- CAPÍTULO 11 -

Cuarta Parte

 

Akane se sentó frente al ordenador, para redactar nuevas ideas y futuros proyectos, a las seis en punto. Después de hablar durante todo el camino de vuelta a casa por el teléfono móvil con Diana sobre “sus” problemas, quedaron en que ella la llamaría a la mañana siguiente para concretar la hora y el lugar de la cita, una vez acordado y trazado el plan con Ranma. Pero Akane, siendo casi las nueve de la noche, comenzó a preocuparse por él. Su marcha fué repentina. Ni él mismo parecía creerse que tuviera que dejarla allí. Fuera lo que fuese era importante, si no, el no habría desaparecido como lo hizo. Así que, su cabecita comenzó a removerse más bien negativamente, pensando que, quizá, su hombre perfecto había tenido que salir de viaje inesperadamente a algún país en donde la cobertura de comunicaciones fuera nula. O peor aún, que ese asunto importante podría haberse complicado y él no estar en decentes condiciones como para volver a casa para dormir en su cama, si no que estaría ideal para dormir en un quirófano ó en una sala de urgencias de algún hospital de la ciudad. Se llevó las manos a la cara y comenzó a menear la cabeza apretando fuertemente los ojos, borrando así esos pensamientos de su mente. Se irguió en la silla, como si se recompusiese de golpe. Suspiró. Volvió a mirar la hora en el escritorio de su ordenador mientras que castañeteaba nerviosa las uñas contra la mesa. Frunció los labios, estiro los músculos de su cuello. Miró el móvil, se levantó y camino por el saloncito con la mirada perdida. Y, de repente, dio un salto y un grito.

 

        – ¡KIRA! – salió corriendo fuera del apartamento, cogiendo por el camino las llaves del piso de Ranma que quedaban guardadas en el cajón del mueblecito de la entrada, vestida tan solo con una camisola que le llegaba hasta la mitad de los muslos - ¡Pobrecita mía! – farfulló removiendo el llavero, escogiendo la llave y abriendo la puerta.

 

La perra de pastor alemán ladró y apareció corriendo en la entrada de la casa, jadeando y moviendo el espeso rabito. Akane, como siempre hacía, se quedó de rodillas en el suelo y empezó a acariciar al animal detrás de las orejas, luchando juguetonamente contra su cabeza para evitar que la cubriera toda la cara de cariñosos lametazos.

 

         –  ¡Cariño! Seguramente que estás muerta de hambre ¿eh? - susurró ella con una amplia sonrisa, hinchando los labios como si fuera a darla un centenar de besos – Pobrecita, no te preocupes… - dijo levantándose - …ya estoy yo aquí para darte de cenar… - y caminó hacia la cocina. Con un toque descontento pero con trasfondo cariñoso por con quién estaba hablando, Akane se quejó – Claro, como ese tonto de Ranma se olvida de nosotras…

 

Abrió el armario bajo de la cocina en donde se encontraban las reservas alimenticias de Kira. Sacó uno de los botes, lo abrió y le sirvió la comida a la perra en su cuenco plateado de acero inoxidable. Mientras ésta comenzó por devorar la carne, Akane salió de la cocina y caminó hasta el salón en donde, su curiosidad innata, hizo aparición de inmediato cuando vislumbró el amplio mueble lleno de libros. Empezó a mirar los títulos, girando la cabeza en una dirección u otra cuando era necesario. La mayoría estaban en otras lenguas, así que no comprendía nada de lo que intentaba pronunciar torpemente en susurros. Si que vislumbró algunos libros en japonés y de autores del país, como por ejemplo “Gogo no eiko” y “Shiosai” de Yukio Mishima,  o el propio “Utsukushisa to Kanashimi to” de Kawabata que ella supuestamente comenzó a leer la noche anterior. Observó mejor y se percató que todos los tomos que tenía de autores japoneses estaban escritos en la lengua nipona. Así que, dedujo que a él le gustaba leer el libro, a ser posible, en el idioma de origen en el que estuviera escrito.

 

        –  Vaya… - susurró con sorpresa y admiración, ya que a ella le encantaría poder hacerlo también. Kira caminó por detrás de sus piernas con paso lento y apaciguado y fue hasta el otro lado del salón dejándose caer a la izquierda de la puerta de la terraza - …ojalá supiera idiomas…

 

Akane paseó observando el salón en completo silencio, como si fuera la primera vez que estaba allí, como si fuera una casa extraña para ella la cual, despertaba una curiosidad insaciable que la impulsaba a desear conocer hasta el ultimísimo rincón. Y se paró frente al estante de los discos compactos, siguiendo el mismo procedimiento que con los libros. Observó los artistas y los títulos. Pensándolo bien, ella apenas había escuchado música del oeste, aunque en Japón se hiciera música del mismo estilo y género, pero estaba claro que no podía ser lo mismo. Hizo una mueca, elevó los hombros y se arrodilló en el suelo. Cogió un par de discos entre sus manos, leyendo los títulos de las canciones en la parte trasera de la cajita transparente, encendió el equipo de música, asegurándose de que el volumen estuviera en su correcta medida para las horas que eran, abrió una de las cajas habiendo dejado la otra previamente en el suelo a su lado y metió el primer compacto. La música empezó a fluir, esparciéndose por el dormitorio. Akane observó el equipo. Sonaba como si el compacto estuviera defectuoso y se asustó dando un respingo pensando que podía haberlo estropeado pero, a los dos segundos, aparecieron unas percusiones, lo que la tranquilizaron enormemente. Mientras escuchaba aquella música Soul, diferente a la que estaba acostumbrada a oír, abrió la caja del disco para intentar encontrar algunas letras que le dieran alguna pista sobre lo que estaba escuchando. Era inglés, una voz negra de mujer, curiosamente suave para lo que solían ser las voces negras, al menos por lo que ella tenía entendido. Pasó a la siguiente canción, y a la tercera y a la cuarta. Al principio se le había hecho un poco rara, pero a medida que escuchaba, a su oído y a su cerebro comenzaban a gustarle. Le parecía curioso como las personas, los sentidos, reaccionaban ante algo nuevo. Algo que, a pesar de poder ser muy similar a lo que estaba uno acostumbrado,  podría resultar tan distinto al mismo tiempo e incluso al principio desagradable. Al fin y al cabo, era música Soul, había cantantes de ese género en el país, pero sonaba tan diferente… era más claro. Cuando se quiso dar cuenta estaba escuchando la última canción del disco, el corte número trece. Los sonidos de las cuerdas de una guitarra conformaban el acompañamiento para aquella bonita voz femenina que traducía sonidos en un melódico inglés. La melodía la sedujo rápidamente, una balada. Se meció suavemente al ritmo de la canción, mientras cerraba los ojos. Al cabo de unos segundos, unos violines se armonizaron mezclándose de fondo, la percusión se hizo presente y los cellos y contrabajos aparecieron también en el acompañamiento. La voz cambió, dando paso a un cierto tono aterciopelado y rasgado. Los coros, hechos por esa misma voz se fundieron con la principal. Y, no sabiendo muy bien como, continuando con la mecedura y con los ojos cerrados, sintió como éstos se humedecían. Los abrió de golpe y paró la música con aturdimiento. Sacó el compacto e introdujo el siguiente. Tendría que averiguar qué decía aquella canción.

