una lista de invitados personales de cada uno y a ultimar algunos detalles.
Elizabeth quiso tomar a su padre del brazo, pero éste la rechazó. Se sintió desamparada.
- No cariño –susurró con extrema dulzura, sonriente –Ahora debes ir con Alexander –enfocando la mirada más allá del rostro de su hija, contempló al muchacho esperando que tomase la iniciativa.
- Lady Elizabeth… -dejó los ojos en blanco por un segundo. Ahora debía comportarse como un perfecto caballero inglés con una preciosa mujer a la que sus instintos de hombre le invitaban a devorar y la cuál no quería saber absolutamente nada él. Extendiendo la mano hacia ella continuó con aquel tono entre divertido y sensual -¿Haría el honor de acompañarme? –A punto estuvo de reír cuando ella enarcó una ceja extrañada, mientras le observaba por encima del hombro. Como le encantaba aquel rostro, aquellos ojos tan expresivos.
Le observó como si fuese la criatura más atípica de toda Inglaterra. Sintió como su padre caminaba lejos de ella; la abandonaba con aquel encantador desconocido. Girándose y alargando su mano enguantada en color vino, tomó la de él, acercándose. Tan grande y fuerte, acorraló a la suya sin el mínimo esfuerzo cubriéndola al completo. Sintió un pequeño tirón por parte del hombre, pegándola prácticamente a su cuerpo. Se contuvo de gritar ante la sorpresa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de él como para que ambos fueran capaces de naufragar en los irises del otro, Alexander tomó su pequeña mano entre la suya y la enredó en torno a su brazo, mirándola cautivado.
- No creo que sea un honor que yo le acompañe mi Lord –aseguró ella, devolviendo su mirada al suelo. Sintió el rubor en las mejillas por estar, prácticamente, acariciando su piel, por su cercanía. Era terrible saber que aquel hombre era tan fuerte; porque la intimidaba sobremanera.
- Se lo garantizo Elizabeth… -confirmó llevando su boca muy cerca del oído de la muchacha, susurrándola con voz grave y pausada –es todo un honor.
Enfadada consigo misma por su poca capacidad de concentración para llevar a cabo los planes que había trazado y porque aquel hombre la aturdía de una forma extraña que nunca había sentido, maldijo interiormente. Clavó su mirada sobre él.
- Superficial –escupió con voz queda, pisándole adrede, cubriendo su acción con el vuelo de su falda - ¡Oh, lo siento!
- ¡Mierda! –masculló él, mirándola con los ojos entrecerrados mientras ella sonreía inocentemente, con un trasfondo divertido en su mirar. Pero tenía una ventaja que iba a utilizar en ese mismísimo instante, por su premeditado pisotón y la diversión que parecía causarle -No soy mucho más superficial que vos –atacó sabiendo lo que se escondía tras aquella mirada. Así le habían observado sus múltiples amantes siempre que se las acercaba; cualquier mujer que estuviera interesada en él. Y su acierto se le confirmó cuando sintió el tirón de ella, intentando zafarse del agarre en su brazo. Siendo más rápido, apretó el brazo contra sus costillas y, para asegurarse, atrapó la mano de Elizabeth con la suya libre –Tranquila Elizabeth, no voy a forzaros a nada que no queráis…
-¡Voy a tener que casarme con vos! –exclamó ofendida por dos veces, enfadada por haber sido descubierta, mientras se introducían en el despacho -¿No os parece suficiente forzamiento?
- Le recuerdo que yo no quería este compromiso –aclaró serio, desviando la vista hacia el padre de ella y sus padres, que ya habían tomado posiciones alrededor de la mesa caoba –Tratemos éste asunto más tarde entre nosotros, princesa –y con aquello, tan íntimo, la soltó, caminando hacia su sillón. Su madre intentó reprenderle por haber soltado a la muchacha en medio de la sala, si ella no tenía modales no era su problema, pero si lo era el que su hijo los perdiera; pero antes de que pudiera decirle nada, Alexander la miró furioso. De aquella manera en la que su madre jamás se había atrevido a decirle nada por miedo a que perdiera la compostura.
Elizabeth elevó la barbilla y echó sus hombros hacia atrás, dejando que el chal resbalara hasta sus antebrazos, remarcando así sus clavículas, su finísimo cuello y sus abundantes pechos. Con aquel simple gesto consiguió que las cuatro miradas se colocaran sobre ella; una con reproche, la otra con celos. Charles la observaba con curiosidad y el último, Alexander con deseo. Caminó acentuando su contoneo y sentándose al lado del que sería su esposo. La esperaba una larga conversación en la que ultimar los detalles para “su boda”. Una boda que no quería celebrar.
