- CAPÍTULO 11 -

Segunda Parte

 

 

Akane acababa de terminar su ducha de agua caliente. Abrió con cuidado las hojas de cristal de la mampara del cuarto de baño del apartamento de Ranma y se colocó el enorme albornoz negro de él sobre los hombros. Después de casi enrollárselo dos veces en su pequeño cuerpo, y de conseguir que las mangas dejaran de ser casi tan largas como sus piernas, plantó la mano en el espejo y la removió consiguiendo verse con claridad en el reflectante, despejando la brumosidad. Al contemplar su rostro, la preocupación la revolvió el estómago al recordar a la chica con la que le pilló hablando esa mañana. Esa mujer a la que el había abrazado y besado. Esa mujer que fue su novia, su amante… Esa mujer que le había dado placer, que había gozado de él, que le había tocado íntimamente como ella lo hacía, que había compartido sensaciones y emociones… El calor de los celos la recorrió el cuerpo y apretó los puños por unos instantes. Aún a pesar de él haberse explicado durante todo el camino de vuelta y parte de la tarde, no podía evitar sentirse indefensa e insegura. Ladeó la cabeza y se giró, quedando de lado al espejo y así observó su perfil. Volvió a recordar a esa mujer occidental, de redondeados y preciosos ojos, de osamenta más ancha en general y de pechos generosos. Eso fue lo que más sensación la causó porque, salvando la diferencia de estatura, siendo aquella más alta, las proporciones de su cuerpo a nivel de cintura y caderas podían equipararse. Para Akane estaba claro que no la superaría, pero podía estar cerca a igualarla. El problema eran sus pechos. A pesar de poder considerarse un poco por encima de la media racial, los suyos eran mucho más pequeños que los de aquella tal ‘Laura’. Colocada por tanto de lado, frente al espejo, desabrochó el cinturón del albornoz y lo dejó escurrir, acariciando todo su cuerpo cayendo sobre el suelo a sus pies, hasta descubrir sus níveos y firmes senos. Frunció los labios. Deslizó sus manos en la parte inferior y los colocó, subiéndolos más, como queriendo remarcar la redondez. Se observó así, de lado. No la convencieron. Los apretó un poco, juntándolos al medio y se volvió de frente al espejo. Se cubría los pezones, apretando sus redondeles de tal forma que solo se luciera la mitad superior de los pechos, consiguiendo así dibujar una sombra en su parte alta… Akane sonrío con seguridad al contemplar la irreal posibilidad de tener un pecho así. Seguro que Ranma estaría encantado. Dio dos pasos hacia atrás, consiguiendo verse mayor parte del cuerpo en el espejo. Ahora contemplaba hasta la mitad de sus tersos muslos. Se miró el vientre, plano como una tabla, con cierto marcaje de los abdominales superiores. Le resultaron sensuales y atractivos. Movió las caderas para los lados, contemplando como esos músculos se movían al contonearse y como las caderas la otorgaban mayor forma a su feminidad. Se miró de nuevo con cuidado, fijamente a los ojos y se sonrió sexual y pícaramente. Apretó un poco más las manos sobre sus pechos, subiéndolos un poco más, haciendo que aquella sombra dibujada se hinchara, sintiéndose más segura de sí misma. Y como si posara para un fotógrafo de un reportaje erótico, ladeó sus caderas como las modelos y se lució en diversas posturas para sí misma, disfrutando de la visión que le proporcionaba esa nueva línea que coronaba sus senos en la parte superior. Deslizando lascivamente su lengua por sobre sus labios, gesticuló además poses que incitaban a lo sexual; mulliendo sus labios, lanzándose tímidos besos, jugando con la posición de sus párpados y la inclinación y arqueo de sus cejas y seduciéndose con la mirada, levantando la barbilla y bajándola, combinando distintas posiciones con los hombros, reclinados un poco hacia delante o irguiéndose más. De repente, dos golpes en la puerta la sacaron de aquel juego. Un escalofrío la recorrió el cuerpo. Casi resbalándose se agachó, desnuda como estaba, recogiendo el albornoz azabache y colocándoselo de nuevo como pudo.

 

          - ¡Akane! – escuchó la voz de él, acompañada de aquellos dos golpecitos que casi la hacen caerse de nalgas en el suelo del cuarto de baño - ¿Estás bien?

 

          - ¿¡Qué!? – contestó asustada, sin haber escuchado la última pregunta de su interlocutor.

 

         - Que si estás bien… - sonó entre conciliador, divertido e impaciente. Una de esas mezclas de sensaciones que solo él podía transmitirla – Llevas un buen rato ahí metida sin hacer el menor ruido… ni siquiera suena el grifo…

 

        - Sí, sí… – dijo envolviéndose el pelo en una toalla -…estoy bien – reafirmó moviéndose nerviosamente de un lado a otro de la habitación, como si estuviera buscando artículos que deberían estar pero que no aparecían - Ahora mismo salgo… - cuando, de repente, cayó en la cuenta de que no estaba en su cuarto de baño. Se golpeó la frente con la palma de la mano – Pero mira que eres tonta… - dijo en voz baja - … no estás en tu cuarto de baño, guapa… - masculló recriminándose por el fallo y girándose para salir de la habitación.

 

Al salir al pasillo, el frío la erizó el vello. Al final del corredor pudo ver a Kira, que venía caminando desde la cocina y que, al verla, echó a correr de manera juguetona hacia ella. Akane hizo lo mismo pero tiritando de frío y yendo en dirección contraria, dirigiéndose al dormitorio de Ranma. Con las mejillas sonrosadas y esparciendo una deliciosa risita, entró en la habitación seguida por la perra.

El ruido hizo que el chico, tumbado boca abajo en la cama, con la televisión puesta de fondo, leyendo papeles que quedaban dentro de una carpeta de color marrón tierra y tecleando a toda velocidad sobre el teclado de su portátil, levantara y girara la vista hacia la derecha, observando a una Akane sonriente y a una Kira que no paraba de mover el rabo y jadear, buscando jugar con su preciosa Dama. Sonrió y meneando la cabeza con resignación, ante el nuevo interés que mutuamente se despertaban entre ellas, continuó leyendo, tomando notas en algunos folios que tenía al lado de los que leía y tecleando.

 

Akane dejó la puerta entre-cerrada y caminó hacia el armario, con Kira intentando morder el cinturón del albornoz que caía hasta la altura de sus gemelos.

 

         - Para, Kira… - decía con ternura, pasando frente a los pies de la cama, en donde Ranma yacía inmiscuido entre aquellos papeles y el monitor. La perra no paraba de rodearla, pidiéndola jugar - … Kira, ahora no. Espera un poco – exclamó con tono más serio, el cuál el animal captó inmediatamente y se apresuró a caminar con la cabeza gacha y meneando el rabo hasta donde estaba su dueño. Con cuidado se tumbó en el suelo debajo de él y, levantando la cabeza jadeando, observó los movimientos de Akane.