 

Una hora más tarde, después de escuchar cuatro discos más saltando algunas canciones; un piano, una percusión latina, un ritmo puramente fogoso que invitaba a moverse. Akane sonrió, no sabía ni siquiera lo que la letra decía, no aparecía nada en el libretito del compacto, pero aquella canción la hizo vibrar en deseos de moverse a su ritmo. Se levantó del suelo y subió un poco más el volumen y sin darse casi cuenta estaba moviendo las caderas y los pies al compás de aquella música. Según se deslizaba con aquella voz de hombre, se interrumpió dando paso a una voz femenina que cantaba en otro idioma que no era inglés. ¡¡Era un idioma latino!! Akane se vio sonriendo con felicidad ¡¡Eso le parecía más llamativo y mucho más alegre!! Seguía moviéndose y cuando creyó coger el tono del estribillo, empezó a tararearlo y a intentar imitarlo. Kira se levantó y se acercó a Akane y ella le tendió los brazos, como se hacía con los niños pequeños, invitándola a “bailar”. La perra empezó a saltar y a moverse nerviosamente de un lado a otro, ladrando alguna que otra vez, jugueteando con Akane que no hacía más que sonreír y seguir moviéndose al ritmo de la música. Entonces terminó la canción, pero tal como acababa se introdujo en la sala otra canción que pretendía las mismas atenciones que la anterior. Un sintetizador y unas trompetas, una percusión que recordaban a los ritmos latinos y una voz profunda de hombre que comenzó a interpretar la melodía. ¡Esta canción era aún más potente y rítmica que la anterior! Akane dio un saltito y llevo los brazos hacia arriba, contoneándose como si fuera una sinuosa serpiente. Se acaricio el cuerpo sensualmente, flexionaba las piernas, bajaba y subía dibujando formas en el aire con su cuerpo, giraba, deslizaba sus caderas hacia delante y hacia atrás, circularmente…

 

 

Ranma aparcó el coche dos manzanas más abajo de la suya. Se quedó quieto, llevando la cabeza hacia atrás, con las manos aún en el volante, maldiciendo en su italiano natal. Después, observó las carpetas que llevaba en el asiento del acompañante y volvió a maldecir acompañándolo de un “Figlio di Zoccola”. Las cogió de mala gana, farfullando aún palabras mal sonantes en una mezcla nerviosa y colérica de idiomas y salió del coche. Caminó hacia el apartamento, en una penumbrosa noche en donde parecía que no quedaba lugar para nadie más, al menos en esa calle. Se echó una mano a la parte trasera del pantalón, asegurándose de que la llevaba encima. Cambió las carpetas de mano y empezó a buscar las llaves de casa. Torció en la primera calle a la izquierda, el parque quedaba a su derecha y pudo ver a algunas jóvenes parejas paseando, cogidos de la mano y muy juntos. Volvió a lanzar un juramento que estaba seguro enfadaría a uno que estaba, supuestamente, muy, muy alto, apretando las mandíbulas y tensándose de repente. Aceleró el paso sin darse cuenta y en unos segundos llegó frente al portal.

Cuando subió al ascensor le tentaron las ganas de pararlo, sentarse en el suelo y quedarse allí un rato tranquilizándose. Pero los deseos de verla se le hacían insoportables, al borde del delirio. Se frotó los ojos y gruñó de mala gana. Abrió la puerta y dirigió su vista hacia el apartamento de Akane. No, primero iría al suyo dejaría todo ese montón de carpetas en algún lado y luego correría a verla. Cuando introdujo la llave escuchó música procedente del interior. Primero frunció el ceño y después se formó una tímida sonrisa en sus labios. Meneó la cabeza y se metió dentro. Tiró, tal y como estaban, las carpetas al suelo, cayendo éstas como un gran peso muerto sobre el piso, y caminó hacia el salón. Cuando llegó, la observó bailando al ritmo de la música, saltando y moviendo las caderas. Ella parecía no haberse percatado de su llegada y Kira estaba demasiado entretenida jugando con aquella preciosa Dama como para dejar de divertirse e ir a saludarle. Se recargó en el marco de la puerta cruzando los brazos y una intensa emoción se apoderó de él súbitamente, con urgencia. La alegría y satisfacción de volver a casa y encontrarla allí. De verla tan llena de VIDA.

 

De repente, Akane se dio la vuelta y cuando le encontró, en vez de asustarse o parar, una enorme sonrisa se formó en sus carnosos y suaves labios y continuó aún con más energía, girando una vez y moviéndose con cierto toque sensual y flirteador. Saltando más alto y pronunciando cada movimiento.

 

         –  ¡Hola! – dijo ella con voz entrecortada, con el rostro ligeramente sonrosado y la frente perlada - ¡Llevo una hora saltando y bailando! – le sacó la lengua - ¡Me gusta la música que tienes!

