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- CAPÍTULO 01 - Condado de Dorset, Inglaterra, 1752. Castillo de Sherborne.
Adrianne de Dorsetshire apretaba las manos enguantadas, con visible nerviosismo, sobre su regazo. Si había algo en el mundo de lo que tenía la certeza de que tarde o temprano se arrepentiría, era de no evitar aquello. Sabía que, al permitir que su esposo, el Conde de Dorsetshire, prometiera a su hijo mediano con aquella jovencita escocesa, le traería más de un dolor de cabeza. Había intentado que, no solo su esposo, si no también su suegro, comprendieran la envergadura del problema pero, ellos simplemente la ignoraron y, con aquel porte orgulloso de los hombres Sackville, afirmaron prácticamente al unísono “Unir a las dos familias será maravilloso Adrianne. No solo por la amistad que nos une desde hace tantos años, si no por los títulos que se aportarán a ambas familias y que llevarán los hijos de éste matrimonio. Con ésta unión, se formará el clan más poderoso de toda Inglaterra y Escocia”. Pero ella no estaba conforme. No, no lo estaba. Porque sabía perfectamente lo complicado que era conseguir que una mujer escocesa se adaptara a las costumbres y normas sociales inglesas. Y ella, no estaba dispuesta a tener que educar a ninguna niña embravecida por las altas y toscas tierras del Norte. Miró a su esposo, que permanecía sentado a su lado en un maravilloso sillón rococó de tapizado oscuro y madera noble perfectamente barnizada. Muy al contrario que ella, Charles lucía un aire que parecía ciertamente despreocupado mientras tomaba un sorbo más de la copa de brandy que había pedido en cuanto llegaron y entraron por la puerta. Su mirada verdosa permanecía perdida sobre la inmensidad de libros que inundaban la exquisita biblioteca de la familia Sackville, que había heredado su hijo al residir en Sherborne. Era única en toda Inglaterra. Sin embargo, pese a los esfuerzos de su esposo por demostrar tranquilidad frente a lo que se les avecinaba, Adrianne sabía que, cuando algo le preocupaba a Charles, lo que más le ayudaba a relajarse era sentarse en la biblioteca, del castillo o casa donde estuvieran, con una finísima copa de cristal de bohemia en la mano y una botella de brandy bien pegada a él. Era consciente de que no podía insistirle más sobre cancelar el compromiso; lo hecho, hecho estaba y no había vuelta atrás. Pero ahora, lo que más la revolvía las entrañas, era comprobar cómo se lo tomaría su pequeño y adorado Alexander. Aquel muchacho, pese a comportarse impecablemente frente a la alta sociedad y ser un ejemplo a seguir, era en realidad un irresistible desvergonzado. Ni siquiera ella, con toda la rectitud de una dama de alta cuna londinense, había podido enderezar a su hijo. Si bien se merecía todos los méritos por conseguir que, al menos, fuera perfecto en su comportamiento cara a cara con toda la nobleza de Inglaterra y parte del extranjero, no había sido capaz de controlarle en lo que concernía al terreno íntimo. Era por eso por lo que, aprovechando uno de los pocos aspectos y factores que podían controlar sobre su hijo, ninguna mujer trabajaba en el castillo de Sherborne. Todas, bien atraídas por el encanto físico o bien, la mayoría a su juicio, avariciosas por las riquezas y los títulos que ya portaba y los que le quedaban por heredar a su pequeño, acababan perdidamente, o aparentemente, enamoradas de él y, por consiguiente, metidas en su cama. Adrianne suspiró resignada y volvió a observar a su marido. Estaba muy claro de dónde provenía aquel encanto para con las mujeres. Dio gracias internamente porque Charles estuviese aún locamente enamorado de ella y, desde el día en que se comprometieron, jamás tuvo ninguna amante o tentación. Pero también era evidente de dónde había heredado aquella belleza arrebatadora que le convertía en una delicia para la vista; de ella y su familia. De repente, se escuchó como las grandes puertas de color cerezo se abrían de par en par. Su pequeño Alexander llegaba luciendo una enorme sonrisa, con aquellos ojos del color del mar atormentado brillando intensamente, el pelo largo, suelto y negro como la noche un tanto despeinado y vistiendo tan solo una elegante bata de seda en color borgoña. Adrianne frunció sutilmente el entrecejo; estaba con una mujer.
- ¡Madre! – exclamó acercándose a ella a paso ligero, tomándola la mano y besándosela ceremonialmente – Cuánto me alegro de que estéis aquí… - susurró más cerca, rompiendo las formalidades y besando el impecable rostro de la mujer.