 

Ésta corrió las grandes puertas de espejo del armario de la derecha y se detuvo en observar la ropa perfectamente colocada, impecable. Casi podría decirse que aquello había sido arreglado para lucir en un escaparate. Era la primera vez que abría su armario. Acarició las mangas de algunos de los suaves y elegantes trajes que colgaban allí y se lo imaginó con cada uno de ellos. Pícaramente giró la cabeza, reposando la barbilla sobre su hombro derecho, luciendo una sensual sonrisa. Él seguía leyendo, lo que la indicaba que confiaba plenamente en ella para cotillear lo que fuera necesario. Se giró y volvió a contemplar las vestimentas. Parándose a pensar detenidamente, todo lo que allí había era ropa de vestir, elegante, de gala y cara. ¿Dónde estaba la ropa informal? Se acuclilló, abriendo los cajones. En el primero, una colección completa de otoño/invierno de ropa interior. “¡Oh, genial, calzoncillos caros para usar!” Sin pensárselo mucho más, sacó uno de los bóxers de color negro y lo colocó sobre su regazo. No iba a desaprovechar la oportunidad de vestirse con unos cómodos calzoncillos de diseño de su pareja. Abrió el segundo y encontró camisas. Volvió a desviar la vista hacia los pies de la cama. Ranma continuaba como si nada y Kira la observaba con la cabeza ligeramente ladeada y las orejas totalmente erguidas. Con una sonrisa la enseñó la lengua y sacó sin mirar la primera camisa que su mano izquierda cazó en el cajón, cerrándolo después.

 

A continuación abrió el albornoz, sin quitárselo del todo, y se colocó los bóxers. Agradecía que ella tuviera buenas caderas y que los calzoncillos fueran elásticos, porque así no tendría que preocuparse de estar todo el tiempo subiéndolos. Se amoldaban a la perfección. Sarah en una ocasión la había dicho que no existía una prenda más cómoda en el mundo que la ropa interior de un hombre y Akane no podía darla más que la razón en aquel instante. No perdió la oportunidad de farfullar para sí misma, quejándose de lo incómodas que eran las prendas íntimas femeninas. Si una mujer quería lucir sensual en ropa interior tendría que ponerse o bien una braguita de encaje, lo que producía unos picores tremendos, o un tanga, lo que la proporcionaba una incomodísima sensación entre las posaderas. Finalmente, los hombres ganaban. Sus prendas eran sexys y cómodas al mismo tiempo. Las mujeres solo podían escoger dos caminos: estar cómoda y llevar una braguita corriente que no excitaría en absoluto a un hombre por norma general, o lucir sensual y tórrida para el hombre y sufrir las molestias de aquellas endemoniadas prendas. Pero en aquel momento, le daba igual si se excitaba o no, lo primordial era estar cómoda. Y siguió vistiéndose. Caminó alejándose del armario, hasta llegar al otro lado de la cama, hacia la cabecera, y se quitó el albornoz dejándolo sobre el colchón. Después, se colocó la amplia camisa de color blanco que la cubría hasta la mitad de los muslos. Y volvía a tener el mismo problema que con el albornoz, las mangas le sobraban casi la largura de sus piernas. Se abrochó los botones y después fue doblando las mangas hasta dejarlas a la altura de su muñeca. Cogió el albornoz y lo llevó hasta el cuarto de baño tendiéndolo detrás de la puerta y allí, se quitó la humedad del cabello con la toalla, la cual tiró al cesto de la ropa sucia, y se peinó con un cepillo que había dejado adrede hacía un par de semanas en uno de los cajones.

Regresó al dormitorio y, al pasar delante de los pies de la cama, para sentarse en su lado a leer un rato, Ranma la propinó un cachete inesperado en el trasero.

 

         - ¡Eh tú! – exclamó Akane con un tono fingido de queja, acariciándose el glúteo recién golpeado - ¡A lo tuyo ‘Miquel Angello’! ¡A esculpir el David! – Le observó reírse mientras ella se acercaba hasta el otro lado de la cama.

 

        - Me gusta que te pongas mi ropa – confesó con un tono de voz tierno y sensual al mismo tiempo – Te sienta muy bien…

 

 Akane terminaba de sentarse sobre la almohada, reposando la espalda en el cabecero y atrayendo hacia sí las rodillas. Sonrió cuando le escuchó decir aquello, pero no le dio mucha importancia. Y no se la dio porque su prioridad estaba en un pequeño libro que había comprado con Diana esa misma mañana. Se agachó a coger la bolsa negra que dejó sobre la mesilla de noche y que contenía tres libros; dos de ellos grandes y el más interesante, su nuevo amigo. Esperaba que Ranma no lo hubiera visto, por que así sería mucho más divertido, por ahora… Con picardía, sacó uno de los grandes. Abriéndolo lo apoyó sobre sus rodillas y después, cogió el pequeño y lo metió sobre las hojas del mayor. Así podría leerlo sin que él se percatara, o al menos eso era lo que esperaba que pasase. De improviso, recordó el momento en el que Diana y ella vagaban por la sección de “Sexo y Pareja” y el instante en el que librito la llamó la atención.

 

Estaba colocado en una de aquellas mesas repletas de ‘Novedades’. “SuperSexo Pcket” ponía en la portada con letras fucsias. No pudo evitar acercarse y echarle una ojeada. Buscó el índice y lo leyó por encima. Los temas eran, desde luego, suculentos e interesantes. Lo abrió por el medio aproximadamente y encontró una frase en mitad de una de las páginas que estaba impresa en letras tres veces mayores al resto, y leyó: “Cuando uno está ahí, es difícil interpretar nada excepto los suspiros y las frases más simples. Después de todo, tiene las piernas de ella tapándole las orejas y emerger para preguntas “Qué has dicho” no es lo ideal” Con aquello a punto estuvo de sentarse en el suelo y ponerse a leerlo en mitad de la gran superficie, por lo interesante y divertido que le parecía el contenido. Comenzó con las primeras páginas, dedicadas a trabajos manuales. Estaba segura de que si Diana lo hubiera cogido, no habría durado ni dos segundos en sus manos por lo contundente del texto y la explicación clara y explícita de “Cómo volverle loco con tus manos alrededor de su pene”. Imaginando la cara de la escrupulosa de Diana, que por alguna razón no podía leer ningún relato erótico, empezó a reírse. Con lo que consiguió que su amiga que estaba, según ella, buscando disimuladamente un libro para “el problema”, se acercase a ver qué era tan gracioso.

 

         - ¿De qué te estás riendo? – preguntó curiosa, al verla allí sentada con aquella pequeña pieza de hojas encuadernadas entre sus manos.

 

         - ¿Yo? – decía Akane aún roja – Es solo que me he acordado de una cosa que me contó Ranma el otro día…

 

         - ¿Se puede contar? – dijo con intenciones de sentarse también e intentando leer el título del librito - ¿Qué lees?

 

Preguntó tan de seguido que Akane ni siquiera se molestó en contestar a lo primero que le había dicho. Levantó el pequeño libro, y Diana leyó en toda su plenitud aquellas letras rosas chillonas. Puso los ojos en blanco y, haciendo un gesto con la mano de “eres incorregible” se dio media vuelta y siguió buscando. Akane la observó unos segundos. Cerró el librito sujetándolo con la mano izquierda para llevárselo. A continuación se levantó y caminó detrás de Diana, buscando ahora ambas algún libro que hablase sobre “el problema”.