 

Ranma levantó una mano en forma de saludo y bajó la vista mientras se carcajeaba. Elevó su mirada grisácea y la contempló. Era como si un bálsamo hubiera resbalado por todo él. Aunque aún seguía pensando en lo que tenía tirado en la entrada de la casa, la furia, la ira, el rencor, todos los sentimientos negativos, toda la presión se había esfumado dejando paso a un profundo alivio, a una exquisita comodidad y a una dichosa felicidad.

 

         – Me alegro… - desvió la vista hacia el suelo, cerca de donde estaba el equipo de música, y se dio cuenta de que al menos había veinte cajas de compactos apiladas. - ¿Has escuchado todos esos? – preguntó con curiosidad

 

Akane atinó a afirmar con la cabeza y murmurar un “Uhum” al mismo tiempo que decidía que ya era suficiente de tantos contoneos y saltitos. Se quedó quieta, respirando agitadamente con el flequillo cubriéndole parte de la visión y el resto del cabello ligeramente revuelto. Observó sus irises grises, ¿Cómo podía tener unos ojos tan enigmáticos pero a la vez tan expresivos y deliciosos?

De repente, avanzó casi corriendo y se lanzó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos y las caderas con las piernas. Ranma la cogió al vuelo abrazándola, besándola con voracidad.

 

         –  ¿Dónde has estado? – preguntó ella peleando por aire contra sus labios. Sus manos acariciando su cuello, sus mejillas, deslizándose por su azabache cabello y regresando sobre sus amplios hombros - ¿Por qué has tardado tanto? Te he echado de menos…

 

         –  Luego te lo cuento – respondió él con impaciencia, ahondando en la pelea entre sus lenguas.

 

Caminó hacia el sofá y la recostó en él con pulcra y devota suavidad. Akane había mullido sus manos bajo su camisa, acariciando sus hombros y parte superior de su espalda y él, se había aventurado a algo parecido, con la diferencia de que sus manos se movían por entre los torneados y suaves muslos femeninos. Aquella fragante piel de deliciosa sedosidad le volvía loco. Entre besos, la susurraba con extrema dulzura “Ti Amo” y ella correspondía con gran complacencia, haciendo que, involuntariamente e inconscientemente, aquellas palabras pronunciadas por sus labios, provenientes únicamente de ella, se hicieran de vital necesidad para él. Ranma agarró el borde de la camisola y la deslizó hacia arriba, hasta dejarla reposando bajo sus pechos, sin descubrirlos. Se irguió ligeramente, parando de besarla y llevó la mano hacia la parte trasera de su pantalón.

Akane arremetió contra él e intento quitarle los vaqueros, luchando con los botones. Escuchó el sonido de algo casi macizo y metálico reposar contra el suelo y un escalofrío recorrió su espalda. Sintió sus cálidos besos varoniles de vuelta, ésta vez sobre su cuello, su lengua dibujando suavemente caminos que se helaban con suaves soplidos, casi susurros. Akane gimió sonoramente sin darse cuenta e inmediatamente se percató de lo que aquello provocó en él. Antes de poder hacer nada, su lengua y sus caricias inundaban su boca, ahogando los sonidos que se desprendían de su garganta. Sintió sus manos que deslizaban su prenda íntima por sus piernas y sintió sobre éstas el roce del vaquero, que seguía la misma dirección que su tanga. El beso se profundizó cuando comenzó a sentirle cálido y duro en su interior y, de repente, el fuego quemó todo su ser cuando las oleadas de añorado placer se hicieron presentes. Akane se aferró a él como si la vida le fuera en ello y hundió sus labios en su cuello.

 

         –  Ni se te ocurra morderme… - susurró él juguetón, variando a un ritmo más intenso. Lo que provocó que ella lanzara de nuevos sonidos casi primitivos, que encarnaban el goce sexual – No hagas eso… - suplicó él.

 

El calor de su cuerpo se fundía con el de ella, en el exterior y en lo más profundo. Akane se sentía delirar, cerró los ojos y se mordió el labio conteniendo sus gimoteos antes de hablar.

 

         –  ¿El que? – preguntó con inocencia, anidando sus labios sobre la ligera aspereza de su mejilla no afeitada – Que quieres que no… – le sintió profundo, muy dentro, golpeándola en algún punto que la hizo casi explotar de placer - ¡HAGA! – gritó y gimoteó la última palabra, presa de la nueva y satisfactoria sensación.

 

         – ¡ESO! – chilló guturalmente y volvió a un ritmo más suave, sintiendo las uñas de Akane deslizándose por su espalda, provocándole cosquillas. Estiró los brazos y se irguió sobre ella, meciéndose en su interior. Observó el delicioso rostro, sus grandes ojos canela rasgados vidriosos, sus pupilas dilatadas – Bella… - susurró hipnotizado. Sus mejillas rosadas, sus labios acorazonados entre-abiertos – Bellíssima donna…  - y volvió a hundirse en ella profundamente.

 

Akane abrió los ojos con sorpresa y chilló. No supo muy bien de qué manera lo hizo. Tampoco podía clasificar en que límite estaba lo que había sentido cuando la golpeó, casi con violencia, de nuevo en “ese” punto recién descubierto. Lo único que percibió fue que Ranma paró de inmediato y la observó con una mezcla de preocupación y desconcierto.

 

         –  Sigue… - suplicó con un hilo de voz

 

         –  ¿Te he hecho daño? – preguntó, mientras se agachaba acercándose hacia ella, besándola suavemente en la mejilla. Con esmerado cuidado y delicadeza, comenzando a moverse de la misma forma.

 

¿Qué responder? Por un micro segundo Akane creyó sentir dolor, pero en menor tiempo todavía sintió un agradable, excitante y ardiente placer que recorrió todo su cuerpo y que nació en lo más profundo de su interior. En el mismísimo “punto” que él había golpeado.