* * * * * * * * * *
Alexander y Elizabeth permanecían en sus respectivas sillas, frente a sus padres, al otro lado de la mesa. Éstos, llevaban un tiempo redactando su propia lista de invitados y discutiendo el por qué de invitar a unos y el por qué de no invitar a otros, sin contar con ellos en absoluto. Los dos aguardaban en silencio y plenamente aburridos. Ni siquiera conocían a una cuarta parte de las personas que nombraban y que acudirían a su boda. A Elizabeth comenzó a dolerle la espalda. Llevaba una hora y media erguida y rígida como una tabla. Acalorada, nerviosa y cansada dejó escapar un discreto suspiro que, aún no habiendo sido escuchado por los progenitores, si lo fue por Alexander. En respuesta, ella escuchó un carraspeo. De soslayo, arrastró la mirada por aquel fabuloso cuerpo masculino; observó como su futuro esposo estaba casi recostado en la silla, con una de sus piernas sobre la otra; apoyando el tobillo sobre la rodilla de la contraria, y de brazos cruzados remarcando el poderío de sus músculos. Al llegar a su rostro se percató de que él tenía sus ojos clavados en ella, como si esperara esa reacción, con una mirada de súplica que gritaba “Necesito salir de aquí”. Elizabeth sonrió tapándose los labios con su mano, en un gesto coqueto, como si escondiese alguna travesura y llevando la mirada de nuevo al frente. Alexander le resultaba divertido. No estaba muy segura de por qué, pero le hacían gracia aquellos gestos tan sutiles y aquel descaro con el que se había presentado ante ella y había hablado a su madre. Normalmente ese comportamiento no le gustaba en un hombre cuando no se conocían, pero tenía su gracia en él. Sintió un suave toque en el brazo, que la hizo dar un pequeño respingo. Él se había reclinado en su silla hacia ella.
- Elizabeth… -susurró sin que los demás pudieran escuchasen -¿Le gustaría salir a pasear por los jardines? –elevó un poco los hombros –Es la única excusa que se me ocurre para que podamos escapar de aquí.
-¿Y lo harán? –preguntó ella en el mismo volumen dulce con un toque pícaro - ¿Nos dejaran salir así, sin más? –poco convencida de que sucediera de ésa manera y acercando la barbilla a su hombro desnudo, en un gesto sumamente sensual, agregó con un tono retador –Lo dudo mucho…- y se alejó de él irguiéndose de nuevo, observando la discusión de los Duques con desinterés.
Alexander dejó los ojos en blanco. Aquella encantadora y caprichosa escocesita insinuaba que él no podía salir de allí cuando le viniera en gana. Solo había permanecido en su sitio por que no tenía nada más que hacer y por respeto a ella. Pero ahora, se le estaban ocurriendo un par de cosas mucho más interesantes que permanecer allí sentado escuchando a sus padres organizándole una boda, que no quería que se llevase a cabo y, hablando de invitar a todas esas personas que no soportaba. Levantándose de golpe, para sorpresa de Elizabeth, la voz varonil se extendió en la habitación interrumpiendo la acalorada discusión.
- Como ninguno de nosotros dos tiene nada que decir aquí –ambos Duques y su madre, la duquesa, clavaron sus miradas en él congelando sus movimientos -creo que sería más apropiado que mostrase a Lady Elizabeth los jardines del que será su futuro hogar…
Adrianne observó a su hijo con los ojos fruncidos e, inmediatamente después, los llevó sobre la jovencita que parecía impasible. Su mirada recorrió la estancia hasta que se posó sobre su esposo y John de Cassilis, quienes no apartaban sus irises de los dos jóvenes, dibujando una sonrisa insulsa. Intentó advertir de que aquello no le parecía una buena idea. Ambos muchachos no deberían permanecer a solas hasta después del matrimonio pero, antes de que pudiese expresarse, su esposo habló con aquel tono solemne que conseguía acallar a toda una sala repleta.
- Me parece perfecto hijo – miró hacia la jóven, dirigiéndose a ella –Si te parece bien y siempre que estés de acuerdo querida, por supuesto.
Elizabeth se asombró por la facilidad con la que saldrían del despacho. Aturdida aún por el hecho, se levantó y miró hacia Alexander con agradecimiento. Cabeceando ligeramente, colocó su chal con extrema delicadeza y caminó hacia su futuro esposo quién le ofreció su brazo para caminar juntos, el cuál ella aceptó con enorme gusto y complacencia. No podía negar que en su estómago revoloteaban miles de mariposas cuando sus manos, aún enguantadas, se posaban o se enredaban en los brazos de él. Tenía la impresión de estar irracionalmente satisfecha y repleta cuando se acercaba al cuerpo de ese hombre. Y eso, una vez más, la asustaba y enfurecía porque apenas era capaz de controlarlo. Los movimientos fueron naturales y seguros, sorprendiendo a todos los presentes. Incluso el propio Alexander los encontró gráciles y absolutamente familiares, reconfortantes. Sintió como si quisiera que aquello sucediese siempre; llevar a su lado a aquella belleza tan magnífica, a esa fierecilla sin domar y sentir su piel pegada a la suya. Pero aún fue más intenso cuando ella le dedicó una maravillosa sonrisa y clavó sus esmeraldas en él. Sí, quería que esos ojos solo se fijaran en él, que esa sonrisa solo fuese dedicada a él, que aquel delicioso cuerpo… Oh, Oh. Ahora estaba imaginando otro tipo de situaciones fogosas y apasionadas que no le ayudarían en absoluto a conseguir su propósito; estar a solas con ella y pactar su propio acuerdo matrimonial. Mientras caminaban hacia la salida, la conversación sobre la lista de invitados se reanudó rápidamente entre los dos hombres, mientras que Adrianne no perdía de vista a los dos muchachos. Entonces, ocurrió algo inesperado.