Después vino el momento de pagar. Aquello también era digno de recordarse. ¡Jamás olvidaría el sonrojo de la dependienta y los comentarios de las mujeres que quedaban tras de ellas! Todo un espectáculo sobre “Cómo seguir siendo un carcamal en pleno siglo XXI” La situación era que, Akane llevaba sus dos libros y su “SuperSexo” luciéndose y llamando la atención sobre los otros. No por que ella quisiera, eran las letras las que no dejaban de conseguir que la gente se fijase en ella y leyese el título. Era más, a ella le importaba un pimiento que los demás vieran que compraba ese libro o cualquier otro producto erótico-sexual. Lo que la molestaba es que, a ésas alturas del milenio, hubiera mujeres que aún pensaran que “debemos ser castas y puras y esperar al matrimonio”. Le dieron ganas de darse la vuelta un par de veces, por los cuchicheos permanentes de aquellas mujeres de sesenta años, y decirles con todo su mal genio: “Pues no. Yo no estoy dispuesta a casarme con un hombre que no me satisfaga en la cama. Y para eso, señoras, hay que probar que la carne está en su punto. ¿Ven a mi amiga? Su futuro marido está perdiendo facultades y ni siquiera tiene intención de poner remedio… Imagínense que no lo hubiera catado, no lo habría sabido hasta la misma noche de bodas. Y no me parece que ni a ustedes, ni a nosotras, nos gustase tener precisamente esa noche a una anguila mustia que se niega a meterse en nuestra cuevita. ¡Y no me vengan con que el sexo no es importante! Si realmente no lo fuera ¡Nunca se hubiera escrito el Kamasutra!” Y ese era el sermón que las echó mentalmente mientras pagaba sus tres preciados libros con una sonrisa congelada en su rostro. Diana ni siquiera se dio cuenta de que Akane estaba cavilando la posibilidad de darse la vuelta y explotar allí mismo…

 

 

Sonriendo, meneó la cabeza y echó una mirada rápida a Ranma. Seguía entretenido, así que no tendía que preocuparse de que la pillase, por el momento. Abrió el índice de nuevo y escogió el tema en el que creía que estaba menos enterada “Sexo Oral”. Mientras buscaba la página, probó cómo de concentrado estaba su ‘amante’.

 

         - Mañana llamaré a Diana – dijo sin recibir contestación de inmediato - Para ver cuándo quedamos para lo del asuntillo de Mike – y remarcó las tres últimas palabras - ¿Te viene bien que quedemos este fin de semana?

 

         - Vale – contestó, quitándose de en medio un folio – De todas formas, creo que es mejor que quedemos el sábado. Si el lunes trabajo no me conviene estar hasta tarde… - siguió escribiendo como si nada.

 

Ella simplemente contestó un ‘Uhm’ y empezó a leer. “En lugar de permanecer tumbada y escabullirse entre sus piernas, usted se tumba en la cama y hace que ella ascienda hasta su cabeza, quedando cara a cara con el cabecero de la cama. De esta manera, ella puede sujetarse en el propio cabecero o apoyarse con las manos en la pared y descender hasta su boca y su lengua. Así, ella tendrá un control absoluto sobre la situación y la presión a ejercer. Podrá alejarse de su boca cuando precise y también podrá acercarse cuando necesite más presión. De esta manera ambos estarán cómodos, ya que ella dominará el ritmo como le guste y usted no tendrá que detenerse por….” Akane miró al techo y carraspeó. De inmediato se imaginó la escena y un cosquilleo intensísimo y un calor ardiente recorrieron su interior como si su sangre hubiera decidido de repente comenzar a circular por sus venas. Levantó la vista y observó toda la masculina largura y anchura corporal. El cabrito estaba demasiado bien hecho, bajo su punto de vista. Sus pies quedaban a su lado, moviéndose ocasionalmente. Esos sutiles movimientos la provocaban aún mayores ganas de reclamar su atención, en ese caso sería haciéndole cosquillas. Se llevó las uña del dedo gordo de la mano izquierda a la boca en un acto puramente reflejo; mordiéndolo y conteniéndose. Estaba empezando a “necesitarle” con urgencia, y solo había leído aquel parrafito de nada. Volviendo a imaginarse cómo serían las sensaciones que le provocaría su lengua húmeda y caliente recorriéndole sus partes íntimas, el cosquilleo se incrementó en su estómago y se esparció hacia abajo sin control. A punto estuvo de escapársele un placentero gemido, anunciando el principio de varios. Era cierto que el sexo Oral no era algo que hubiera practicado en demasía con su anterior pareja. De hecho solo habían sido cinco o seis veces y las dos primeras no es que hubieran sido agradables precisamente. Pero ahora estaba Ranma, su adonis particular y un amante maravilloso. ¿Sería tan bueno en “las relaciones orales”? Sin darse cuenta, se resbaló ligeramente sobre la colcha, casi golpeándose contra el cabecero. Dio un saltito de inmediato, disimulando, temiendo ser descubierta. Con habilidad, se colocó de nuevo.

Ese movimiento inesperado hizo que aquellos fascinantes ojos grises se posaran de reojo sobre ella durante unos segundos.

 

         - ¿Qué lees? - Él la sonrió con ternura y cierta malicia y volvió a girar la cabeza, esperando su respuesta antes de concentrarse en los Informes.

 

          - “Lo Bello y lo triste” – dijo de carrerilla, casi sin pausas entre las palabras. Notaba como su corazón latía con impaciencia. Respiró hondo, varias veces. Como si tuviera que controlar unas contracciones. Y realmente podría decirse que era lo que estaba haciendo. Estaba controlando las contracciones de un posible, futuro y casi inminente orgasmo. No, no podía contenerse, tenía que preguntarlo - ¿Qué estás haciendo? – volvió a carraspear, la voz la temblaba.

 

           - Estoy… - dijo tecleando - … terminando unos informes que tengo que entregarle a uno de mis jefes… - pasó un folio más y se quedó leyendo otro, antes de volver a teclear – Y no te voy a dejar leerlos… - agregó con tono juguetón.

 

          - No te lo he pedido… - contestó bajando el volumen de su voz, como si fuera una niña que acababa de recibir un sermón y deseaba de esa manera disculparse. Lo único que ocurría es que, no era precisamente por eso por lo que su voz varió el volumen, era más bien porque no tenía demasiado control sobre ella. Estaba impaciente por que dejara de teclear “Si lo que te apetece es mover los dedos, ¡¡Podrías estar haciéndolo sobre mi!!” Akane volvió a dar un respingo ante sus pensamientos. Definitivamente, comenzaba a tener un problema o dos. El primero, que se estaba volviendo adicta a él. El segundo, que siempre que estaba más de cinco horas sin él, se subía por las paredes echándole de menos. Así que, plateándoselo de esa manera, tenía otro problema más ¡Que el cabrito no paraba de teclear ahí, mientras ella se excitaba de sobremanera, ayudada incómodamente por un pequeño librito muy explícito sobre sexo! Así que, no tuvo más remedio que decir lo siguiente - ¿Crees que mis pechos son demasiado pequeños? – y utilizó ese tono infantil que sabía que podría reclamar su atención.

 

             - ¿¡Qué?! – exclamó él, girando parcialmente su cuerpo para poder encararla desde donde estaba

 

Ella elevó los hombros, observándole seria, con una mirada inocente y repitió: ¿Crees que mis pechos son demasiado pequeños? – y añadió frunciendo ligeramente el ceño, remarcando en su voz seguridad sobre lo que creía - ¿A que te gustan más grandes?

 

            - En Diez o quince minutos hablamos de si tus pechos son o no pequeños – se volvió a girar, con cara de desconcierto - … y de si me gustan más o menos grandes… - cerró la carpeta marrón y la dejó en el suelo, cerca de Kira – Ni se te ocurra tocarla – le susurró a la perra con cariño y cierto reproche.

 

            - No lo niegues, te gustan las tetas grandes. – dijo Akane convencida, frunciendo el ceño, observándole allí, tumbado, con aquel trasero de siete u ocho Oscars. Volvió a recorrerla aquel calor asfixiante y luchó por controlar sus instintos sexuales.

