- CAPÍTULO 11 -

Tercera Parte

 

El sonido del teléfono móvil le despertó de repente. Por suerte estaba boca arriba, así que solo tuvo que girar un poco la cabeza y despegarla mínimamente de la almohada para observar el aparatito que yacía en la mesita de noche, que quedaba a su lado de la cama, para comprobar que no era el suyo el que estaba sonando. Dejó que la cabeza volviera a su sitio, mientras el teléfono continuaba vibrando y esparciendo el sonido por el dormitorio. Ahora tocaba mirar hacia el otro lado, encontrándose de frente con su preciosa muñequita de porcelana, boca abajo, anidada en la almohada, con el pelo revuelto y mascullando palabras ininteligibles. Sonrió, al contemplarla de una manera tan íntima. Era incluso más bonita que cuando estaba despierta.

 

                - ¿No piensas coger el teléfono? – preguntó divertido.

 

Akane volvió a mascullar y maldecir, estampando la cara contra la almohada. Se removió y se estiró, colocándose de nuevo para continuar durmiendo. Ranma observó sus sensuales formas curvas cubiertas por las sábanas.

 

                - Déjalo – dijo ella con voz somnolienta –…ya se cansarán de llamar…

 

El ruido cesó. Ranma sintió movimiento a los pies de la cama. Con el entrecejo fruncido, se medio incorporó de lado cargando todo su peso en su brazo izquierdo y, lentamente, desvió la vista hacia ese lugar. Se encontró con una preciosa hembra de pastor alemán que había decidido, de repente y sin su consentimiento, utilizar su cama para dormir. Rápidamente buscó a la causante de ese recién adquirido hábito de su animal de compañía; Akane. Meneó la cabeza con una sonrisa de incredulidad. Aquella pequeña figura femínea estaba cambiando todas sus normas y costumbres… ¡¡Hasta las de su perra!!

 

                - Akane…  - susurró él, moviendo los pies para obligar a la perra a bajarse - ¿Tienes alguna idea de cómo ha podido Kira, de repente, decidir utilizar mi cama para dormir? – ella respondió con un “mfhfmfh” a lo que él insistió -  ¿No? – empujó una vez más a la perra, que se dio por aludida y se bajó del colchón, no sin antes lanzar un gruñido de insatisfacción – Pues recuerda al levantarte que tienes que empezar a quitarle esa costumbre… - decía con tono jovial y juguetón, pero con trasfondo de reproche - Antes de que tu llegaras, jamás tomaba este tipo de decisiones sin antes consultarme… Fíjate qué curioso ¿De quién será la culpa?

 

El teléfono volvió a sonar. Ranma se reclinó sobre Akane, quién gimoteó al sentir el calor y el peso de su cuerpo, y alargó el brazo para coger el insistente teléfono móvil de ella, sin siquiera dignarse a mirar la pantalla.

 

                - ¿Sí? – preguntó con voz ronca dejándose caer a su lado de la cama. Akane volvió a quejarse. Y la perra camino fuera de la habitación.

 

                - Oh… Disculpe – una suave voz de mujer se escuchó del otro lado – Siento muchísimo haberle molestado, pero creo que me he confundido… - se notaba la aflicción en su manera de hablar.

 

                - No se preocupe, no importa… - respondió él colgando y depositando el aparato a tientas en su mesilla de noche. Estaba seguro de que si volvía a sonar, Akane escondería la cabeza bajo la almohada ignorándolo otra vez mientras maldeciría todo lo habido y por haber.

 

Y de nuevo, sonó el timbre y la vibración del teléfono sobre la mesa. Ranma giró la cabeza y lo observó con curiosidad. ¿Seguro que se habían confundido? Cogió el teléfono al vuelo, mientras caía desde el borde de la mesa con dirección flechada al  suelo.

               

                - ¿Sí? – volvió a contestar

 

                - No me diga que me he confundido otra vez… - exclamó la mujer con sorpresa y ésta vez con vergüenza - … discúlpeme de nuevo, de verdad que lo siento. – Una risita nerviosa - Creo que he debido apuntar mal el teléfono…

 

                - Espere un momento… - Ranma miró a Akane con curiosidad. El timbre de voz de la mujer le resultaba extremadamente parecido al de ella cuando hablaban por teléfono. Despegó el apartado de su oído y miró la pantalla. Sonrió con un toque juguetón “Me lo imaginaba” - ¿Con quién quiere hablar? – preguntó él incorporándose y apoyando la espalda en el cabecero.

 

                - ¿Yo? Ah, pues… - la mujer se sintió torpe y abrumada ¿Pero con quién estaba hablando? - … con mi hija – dijo con firmeza – Akane, Tendo Akane – una pausa - ¿Por qué? – y lo último desprendió soberbia.

 

                - Espere un segundo… - Ranma se inclinó sobre el oído de Akane, dejando el teléfono lo suficientemente cerca como para que la mujer del otro lado le escuchara perfectamente – Hey, cariño… - susurró con voz extremadamente mansa - … es para ti…

 

Akane se sobresaltó, abriendo los ojos como platos llanos. Aquel “Hey, cariño” le produjo escalofríos y no precisamente de placer. Giró el rostro lo suficiente como para observarle, allí sonriéndola pícaramente y con el teléfono en la mano. Le dirigió una mueca que claramente indicaba “¿Te has vuelto loco? ¿A qué ha venido eso?” y le quitó el teléfono de la mano dejando que la cara volviera a hundírsele en la almohada.

Ranma se volvió a recostar sobre el cabecero, cruzándose de brazos y esperando la reacción de su Dama con una sonrisa.

 

                - ¿Sí, quién es? – masculló ella de mala gana. Odiaba que la despertara el teléfono por la mañana. La ponía de muy, muy mal humor.

 

                - ¿A…Akane? – la voz se entrecortó y no por un fallo de cobertura, no. Fue fruto de la sorpresa, el asombro, la incredulidad - ¿Eres tú?