 

         –  No… - respondió en un jadeo, con voz dulce - …no me has hecho daño… - encontró sus labios y los besó, apaciguando su preocupación. Deshizo el beso con costosa dificultad, mientras sentía el agradable y suave vaivén, y le susurró sobre la mejilla sensualmente – No pares, sigue como antes…

 

Y él volvió a hundirse profundo, con impaciencia y voracidad en ella. La escuchó gemir de nuevo con aquel impulso recibido, la sintió aferrarse a él con temerosa necesidad. Sintió sus uñas rasgando su piel, excitándole sobremanera. Se obligó a contenerse, y se obligó a evitar escuchar sus jadeos, sus quejidos de placer y sus gimoteos. Iba a volverle completamente loco. Apretó la mandíbula, mientras su mejilla se rozó con la cálida y sedosa de ella, y cerró los ojos intentando evocar otras imágenes en su mente que le tranquilizaran. Pero no parecía una buena idea, ni posición, porque de esa manera los sonidos primitivos que escapaban de aquella garganta femenina llegaban directamente a su oído.

 

         – Deja de hacer eso… - suplicó de nuevo, enterrándose aún más en su interior, lo que provocó otro gemido profundo y descastado de su preciosa Dama – Por Dios, ‘Kane… -masculló con un tono que implicaba una dolorosa contención- …vas a conseguir desbocarme…

 

Creía que se estaba volviendo loca. Las irradiaciones de placer no dejaban de recorrer sus nervios, sus neuronas, sus células, su sangre, su oxígeno, su todo... Y el dolor se mezclaba en aquel juego sinuoso, excitante. No comprendía como podía recibir tanta saciedad con tan solo un impulso doloroso que se transformaba inmediatamente en un delirante placer que la dirigía al orgasmo impacientemente. Cuando le escuchó decir esas palabras, algo en ella se despertó, algo salvaje, primitivo y gutural.

 

         – Hazlo… - susurró jadeante, con sus irises cargados de sexualidad – Quiero sentir… a ese salvaje que llevas dentro…

 

Le escuchó mascullar palabras mayores y entonces, sintió un intensísimo impulso doloroso, una estocada clavándose en su interior con saña y violencia. Y, de repente, un maremoto de olas placenteras bañaron todo su interior, una y otra y otra vez, mezcladas con el afligimiento al que estaba siendo sometida. Hasta que descubrió y sintió como algo se abría dentro de ella, cómo explotaba y estallaba en mil pedazos esparciéndose por cada rincón de su cuerpo, cómo el fuego la cubrió con una velocidad vertiginosa, abrasando todas sus venas. Clavó sus uñas en él con tanta intensidad que sintió la carne de su espalda abrirse, hundió su boca en su cuello, mordió, gritó, gimió, jadeó y suplicó porque no se detuviera nunca, jamás.

 

Ranma saboreó la mordida, con un quejido que se ahogó en su garganta, y sufrió con placer los deliciosos desgarros en su espalda. Más rudo, más dentro, más potente. Se clavó en ella hasta la empuñadura y no le parecía suficiente. Quería penetrar más, quería atravesarla, quería fundirse con ella.

 

Y cuando Akane llegó a la cúspide del placer, cuando creyó que ya no podía soportar una abatida como aquella nuevamente, que la sensación de desmayo comenzaba a adormecerla, descubrió que renació de nuevo el orgasmo en su interior como un ave fénix. Descubrió como se espolvoreaban todas esas sensaciones en cada partícula, en cada órgano de su ser otra vez. Rió para sí, porque de sus cuerdas vocales se negaban a salir más sonidos que aquellos que habían conseguido desbocarlo hasta producirla ese dolor tan endemoniadamente placentero. Y era tal, era tanto, tan intenso, tan satisfactorio que, a sus veintiocho años, saboreaba su primera relación multi-orgásmica.

Y, disfrutando del tercero, recibió el embate que finalizaba con aquel pecaminoso y lujurioso baile entre sus dos cuerpos perlados.

Escuchaba y sentía su respiración apaciguándose en su cuello. Lo abrazó y le acarició la espalda, deslizándose hasta su nuca en donde resbaló sus uñas con sumo cuidado. Le besó en la mejilla tiernamente y, entonces, empezó a reír repleta, intensamente satisfecha y completamente feliz.

 

         – ¿Qué ha sido eso? – preguntó con voz dulce y entrecortada, moviendo sus hombros, intentando que él levantara la vista y la mirase con esos preciosos ojos grises que tanto ansiaba contemplar.

 

       –  Que ¿Qué ha sido eso? – Respondió él con voz ligeramente tensa, otorgándola un beso en su clavícula e irguiéndose, observándola – Eso tendría que preguntarlo yo ¿No crees? – Susurró con una sonrisa – No parabas de gemir y gritar… - intentó mirarse la espalda llevando la barbilla por sobre su hombro. Clavó sus irises zafirinos en ella nuevamente y con una deliciosa voz ronca, sensual y lujuriosa finalizó - … y clavarme las uñas en la espalda…

 

         –  Ya… - confirmó ruborizada, desviando la vista hacia la televisión apagada - …pero no podía evitarlo – y después, con tono fingido de enfado, le miró con el ceño fruncido y agregó – Si tu no te hubieras movido como lo has hecho yo no hubiera ni gemido, ni gritado ni tampoco te hubiese clavado las uñas… ¡¡Y mucho menos hubiera sentido tres orgasmos seguidos!!

 

Ranma enarcó una ceja y empezó a parpadear más rápido de lo que normalmente lo hacía. ¿Había dicho tres orgasmos? Involuntariamente se le comenzó a formar una amplia sonrisa en los labios.

 

         –  Así que… - Akane le observaba con curiosidad. Ahí estaba, sí señor, el orgullo masculino floreciendo en esa cautivadora sonrisa - Ha sido tu culpa.

 

         –  Entonces… - la cogió de la cintura y la movió, colocándose él abajo y dejándola a ella reposando encima suya. Algo que Akane aprovechó rápidamente para acomodarse apoyando la cabeza sobre sus pectorales, acariciándole y dibujado formas en el abdomen - …quiero tener más culpas de ese tipo…

 

        – Y yo espero que las tengas… - susurró feliz y sensualmente, mientras ahora en las manos de él las que acariciaban su espalda y sus aterciopelados hombros.