- Alexander – susurró con un tono de reproche mientras le devolvía el gesto – Nos has hecho esperar mucho tiempo. Sabes que a tu padre y a mi nos gusta la puntualidad – se irguió un poco más, remarcando la superioridad maternal – Somos muy estrictos respecto a ese tema.
El muchacho ignoró el comentario de su madre mientras aplastaba a su padre entre sus brazos carcajeándose junto a él. Ambos gritaron un estruendoso saludo típicamente burdo y varonil, mientras competían por comprobar cuál de los dos emitía más fuerza en el abrazo y los golpes informales en la espalda del otro. Frente aquel espectáculo, que siempre conseguía arrebatarle una sonrisa que ocultaba discretamente, Adrianne se cubrió los labios con la mano hasta que consiguió borrar la curvatura divertida de su boca. Cuando por fin lo consiguió, carraspeó un tanto brusca para hacer que los hombres la prestaran atención y se comportasen como correspondía a sus rangos; el Duque y el Conde de Dorsetshire, entre otros tantos títulos.
- ¡Cada día te pareces más a tu abuelo!– sugirió Charles sentándose en el cómodo sillón, refiriéndose a su propio padre– Quizá debería empezar a preocuparme… - observó de reojo a su esposa, con una mueca divertida.
- ¡Charles! – exclamó Adrianne con ofensa y reproche. Sus mejillas se ruborizaron de rabia mientras descuartizaba a su esposo con sus pupilas dilatadas.
- ¡Oh, vamos, mujer! – dejó caer su atlética figura en el sillón, tomando las manos de su esposa casi a la fuerza – Es lo que sucede cuando estás casado con una mujer increíblemente bella y de la que estás completamente enamorado… - besó los anversos enguantados en aquella suavísima seda blanca – Los celos me pierden…
Alexander dejó los ojos en blanco. Ya estaban aquellos dos comportándose como adolescentes en celo. Después de permanecer años escuchando a su madre sermonándole sobre los correctos comportamientos y toda la parafernalia protocolaria, resultaba que ellos lo ignoraban al completo cuando estaban con él.
- Vale, vale, dejadlo… - susurró acercando uno de los sillones que rodeaban la amplia mesa de estudio de la biblioteca, sentándose frente a sus padres - ¿A qué se debe el honor de su visita, grandes de Inglaterra y queridísimos padres, Duques de Dorsetshire?- dijo con ironía, apoyando los codos sobre los brazos del sillón y cruzando las manos en una aptitud de supremacía y seguridad.
Adrianne y Charles intercambiaron mirada preocupadas. Después, ambos observaron fijamente a su hijo. Él contuvo la respiración y ella se aclaró la garganta. Alexander enarcó una ceja. ¿Por qué tenía la sensación de que no iban a darle ninguna buena noticia?
* * * * * * * * * *
Condado de Ayrshire, Escocia, 1752. Castillo de Maybole.
Elizabeth sostenía amorosamente al bebé entre sus brazos, envuelto en una colchita azul y blanca. Era la criatura más hermosa que había visto jamás. Rollizo, suave, con la piel de color melocotón y emanando una suave fragancia a lavanda. Se había quedado dormido mientras paseaba con él por los jardines del Castillo de Maybole, después de haber estado observando todo lo que sus preciosos ojitos violáceos llegaban a ver desde su cómoda posición. Mirando hipnotizada al precioso Alan no se percató de la llegada de Davina, la madre del recién nacido.
- ¿Se ha dormido? –susurró su cuñada y mejor amiga con adoración, acariciando la mejilla de su bebé.
- Sí, hace un momento – respondiendo en el mismo tono lírico, extendió al niño hacia su madre, quién lo tomó con sumo cuidado evitando despertarle – Va a ser un niño muy inteligente – colocó las mantas cobijándolo mientras Davina acomodaba entre sus brazos a su hijo.
- Espero que no traiga de cabeza a todas las mujeres como tu hermano Níall – comenzaron a pasear hacia el castillo. Aquel comentario arrancó la sonrisa de Elizabeth – Ha heredado esos ojos demoníacos e hipnotizantes…
- Sí, pero a ti quién te enamoró fue John, no Níall…- ambas se miraron con una sonrisa pícara y dijeron al mismo tiempo un “A pesar de esos ojos demoníacos”, echándose a reír después.