               

                - ¡¡MAMÁ!! – Akane se sentó de golpe en la cama, con una mano en el pecho y la respiración agitada. Sintió como el peso del cuerpo de Ranma caía hacia un lado. Se giró para observarle, tumbado perpendicularmente sobre el colchón riéndose sin parar. Ella le lanzó un cachete que le alcanzó el muslo. Viendo que no paraba le golpeó de nuevo en el estómago. Él dejó de reír, para pasar a quejarse.

 

                - ¿Estás con un hombre? – La mujer del otro lado estaba a punto del colapso. - ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿De qué le conoces? ¿Dónde trabaja? – habló atropelladamente, aún sin poder creerlo. ¿Su hija había encontrado un hombre?

 

Akane se alborotó el pelo, se colocó los mechones que caían sobre su rostro detrás de las orejas y se arregló la camisa de Ranma que llevaba puesta y que estaba totalmente re-girada, todo de manera nerviosa, como si su madre pudiera verla desde alguna parte de la habitación. Se arrodilló y se sentó sobre sus talones. Cambió el móvil de oreja, sosteniéndolo con las dos manos, como agarrando sus nervios al aparato.

 

                - ¡Mamá! –exclamó con sorpresa – Sí, sí bueno… Estoy con Ranma – dijo con total naturalidad. En ese preciso momento, su semi-desnudo amante pasó delante de ella caminando fuera del dormitorio.

 

                - ¿Y quién es Ranma? – preguntó la mujer con impaciencia

 

                - ¿Ranma? – preguntó sin saber muy bien de quién hablaba - ¡Oh! – se golpeó al frente, esperando que igual así sus neuronas terminaran de despertarse – Pues Ranma es mi… mi novio – cerró los ojos fuertemente, como si se escondiera e intentando evadir el tema preguntó - ¿Para qué me llamabas?

 

                - ¡Tú novio! – gritó asombradísima. Akane escuchó la voz de su hermana pequeña a lo lejos… bueno, ya no tan lejos. Se acercaba poco a poco “¿Qué Akane tiene novio?” escuchó decirla y le arrebató el teléfono a su madre gritando después al auricular - ¡¡¡¿¿Desde cuando tú tienes novio?!!! ¡¿De qué le conoces?! – y notó su toque de lengua viperina, deseando escupir el veneno.

 

Ranma caminó de nuevo dentro del dormitorio, con un par de botellas de medio litro de agua. Se acercó a la cama y dejó uno de los envases al lado de su Dama. Cuando parecía que se retiraba, exclamó al aparato “Hola mamá”, provocando los grititos, reclamos y demandas de la madre y de la hermana. Akane retrocedió asesinándole con la mirada, mientras gesticulaba con angustia. No quería pasar tal vergüenza delante de él. Si tenía que lidiar con aquellas dos sobre su nuevo hombre, que no fuera en ese instante. Sin embargo, observándole, parecía que aquello le resultaba hasta gracioso, cuando ella lo estaba pasando francamente mal. Ranma se acercó al escritorio, cogió algo que Akane no llegó a ver y salió a la terraza. Bien, el aire fresco que comenzaba a penetrar en la habitación la vendría bien.

 

                - Desde hace… - se quedó pensativa, mientras contaba y miraba hacia la puerta abierta – Cuatro meses... – su hermana quiso interrumpirla, pero ella se impuso – Le conozco… - Si decía que era su vecino, a los ojos de ellas resultaría patética - … le conocí un día en una obra de teatro… - mintió.

 

                - ¿Es actor? – las dos mujeres lo dijeron al mismo tiempo, con cierto tono de comicidad. Akane no estaba muy segura si era porque se reían de ella o porque les resultaba curioso dónde se habían conocido.

 

En ese momento se sintió atorada. ¿Qué tenía que decirlas? Se levantó sobre la cama, dio dos pasos largos sobre el colchón y saltó al suelo. A punto estuvo de salir disparada hacia la baranda de la terraza. Consiguió frenarse en la puerta, balanceándose y manteniendo el equilibrio agarrándose con la mano izquierda al metal y marco de la corredera y sosteniendo el teléfono en la derecha. Ranma se giró cuando sintió la vibración, y la vió allí, con el flequillo cayéndole frente a los ojos e intentando mantener la estabilidad. Frunció el ceño, extrañado por la repentina y casi accidentada llegada. Akane elevó la vista al cielo mientras resopló para quitarse los filamentos que se empeñaban en no dejarla ver con claridad. Y, vocalizando en silencio como nunca, le preguntó “¿Dónde trabajas?” Ranma enarcó una ceja y susurró “En Panasonic”. Ella frunció los labios y volvió dentro del dormitorio. Así que, esa sería siempre la coartada.

 

                - No, no es actor… - se frotó el cuello y caminó hasta la cama para coger el agua – Trabaja en Panasonic. Es el director de… - chasqueó los dedos -… ¡cierre de contratos y negocios! – exclamó con excesiva alegría.

 

                - ¿Te has liado con un pez gordo? – gritó su hermana - ¿Lo traerás a la boda verdad? – escuchó a su madre decirle algo a su hermana. De nuevo, el teléfono fue arrebatado de las manos – Akane, ¿Vas a venir acompañada a la boda de tu hermana? – dijo con tono frío, para después utilizar uno meloso – Me encantaría conocer a Ranma…

 

Akane abrió la boca formando una perfecta O. ¿Cómo podía ser tan falsa? Se sentía avergonzada y herida al mismo tiempo por saber que su madre era de ese tipo de mujeres. Si hubiese sido actor, seguramente que ni siquiera le hubiera dicho nada sobre “querer conocerlo”, pero como había dicho que era un “pez gordo” allí estaban las dos, relamiéndose por poder tener a un rico en la familia, sin siquiera preocuparse por ella. Ya es que, no solo era que “Akane no consigue hombre” si no que “Akane nunca conseguiría un hombre en condiciones”. ¿Acaso la habían preguntado si estaba bien o no? Directamente fueron al asunto con el que siempre la atormentaban. Por inercia, le buscó con la mirada. Ella estaba orgullosa de él, de cómo era, de lo que hacía, de cómo la trataba, le admiraba por su inteligencia y su saber estar… era perfecto. Y le daba igual lo que su madre o su hermana dijeran. O eso era lo que intentaba hacerse creer a ella misma porque, en realidad, si que esperaba que fueran lo suficientemente listas para darse cuenta de que aquel hombre valía diez veces más que la mayoría. Y era precisamente el hecho de que no supieran valorarlo, lo que más la avergonzaba. Por cierto ¿Le había hablado alguna vez a Ranma sobre ir a la boda de su hermana?