 

Durante unos segundos, solo escucharon sus respiraciones agitadas, fluyendo hasta la calma. Akane meditó sobre aquella forma de hacerlo. Fue hambrienta, violenta y en espasmos dolorosa pero, al mismo tiempo, tan placentera que la hizo temblar no una, si no tres veces. Tres veces, seguidas. ¿Cómo podía ella, que siempre había disfrutado de sexo amoroso, dulce, tierno… enloquecer con esa relación dura, brusca y tosca? Sentía su cuerpo aún ardiendo y toda su zona íntima inflamada e hinchada. Un ligero dolor empezó a marcarse por debajo de su tripa, sobre sus ovarios y no era el periodo, evidentemente. Era un cosquilleo incómodo que la recordaba aún esos embates salvajes. ¿Así era él cuando no se contenía en la cama? O ¿Sí que se había contenido? ¿Era posible que aún hubiera más fortaleza, más primitivismo?

 

        –  Ha sido la primera vez que he sentido algo así – susurró elevando el rostro, apoyándo sobre sus manos su barbilla, reposando éstas en sus pectorales – No es justo que cada dos semanas me desvirgues de alguna forma… - el empezó a reírse.

 

         – Bueno, tú has desvirgado a mi espalda, hacía años que nadie me arañaba como lo has hecho tú… - aclaró bajando el tono de voz, agravándola con lujuria - …y a mi cuello también le has hecho algo parecido con esa mordida… - la dio un cachete en el trasero, con cierta fuerza impresa. Sintió como Akane dio un respingo y le observó con el ceño fruncido y la boca abierta, quejándose silenciosamente – te dije que no me mordieras en el cuello… - espetó muy serio, agarrándola de nuevo por la cintura y arrastrándola sobre su cuerpo, dejando su sexo sobre el suyo, sus deliciosos labios sobre los suyos, cara a cara -…ahora me has dejado una marca y yo quiero hacerte lo mismo…

 

         –  No, no… - se apresuró a decir, intentando levantarse. Inútil, sus brazos la apresaron contra su cuerpo y antes de darse cuenta, sintió su boca apoderarse de un pedazo de su cuello. Percibió la succión y la ligera mordida, siendo intercalado con jugueteos de su lengua sobre la piel. Akane recibió una oleada de sensual calor, su rostro empezó a quemar y dentro de ella volvía a renacer el deseo - …Para, para, para… - rogaba intentando alejarse – Ranma para… - su voz empezó a ser acompañada de suspiros y ligeros jadeos.

 

         –  Eso está bien… - susurró él, cuando se alejó observando la marca que comenzaba a formarse en su nívea piel -…tendrás que cubrirte al menos por dos semanas… - recibió un golpecito en el tórax.

 

        –  Pero yo tengo excusa para marcarte. Si te vas por ahí, al menos tendré asegurado que en una semana no se te acerque ninguna guarra con ganas de hacerte cosas malas… - masculló con mal humor – Y si no, haber sido más feo – le recriminó, desviando la vista de él. Le escuchó reír.

 

        –  ¡Claro! En mi próxima vida me modificaré a mi mismo genéticamente cuando me esté gestando ¿Te parece bien? – Volvió a moverla, atrayendo su atención – Vas a tener muchos problemas para deshacerte de mi – confirmó serio, con sus ojos grises tan claros que podrían confundirse con blanco - Así que no tendrás la gran suerte de que alguna me lleve por ahí. Además ¿No te gustaría volver a sentir lo de hace un rato? – Movió sutilmente las caderas - ¿Cuántos has dicho que fueron? ¿Tres?

 

         –  Sí, tres… - dijo de nuevo ruborizada - ¿Así eres cuando pierdes el control? – Akane sonrió con malicia mientras se daba cuenta de que el color de sus ojos glaciares se volvía más oscuro – Vamos… no me mires así, si tú mismo lo has dicho. Además, ya me he dado cuenta otras veces de que te contenías… Tenías la misma mirada opaca y obscura de ahora.

 

         –  No he perdido el control – afirmó serio – Me he contenido – giró la vista, evadiendo el tema.

 

Ella se sorprendió de que él rehuyera. Llevó sus manos a sus mejillas y le obligó a mirarla.

 

         –  ¿Qué pasa? – Preguntó remarcando ambas palabras - ¿Por qué te has contenido? ¿Qué es lo que quieres que no sepa? – susurró finalmente con dulzura. Y él suspiró, apretando los labios.

 

         –  Di mejor, qué es lo que quiero que no sientas – Ella le interrogó con la mirada y él se sentía acorralado. – Vale, te lo diré… - dejó los ojos en blanco un momento y después, se confesó – Me vuelvo un poco…agresivo en la cama – resopló, sin mirarla – Se que una de las veces te he hecho daño y sinceramente, me he asustado porque pensaba que ya me había pasado. Luego, siguiendo como estaba no hacía más que gustarte a juzgar por tus gemidos y gritos… y eso me vuelve loco, literalmente – sus irises se volvieron más oscuros, casi azules ultramar – Y, creéme, me ha costado mil demonios controlarme… - la observó. Ella parecía inmutable, pero se recordó que las procesiones van por dentro – Esto es bastante raro pero… Bueno ya has visto como soy y… - se sentía atorado, las ideas que quería expresar y cómo quería hacérselas llegar a ella para que le comprendiera se le mezclaban de golpe. Así que, decidió decirlo sin rodeos. Sin menos rodeos – A veces me vuelvo rudo, moviéndome, muy rudo, pero además se me puede escapar la mano… – La sintió tensarse y mirarle anonadada, pero no se movió.

 

Cuando escuchó aquello no supo qué decir, porque no estaba muy segura de comprenderlo o, mejor dicho, de querer comprenderlo.

 

         –  ¿Qué… qué quieres decir con eso de que se te puede escapar la mano? – estaba claro que era un pervertido, fogoso, apasionado y todo lo demás que ella adoraba, pero esa parte era complicada - ¿Qué podrías pegarme?