- John… - susurró soñadora – Aún recuerdo la primera vez que le ví, con ese porte elegante, lleno de orgullo. Nada podía hacer Níall contra tu hermano, a pesar de todos sus esfuerzos por cortejarme… - miró al bebé, que movía sus manitas mientras se acomodaba mejor en los brazos de su madre – Cariño, ¿Sabes que el humor de tu padre se parece al de un león herido y enjaulado? – Davina llevó los ojos al cielo y después hacia Elizabeth –No sé qué voy a hacer con él, jamás conocí a un hombre tan persistente y… hambriento.
- Entiéndele – falseó un tono comprensivo –Lleva sin ti casi dos meses. Alan consume todo tu tiempo y no puedes atender a mi hermano como antes –elevó los hombros despreocupada –Los hombres llegan a tener celos hasta de sus propios hijos, es lamentable – finalizó con un suspiro.
- A mi me parece adorable –confesó, besando la frente de Alan –Esos celos te hacen recordar que tu esposo sigue amándote. Cuando una queda embarazada Elizabeth y empieza a engordar, a dormir mal, a pasarse el día enferma, con mala cara, irritable…sin poder intimar con tu marido… créeme esa parte es la peor -observó a su amiga confidentemente con la mirada brillante -, llega un momento en el que te encuentras fea, poco atractiva y piensas que tu esposo saldrá un día por la puerta y nunca volverá… -el sollozo del pequeño atrajo las atenciones de su madre y su tía –Pero, cuando después del parto, solicita tus atenciones, te acaricia y te besa mientras se sienta contigo en la cama y observa tiernamente como amamantas a su hijo… Le perdonas todos esos celos insufribles y te das cuenta de lo afortunada que eres por tenerle a tu lado– Alan empezó a llorar fuertemente – No por nada, él ha soportado nueve meses de irascibilidad constante y tres meses de completa abstinencia…
Elizabeth volvió a reír, ya sin necesidad de ocultar su melodiosa carcajada. Se imaginaba a su hermano loco de rabia por las pocas atenciones que recibía de su esposa y la frustración de no poder intimar con ella. Pero también podía contemplar la preciosa imagen de una familia feliz, de un esposo adorando a su mujer y a su hijo recién nacido. Era tan enternecedor… pero su carácter la invitaba a no pensar demasiado en aquellas formalidades. Ella deseaba hacer otras cosas antes de crear su propia familia. Quería viajar por Europa, conocer otros lugares que no fueran su adorada Escocia y aquella exigente Inglaterra. Su pasión por la geografía fue inculcada por su padre, quién poseía aquel espíritu libre y viajero ciertamente rebelde, y las influencias de las nuevas ciencias, incluyendo el apogeo del que su favorita disfrutaba. Así, conocía prácticamente al dedillo cada rincón Europeo. Pero, por sobre todo, ansiaba conocer las bellezas clásicas, instruirse y empaparse de las artes de las gloriosas Italia y Grecia. Imaginaba lo magnífico de ciudades como Venecia, Florencia, Nápoles, Atenas, Patrai y la isla de Creta. Davina interrumpió las soñadoras e idealistas imágenes que se estaban formando en su mente…
- Por cierto, tu padre quería hablar contigo –Alan observaba a Elizabeth con sus preciosos ojos violáceos enormemente abiertos –Te estaba buscando antes de yo salir y encontrarte.
- ¡Oh! ¿No te dijo por qué? –preguntó con falseada curiosidad. Seguramente quería sermonearla por algo que probablemente había hecho, o no. A veces se sentaba en el despacho de su padre y aguantaba una larga lista de normas de comportamiento que supuestamente había ignorado. En muchas ocasiones, ni siquiera había salido de su dormitorio o de la biblioteca cuando se veía obligada a oír al Duque de Cassillis reprochándola por su supuesta falta de protocolo cuando ni siquiera se había ausentado de la casa.
- No – negó con la cabeza, acomodando sobre su hombro al bebé, que no hacía más que moverse y patalear –Yo salía cuando le escuché gritar tu nombre. Parecía nervioso o enfadado… ¿Has hecho algo que deba saber Elizabeth?
- Nada de nada – contestó despreocupada
- ¿Estás segura? – Los ojos marrones de Davina se estrecharon peligrosamente - ¿No habrás estado viendo a Lord Robert Fitz-James, verdad? Sabes que tu padre no quiere que te relaciones con la casa del Ducado de Berwick.