 

                - Aún… - se sentó en la cama - … no he hablado de eso con él. Además, viaja mucho y no sabemos si tendrá trabajo por esas fechas – dijo decidida – Es un hombre muy ocupado… - dándole un trago al agua de seguido.

 

                - Con ese trabajo puedo imaginarlo cariño… - camufló las palabras con ternura – Entonces, contamos con los dos por ahora. Si acaso no puede venir, avísanos… - una breve pausa en la que oyó a su hermana cuchicheando - ¡Ah, por cierto cielo! Tu padre y yo, y quizá tu hermana, iremos la semana que viene a la ciudad. Podríamos quedar para comer o cenar, así conoceríamos a Ranma antes de la boda – suspiró – Ya sabes, para que se encuentre más cómodo ese día… Además, que estaremos entonces tan ocupados que apenas podremos hablar con él, con todo el lío de atender a los invitados y demás…

 

Akane apretó las mandíbulas. ¡¡Pretendían evaluarle!! ¿¡Cómo se atrevían?! Ranma entró al dormitorio terminándose la botella de agua. Se dirigió al armario y descorrió las puertas. Ella le observó. En su evaluación particular, tenía un treinta sobre diez e incluso más. Giró un poco la cabeza, deteniéndose en ojearle el trasero de siete u ocho Oscars. Sus hermanas y hasta su madre se morirían de envidia. Oh, sí, reventarían… Y ella sentiría el mayor de los placeres, porque les daría con un canto en las narices. Admitía que se había confundido con su primera pareja, pero con este tenía ganado el mejor de los premios en todos los sentidos. Estaba completa, absolutamente repleta como mujer. Y ellos, como padres, deberían estar orgullosos de su elección y sentirse afortunados por que un hombre como él se hubiese fijado en su hija. Divagando un poco, mientras escuchó su nombre dos veces al otro lado de la línea, se sintió de repente la mujer más segura sobre la tierra. Se sintió con la capacidad suficiente como para enfrentarse al mismísimo diablo. Apretó los labios un momento, suspiró y atacó.

 

                - En la cama es asombroso, maravilloso… - dijo con voz seductora y segura - … y garantizados cuatro orgasmos mínimo. En cuatro sesiones diferentes o en una misma ¡Mamá! ¡Descubrí que soy multi-orgásmica! – se arrodilló en la cama, afianzando su posición. Lo que relataba sabía que las dolería – …y normalmente por las mañanas suele tener muchas ganas de faenar… - sobre todo a su dichosa hermana, que estaba a punto de casarse, podría decirse, con un auténtico y raro espécimen frígido, porque el sexo no era algo que precisamente le entusiasmara.

 

Ranma se giró despacio, muy despacio, acuclillado como estaba, y la escuchó incrédulo. Incapaz de reconocer lo que Akane estaba haciendo.

 

                - Y yo, le he cogido el gusto a eso de tener cuatro orgasmos asegurados. ¡No, mamá, escúchame! – gritó no dejándola hablar, volviendo a colocarse los mechones de cabello negro azulado con visible nerviosismo – No puedo confirmarte seis meses antes de la boda si vamos a ir. No puedo confirmarte si podremos quedar para comer, cenar, o lo que sea la semana que viene. Lo único que puedo confirmarte es que mi instinto sexual me reclama y que tengo a mi hombre dispuesto a ofrecerme una sesioncita de lo más suculenta. Así que, te llamaré en unas horas – miró al techo, frunciendo los labios y con cinismo se despidió – O quizá mañana – y colgó, dejando el teléfono móvil a un lado y llevándose las manos a la cabeza, no comprendiendo muy bien lo que acababa de hacer.

 

                - ¿Qué ha sido eso? – preguntó él inquisitivamente, desconcertado todavía.

 

                - Me estoy volviendo loca… - Akane se levantó de un salto y colocó su mano izquierda en la frente - … No tengo fiebre, así que no es una enfermedad vírica o bacteriana… - le miró, con la boca entre-abierta. Levantó las manos a la vez, hasta dejarlas a la altura de sus hombros, los que también movió hacia arriba, y después las dejó caer – Me he vuelto loca, ya está…

 

Akane se movía como no sabiendo muy bien donde estaba. Daba un paso adelante, dos pasos a la izquierda, uno atrás, se frotaba la cara, los brazos. Parecía como si estuviera teniendo una reacción alérgica. No, no era eso. Estaba teniendo los primeros síntomas de un ataque de histeria, y no en el sentido peyorativo o vulgar, si no en el más puro sentido médico de la palabra. Ranma se quedó quieto esperando su reacción, esperando que explosionara. Ella empezó a arañarse el anverso de la mano derecha, mientras seguía moviéndose de un lado para otro, con pasos cortitos, y pestañeando muy rápidamente. Pero el síntoma de comenzar a rascarse, empezó a preocuparle, sobre todo por el llamativo color rojo que comenzaba a tomar la mano.

 

                - Akane, tranquilízate… - susurró con calma.

 

                - ¡Estoy calmada! – gritó ella moviendo la cabeza como a espasmos de un lado a otro, como si estuviera buscando algo.

 

                - ¿Sabes lo que te está pasando? – quería intentar que ella se percatara de qué le estaba sucediendo y si fuera posible, que le ayudara a saber lo que hacer – Mírate la mano. – Ella no le escuchó y levantando ligeramente el tono de voz, repitió - Akane, mírate la mano.