 

         - Claro… - Ranma suspiró con cierta resignación. Estaba claro que a su Dama la había inundado la inseguridad al contemplar a su ex-pareja, y que, precisamente por eso, tenía ganas de ‘pelea’. Él estaba dispuesto a darle toda la guerra, e incluso más, de la que ella quisiera. Pero solo necesitaba una tregua de quince minutos para terminar esos malditos informes que debía entregar. Un tiempo que sabía, ella no estaba muy por la labor de concederle. Así que, se arriesgó a continuarle el juego con una perfecta ironía en su voz - … por eso estoy contigo.

 

         - ¡¡Pues tu ex tiene una buena delantera!! ¡¡Dos veces más grande que la mía!! – aquello fue como si la ofendieran. ¿Por qué estaba tratando de ocultárselo? Si era muy sencillo. Bien sabido era por todas las mujeres que a los hombres les vuelve locos una fémina con pechos como melones. Y ella había contemplado la prueba frente a frente ¡¿Por qué se lo negaba!? Viéndole, parecía que ni siquiera la estaba tomando en cuenta – Seguro que Mei las tiene aún mayores… - moduló la voz a un tono más neutral y a un volumen inferior. Se cruzó de brazos y, al hacerlo, sus pechos se irguieron y juntaron al medio. Al hacerlo, se miró el escote durante una ráfaga de segundo, intentando convencerse así misma de que sus pechos estaban bien ante una posible duda de él, para luego posar la vista de nuevo sobre su pareja.

 

Ranma volvió a suspirar y, meneando la cabeza negativamente con una sonrisa afectada, dejó de teclear y leer. ¿Por qué Akane no podía creerle al menos por una vez? ¿Y qué más daba si le gustaban los pechos más grandes o más pequeños? ¿Le era tan difícil comprender que le parecía la mujer ideal? ¡Le encantaban sus pechos! ¡Para él era perfecta, Dios Santo, tal y como estaba! Pero, él sabía que tendría que luchar por defender lo que de verdad creía y, para empezar, lo mejor era aclararle un punto que consideraba importante.

 

         - Dama… - susurró de manera paciente – Te estás comparando con occidentales – agregó con evidencia - Tú eres más baja y de constitución mucho más delgada. Si tuvieras sus tetas… - y se encargó de que ella apreciara el “sus” al no poder verle el rostro - …serías horrible, porque estarías totalmente desproporcionada. Así que, deja de pensar en eso. Eres perfecta, tal y cómo eres. Sólo dame diez minutos, por favor… - y volvió de nuevo a teclear, habiéndola hablado con inmensa ternura.

 

Akane se quedó pensativa. ¿Qué había querido decir con eso de “te estás comparando con occidentales tú eres más baja y de constitución más delgada”? ¿Era una forma de darla la razón? Volvió a mirarse los pechos y regresó la vista sobre él. ¿Acababa de llamarla pequeña, bajita? ¿Y eso de “constitución más delgada”? ¿Qué había insinuado con eso? Parpadeó un par de veces, visto y no visto, con expresión de extrañeza y se decidió por ir, directamente, al quid de la cuestión.

 

         - ¿Te gustan más las occidentales? – había girado ligeramente la cabeza hacia la izquierda, como si de aquella manera pudiera verle la cara y descifrar la reveladora expresión que se formaría, fuera cual fuese la respuesta.

 

         - Joder… - Murmuró Ranma, dejando que la cabeza cayera hacia delante, como si un lastre enorme hubiera caído a sus espaldas desde un décimo piso. De hecho, estuvo a punto de dejarse aplastar sobre el colchón, mandar el portátil al infierno y rendirse ante la atemorizante inseguridad que desprendía ella. Acercársela, acariciarla, besarla y explicarla y demostrarla de mil maneras lo mucho que Akane le gustaba, hasta el punto que le resultaba atractiva y excitante. Confesarla que desde el primer segundo que la vio, le entraron ganas de decirle si le apetecía tener un hijo con él. En el sentido de realizar el acto, no para tener realmente el hijo. De nuevo, con resignación y ésta vez, guardando el Informe, previendo que tendría que deshacerse del portátil, volvió a responderla con ironía -   Sí, por eso estoy con un bellezón oriental, porque me gustan más las occidentales… - Carraspeó, y elevando un poco el tono de voz clarificó, por si no había quedado claro – Akane, soy mestizo… – giró la cabeza por sobre su hombro, hacia ella, estableciendo contacto visual y volviendo a enternecer su tono de voz - La raza no me importa… - y esperó así a una respuesta de ella, ya fuera verbal o de lenguaje corporal.

 

Ella meditó sobre eso. Dejó que su cabeza se inclinara un poco hacia la derecha, frunció los labios y carraspeó un “Uhm”. Su mirada se perdió sobre sus ojos grises. No había caído en su exótica mezcla. De hecho, había actuado y reaccionado como si él fuera cien por cien un hombre oriental, cuando se acercaba mucho más al físico de los del oeste. Era por eso que el temor la invadió cuando le vio hablar con aquella mujer, que ya no solo es que fuera occidental, si no que eso de que fuera su ex-pareja alimentaba ese miedo con desmesura. Curiosamente, la fascinación que sentían las mujeres orientales por los hombres occidentales, era la misma que sentían los hombres orientales por las mujeres occidentales. Siguiendo ese patrón, había cortado el traje de Ranma, olvidándose del pequeño detalle de la “talla especial: soy mestizo”. Pero, aún así, a él podrían perfectamente atraerle mucho más las mujeres de occidente… Pero, si estaba con ella, debía ser por algo, así que comenzó a dudar de su propia duda sobre los gustos de él. Además, recordó algo: A los hombres occidentales les encantan las mujeres orientales. Si él se había criado en Italia y había vivido allí siempre, no estaba muy segura de que se hubiera regocijado la vista con muchas mujeres de oriente, así que, no le quedó más remedio que admitir que a él, la raza, no le importaba en absoluto.  Meneó la cabeza, como si saliera de un trance. Sonrió, agachando la mirada con vergüenza, apretando los labios e inflando un poco los carrillos, pidiéndole una disculpa. Levantó de nuevo los párpados y le observó sonreírla, de una manera que claramente la indicó un “no te disculpes, no tengo que perdonarte nada” seguido de una vuelta al tecleteo.