 

         –  No, no pegarte pero… - Ranma carraspeó – Quizá cogerte con demasiada fuerza, cualquier parte del cuerpo que me quede cerca y hacerte daño – la observó y para clarificar lo que quería decir, agregó – A Mei la abrí una vez la muñeca y erm… - el cuerpo comenzó a picarle. Ahí estaba, recorriéndole la culpabilidad, el auto castigo que se infringía así mismo por ser así - …otra vez la deje todo el pecho morado y varias marcas en…

 

         –  Para – dijo Akane, cortándole bruscamente, sentándose a horcajadas - ¿Me estás diciendo que si pierdes el control puedes cogerme una teta y presionarla tan fuerte que me dejarás moratones? ¿O que podrías cogerme bruscamente de las muñecas y abrírmelas? ¿O que me embestirías tan fuerte que me dolería?

 

         –  Te acordarías de todos mis muertos – contestó él frío.

 

         –  Hoy me ha dolido y me ha gustado – dijo ella, elevando los hombros - ¿Quién te ha dicho a ti que no me gusta que me hagan un poquito de “daño” cuando están en la cama conmigo? Una de mis fantasías es ser sometida al fin y al cabo… y no creo que todos los días seas capaz de perder el control hasta esos extremos… - empezó a moverse sobre él, frotando su sexo desnudo sobre el suyo -…quiero que un día, pierdas el control así, tan bruscamente como dices. Quiero que disfrutes de mí al máximo, como yo lo hago de ti. Quiero conocer esa parte de ti y después, juzgaré si me gusta o no. Y entonces, hablaremos…

 

Ranma no respondió. Se quedó en silencio, observándola con la mandíbula apretada y los músculos tensos. Sintió como Akane paró de moverse, la vió acercarse y acariciarle las mejillas dulcemente.

 

        –  No te culpes por ser así… - susurró suavemente – Eso no te convierte en un mal hombre. No hay nada de malo siempre y cuando no te pases – le pellizcó en el pecho, haciendo que él reaccionara con un quejido - …y ambos estemos de acuerdo. No te castigues por eso. Prométemelo. – No contestó e insistió – Ranma, prométemelo.

 

         – No puedo evitarlo – confesó – Siempre me siento culpable después. Por eso estoy tenso cuando me acuesto contigo, porque lo último que quisiera en este mundo es hacerte daño… - deslizó un mechón de su negro azulado cabello hacia atrás, acariciándola la mejilla en el camino, sintiendo la sedosa suavidad de su piel pulcra y blanca – Y disfruto contigo Akane, muchísimo – Deslizó sus manos por su estrecha cintura, resbalándolas hasta posarla sobre sus redondeadas caderas - Que no me descontrole no significa que no me lo esté pasando de maravilla. Lo único que hago es omitir una parte del placer que no me es imprescindible.

 

         –  ¿Por eso lo del látigo? – preguntó enlazando todo. Ahora comprendía muchas más cosas que antes era incapaz de entender. Él entre cerró los ojos, interrogativamente – Me dijiste ayer, cuando te acosé a preguntas, que te gustaba que te golpearan con un látigo, aunque no sus consecuencias – le besó, suavemente - ¿Es por esa sensación de culpa que luego te atormenta, por lo que necesitas sentirte castigado físicamente?

 

        –  Tú eres la psicóloga… – Respondió con una sonrisa forzada - Explícame porque me vuelvo tan agresivo – y fue casi un ruego – Nunca he entendido el por qué. Suelo controlarme bien, en todos los aspectos de mi vida. Manejo mi mal humor, mi mal temperamento, cualquier cosa. Pero cuando estoy en la cama con una mujer, si me excita hasta cierto punto, traspaso la barrera y noto como la agresividad me domina y no puedo controlarme hasta que acabo. 

 

       – La testosterona – afirmó ella, tumbándose a su lado con una sonrisa – Eres todo un hombre “macho” – le sacó la lengua, al observarle con aquel gesto desconcertado. Era la primera vez que le veía tan perdido en algo – La testosterona sabes que regula, entre otras cosas, la agresividad. Bueno, - Akane se removió, colocándose mejor de medio lado - …cuando mantienes relaciones sexuales tú y todos los hombres tenéis una tendencia a aislaros de todo lo demás y concentraros en lo que estáis haciendo, pero realmente ni siquiera sois capaces de centraros mentalmente en la relación sexual porque el placer físico os invade, os domina. – Movía las manos, como si quisiera hacer dibujos en el aire para reforzar su explicación - Lo que te sucede es que, tienes unos niveles de testosterona considerables, muy altos. De ahí tu voz bastante grave, tu gran capacidad para situarte en el espacio, memorizar recorridos, tu seguridad en ti mismo, incluso el trabajo arriesgado que realizas y una curiosidad, seguro que es la culpable de que seas zurdo – Ranma abrió los ojos descaradamente y movió la mano izquierda inconscientemente - Cuando te excitas mucho, tu cuerpo reclama a la testosterona porque vas a eyacular, así que por eso sientes que la agresividad te controla, porque en realidad lo está haciendo y dejas de poder manejar tu cuerpo como tu mente quisiera. No puedes controlar las reacciones químicas, ni las hormonas, así que, no te martirices más. – Le besó tiernamente, acariciándole las mejillas con el anverso de la mano - Eres más hombre que muchos, en todos los aspectos, desde el punto de vista químico y médico y desde el punto de vista de las mujeres. – Hizo una pausa y después, bromeó, intentando que el se relajase – Y también es la culpable de que te afeites por la mañana y que por la noche rasques, como ahora. – afirmó, refiriéndose a lo rápido que le crecía la barba - Y da gracias porque esté tan bien repartida que solo te crezca un poco de pelo aquí – acarició su pecho – y aquí – deslizó la mano hacia la parte baja de abdomen - Porque si no, serías todo un osito de peluche…

 

Ranma la miró y sonrió aliviado al conocer, de boca de una tres cuartos de psicóloga, el por qué de su reacción. Intuía que no se debía a ningún trastorno o trauma, pero no le cuadraba la idea de que la testosterona fuera la causa. Ahora bien, él nunca se paró a pensar en los reclamos que su cuerpo hacía de la hormona cuando mantenía relaciones sexuales, ni tampoco en el hecho de que, efectivamente, perdía totalmente el control cuando estaba muy cercano a culminar el acto. Bien, quedó tranquilo, ahora comprendía el asunto y le alivió tremendamente conocer que no se trataba de un trastorno de la conducta sexual. Se giró y la acarició la cintura con tantísima delicadeza que Akane sintió escalofríos.