 

Ella agachó la vista y cuando se la vió gritó asustada. Notó como su corazón latía con fuerza. ¡Un ataque de histeria! Tenía los síntomas de un ataque de histeria. Recordó las causas por las que se producían y las repitió en voz baja varias veces “Lo que caracteriza al histérico de otras patologías es que éste sufre las crisis tras un disgusto o contrariedad y ocurre cuando hay delante personas que le interesen.” Se giró para mirarle y cuando lo hizo, volvió a frotarse la mano y, de improvisto, salió corriendo del dormitorio. Ranma intentó alcanzarla, pensando que pretendía salir del apartamento, pero lo que hizo Akane fue encerrarse en el cuarto de baño, con el teléfono móvil entre las manos.

 

                - No voy a obligarte a que me cuentes por qué has actuado como lo has hecho, ni tampoco a que salgas de ahí ahora si no quieres. Necesitas tu espacio y tu tiempo… - dijo él desde el otro lado, pausado y denotando preocupación, apoyado contra la puerta – Pero me voy a quedar aquí, sentado en el pasillo. Y si necesitas que entre… - y la escuchó llorar. Y en un último susurro - …llámame… - y se sentó como dijo, en el pasillo, al lado de la puerta.

 

 

Dos horas más tarde, llamaron al apartamento. Ranma se levantó del suelo mientras que Kira salió de alguna de las habitaciones y echó a correr hacia la entrada ladrando. Al abrir, se encontró con Diana que lucía un rostro serio y preocupado.

 

                - Hola Ranma – susurró con una sonrisa forzada, pasando dentro del apartamento - ¿Dónde está?

 

                - Se ha encerrado en el cuarto de baño… - Diana comenzó a caminar por el pasillo seguida por él – Ha estado llorando como media hora ininterrumpidamente. Luego ha ido a ratos y al final… he dejado de escucharla. Solo cuando te llamaba.

 

                - No te preocupes – le dijo Diana con dulzura – Déjame hablar con ella.

 

Ranma llevó las manos hacia arriba, bajó la mirada y se marchó de allí, caminando hasta el salón. Diana le observó. Era tan fascinante ver a un hombre preocupado por una mujer. Jamás dejaría de sorprenderse ante la impotencia que sentían, a la necesidad que siempre les urgía por saber de inmediato qué ocurría… Diana golpeó la puerta un par de veces.

 

                - Akane, soy Diana ¿Puedes…? – de repente la puerta se entre-abrió y sintió como la empujaban dentro del cuarto de baño, sonando un portazo tras de sí. Buscó a su amiga, que se había sentado ya en el suelo, acurrucándose – Cariño… - susurró agachándose - ¿Qué ha pasado?

 

                - He tenido un ataque de histeria – confesó – Pero no te preocupes, no es ningún problema que se trate con psiquiatras, legalmente sigo cuerda… - intentó bromear - A veces sucede cuando los niveles hormonales no están bien regulados y cuando pasas una situación que no has podido controlar… - de repente, exclamó con energía - ¡No quiero que le juzguen, Diana! ¡Estoy harta de que siempre juzguen a todo el mundo! ¡De que me hagan de menos en mi propia familia! ¡Que pretendan hacer de menos a los que quiero, simplemente por quererme! – Akane lloró de nuevo. Deslizó la yema de sus dedos por sus mejillas, arrastrando las lágrimas que quedaban en sus párpados – No quería que él me viera así – susurró desviando la vista – Me avergüenzo de cómo he reaccionado…

 

                - Tranquila cielo, no pasa nada. Ranma es un hombre muy comprensivo… - se arrodilló en el suelo y comenzó a acariciarle con ternura la cabeza.

 

                - Seguro que piensa que estoy loca… - llevó la mano sobre su boca y las lágrimas volvieron a fluir -  Solo hago que darle problemas… Solo hago que darle problemas a todo el mundo… Mis padres nunca me han querido – susurró - …mi padre, tal vez… mi madre nunca. Siempre me hizo de menos ante mis hermanas, nunca recibí apoyo por su parte cuando me interesaba por algo. Jamás tuve su aprobación para nada de lo que hacía… Era… - Akane encontró un nudo en su garganta. Levantó la vista y clavó sus ojos tierra sobre los de Diana - … Era como un cero a la izquierda en aquella casa. – Gimió con dolor- ¿Sabes? Siempre dicen que cuando te suceden cosas malas, o cuando tienes que valerte por ti mismo, te haces más fuerte y sabes afrontar mejor las adversidades de la vida. Pero yo no soy fuerte, Diana. Soy una persona débil, frágil, a la que en el fondo le importa su familia aunque yo no les importe a ellos. Y que necesita que al menos, por una vez… - las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, sus ojos vidriosos contagiaron a los de Diana - …¡¡por una sola vez en toda mi vida!! Acepten algo a lo que yo quiero. Que acepten a quien amo…

 

Diana la abrazó, sufriendo con ella. Debía ser insoportable pensar de aquella manera. Sentir que tu propia familia te rechazaba sin motivo alguno, que no diera valor a nada de lo que hicieras o dijeses, tenía que ser una de las mayores frustraciones que una persona podría vivir. Akane era una mujer insegura, eso lo sabía desde que la conoció. Era dulce, amable, tierna, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Pero era esa bondad que irradiaba, esa pureza tan magnífica la que la convertía en un blanco fácil para todo aquel que quisiera hacerla daño… Por lo que sabía Diana de boca de Akane y de la madre de ésta era, que ella se parecía absolutamente en todo a su abuela materna. Eran como dos gotas de agua. Todos lo decían; la incompatibilidad venía porque sus hermanas y su madre habían heredado el carácter uraño, tergiversador y casi podría calificarse en ocasiones de perverso, del abuelo materno. Aún a pesar de sus inseguridades, era una mujer fuerte. Ya podía decirle el más reputado psiquiatra o psicólogo que no lo era, por que se podía tragar sus palabras, aunque sabía que un especialista jamás diría eso de ella. Era una mujer fuerte, luchadora. Había salido adelante siempre sola. Siempre era ella quién se daba ánimos para continuar, para conseguir lo que pretendía, desde que era una niña. Había superado una ruptura muy dolorosa en soledad. Pagado sus estudios, su apartamento, sus caprichos, encontrado un buen trabajo…  Toda la vida que ahora tenía, todo lo que había conseguido, había sido por méritos propios. Sola. Diana sabía que, lo único que le faltaba a Akane para relanzarse, para dejar de pensar que el problema, que el error era ella en sí misma, sería alejarse de su familia, olvidarla… y disfrutar de su vida. Apoyarse en un pilar fuerte que la sostuviera, que la consolara, que la hiciera sentir especial ante el mundo, que la amara. Un pilar que había encontrado y estaba desaprovechando, pensado en si sería aprobado o no por su familia. Diana sabía que Akane conocía perfectamente que su hombre ya había sido rechazado de antemano, y si, por algún extraño motivo, fuese aceptado, no tardarían en encontrarle una falta. Y Diana, ya podía predecir cuál sería el inconveniente.