- Yo no le veo, Davina. Es él quién insiste en cortejarme… - dejó los ojos en blanco. Aquel hombre, unos pocos años mayor que ella, no se cansaba de perseguirla –Te aseguro que yo no hago nada por atraer su atención.
- ¿Y le has dado a entender, con esa lengua de víbora que puedes llegar a tener a veces, que no quieres tener ese tipo de relaciones con él? – sonrió de medio lado, volviendo a acomodar a su bebé.
- Ya no se cómo decírselo – respondió exasperada, elevando la barbilla –Además, yo no tengo la culpa de atraer sus atenciones. No hago nada por que se fije en mí. Incluso le he faltado al respeto con la palabra y he estado a punto de patearle las posaderas –Davina masculló una risa, imaginándose la escena -Pero ese hombre parece no entender que… - sus mejillas se colorearon de rabia. Clavó su vista esmeralda directamente sobre su cuñada -…no me atrae en absoluto. Es más, ¡Su sola presencia me repugna! –y entonces la escuchó carcajearse a su lado, mientras abrazaba a Alan con fuerza.
- Eres lo menos cercano a una dama que he conocido en mi vida –dijo aún entre risas, con cierta ironía. Elizabeth podía ser la niña más dulce, recatada y encantadora de toda la nobleza si se lo proponía. Pero, cuando algo no le gustaba, era capaz de comportarse como una auténtica incivilizada. Aunque eso sí, siempre con la elegancia innata del clan Kennedy.
* * * * * * * * * *
- ¿¡QUÉ!? – Alexander se levantó de un salto del sillón. Observó a sus progenitores con rabia. La furia se apoderó de él durante unos segundos en los que creyó que se pondría a golpear todos los muebles de la biblioteca y a derramar los libros de las estanterías por todo el suelo. Deslizó sus manos entre su largo cabello, en un intento por contener la cordura dentro de la cabeza - ¿¡Que habéis hecho qué?!
Adrianne clavó su mirada en su esposo. Ella ya había cumplido la parte que se había comprometido a realizar; dar el encabezado de una noticia que todos sabían no le gustaría en absoluto. Ahora, las explicaciones pertinentes, le correspondían en su totalidad a quién había dado el primer paso para comprometer a su hijo sin su consentimiento. Se irguió en el asiento y esperó las primeras palabras que brotaron de los labios de su esposo.
- Siéntate Alexander –ordenó Charles con voz marcial –Déjame explicártelo todo antes de que incendies la casa con tus maldiciones.
Se tragó las palabras, porque no quería formar un escándalo tan temprano. Suficiente era que Lord Bryce Corman, su mejor amigo-enemigo, le hubiese visto llegar a Sherborne con aquella deliciosa jovencita que yacía en su cama; Bryce no dudaría demasiado en pregonar su aventura con aquella muchacha en la próxima reunión social, si le molestaba en lo más mínimo durante su sueño beodo. Así que, con gesto sombrío y el cuerpo y las mandíbulas tensas, se sentó de nuevo en el sillón, esperando una consistente y convincente explicación que le permitiera tranquilizarse.
- Nuestra familia ha sido aliada del clan Kennedy durante generaciones. Es nuestro deseo, el de tu abuelo y mío, formalizar una unión entre ambas. Kennedy es un apellido muy importante, uno de los clanes más poderosos de Escocia – vió como los ojos azul plomizo de su hijo brillaban intensamente al escuchar “Escocia” –Si te casas con ella, tus hijos heredarán los apellidos de los clanes más poderosos de Inglaterra y las tierras del norte. Gozarán de un prestigio y poder inigualables…
- ¡Y eso qué me importa a mi! –exclamó hastiado. No quería que controlaran su vida, pero su obtuso padre solo hacía que importunarle con exigencias.
- Al menos conoce a la muchacha, Alexander –exigió su padre –Es una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.
Adrianne entre-cerró los ojos al percatarse del tono franco de su esposo al revelar la beldad de la muchacha. Sí ella era bonita tenían algunos puntos ganados respecto a su hijo. No era tonta y sabía que el unir a los dos clanes sería estar mucho más cerca del favor de los Reyes y de participar junto a ellos en las decisiones que concernían a Inglaterra. Podía dar a la joven por perdida respecto a los buenos modales y, con el carácter de su pequeño, sabía que se avecinaba un matrimonio complicado. Pero siempre podía centrarse en sus nietos. Era su único consuelo; ella se encargaría de que sus nietos fueran impecables en modales y protocolo, fuera y delante del ámbito social.