 

 

Aclarado ese tema, Akane volvió a inmiscuirse en su pequeño librito sobre “SuperSexo”. El leer como realizar un buen trabajo de ‘Sexo Oral’ parecía estimularla en demasía, así que, decidió abordar otro tema: “Fantasías Sexuales”. Seguro que ahí podría encontrar algo divertido, además de las típicas fantasías sexuales de todo hombre, y que esperaba no la llevara a los abismos del orgasmo. Sobre todo porque, ya le había interrumpido dos, tres…bueno, cuatro veces. Y era mucho mejor que él terminase de hacer lo que tuviera que hacer, aguantarse un poco las ganas de desgarrarle la ropa, y poder abordarle después completamente y todo el tiempo que necesitara…

Así que, se decidió por comenzar a leer las fantasías sexuales más  comunes de ellos y descubrió que, aparte de la de vestirse de colegiala, el fingir ser una “puta” les encantaba. Ya había escuchado en alguna ocasión a Sarah decir que, “para un hombre, una mujer tiene que ser femenina, coqueta, discreta, un poco callada, buena ama de casa… en fin, lo que se define en el machismo como una buena esposa. Pero luego, en la cama, quieren que seas una puta. La más puta de todas”. Leyó los párrafos que describía la fantasía erótica de un hombre, en el que fingían que su pareja era una prostituta. Contaba detalle a detalle y explicaba paso a paso al lector como realizarla: “Ella viste ropas provocativas bajo un gran abrigo. Déjela en alguna esquina. Aparque calle arriba y obsérvela, fingiendo que es una profesional del sexo. Luego ruede despacio, baje la ventanilla, llámela y pregúntele cuánto” Akane dio un respingo en la cama. ¡¡Y eso era una fantasía que muchos hombres tenían!! No pudo evitar, parar un instante, sacar la cabeza de entre los libros y mirarle de arriba abajo. Se preguntó súbitamente si él habría estado alguna vez con una “profesional del sexo”. Bueno, ella dudaba de que con aquel físico, hubiera tenido la necesidad de pagar para haberse acostado con una mujer, pero leído lo leído ya lo ponía hasta en duda, aunque siempre podría preguntarle… Volvió a las letras y continuó con aquellas instrucciones “Haga que se desabroche el abrigo y le enseñe lo que va a recibir por su dinero. Regateen, negocien y finalmente déjela subir. Por el camino, explíquele lo que quiere que le haga, y ella le responderá lo que está dispuesta a hacer con lo que usted paga. Manténgase en todo momento frío, duro e impersonal. Y preste atención especialmente a lo de duro” Akane sintió que los calores le volvían a las mejillas y… a otros lados de su cuerpo más comprometedores. Por si fuera poca su curiosidad sobre saber más de la vida sexual de su pareja, de la que nunca habían hablado ampliamente, ahora leyendo aquello y habiendo visto a su ex-pareja esa mañana, sus ganas se dispararon hasta convertirse en necesidad. Sí, necesitaba que él la hablara de su vida sexual. Quería saber si ella estaba a la altura, si él disfrutaba y si necesitaba otros estímulos a parte de las caricias previas, algunos susurros y aquel movimiento del vaivén. Tenían que conocerse mejor en aquel aspecto.

Así que, cerrando el libro, dejándolo reposar sobre sus rodillas, carraspeó y utilizando nuevamente aquella voz modosita y casi infantil, habló para él.

 

         - ¿Te queda mucho? – deslizó los pies sobre las sábanas, remarcando así su impaciencia.

 

Ranma conocía ese tono de voz, ese que empleaban las mujeres cuando querían que los hombres las prestasen atención. Bueno, al fin y al cabo él ya estaba harto de aquellos informes y se suponía que esos tres días eran para disfrutar de un descanso. Con cuidado, guardó el archivo y empezó a cerrar los diversos programas que estaba utilizando.

 

          - No – respondió con cautela, con parsimonia - …ya estoy terminando…

 

Para Akane aquello fue como si alcanzara el nirvana. Por fin podría prestarla atención, y ahora sí que hablaría del tema. Cogió el libro y lo dejó encima de la mesilla de noche, dentro de la bolsa. Se frotó las manos casi sin darse cuenta, como un acto involuntario que representara la victoria, y la sonrisilla picarona se le formó en los labios. Sin esperar a que él terminase de apagar el portátil, Akane se lanzó a la caza de su presa.

 

         - ¿Cuándo fue la primera vez que tuviste sexo con alguien?

 

Ranma sonrió mientras bajaba la pantalla del portátil y lo dejaba con suavidad en el suelo. Directa al grano y sin rodeos. A ver cuánto tardaba su Dama en recordar que habían dejado una conversación sobre tamaño de pechos a medias.

 

         - ¿Con sexo a qué te refieres exactamente? – preguntó con sinceridad. No pretendía enredar el tema, si no aclarar cuándo, para ella, algo entraba dentro del término “sexo”. Se dio la vuelta y apoyó sus manos al borde del colchón, recargando su peso en sus brazos. Ahora podía verla de arriba abajo, y fijarse especialmente en su mirada.

 

         - Pues… - Akane se ruborizó de nuevo y no estaba muy segura de por qué; si era por que tenía que obligarse a no saltar encima de él, o por la manera en la que él la estaba mirando - … Sexo… - dijo convencida.

 

         - Ya, pero especifica un poco… - Ranma sonrió. Se veía preciosa cuando se avergonzaba, porque sus mejillas se coloreaban del mismo tono rosado perlado cuando se acercaba al orgasmo - … Masturbación, Sexo Oral, Penetración…

 

Akane levantó un poco la vista, encarándole, con el gesto torcido y serio. ¿Se estaba riendo de ella? El sexo era sexo, con todas sus amplitudes. No creía preciso tener que explicarle a él concretamente cuántos juegos y acciones se entendían dentro del sustantivo “Sexo”

 

         - De cualquier manera… - agregó impaciente.

 

         - Pues… - Ranma echó la cabeza hacia atrás, dejándola una suculenta vista de toda su poderosa garganta - … creo que… - volvió a clavar sus irises grises sobre ella - …tenía dieciséis… - inmediatamente después frunció el ceño y desvió la vista hacia la derecha, pensativo - … ¿diecisiete? – preguntó en voz alta para sí mismo - … No, no – corrigió – …tenía dieciséis.

 

Inmediatamente después, Akane apuntó en su memoria “Sexo-adicto”. ¡¡Con dieciséis era un niño todavía! Ella hasta los veinte ni siquiera se atrevió a pensar mucho en el sexo. Tenía otras preocupaciones, como por ejemplo, encontrar la manera de sobrevivir mientras estudiaba en la facultad.

 

         -¿Ah si? – agregó en ese mismo tono juguetón- ¿Y con quién fue? ¿Y qué hicisteis? – volvió a pensar que, seguramente ella no le satisfacía lo suficiente, puesto que aquellos años de ventaja que él tenía le habrían ofrecido una amplia gama de mujeres y experiencias que ella no era capaz de igualar.

 

         - ¿Esto es un interrogatorio? – preguntó enarcando una ceja - ¿Quieres que saque las esposas por si acaso intento escaparme?

 

         - ¿Tienes aquí las esposas? –Abrió los ojos sorprendida. Eso sí que era una sorpresa. Una excitante sorpresa… Movió un poco la cabeza, de lado a lado, borrando esos eróticos pensamientos que se le vinieron de repente. - ¡No me líes! – Escuchó su risa ahogada - Simplemente quiero saber… Nunca hemos hablado de nuestras relaciones anteriores, solo una vez de pasada… - Akane encogió las rodillas hacia su pecho, abrazándolas, apoyando la barbilla sobre ellas – Es una forma más de conocernos…

 

         - Ya… - Ranma se quedó observándola, en aquella posición de recelo, de pretender estar escondida - … fue con una compañera de clase, en casa de un amigo común… Nos metimos mano – dijo con indiferencia, restándole importancia - … solo eso.

 

A Akane aquello eso no le servía. Tocarse un poco por encima no era importante, casi ni digno de mención. Ella se refería a cuándo fue la primera vez que él tocó íntimamente y cuando fue la primera vez que le tocaron a él.

 

         - Ya bueno… y algo más… ¿comprometido? – no comprendía por qué estaba tan nerviosa. Parecía que estaba hablando con su madre de su vida sexual, lo que solo imaginarlo le provocaba un pánico tremendo. Oh vaya, qué calor tenía.