 

         – Por eso me gusta hablarte en italiano… - susurró él removiendo la yema de sus dedos por su espalda - …cuando lo hago me obligo a pensar en otra cosa que no es el placer físico, y al mismo tiempo me alivia saber que no te haré daño. Yo lo prefiero así, Akane, no quiero lastimarte.

 

         – ¡Entonces no volveré a tener una noche muti-orgásmica! – se irguió, como si aquello la hubiera ofendido sobremanera – No, no, no – movió su dedo índice de lado a lado – Tu no puedes hacerme esto. No puedes abrirme las puertas del paraíso y luego cerrármelas porque sí – Le dio un golpecito en el brazo, con el puño cerrado – Además ¡Ahora puedo echarle en cara a Sarah que no es la única que tiene varios orgasmos de golpe!

 

         –  ¡Ah vale! Si es por echárselo en cara Sarah, de acuerdo – dijo levantándose y sentándose en el sofá – Estoy dispuesto a llegar hasta el límite de hoy – la dijo serio - Si noto que me paso, pararé en ese mismo momento, te estés muriendo de placer, estés en mitad de un orgasmo, me arañes, me muerdas, me grites, lo que sea. Pararé – se abrochó los pantalones

 

         –  ¿Ni siquiera aunque esté a favor de la propuesta de tu testosterona de invadirte todo el cuerpo? – susurró apoyándose en su espalda, abrazándole por los hombros, dejando sus manos caer encima de su esternón

 

         –  Puede que algún día… - deslizó su mano izquierda sobre sus brazos - …como excepción… - tomó su mano y la besó en el anverso – Ya veremos.

 

         –  Quiero que un día me esposes a la cama – susurró ella jadeante, intentando excitarle de nuevo –…y me vendes los ojos y me hagas cositas malas.- beso su cuello, mulliendo húmedamente sus labios sobre él.

 

         –  Eso me parece buena idea… - se giró para besarla profundamente, anhelando el contacto de sus bocas. Cuando se separaron se levantó caminando hacia el equipo de música y acuclillándose a recoger las cajas de los compactos preguntó, cambiando radicalmente de tema, excepto por la acción a la que se refería  - ¿Cómo va el tema de Diana? ¿Has hablado con ella?

 

         –  Sí, la llamé antes – Se sentó en el sofá, mientras buscaba el tanga que tendría que estar en alguna parte entre los cojines – Me dijo que si nos venía bien quedar mañana por la tarde noche, y yo le respondí que hablaría contigo – se agachó y lo encontró, en el suelo.

 

        –  A mi me viene bien… - colocó las cajas sobre la encimera del mueble del salón

 

        –  Entonces mañana por la mañana la llamo para quedar a una hora concreta - Lo cogió y se lo puso, se estiró la camisola levantándose y caminó luego hacia él – Déjame recoger eso, que para eso lo he puesto yo ahí - se arrodilló a su lado – Por cierto, me gustaría que me tradujeras una canción…

 

        – ¿Cuál? – preguntó curioso, sentándose y observando sus gráciles movimientos, su cabello corto capeado moviéndose frente a su rostro.

 

       –  Creo que no hay letra escrita… - agregó mientras buscaba el disco – Me gusta la música que tienes, nunca había escuchado tanta música del oeste a la vez. ¿Ves como vas desvirgándome en todos los aspectos poco a poco?

 

       – No importa que no esté escrita… - dijo entre risas por su último comentario. Estiró el brazo y acarició tiernamente los filamentos negro azulados que reposaban sobre su delicioso hombro derecho. La tocó como si fuera un espejismo, un trocito de cristal, frágil - ¿Por qué quieres que te la traduzca?

 

       – Me ha gustado mucho la música y me ha parecido que trataba de algo triste… - Cogió el compacto y lo introdujo en el equipo -…casi me hace llorar – levantó los hombros – Soy así de tonta, no entiendo lo que dicen pero me emociono…

 

       – Eso no es ser tonta… - dijo él con tono conciliador y con cierta diversión – Eso es que la música te llega dentro, que te transmite algo, independientemente de lo que diga la letra. Se llama sensibilidad… - susurró y ella le observó con un gesto relajado, los labios ligeramente entre abiertos – Algo de lo que solemos carecer los hombres. – Elevó los hombros - Es culpa de nuestra testosterona.

 

       – Ja, ja, ja – vocalizó ella con ironía – Qué gracioso…a ver si ahora te vas a excusar en eso cada vez que te convenga - seleccionó el corte trece y empezó a sonar la música, aquellas cuerdas de guitarra – Ésta es… - susurró ella emocionada. Para su sorpresa, Ranma se tumbó en el suelo - ¿Qué haces? – preguntó ella - ¿Te concentras mejor tumbado?