 

                - Akane – reclamó su atención con severidad – No quiero que hables con tu familia ¿Me oyes? – se estaba enfadando, por el dolor que sentía por su amiga. Serían sus padres, pero no tenían derecho a destrozarla aún más. Ya la dejaron de lado hacía tiempo ¿Por qué tanto empeño en continuar reteniéndola? – No te conviene hablar con tu familia. Si necesitas cambiar de teléfono y de móvil, lo harás. No tendrás contacto con ellos, hasta dos semanas antes de la boda. Boda a la que irás si te encuentras como tienes que encontrarte…

 

                - Pero… - susurró ella – Diana, yo… - sollozó - …ellos…

 

                - ¿Por qué te empeñas en hacerte tanto daño? – se levantó, irguiéndose sobre ella y recriminándola - ¡¡Olvídate de ellos!! Tienes a tu propia familia aquí. Nos tienes a Sarah y a mi, y tienes un hombre que se ha pasado dos horas sentado al otro lado de la puerta, escuchándote respirar… - el asombro se reflejó en el rostro de su amiga - ¡¡No digas tonterías!! La familia no tiene nada que ver con lazos de sangre, la familia es algo más… Las familias se crean Akane, con amor. Cuando una persona te quiere, es tu familia. Cuando corre para ayudarte, cuando se preocupa por ti, y te puede hacer reír y llorar… Cuando comparte tu buenos y malos momentos… Eso es la familia, no solo la sangre… - volvió a agacharse - ...Y tú tienes a la tuya aquí ¡Cegata, cabezota!

 

Akane la miró con curiosidad, frunciendo el ceño. Se quedó pensativa y, al cabo de unos segundos, habló con cautela.

 

                - Diana… no… no me importa que no me quieran… Lo único que quiero saber es el por qué – agachó la mirada - …con eso me bastaría y no volvería a preocuparme nunca más de eso.

 

                - ¿Quieres saber el por qué? – ella asintió – Porque te tienen envidia. – volvió a fruncir el ceño - Porque eres más guapa, más inteligente, más fuerte y más capaz que ellas para conseguir y hacer todo lo que te propongas en la vida. Por tu independencia, por tu valor, por tu bondad, por la ternura que desprendes… Porque siempre fuiste el centro de atención de todas las miradas. Porque sin proponértelo enamorabas a todos con ese encanto innato que tienes y del que ni siquiera te das cuenta Akane… Y eso cielo, las carcomía las entrañas. Porque nunca podrán igualarte, de ninguna manera y eso es lo que quieren…  - y variando a un tono más jovial e informal continuó - Sin más, mira al hombre-modelo que tienes esperándote en el salón… Que parece que se ha escapado de una de esas fotografías que ponen en las cajas de calzoncillos Calvin Klein…

 

                - Ya… - Akane rió fuertemente y después de las risas, la nostalgia - …no quiero perderle…

 

                - Pues entonces, mi consejo es que salgas ahí y disfrutes con y de él… - le guiño un ojo, con aquello último - …Y dejes de amargarte y perder los nervios por gente que no merece en absoluto que te lleves estos disgustos… - Diana se levantó.

 

                - Y… ¿Qué le digo? – y ella fue ayudada por su amiga para levantarse del frío suelo.

 

                - Nada – contestó abriendo la puerta y saliendo al pasillo - Simplemente abrázale y déjate querer un poco… - la dio un beso en la mejilla y la sonrió - … Me voy ya, tengo que hacer algunas cosas… Además así podréis estar solos que es lo que necesitáis ahora. Te llamaré luego para saber cómo estás ¿De acuerdo?

 

- Gracias Diana… - susurró saliendo del cuarto de baño. Al levantar la vista, le vió al final del pasillo, apoyado sobre el marco de la puerta del salón, frente a la entrada.

 

Cuando Diana llegó a su altura, le besó como despedida y le susurró algo al oído. Él le dio las gracias y esperó hasta que se marchó para volver su vista. Cuando sus ojos grises se posaron sobre ella, Akane se sintió vulnerable de nuevo, pero le reconfortó leer en sus labios un “Te quiero” acompañado de una sonrisa turbadora, antes de desaparecer dentro del salón, otra vez. Él la concedía su tiempo, para reflexionar y ella agradecía ese gesto. Cuando consiguió armarse del valor suficiente, caminó lentamente por el pasillo, sintiendo el tacto de la suave moqueta bajo sus pies desnudos. Deslizaba la mano por la pared, como si aquella trazara su camino a seguir. La vida estaba llena de casualidades, desdichadas casualidades. La noche anterior, había sido él quién no se encontraba bien, y fue ella quién le mermó con sus caricias. Y ahora, a la mañana siguiente, era ella quién necesitaba su consuelo con desesperación. Sí, sin duda era curiosa la vida… Cuando se encontró con el marco de la puerta, se asomó por él, despacio, escurriéndose por la pared, para terminar un paso por delante del límite que separaba el salón de la entrada. Entrelazó las manos sobre su regazo, con visible nerviosismo, como una niña pequeña que tenía miedo de recibir una reprimenda. Agachó la cabeza. Le había observado de reojo, allí sentado en un extremo del sofá jugando con algo entre sus manos. Akane se mordió el labio inferior y se abrazó así misma, habiendo sentido un escalofrío. Tenía miedo, por derrumbarse otra vez, por tomar la decisión de olvidarse de su familia que tanto mal la provocaba. De repente, sintió su mirada perlada yaciendo sobre ella. El silencio la abrumaba.