 

         - Con esa misma compañera unos meses más tarde – dijo – en su casa. Y no fue un manoseo… - carraspeó y aclaró a continuación - …hubo de todo esa noche.

 

         - ¿Y te gustó? ¿Por qué con ella? – tenía que intentar controlar su voz. Sus hormonas empezaban a querer emanar de ella por entre sus piernas ¿Por qué estaba tan excitada si estaban manteniendo una conversación adulta y sin ninguna insinuación? Ranma ni siquiera la estaba mirando de aquella manera en la que se desprendía “Sexo, ahora” por todos los poros de su piel – Tengo que ir sacándote la confesión a cucharadas. Facilítame el trabajo e igual te dejo que esta noche te acompañe a la celda una linda señorita…

 

         - ¿Ah si? – preguntó con una sonrisa sensual. Aquel último comentario le había resultado “interesante”. Elevó un poco los hombros – Supongo que porque estuvimos un tiempo saliendo y tocándonos y llegó un momento en que lo de manosearnos dejó de servir… ella me tenía ganas y yo a ella. – La observó fijamente, con una blanda y dulce mirada - Se dio la posibilidad de pasar una noche a solas en su casa y bueno… En aquel momento no me importaba querer a la chica o no, sinceramente la testosterona me arrastraba detrás de las faldas… - Akane sonrió - Ahora… pienso que habría sido mejor esperar a la siguiente relación…

 

         - ¿Te arrepientes de tu primera vez? – preguntó con sorpresa. Ella no se arrepentía, aunque aquel cerdo la hubiera mangoneado y destrozado unos años después. Porque cuando lo hizo, lo hizo con la persona que creyó conveniente, que amaba y de la que estaba enamorada, ella no podía saber nunca lo que sucedería en el futuro.

 

         - No, no me arrepiento… La disfruté. Ahora, pensándolo con calma, hubiera preferido haber esperado por Mei – cuando la nombró, fue como si algo le pegara un pellizco en el estómago y, rápidamente, observó la reacción de Akane que pareció ser algo similar – Dejando de lado lo que me hizo mucho tiempo después, nuestros primeros años fueron muy buenos, hasta que empezaron a mandarme fuera… - Carraspeó - Ella era virgen y yo no, así que, para Mei fue un tanto incómodo. No solo de forma física, si no también psíquica.  Yo la quería, así que… deseaba lo mejor para ella y el no ser virgen no fue un punto precisamente a mi favor cuando comenzamos a salir…

 

         - ¡Qué tontería! – exclamó Akane con cierto desprecio. ¿Qué importaba eso, si las dos personas se querían? No solo aquella estúpida había demostrado su mal fondo cuando le engañó de aquella zarrapastrosa forma, si no que, desde un principio, comenzó a punzarle sentimentalmente - ¿Y eso qué mas da? Lo que importa es querer a la persona, no si ha estado con una, dos, tres, o dos mil… - Se mordió la lengua y desde algún rincón de su cerebro una vocecita exclamó “¡Ah! ¿Pero no eras tú la que quería hablar de él sobre sus antiguas relaciones por que temes no estar a la altura?”

 

         - ¿Y tú primera vez? – Preguntó él, ignorando lo último que ella había comentado - ¿Dónde, a qué edad y con quién?

 

         - Con veinte – otra vez aquellas mejillas traicioneras –… y con mi ex – Akane torció los labios -… fue en mi apartamento – levantó la vista rápidamente.

 

         - ¿En tu cama? – ella había asentido - ¿Y cómo fue? ¿Impaciente, cariñoso, torpe…? – ese último torpe fue con doble intención y ella le hizo un gesto incómodo. Ranma elevó los hombros y con un tono neutral, pero confidente a la vez, preguntó - ¿Te gustó?

 

         - Sí, en mi cama… tiré las sábanas y me deshice del colchón cuando le dejé. Y no, no me gustó – reveló casi con furia – Fue brusco, rápido, dolió y no disfruté nada – le miró inquisitivamente – Y además, cuando él terminó ni siquiera hizo esfuerzo por que yo acabase o algo así… Así que, me demostró lo egoístas que podéis llegar a ser los hombres en la cama – y rápidamente, antes de que aquel tigre de Bengala saltase sobre ella para “consolarla” agregó – Y no, no necesito que me consueles, lo superé hace tiempo.

 

         - Tú te lo pierdes… - dijo relajando los músculos de los brazos y los abdominales. Y empezó a mover los pies, de un lado a otro, como si fueran una barquita - ¿Por qué seguiste con aquel cabrón? – preguntó de repente, casi enfadado.

 

         - Porque era tonta, lo primero. Y lo segundo porque estaba enamorada y me ponía una venda de acero delante de los ojos, para no creer lo que pasaba. En realidad… lo primero es consecuencia de lo segundo – Frunció los labios – Sabía que me engañaba – confesó - Si incluso llegué a leer en su móvil varios mensajes “Calientes” con chicas que yo conocía… - suspiró - … pero él venía y me decía que no significaba nada, que no era lo que yo creía, que no mal interpretara las cosas, etc, etc… Y yo, le creía…

 

Se observaron unos segundos en silencio. Ranma seguía meciendo las piernas, y Akane sentía su corazón a mil por hora.

 

         - Cuéntame alguna de tus fantasías sexuales… - se recolocó en la cama, poniéndose de rodillas y sentándose sobre los talones, con una sonrisa de oreja a oreja. Demostrando que con este nuevo giro de la conversación, estaría muchísimo más animada.

 

Él se descolocó un poco con aquel cambio, tan directo y tan específico. Pero desde luego que era mejor hablar de algo así, que no de sus antiguas relaciones. Al fin y al cabo era una forma innecesaria de pasar un mal rato y, para tres días que tenía de vacaciones, lo menos que quería era que su Dama se entristeciera.

 

         - A ver… - con esa respuesta, Akane podía imaginarse que él tenía un amplio repertorio de fantasías en las que elegir - … Mmmm… - Ranma se acarició la nuca - … me gustaría hacerlo un día en el ascensor…

 

A Akane le gustó la idea… Se mordió el labio inferior y respiró hondo.

 

         - Aún tenemos que probar esa mesa que tienes en la cocina… - agregó como si lo dijera sin darse cuenta, con un tono infantil – Pero venga, dime otra… esa me la podía imaginar, pervertido…

 

         - En el descansillo o… de noche en el portal… - Ranma dejó la voz en el aire, expresando así que aún le quedaba más por contar. Carraspeó y, por si ella no se había dado cuenta aclaró – Bueno… en cualquier lugar donde puedan “pillarnos” – encogió las piernas, dejando las rodillas flexionadas, aumentando así la distancia entre ellos. Y volviendo a sonreírla pícaramente agregó - Y no pienso contestar a nada más, hasta que no me cuentes alguna de las tuyas…

 

Akane sabía que él escondía algo. Siempre que se acostaban, daba la sensación de que se contenía. Las miradas opacas y que en ocasiones demostraban que estaba al borde de perder el control sobre sí mismo no era invención suya. Y era ahí, donde tenía que llegar. Tenía que averiguarlo. Tenía que averiguar cual era la causa de esa necesidad de perder el control y de la consecuente necesidad de represión y continencia para con ella. Esa curiosidad, sobre conocer qué ocurriría cuando él perdiese el control, iba a terminar con ella si no lo descubría.  Y, la mejor manera de averiguarlo, sería hablando precisamente de sus fantasías sexuales. Fantasías que, inconscientemente, eran una manera de desfogar o expresar lo que era incapaz de hacer en realidad, de responder a ese “por qué” y a ese “qué pasaría”.