 

       –  Me gusta mucho esta canción – respondió en un susurro – Y siempre la escucho tumbado y con los ojos cerrados. – Tarareó la melodía que comenzaba con los labios cerrados, reproduciendo los sonidos, ahogándolos en su garganta. Cuando la primera estrofa pasó, acuñó - Sí, la letra es triste. Coge el mando y túmbate conmigo – dijo alargando la mano, atrayéndola cuando la tomó. Se recostó a su lado y la abrazó. Esperó hasta que la canción terminó, volvió a ponerla y empezó a traducirla en susurros a la vez que la suave voz de mujer cantaba – “Se que te dije que no me sentía de la forma en que solía sentirme. Se que dije cosas que eran difíciles de aceptar para mi. Pero, por favor, créeme, que ahora comprendo el alcance del dolor. Pero dime, como puedo hacerte ver, cariño, que todo el daño que causé lo compensaría ahora. Y he tenido tiempo para mí misma y pienso que lo he entendido” – Y comenzó el estribillo y sintió como ella se aferraba sutilmente a él – “Nunca te eché de menos hasta que te fuiste. Creí tener tu amor asegurado, ahora me está matando. Y cada vez sucede de esa forma, justo como cuando te deje marchar. Y continúa, nunca te eché de menos hasta que te marchaste” – El la besó en la frente, entre la pausa del estribillo y la segunda estrofa – “Y es divertido porque nunca pensé que podría sentirme de esta manera. Y si nunca regresas ¿Qué es lo que voy a hacer? ¿Podré recomponer este corazón roto? Se que soy la única culpable. Se que te necesito en mi vida para que todo sea como antes. Estuve buscando a alguien, pensando que sería todo lo que necesitaría… Cuando el amor estaba justo frente a mi” – Ranma abrió los ojos y la miró, cabizbaja – Y luego se repite el estribillo… - susurró con ternura, moviéndola en su abrazo. Akane seguía mirando hacia abajo – Oye… - y volvió a emplear ese tono dulce, pero luego lo cambió a uno con una pizca de diversión -…que acabo de realizar un acto heroico para mi especie. He podido escuchar la canción en un idioma y traducirlo a otro… ¿Crees que si alguien se entera me encerrarán en algún laboratorio? ¡Soy un espécimen único!

 

         –  Gracias – respondió ella riéndose, diciendo aquello con doble sentido; por la preciosa traducción y por hacer ese comentario que consiguió que sus labios dibujaran esa sonrisa y su mente se relajara.  Levantó la vista, con ojos llorosos – Sabía que era triste…

 

         –  Voy a ponerte otra… - la guiñó un ojo y se incorporó. Buscó entre las cajas que Akane no había tocado. Seleccionó una de ellas y colocó el compacto. Después volvió a tumbarse al lado de ella, rodeándola los hombros con su brazo y pasó al corte correspondiente – Ésta es en español – explicó – Y es para ti – volvió a besar su frente - Y negaré rotundamente haberte traducido esta canción… - finalizó bromeando

 

         –  ¿Tan comprometida es? – preguntó con una sonrisa en los labios, irguiéndose sobre él para mirarle a sus grisuras – Obviaste el detalle de mencionarme que también sabes español… - dijo con tono acusador.

 

         –  Cursi – aclaró, con una sonrisa que indicaba que a él eso y lo que venía le daba exactamente igual – Es cursi… - repitió - Dulce, amorosa… Como una poesía. De esas canciones que la sociedad ve mal que los hombres escuchemos… - cerró los ojos - Y no se español, solo lo entiendo.

 

         – ¡Ah, claro! Solo lo entiendes, qué consuelo… - agregó con ironía. La música empezó a escucharse. Una guitarra y un fondo sonoro como si agua fuera vertida. Y la melodía comenzó con una voz tímida, aguda y dulce de mujer.

 

       –  Me pasaría horas en tus ojos sin bastarme. Me quedaría días aquí en tus labios a beber. Me envolvería en el silencio blanco de tu arena. Y deja que llueva, deja que llueva. Caminaría por tu piel descalza y vulnerable, te ofrecería besos de los de sabor a miel. Me bañaría en tu ternura calida y serena. Y deja que llueva, deja que llueva. – Y el estribillo se introdujo - No quiero saber, lo que hay detrás, de cada gota de agua. Ven. Deja que el viento haga el resto entre los dos – y la segunda estrofa se enfundó en sus oídos - Me pasaría horas en tus brazos sin soltarme. Me quedaría días así, en tu cuerpo, sin pedir. Me encerraría en ese cielo, el que tú me acercas, aunque ahí afuera sea primavera. Se repite el estribillo – dijo evitando traducir de nuevo. Sintió como ella se había erguido sobre él - Me pasaría horas en tus brazos sin soltarme, me quedaría días así, en tu cuerpo, sin pedir. Me encerraría en ese cielo, el que tu me acercas, deja que llueva, deja que llueva. Y cuando quieras que yo te quiera, deja que llueva, deja que llueva… - y antes de que abriera los ojos, sintió sus labios, bebiendo de los suyos.

 

         –  Por este tipo de cosas, es por las que luego no me importaría sentir los embates de tu testosterona descontrolada… - él abrió sus ojos, grises como cómo nácar – Te quiero – susurró ella con dulzura, rebosante de amor, sobre sus labios - Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero y te quiero – dijo con una enorme sonrisa. Ésa sonrisa que a él tanto le gustaba.

 

         –  ¡Deja eso! – Exclamó mirando hacia un lado exasperado por sus insistencia sobre su recién descubierto apetito sexual – Ya te he dicho que a lo mejor, algún día… - dejó la frase a medio hacer, se levantó y la cogió en brazos – Tengo una idea – entrecerró los ojos y la apretó más contra sí.

 

         –  ¿Ah si? – preguntó sorprendida. Ahora mismo su cuerpo no estaba preparado para soportar una pérdida de estribos sexual de su pareja. Aunque su lujuriosa y pervertida mente lo estuviese pidiendo a gritos - ¿Cuál?

 

         –  Tengo un juego de esposas… por ahí… - llevó los ojos al cielo, en aptitud pensativa -… cerca de mi cama… - se mordió el labio inferior y apretó las mandíbulas - … y te tengo atrapada, sin escapatoria… - sus irises se tornaron obscuros, con un toque violeta - … y eres mía… -y su voz grave y sensual acompañó aquel cambio – Me voy a divertir…

 

         – Oh, Dios mío… - fue lo último que susurró ella, antes de ser conducida por el pasillo hacia el dormitorio.

 


Las letras de las canciones corresponden a Maria con "I Miss Youy a Ana Torroja "Deja que llueva" por ese orden de aparición en el capítulo.

Consulta el apartado Banda Sonora para conocer más canciones que inspiran momentos de la historia.


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