- Debemos invitar a Lord Robert Fitz-James – dijo John muy seguro –es un gran amigo de la familia…
- ¡NO! – Elizabeth se dio la vuelta, obligando a Alexander a girarse de lado para evitar que le dislocara el hombro por el impulso. Cuando se percató de su imprudente y casi desesperada exclamación, apaciguó apenas su voz y con solemnidad y orgullo aclaró –No quiero que Lord Robert Fitz-James venga a mi boda –percatándose del gesto que lucía Adrianne de Dorsetshire, se apresuró a cambiar su mirada sobre ella y a proseguir –Ha sido mi pretendiente durante mucho tiempo y… -desvió tímidamente la mirada hacia su padre, para después posarla nuevamente sobre la mujer con un intenso rubor – de forma muy apasionada. No quisiera que se organizara un escándalo por un ataque de…-con cierta malicia, dirigió su fuego verde hacia Alexander -…celos – quién desde que gritó irrumpiendo la discusión, no la había quitado la vista de encima. Parecía asustada y turbada. Y obtuvo la confirmación cuando ella apretó la mano con fuerza alrededor de su antebrazo.
- ¡Elizabeth! –John no podía creer lo que su hija acababa de decir. Nunca había tenido noticias de que Fitz-James la pretendiera –Tenemos que invitarle, es un gran amigo de ambas familias…
- ¿Tan apasionado era? –para sorpresa de todos, Adrianne habló. Y para aún más estupefacción, Elizabeth agachó la mirada, con las mejillas coloreadas prácticamente de borgoña, acercándose a Alexander casi en un acto reflejo que pedía protección, y asintió tímidamente. Ella la creyó. Si la muchacha era capaz de tomar a su hijo como su protector sin conocerle y habiendo mostrado su desinterés aparente en él, es que aquel hombre debía haberla asustado demasiado, a pesar de ser una rebelde escocesa –No debería venir a la boda si va a incomodar a Lady Elizabeth.
- ¡Pero querida! –Charles no daba crédito -¡Debemos invitarle! –observó a su esposa, ceñuda -¡Dios Santo! –bramó al cielo pidiendo ayuda.
- Simplemente creo que si es el único que incomodará a Lady Elizabeth, no debería venir. Y siempre podemos inventar una excusa como que la invitación se perdió en el camino…- Entonces comenzó a sentir curiosidad ¿Qué habría sucedido entre ella y aquel Lord? ¿Qué había hecho él que parecía aturdir tanto a una mujer como aquella, llena de orgullo y valor?
- ¡Adrianne! Son leales a nuestro apellido, grandes amigos durante generaciones ¿Cómo puedes decir algo así? ¡¿Cómo puedes TÚ decir algo así?! –Y, estupefacto, rogando, clavó sus ojos en la jovencita que parecía esconderse tras su hijo - ¿No podrías simplemente ignorarle, Elizabeth?
- No vendrá, padre – Alexander cogió la pequeña y delgada mano de su prometida - Lord Robert Fitz-James no está invitado a nuestra boda. Ya que debemos casarnos por obligación y que no tenemos ni voz ni voto en nada más, al menos respeta el único deseo de mi prometida. Y si no lo haces por ella, yo te lo estoy pidiendo.
Elizabeth abrió mucho los ojos. Elevó la vista sorprendida y observó al hombre que la estaba defendiendo. Ni siquiera su padre lo hacía, era él, su prometido, Alexander, quién estaba embravecido y dispuesto a cumplir lo que deseaba; que aquel repugnante monstruo no se acercara a ella. Sintió un tibio calor en su interior y deseos de abrazarle demostrándole su gratitud. Él estaba teniendo en cuenta su opinión… y era tan maravilloso comprobar que era escuchada.
- Alexander –Charles empleó aquel tono de voz paciente. Ese timbre que utilizaba con sus hijos cuando eran pequeños y debía explicarles algo que no lograban entender –Sabes perfectamente que…
- No pienso hablar más de esto, padre. No vendrá. Y si le invitas o aparece por aquí, me las arreglaré para que la boda no se celebre. –Sus ojos destilaban amenaza – Y recuerda que seré yo quién herede todos esos títulos y que no tienes manera de arrebatarme esa herencia. Por tanto, ni se te ocurra pensar en comprometerla con Joseph. -Afianzando el agarre sobre Elizabeth, volvió a caminar hacia la puerta dejando un silencio sepulcral en la sala, hasta que salieron del despacho.
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