 

         - Bueno… - pasó la yema de sus dedos por sobre sus labios, acariciándolos, pensando sobre cuáles eran sus fantasías más comunes y concluyó que… - yo tengo las típicas de las mujeres, ya sabes… - le echó una mirada rápida y una sonrisa confidente – El ser sometida, esposada – y recalcó lo último dicho aumentando ligeramente el volumen de su voz, enarcando las cejas e inclinándose ligeramente hacia él. Aquello era una opción muy realizable, si él estaba dispuesto - …y esa perversa de la “violación” consentida…

 

          - ¿La “violación consentida” en algún lugar concreto o te da igual?

 

Ranma habló con total naturalidad, cómo si estuviera preguntándola cómo le fue el día en el trabajo. Lo que provocó en Akane una ligera sorpresa que le dibujó una sonrisa acompañada de una apertura de ojos un poco más allá de lo normal. Él inquirió en su pregunta, enarcando las cejas y echándose hacia delante.

 

         - ¿Qué se te está pasando por la cabeza? – preguntó ella con tono sensual y para, rápidamente, continuar con su propósito que era sonsacarle información a su joyita exótica antes de que el tema se desviara y acabaran divirtiéndose debajo de las sábanas - ¡No cambies de tema! – farfulló entonces, para sorpresa de él – Hablábamos de tus fantasías…

 

         - Estábamos ahora con las tuyas – apuntó él

 

         - Ya te he dicho las mías – aclaró con cierto tono impaciente, esperando que con aquello quedara claro que el asunto era él, y no ella – Además… - se mordió el labio inferior sexualmente, observándole casi de reojo, indicando interés- …sé que me ocultas más y… - se acarició la nuca y después el escote, seduciéndole un poco. Solo un poco - … quiero saberlas…

 

Ranma la miraba descolocado, no estaba seguro de si ella pretendía solo hablar, informarse para un futuro o esperaba cumplir alguna de esas fantasías después de aquella curiosa conversación sobre sexo.

 

         - Lo de ser esposado es interesante… - y no lo dijo como aquel que pretende probarlo. Aquello fue una afirmación en toda regla.

 

           - ¿Te han esposado alguna vez? – no le servían los tonos a medias, necesitaba afirmaciones completas. Saber si era un SÍ o un NO. Los “Quizá” y los “Tal vez…” no funcionaban en aquella conversación.

 

            - Un par de veces… - y su vista se perdió hacia la ventana un segundo - ¿A ti no? – preguntó entonces, con malicia y clavando su vista zafiro sobre aquella muñequita de porcelana.

 

            - No… - susurró con cierto tono de decepción, bajando la vista. Comenzó a dibujar con su dedo índice sobre las sábanas - … esperaba que, bueno… ya que no tenemos que comprarlas a propósito… - y entonces, levantó los párpados, queriendo remarcar una posición inocente.

 

Ranma elevó la vista al techo, pensativo. Se dejó caer de nuevo en la cama boca arriba, para sorpresa de ella que torció los labios al contemplarle, y miró hacia el lado opuesto con la cabeza colgando al borde de la cama. Kira levantó la cabeza para observar la cara de su dueño sobre ella e intentó lamerle. Ranma dejó que los brazos también colgaran en aquella incómoda posición, y apartó con cuidado y juguetonamente el morro de la pastor alemán que gruño con cariño cuando las manos de su amo la agarraron del saliente de su mandíbula. Buscó con la vista su chaqueta, si mal no recordaba tendría que tener allí las esposas y si no estaban allí, en el armario tendría otro juego.

 

             - Ranma ¿Qué haces? – preguntó con curiosidad, ligeramente asomada.

 

           - Localizaba las esposas… - dijo volviendo a apoyarse como antes, recargando nuevamente su peso en sus brazos, flexionados sobre el colchón - …por si te apetecía jugar… -. Su paciencia sexual se agotaba y la testosterona le acuchillaba, pidiendo correr tras “Esa falda” que tenía enfrente a su entera disposición.

 

Akane sonrió sin poder impedirlo, mientras unas agradables cosquillas se escurrían por su vientre, deslizándose hacia una parte comprometida que despertaba por enésima vez en esa noche. Se golpeó mentalmente; satisfaría sus necesidades sexuales después de tener su charla y haber conseguido sus propósitos. Eso era lo que su mente le decía, pero otra parte de su cuerpo, que en ocasiones también conseguía adueñarse de su cabeza, insistía a probar aquel irresistible juego de las esposas.

 

         - Uhm, eso está bien… - susurró ella con delicadeza – Pero venga, sé sincero Ranma – y a Akane también se le agotaba la paciencia. Otra paciencia, la de sus hormonas que no paraban de gritarla que se echara encima de él, aunque hubiera otra prioridad en su mente -… sé que tienes algo más que contarme sobre tus…fantasías…

 

         - Merda… -  masculló en su idioma natal, mientras se levantaba de la cama, entre divertido y exasperado por el deseo sexual reprimido y por el énfasis de ella en escarbar en sus fantasías - ¿Qué quieres que te diga? – Exclamó gesticulando con las manos - ¿Qué me gusta que me aticen con un látigo?

 

Akane arqueó una ceja ante su reacción. Por fin estaba viendo resultados, él se ponía nervioso, perdía la paciencia y contestaría a todas sus preguntas… o eso era lo que esperaba, a no ser que él la estuviese siguiendo el juego. Pero, sorprendida por aquella posible revelación, preguntó con doble intención.

 

           - ¿Te gusta? – y empleó una variación tonal entre la sorpresa y la sensualidad.

 

         - NO – exclamó contundentemente, previendo unas posibles intenciones de aquella figurita femenina que parecía tan inocente…

 

           - ¿Lo has probado entonces? – preguntó seria

 

Y él la observó fijamente, cruzándose de brazos. Al cabo de unos segundos de silencio, Ranma observó como se comenzaba a formar en sus labios una sonrisilla que dejaba entrever un “No me lo Creo”.

 

          - Una vez – confesó de improvisto con voz grave - … y estuve una maldita semana sin poder apoyarme en ningún lado. Y no veas lo difícil que se hace ocultarlo cuando tu padre siempre te saluda con un golpecito “Amistoso” y a tu madre le encanta acariciarte la espalda… - suspiró - … dolía hasta respirar…

 

Akane empezó a reírse, sin querer. No pudo evitarlo. Imaginárselo en esa tesitura le provocaba una carcajada incontrolable.

Ranma frunció el entrecejo y afianzó su cruzado de brazos. A él no le parecía en absoluto gracioso. Para nada. No era algo que contara muy a menudo, porque la experiencia, o mejor dicho, las consecuencias de la experiencia, no le gustaron en lo más mínimo. Y ahora que, después de unos buenos minutos de insistencia, le cuenta algo más “privado” o “secreto”, que era lo que estaba buscando, va y se ríe.

 

Pero ella no quedó convencida en lo más mínimo. Aquello había sido un buen descubrimiento sin duda alguna, pero no le bastaba. Además, eso no era una fantasía, porque ya la había cumplido… Y las fantasías, al menos las que ella deseaba saber, tenían que ser de esas que “no fueran realizables”… Y para ello, volvería a utilizar todas las armas que tuviera al alcance. Mordiéndose el labio, gateo con sensualidad sobre el colchón, hacia los pies de la cama en dónde él se encontraba y con voz mimosa, dulce, melosa… comenzó a susurrarle estratégicamente.