Ranma continuaba jugando con el mechero, haciendo equilibrios con él entre los dedos, mientras la observaba con delicadeza. Esperaba que ella se acercase por su propia voluntad, pero quizá, necesitaba un empujoncito...

 

                - Anda… - habló con voz suave y tierna, estirando un brazo y haciéndole una seña con la mano - … ven aquí, siéntate conmigo…

 

Akane sonrió agradecida y caminó hasta el sofá. Se sentó de lado doblando las piernas sobre el suave asiento. Cedió con devoción ante su cálido abrazo y se acurrucó con amorosa delicadeza junto a él.  Recibió dos jugosos y rápidos besos en la frente, y sintió como Ranma apoyó con extremo cuidado su barbilla sobre su cabeza, mientras comenzaba a acariciar, con su poderosa mano, sus frágiles hombros y bajaba dibujando su columna vertebral. Ante ese gesto que consiguió confortarla, Akane no pudo más que suspirar, sentirse afortunada, cerrar los ojos y aspirar su embriagante aroma. Movió su mejilla acariciando su hombro y amoldándose mejor en sus musculosas formas, como una elegante gatita somnolienta.  

 

                - ¿Estás mejor? – preguntó en un susurro. Akane gimió un “uhum” afirmativo - ¿Quieres hablar? – Ranma se separó de su apoyo y se asomó un poco sobre ella, intentando verla el rostro. Ella alzó la barbilla, observándole fijamente, lo que le permitió comprobar como sus preciosos ojos del color de la miel estaban irritados a causa del llanto. La vió apretar los labios, negar suavemente y bajar de nuevo los párpados.

 

El silencio reinó durante unos segundos, en los que Ranma meditó la manera de hacerla sentir mejor. Akane, sin embargo, se limitaba a percibir el calor de ambos cuerpos entrelazándose y fluyendo. Escuchó el latir de su corazón, y se alegró por tenerlo. Sentía el movimiento de su caja torácica, subiendo y bajando con profundidad, al ritmo de su respiración y sin quererlo, acompasó la suya propia con la de él.

Cuando Ranma encontró una posible opción para hacerla sentir mejor, interrumpió la callada armonía, con voz casual.

 

                 – Oye ¿No te atiborrarías ahora de helado de chocolate con Brownie? – Se inclinó hacia delante, lo que obligó a Akane a separarse un poco y erguirse a su lado. Sus ojos terracota brillaron. Una sutil sonrisa se dibujó en su preciosa y dulcificada carita y una afirmación efusiva fue echa con un entusiasmado movimiento de cabeza. Él la sonrió, mientras acariciaba su suave mejilla con la mano izquierda – Entonces, venga – se levantó de un salto, bajo la atenta mirada de ella - … acabemos con las reservas del país… - y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

 

                - Vale… - respondió con una sonrisa, que caminaba hacia la carcajada feliz, aceptando su mano. Lo que no esperó es que su ayuda se convirtiera en un giro-vuelo y ella en un saco de patatas. – Tiziano, estoy afónica… - susurró mientras veía el mundo boca-abajo y se dirigían hasta la habitación - …aún puedo andar…

 

                - No lo hago por ti, lo hago por mi… - contestó llegando a su dormitorio y dejándola con sumo cuidado en el suelo - … me sirves de mancuerda, enana – le dio un toquecito con el dedo índice en la punta de la nariz, la sacó la lengua y se retiró antes de que ella consiguiera embestirle con el anverso de la mano en el estómago - ¿Sabes que tus golpes ahí hacen daño? – se quejó juguetonamente.

 

                - Pues imagina si te doy un poco más abajo… - susurró ella desvistiéndose.

 

Ranma sonrió con un almizcle de felicidad y tranquilidad mientras caminaba hacia el escritorio para recoger su documentación. Aquello sonaba mejor. Era propio de su Akane…

 

 

Eran las cinco de la tarde. Después de comprar una enorme tarrina de helado de chocolate con pedacitos de brownie, se sentaron en un parquecito cercano al centro comercial para comenzar a engullir la crema. Mientras que él abría la tarrina, ella comenzó a rebuscar en la bolsa de papel-cartón las cucharillas de plástico azul. Akane se encontraba mucho mejor. Pasear, recibir la brisa en su rostro y sentirle cerca eran, sin duda alguna, un buen remedio para sus momentos de flaqueza. Pero, aún así, su mente comenzó a elucubrar y divagar en una constante “¿Qué fue lo que viste en mí?” mientras su vista se clavó en su perfil sacando los cubiertos.

 

                - Si cojo un resfriado ahora… - empezó a decir él, destapando el tarro - …me libraría de trabajar una semana… - levantó la vista al cielo, frunciendo el entrecejo como si estuviera meditando y después, la observó fijamente con una mirada juguetona – Así que, estoy pensando en comerme yo solo el helado.

 

                - ¡De eso nada! – exclamó abalanzándose sobre él, quién estiró el brazo izquierdo hacia el lado contrario, mientras la impedía el avance apoyando la mano derecha sobre su estómago. Akane empujó un poco más, de forma divertida, intentando arrebatarle la tarrina que tanto ansiaba - ¡No seas malo! – sollozó como una niña, luchando aún por su capricho - ¡Dame un poco anda! 