- No puedo creer que me hayáis hecho esto… -masculló poniéndose de pie. Se apoyó contra una de las estanterías, meditando las pocas opciones que le quedaban –Te concedo el conocerla, padre. Tan solo por corroborar esa belleza que dices que posee. Pero nada más. –Les observó fijamente -No me casaré con ella.
- Sí, si lo harás –Charles no iba a consentir que esa unión no se llevase a cabo después de tantos años con intenciones de unir a los clanes. Ahora era el momento y la oportunidad perfecta. Aquel matrimonio se haría realidad y pronto –Porque no tienes más remedio.
- ¿¡Qué quieres decir!? –Alexander entornó los ojos. Sus sospechas no podían ser ciertas. No, sus padres no podían haberle hecho aquello.
- El contrato ya está firmado. –Charles se levantó, irguiendo su figura frente a su hijo que tan solo era un poco más alto que él -Te casarás con la condesa de Ayrshire, quieras o no quieras. –Dándole un apretón en el hombro, se despidió de su hijo –La muchacha llegará en unos días, junto a su padre el Marqués de Ailsa y Conde de Cassillis. Hazte a la idea y no deshonres el apellido Sackville y el linaje de los Condes de Dorsetshire. Hay mucho en juego en éste matrimonio Alexander, piénsalo bien antes de arruinar la reputación de tus antepasados. –Y con aquello, salió de la sala con aire triunfador. Su hijo se casaría y algún día, agradecería aquella unión.
* * * * * * * * * *
Elizabeth alisó la falda del sencillo vestido verde manzana que llevaba puesto. Se irguió y aclaro su garganta antes de llamar al despacho de su padre. Dio dos suaves golpecitos y abrió la puerta. Asomando la cabeza, vislumbró la alta y esbelta figura varonil, apoyado en la repisa de la chimenea prendida, con una copa en la mano y un cigarro en la otra.
- ¿Padre? –anunció su entrada casi como si fuera un fantasma.
- ¡Elizabeth, cariño! –John Kennedy se alejó de las brasas, tirando el cigarro en ellas, y caminó hacia su hija – Ven, pasa y cierra la puerta.
Con desconfianza pasó dentro y cerro la puerta, como su padre la indicó. Cuando estaba candando la pesada hoja de madera sintió el abrazo fraternal del hombre, al cuál correspondió con dulzura. Desde que su madre murió, su padre se había negado a tener un trato cariñoso con sus hijos, especialmente con ella. Después del pequeño contacto, la rodeó por los hombros con un brazo y la condujo cerca de la hermosa mesa caoba en donde trabajaba y examinaba las cuentas. Allí, la invitó a sentarse en una de las estilizadas sillas de madera oscura.
- ¿Sabes Elizabeth? –Se sentó relajadamente en su amplio y cómodo silloncito –Te has convertido en una preciosa mujer, como lo fue tu madre. Te pareces tanto a ella…-suspiró con añoranza –ni siquiera puedes imaginártelo. Es…es como si la estuviese contemplando frente a mi. –La mirada verdosa de John se clavó en el licor dorado que relucía en su copa -Ojalá estuviera ahora con nosotros…
Prudencialmente aguardó en silencio mientras contemplaba la añoranza que sentía su padre en aquellos irises esmeralda, los cuales ella había heredado, que derramaban lágrimas silenciosas por su madre. Fueron una familia muy unida y repleta de amor. Su padre había cambiado; se había vuelto serio y silencioso y, a medida que pasaban los años, su tristeza se acrecentaba. A Elizabeth le rompía el corazón verle tan abatido. Los únicos momentos que compartían juntos y en donde era capaz de arrebatarle alguna sonrisa, muy raramente, era cuando salían los dos a pasear por los jardines de Maybole. Su madre y él caminaban cada tarde cerca de los acantilados que desfilaban a la orilla de los vergeles traseros del castillo; allí se arrullaban tiernamente cuando atardecía, para contemplar al sol fundirse con las aguas del mar de Escocia, siendo tragado por el horizonte. Elizabeth empleó el recuerdo de aquellos momentos tan especiales para conseguir que su padre saliera del castillo. Se había aislado y refugiado en Maybole, retirado de toda vida social, delegando sus obligaciones a su hijo mayor John, cediéndole algunos de sus títulos. Sólo mantenía ciertos contactos con algunos duques y condes a los que les unía una lealtad y una amistad. Y solamente era así, si ellos venían a visitarle o le escribían.
- Sabes que te adoro ¿Verdad hija mía?