 

                - Como sigas echándote hacia delante te vas a caer… - la dijo con una sonrisa mientras movía el brazo en esa dirección y veía como ella balanceaba todo el cuerpo de un lado a otro y sus irises se movían tras el recorrido que hiciera el helado de chocolate. Y apunto estuvo de caerse de bruces. Él la apretó contra sí, dejándola completamente pegada a su cuerpo, mientras Akane palideció de repente por el susto – Te lo dije – susurró para después besarla dulce y suavemente - …te ibas a caer… - finalizó vocalizando parsimoniosamente cada palabra y alejándose un poco. Tenerla tan cerca era una tentativa demasiado llamativa y no estaban en un lugar precisamente apropiado.

 

Saboreó sus propios labios después de que él se alejase de ellos. Le encantaban sus besos; eran cálidos, pausados, voraces, sensuales y arrebatadores. La provocaban una mezcla de sensaciones arrolladoras, que estaba dispuesta a “sufrir” por el resto de sus días. Finalmente, se sentó en el banco, a su lado, viendo como él sujetaba la tarrina entre sus manos y comenzaba a saborearla. Y Akane, no se quedó atrás y hundió la cuchara en la esponjosa crema, dispuesta a degustar cada mililitro de aquel delicioso helado, su favorito. 

Hubo un silencio de unos segundos. Ella disfrutaba aquella forma tan íntima de compartir sus momentos. Pensó en como la gente necesitaba constantemente hablar con la persona que tuviera al lado; ya fuera una cita, un amigo, un familiar, tu pareja, tu jefe… o incluso el vecino o desconocido con el que entras al ascensor. ¿Quién no había mantenido, alguna vez en su vida, una charla insípida en el ascensor sobre el tiempo? Era el tema estrella en los montacargas. El que inicia la conversación, es el que encuentra la situación incómodamente insoportable. Akane pensó que alguien podría sugerir colocar alguna pantalla en los ascensores en donde se mostrasen continuamente, y de forma actualizada, las temperaturas de las diferentes regiones del país. Así al menos, la conversación tendría otras amplitudes y no solo se centraría en el clima de la ciudad.  Pero ellos no necesitaban hablarse constantemente, como la mayoría de las personas. Akane se percató, mientras saboreaba la cuarta cucharada de crema de chocolate, que siempre habían tenido esa complicidad. Desde el mismo principio. Y disfrutaban de esos silencios tanto o más que de los momentos en los que hablaban sin parar, porque así lo querían y sentían los dos.

Pero, sus pensamientos volvieron a remitirse a su primera pregunta “¿Por qué te fijaste en mí?” Y, directamente, decidió romper el cómplice silencio.

 

                - ¿Por qué te fijaste en mi? – mientras que la formulaba, cogía otro pedazo de helado, esta vez con un trocito de Brownie.

 

                - ¿Quieres una respuesta… - terminó de tragar - …directa? ¿O prefieres que lo adorne? – Ranma volvió a cargarse la cucharilla, raspando sobre todo los bordes superiores para evitar, al derretirse el helado poco a poco, mancharse la ropa y las manos.

 

Akane levantó los ojos un momento, frunciendo los labios, mientras removía de un lado a otro la bola de helado que le enfriaba toda la boca. Cuando tragó, pasó su lengua por sus dientes y después contestó, volviendo a introducir la cucharilla en la tarrina.

 

                - Directa, sin rodeos… - elevó los hombros - … dime, sinceramente, que fue lo primero que pensaste cuando me viste.

 

Ranma ahogó una sonrisa. Perdió la mirada entre la gente, al frente, mientras seguía sujetando la tarrina en su mano izquierda.

 

                - Lo primero que pensé fue que tienes una sonrisa preciosa, me encanta cuando sonríes – aclaró de inmediato y prosiguió- …y unos ojos muy bonitos y expresivos. Después me fijé en tu espectacular trasero – clavó sus ojos grises en ella – Y por último en tu voz…  Y luego me imaginé qué tal serías en la cama y en cuanto tiempo soportaría vivir frente a ti y aguantarme las ganas de hundirme entre tus piernas.

 

Akane se tapó la boca con ambas manos. En realidad lo que ocultaba eran unas terribles ganas de reírse. Sabía que era fogoso, incluso para ella precoz a la hora de conocer el sexo, pero no esperó para nada esa respuesta. No sabía que tenía esa facultad de despertar esos deseos en un hombre y menos de un primer vistazo. Su sinceridad la dejó perpleja, y la levantó los ánimos y el auto-estima de forma efervescente. Ranma la observaba no muy convencido de si ella estaba sorprendida, asustada, ofendida, una mezcla de todo o contenta por lo que acababa de revelarla. Estuvo a punto de decirle un “Lo siento, igual he sido demasiado directo” pero ella le cortó las ganas con un intenso abrazo que no esperó y que a punto estuvo de costarles la tarrina completa de helado esparcida por el suelo.

 

                - ¡Estás loco! – exclamó ella besándole en la mejilla estallando en risas - ¡Como una regadera! ¡Dios mío, como una cabra! – y empezó a darle rápidos besitos sobre los labios, uno tras otro, mientras intercalaba entre ellos y en susurros, dulces “Te quiero”.

 

                - Te estás acostumbrando a decirme cada dos por tres que estoy loco – dijo él con una sonrisa, recibiendo felizmente esos besos, esas sutiles caricias y cosquillas de sus uñas resbalando por la nuca – Y viniendo de una tres cuartos de psicóloga, terminaré por creérmelo… - no sabiendo muy bien como, Akane acabó sentada sobre sus piernas, a horcajadas. Lo que le permitió una mejor visión de ciertas partes de la anatomía de su mujer. Y el helado entre medias de ambos… muy cerca del órgano que le diferenciaba obviamente del género femenino. Lo que en cierta forma agradecía porque, le ayudaría a calmar los ánimos de su segundo cerebro que estaba comenzando a despertar, como siempre, sin pedirle permiso.

 

                - Si, pero eres mi loco… - le dijo con una sonrisa, esa que a él le encantaba, recuperando su respiración normal, y con voz sensual - … y eso está en otra escala de valores…

 

                - ¿Qué tipo de escala? – preguntó abriendo un poco los ojos y introduciéndose la cucharilla cargada de helado.