El tono que empleó John lució ciertamente extraño y Elizabeth se percató rápidamente. Se alarmó; sentía a su corazón palpitar frenéticamente, desbocado en su garganta. Su padre estaba pensando en cometer una locura, atentar contra su vida. Lo sintió en su interior. Sintió como algo terrible se avecinaba. Saltó de la silla y se inclinó sobre la mesa, atrapando entre sus delicadas y alargadas manos de pianista a las poderosas y robustas de su padre.
- ¡No padre! –exclamó con voz temblorosa -¡Por favor, no lo hagas! ¡Te necesito! Si no piensas en tus hijos, piensa en Alan, ¡Por favor! Necesita a su abuelo ¡El bebé te adora!
John sintió el temblor en las manos heladas de su pequeña, el temor que inundó a sus preciosas esmeraldas fijadas sobre él. De repente, conmovido por la espontaneidad tan propia de su hija y la preocupación desmesurada que irradiaba, se echó a reír. Desconcertada, observó como su padre se carcajeaba. Frunció el ceño, ofendida y, con rabia, intentó retirar las manos disgustada pero, antes de que pudiera terminar de resbalarse por la palma callosa de su progenitor éste la atrapó por lo dedos, cerrando fuertemente los suyos entorno a los delicados de su hija. Elizabeth elevó los párpados, clavando su fuego verde sobre el rostro de John, invitándole cortésmente a que la soltara. Pero, para aumentar su confusión, observó la seriedad y el orgullo que relucía en las pupilas dilatadas y brillantes de su padre. Y lo que peor sobrellevaba, lo que más la estaba asustando, era el hecho de la fuerza que impregnaba sobre sus frágiles dedos, reteniéndola allí.
- Elizabeth Kennedy, Condesa de Ayrshire –su voz remota, distante y formal, como hacía mucho tiempo que no se escuchaba –tengo el placer de comunicarle su compromiso con Lord Alexander Sackville, Conde de Dorsetshire y futuro Duque de Dorset. –su hija palideció. Sus preciosas esmeraldas relucientes, abiertas, observándole con un fuego helado y brumoso. La sintió tirar de sus manos, resistirse y luchar por escapar. Pero no, no la dejaría escapar –Felicidades, hija mía.
- ¡No! –gritó al borde del colapso, helada como un témpano - ¡No! – sentía como las llamas de la furia se prendían en su interior, se derramaban en sus entrañas y amenazaban con hacerla explotar. Su padre. Su adorado padre, quién siempre le había inculcado la supremacía del amor sobre todas las cosas, no podía haberla hecho algo así. No. No. Pero la realidad era otra. La realidad es que sí podía y, al clavarle los irises una última vez más antes de dejarse consumir por la rabia, supo que era cierto. Era verdad. Su padre la había traicionado - ¡No! –gritó frustrada hirviendo en ira -¡No, jamás! –tiró tan fuerte, para soltarse, que se golpeó las manos contra la mesa. Pero el dolor no la hizo llorar, ni tampoco huír despavorida. Sacudió las manos un momento antes de erguirse prepotente, con la barbilla en alto –No me casaré –anunció digna, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta del despacho.
- Lo harás Elizabeth – escuchó el tono amenazante a lo lejos, cuando abría la puerta con fuerza y salía del despacho velozmente. Pero, entonces, oyó el grito que se esparció por todo el amplísimo recibidor y reverberó en las escaleras y el resto de salas abiertas de la planta baja de Maybole. El grito que la que la volvía a dejar petrificada, helada y encadenada sin remedio –¡¡Porque el contrato ya ha sido firmado y validado!! – se paró en el inicio de las escaleras, con el pie apoyado en el aire, buscando el reposo del primer peldaño. Su mano derecha se apretó fuertemente sobre la baranda dorada, para sostenerse en pie, cuando escuchó lo último. Lo que jamás deseó oír - ¡Prepara tus cosas! – las rodillas la flaquearon de ira -Mañana partimos hacia el Castillo de Sherborne –y aquello remató su delicadez.
Elizabeth se sentía traicionada en lo más profundo de su ser. Ya no solo por que la hubiera comprometido con un hombre al que no conocía, renegando de los principios que le habían inculcado él mismo y su madre desde niña, si no que la obligaba a abandonar su hogar. Su maravilloso, cálido y reconfortante hogar. Sus acantilados, los jardines de Maybole y su mágico mar de Escocia. No, ella no se casaría. No con aquel hombre; no por imposiciones. Y haría todo lo que estuviera en su poder para impedirlo. Su mezcla de sangres, escocesa e irlandesa, recorrieron con rápida e irritada fluidez todo su cuerpo, llenándola de renovadas energías. Iba a dar una maravillosa muestra del almizcle de caracteres; nadie le dice a una mujer irlandesa o escocesa lo que tiene que hacer, sea o no de la nobleza. Ella amaría al hombre con quien decidiera casarse. Y ese no iba a ser, precisamente, aquel Lad; Alexander Sackville.
* * * * * * * * * *
La sala de música estaba iluminada por el hipnotizante resplandor cobrizo del atardecer. Los brillos apagados del sol escondiéndose en el horizonte marítimo, se filtraban a través de los amplísimos ventanales. Frente a uno de ellos, sentada en un cómodo silloncito, Adrianne tomaba el té acompañándolo con deliciosas pastas de chocolate y menta. Sola. Había estado instalándose, colocando con esmero las ropas de los baúles en los grandes armarios del dormitorio y tomando notas sobre los preparativos ha realizar para la llegada de la prometida de su hijo. Más tarde, bajó a las cocinas y ordenó que preparasen el plato favorito de Alexander para la cena. Suspiró con pena. No había hecho nada para impedirlo. Su adorado hijo estaba destinado a ser infeliz y desdichado el resto de sus días por una unión de familias y poderes. A pesar de que sabía que era beneficioso y que debía hacerse, no podía remediar que su corazón se sintiera afligido. Deseaba que fuera feliz, pero también quería que se hiciese lo debido. Residía en ella un conflicto de sensaciones, emociones e intereses. De repente, se sintió culpable; tenía tres hijos estupendos y maravillosos a los que adoraba con locura pero, no podía remediarlo, sus emociones se resentían por Alexander. Una madre no debía tener ese tipo de inclinaciones o diferenciaciones con sus hijos. Amarlos a todos por igual era lo correcto pero, por más que luchó contra ello, no pudo evitarlo. Estaba segura que aquellos fuertes sentimientos por su hijo mediano se debían a la vida que éste llevaba; era el más independiente, el menos arraigado a la familia, el más descarado y desvergonzado y el más cariñoso con ella. Tenían una relación diferente a la que Adrianne mantenía con sus otros dos hijos; era el más parecido a sí misma. Siempre habían sido confidentes. Incluso hablaron de sus primeros amoríos y experiencias íntimas, algo en absoluto normal entre una madre y un hijo. Ninguno de los dos lo buscó, se dio de una manera natural, poco a poco. Cualquier problema o mínima preocupación que tuviese, Alexander corría a consultarlo con ella. Así fue hasta que cumplió los veinte años. A partir de entonces solo trataba con ella asuntos puntuales y discretos. Suspiró, dando un sorbito al té y un muerdo a una de las pastitas que yacían en la bandeja de plata. Entonces, algo le vino a la mente. El único motivo por el que no consentiría la unión de su hijo con una completa desconocida, el único por el cuál lucharía hasta que su esposo desistiera de proseguir con el compromiso, sería que Alexander estuviera enamorado. Sí, eso sería lo único que la incitaría a luchar. Decidida se levantó de la silla, dejando la tacita de porcelana sobre la bandeja. Irguiéndose, caminó fuera de la sala de música con dirección al despacho de su hijo. Averiguaría si ya había alguna mujer especial en su vida y así, mataría dos pájaros de un tiro, porque volvería a fortalecer la confidencialidad que se profesaban antaño entablando aquella conversación.
Entró directamente, sin llamar, con el gesto serio y el ceño ligeramente fruncido.
- Hijo –dijo queda –tenemos que hablar.
Alexander observó a su madre con una mirada turbia. No quería hablar con ella, sobre todo después de haber sido cómplice del compromiso forzado. Cerró el libro de filosofía que estaba leyendo de golpe y lo arrastró a un lado de la mesa. Cruzó los brazos y dibujó una mueca macabra, afianzándola con una media sonrisa forzada e irónica que invitaba a cualquiera a dejarlo tranquilo.