 

                - Una que te gustaría seguro - Akane también se llevó un nuevo pedazo a la boca. Lo removió y continuó, reproduciendo una voz afrutada, aniñada y con tono picarón – En la que se incluye un apetito sexual irrefrenable contra ti y que está empezando a despertarse en este mismo momento…

 

Ranma notó como su segundo cerebro terminó de percatarse de la situación. Se encogió ligeramente, despegándose del respaldo del banco de madera en el que estaban sentados.

 

                - Si estuviésemos en Italia… - agregó con voz tensa, desviando la vista hacia cualquier dirección menos en donde ella estaba - … haría algo interesante contigo aquí mismo. No sería la primera vez… – la miró un segundo. Akane se mordía el labio inferior, arrastrando sus dientes con sexualidad. Luciendo una mirada lujuriosa, deseosa, y una sonrisa extremadamente provocativa. La idea la estaba excitando - Pero no estamos allí y además soy… ya sabes… - carraspeó – …y conseguí eliminar tus antecedentes una vez, una segunda no me lo permitirían… Y ni te imaginas como son las penas en este país por provocar un delito de esa clase – agregó con la voz turbada remarcando las dos últimas palabras. Mientras, la sentía acercarse a su zona comprometida y que había tomado vida por si sola -… ya me entiendes…

 

                - Uuuh, eso suena a una excitante amenaza – susurró ella, cogiendo la tarrina de helado y dejándola a un lado, sentándose y acomodándose en la zona clave – ¿Eso quiere decir que en Italia podremos hacerlo y no nos pasará nada?

 

                - Que alguien haga en un parque a las cinco de la tarde, lo que estás pretendiendo que hagamos ahora, en este país, en Italia y en cualquier otro rincón del mundo civilizado no es una buena idea…  - volvió a carraspear - Allí te lo puedes montar por la noche en un parque, y si por un casual te pillan, te animan a que sigas… - Ranma arqueó una ceja, sonriendo, acercando sus labios a los de ella – Así que, se paciente y espera dos semanas… Y te hago lo que quieras en cualquier callejón de la Toscana… - y de repente, su teléfono móvil empezó a sonar, rompiendo abruptamente todo el clima. Se dejó resbalar ligeramente en el banco, para poder introducir la mano en el bolsillo del vaquero. Akane le observaba un poco sería, con una mirada interrogativa – Perdona… - dijo él leyendo lo que se escribía en la pantalla, suspiró resignado y descolgó de mala gana – Me ha absorbido un agujero negro – contestó serio, desviando la vista hacia la izquierda, sobre la gente que paseaba, volviendo a colocarse en el asiento. Ella empezó a degustar el helado otra vez, sin quitar la mirada del perfil varonil - ¿Cómo? – agarró a Akane por la cintura y la colocó como si fuera una muñequita a su lado, reclinándose hacia delante después, apoyando los codos sobre las rodillas – Espera, espera, repite eso – Akane le observó un poco aturdida ¿Cómo podía haberla movido con tanta facilidad? Ranma se irguió de nuevo y, en un movimiento que indicaba agotamiento, dejó caer la cabeza hacia atrás suspirando de nuevo – No me podéis dejar tranquilo ni tres días… - miró hacia ella, que seguía comiendo el helado observándole con un gesto inocente y ciertamente infantil. La sonrió y pasó un brazo por sus hombros, acercándola hacia sí. Akane se dejó mullir en él, disfrutando del tierno contacto – Vale, sí, dame veinte minutos… - y aplastó el teléfono en su mano

 

Ella se levantó de un salto, con una ligera sonrisa, colocándose frente a él con las caderas ligeramente ladeadas.

 

                - ¿A qué hora vuelves? – masculló con la cucharilla del helado en la boca

 

                - ¿No te molesta que me vaya? – preguntó con cierto aturdimiento. Se suponía que tenía unas mini, mini vacaciones, y que las pasaría con ella y ahora se tenía que ir y Akane se quedaba ¿tal cuál? La vió elevar los hombros y fruncir los labios.

 

                - No… - empezó a mover la mano dando a entender que se despreocupaba. Ladeando la cucharilla con al lengua hacia el otro lado de la boca, masculló - …no te preocupes, si tienes que irte y te reclaman es porque será algo importante… - volvió a elevar los hombros mientras él se levantaba – Y sí – se anticipó antes de que hablara – estoy segura, no me molesta – y afianzó lo que dijo golpeándole juguetonamente con el puño en los abdominales. Y moldeando la voz, como si se hubiera enfadado entre gritó - ¡Lárgate ya! Cuanto antes te vayas, antes te tendré para mi sola… 

 

                - Pero te acompaño a casa – la cogió de la mano y tiró de ella, pero se encontró con que aquella pequeñita mujer tenía las intenciones de no moverse del sitio y además su rostro era más bien poco amistoso - ¿Qué pasa?

 

                - Que puedo irme sola – contestó señalando lo evidente – Es más – dijo desuniendo sus manos – quiero irme sola. Soy mayor, aunque a tu lado parezca del tamaño de una Barbie – se acercó a él y le dio un fugaz beso en los labios – Además, así puedo probar si mi espectacular trasero tiene efecto en más hombres a parte de ti – le sacó la lengua juguetonamente dando un par de pasos hacia atrás, pero no fue lo suficientemente rápida como para esquivar el cachete que recibió en las nalgas - ¡Oye, que pica! – dijo frotándose la piel rozada y sacándose la cucharilla del helado

 

                - Eso te pasa por decirme esas cosas… - la atrajo hacia sí de golpe y la besó como si fuera la última vez que lo hiciera - … Pórtate bien - susurró retirándose y echando a andar en dirección contraria.

 

Akane se quedó en el sitio, con los dientes apretando su labio inferior y todo su cuerpo tenso, mientras le observaba alejarse entre la multitud, hasta que le perdió de vista. Cuando despertó de ese sueño erótico que estaba teniendo en mitad de un parque concurrido de mamás y niños, se giró sobre sí misma de un salto y caminó hacia casa, no sin antes descolgar el móvil y marcar un teléfono: Diana.

 

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