- ¿De qué queréis hablar, madre? –su voz sonó seca, como un tronco de madera macizo golpeando el suelo -¿Venís a sermonearme sobre mi inminente matrimonio del que no puedo escapar? ¿Queréis explicarme como tendré que complacer a mi esposa? ¿O quizá venís a hacer referencia a la importancia de engendrar herederos cuánto antes? ¿O a advertirme de que es muy importante que sea discreto con respecto a mis amantes, no sea que me repudien todos esos petulantes duques y condes con los que tengo que codearme a la fuerza? –la ira se le descompuso en el cuerpo –Si venís a alguna de esas cosas, por favor, ahorrárosla –volvió a tomar el libro, abriéndolo con palpable furia –Sé todo lo que tengo que saber sobre cualquiera de esas cuestiones. Así que, por favor… -clavando las pupilas sobre las letras del tomo, elevó la mano señalando la puerta -Estoy ocupado. –invitándola a salir.
Adrianne caminó con paso firme hasta quedar frente a la mesa. Puso los brazos en jarras. No pretendía guerrear con él, tan solo conversar un poco y explicarse. Nada más lejos de la realidad; ella había intentado por todos los medios forzar a su esposo a abandonar la idea del contrato matrimonial con el clan Kennedy. Y quería que su hijo, al menos, lo supiera. Ella nunca le traicionaría; era su madre y como tal solo quería ver a sus pequeños felices.
- Quiero que sepas que yo no tuve nada que ver con el compromiso –frotó sus manos –Intenté por todos los medios disuadir a tu padre de ello. Pero ya conoces a…
- ¡Estupideces! –rugió levantándose de golpe -¡No intentaste nada porque tú también sabes que a la familia le conviene! ¡Y por guardar las formas haces lo que sea!
Aquello la hirió. La hirió mucho, muy dentro. Tanto que creyó comenzar a derramar lágrimas en cualquier instante. Ante la ira que desprendía, dio un paso atrás, llevándose una de las manos al pecho, intentando controlar los desenfrenados latidos de su corazón.
- ¡Alexander James, ni se te ocurra volver a hablarme así! –exclamó, más presa de la tristeza que de la sensación de superioridad como madre –Lo único que quiero es tu felicidad. –Se sentó en una de las sillas, sintiendo como su cuerpo desfallecía durante unos segundos –Necesitaba que supieras que yo no quise que te comprometieras con esa muchacha. Ahora, puedes creerme o no, pero te estoy diciendo la verdad –Viendo que su hijo no tenía intenciones de conversar con ella, más prefería amargarse en soledad, hizo lo que venía a hacer; preguntar -¿Estás enamorado?
- ¿¡QUÉ?! – creyó caerse de bruces en el suelo. ¿Qué clase de pregunta era aquella?
- He dicho –hablaba como si se tratase de un niño pequeño que además no supiera su idioma –Que si estás enamorado, hijo. No es una pregunta tan complicada. – elevó la barbilla y se sintió crecer ante el gesto aturdido que mostraba el rostro de su pequeño – La respuesta es fácil, solo dime un sí o un no.
- ¿Por qué quieres saberlo? – preguntó desconfiado. No le gustaba el modo altanero en que ella se había presentado allí, pero mucho menos el que ahora estaba mostrando.
Haciendo acopio de toda la frialdad que pudo reunir, Adrianne contestó lo que él esperaba de ella. - Quiero saber si tengo que preocuparme por tu no discreción para con tus amantes. Y para preparar excusas si fuera necesario. Sabes que ahora han cambiado las cosas y, tener amantes por doquier, no está muy bien visto en estos momentos.
- Pues no tienes que preocuparte por nada de eso –se levantó y caminó hacia la puerta del despacho –Mi respuesta es no, aunque daría igual si lo estuviera ¿Cierto? –se giró hacia su madre, antes de proseguir su huída -Y la única amante que me interesaba por el momento era la que estaba en mi cama ésta mañana; a la cuál tuve que echar en cuanto apareciste por la maldita puerta – dando un portazo salió rugiendo maldiciones.
Adrianne se relajó. Si su hijo no estaba enamorado, entonces un peso se le quitaba de encima, puesto que no habría un resentimiento tan abrupto al no tener el amor en otra mujer. No había dudas, aquel matrimonio se tendría que llevar a cabo; necesitaban herederos y eso era lo prioritario. Alexander tendría tiempo de enamorarse de aquella escocesa y amansarla. O entonces, siempre podían profesarse un respeto o un ligero cariño; lo suficiente como para que los niños engendrados crecieran en armonía. Ella, de todos modos, no tenía que preocuparse de eso. Sus futuros nietos era lo que importaban; su hijo al fin y al cabo, podría encontrar la felicidad de alguna otra forma si no la tenía con su esposa. Siempre y cuando fuera discreto, ella no objetaría nada en absoluto. Es más, lo apoyaría sin dudarlo.
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