 

         - Ya mi amor, pero sabes que no es eso lo que creo que me escondes… - llegó al final del jergón, sentándose sobre sus talones, frente a él - … Además, yo te pregunto por una fantasía no cumplida…

 

Él la observó, mirando hacia abajo, imponiendo toda su altura. Arqueó una ceja, inquisidor. ¿Qué era lo que ella pretendía averiguar? O quizá mejor ¿Es que pretendía cumplir una de sus fantasías y necesitaba encontrar una en la que estuviera dispuesta a ceder? ¿Buscaba una fantasía para compartir? No muy seguro, cayó de repente en una de esas fantasías que todo hombre tiene, exceptuando él y dos o tres más sobre el planeta Tierra, y que, sin embargo, las mujeres no parecían muy dispuestas a cumplir. Pero, tratándose de Akane, toda una maravillosa cajita de sorprendentes esencias, podía estar buscando esa respuesta.

 

         - Los tríos no me van. De ninguna clase – aclaró muy serio, aún manteniendo esa ceja arqueada -  Y las orgías tampoco – se apresuro a terminar.

 

Ella empezó a reírse, mientras se arrodillaba en la cama, deslizando sus manos, acariciando su cintura, sus pectorales y abarcando sus amplios hombros. Cubriéndole en un retirado abrazo.

 

         - No iba por ahí tampoco… - después, volviendo a sentarse sobre sus talones, comenzó a tocar sus piernas por el exterior, rodeando a su cuadriceps y abordando el interior del músculo, mientras las miradas lascivas y sexuales se fundían en sus ojos color tierra y se clavaban sobre sus exóticos ojos grisáceos - … Anda, Tiziano… - amoldó su voz, de una juguetona e infantil, a una grave y sexual - … cuéntamela…

 

         - ¿Por qué no me cuentas tú alguna? – preguntó él rápidamente escudándose, en un intento por tranquilizarse. Ella se estaba acercando.

 

Akane, contemplando la posibilidad de que su pareja se mantuviera a la defensiva, decidió atacar directamente, sin rodeos, a su punto álgido. Se volvió a arrodillar, irguiéndose, acariciando de nuevo sus hombros. Cuando llegó frente a sus labios, varió su dirección y empezó a dar fugaces besos sobre su cuello, desde su nuez hasta el trapecio. 

        

         - Porque… - Y, en ésta ocasión, comenzó a susurrarle en el oído - …ya te las he contado todas…

 

         - Entonces… - agregó juguetón y conteniéndose, difícilmente, las ganas de comenzar a devorarla en ese preciso instante - … yo también te las he contado todas… - suspiró para sí mismo.

 

          - ¿Olvidas que soy psicóloga, cariño? – agregó con tono sarcástico, manteniendo aquel volumen de voz bajo y sensual, mientras seguía besando y lamiendo su cuello  y sus manos se deslizaron lentamente acariciando sus abdominales y llegando a acariciar sus genitales – Sé cuando alguien me esconde algo… - de arriba y abajo, apreciando la creciente excitación de su pareja…

 

Ranma intentaba contenerse las feroces ganas de aplastarla sobre el colchón y devorarla de mil maneras… y le estaba costando horrores. A veces, podía controlar su psique, y podía manejar aquellas situaciones. Si le hubiera pillado en un momento de rigidez mental, no estaría teniendo los problemas que estaba teniendo en esos momentos… Y podría evitar imaginar lo que estaba imaginando en ese instante… Ella quería su fantasía más inconfensable, o su fantasía más oscura… Bien, estaba muy cerca de conseguirla… Después de unos segundos de silencio, en donde las caricias que recibía se intensificaban, así como su excitación y su deseo, exclamó casi sin control sobre lo que decía.

 

            - Estás bailando… - su voz sonaba remota, grave e incontrolable

 

Y Akane, se felicitó mentalmente con un grito de “Victoria”. Tendría que procurar que no callara, que siguiera contándola… Estaba convencida que, contándole aquello, descubriría muchas más cosas sobre él de lo que pudiera imaginar… Las fantasías sexuales son una manera de que el cerebro se desfogue e pueden llegar a explicar reacciones y tendencias de la vida cotidiana.

 

         - Aham… - gimoteó sobre sus labios, acariciando con variaciones suaves y bruscas la longitud masculina - …Continúa…

 

         - Estás bailando sensualmente, y yo te observo… - se iba a meter en líos. Estaba convencido, de una manera positiva o negativa, pero rozaría los problemas - …te tocas y acaricias… Y entonces, al cabo de unos minutos…

 

         - ¿Qué más? – tendría que seguir con aquel “trabajito manual” que parecía estar gustándole lo suficiente como para contárselo, finalmente.

 

         - Entonces – repitió como si no estuviera muy seguro sobre el orden en que lo contaba -… aparece un tío que se pone a bailar contigo… muy pegado a ti, agarrándote de la cintura y tocándote…

 

Su respiración y su pulso se agitaron. Akane paró de tocarle, aunque seguía manteniendo la corta distancia. Quería comprobar si era ella, la que le provocaba esos cambios, o era la propia imaginación de él la que lo estaba consiguiendo alterar.

 

         - ¿Qué pasa entonces? – insistió ella, echándole una mirada rápida. Él mantenía los ojos cerrados. Visualizaba la fantasía a su antojo.

 

         - Acariciándote el estómago, la cintura… las caderas… el pecho… - Su respiración volvió a variar, a una más intensa todavía - … y continúa bajando, hasta llegar a introducir la mano por debajo de tu mini-falda… Entonces... cuando está a punto de masturbarte... me acerco...

 

Eso sonaba interesante… desde un punto de vista psicológico. Deseaba escuchar lo que sucedería entonces…

 

         - Aham… - volvió a gimotear, sintiendo sus pulsaciones aceleradas, la respiración contenida y los músculos tensos - ¿Qué más? – y volvió a acariciar su “punto débil”. – No pares…

        

         - … Le rompo el cuello y a ti te doy tu merecido – su voz fue dura, tosca e infundaba temor. Fue como si despertara de un trance. Abrió los ojos con avidez, como temiendo que aquello fuera real.

 

Akane, simplemente, no pudo articular palabra durante unos segundos. Analizando lo que acababa de escuchar, se retiró para observarle, diciéndole con la mirada un claro “No hablas en serio”. Intentaba darle un significado a aquella cruda fantasía en el mundo real.  Y él, simplemente respondió con aquellas aguamarinas “Ya te lo he contado”. Pero ella necesitaba confirmación de lo que había escuchado.

 

         - ¿Romperle el cuello y darme mi merecido? – el tono empleado fue cercano al neutro, pero con pizcas de sorpresa.

        

         - Sí... - Ranma se separó un poco, porque la cercanía lo estaba volviendo loco y comenzaba a incomodarle - ... bueno... – dijo intentando suavizar el asombro camuflado de su ‘Dama’ - Cambia romper el cuello por darle una paliza.... o algo así... - carraspeó clarificando su nerviosismo y, caminando con dirección opuesta a la cama, se sentó en un sillón de piel que había cerca del armario.

 

         - ¿Y… - Akane se sentó en la cama, dejando que las piernas cayeran al vació en el extremo del colchón - … lo de mi merecido?

 

         - Digamos que… - él se cruzó de brazos, y comenzó a pausar su agitación y sus respiraciones - ... podría hacer una especie de mezcla entre las esposas, la sumisión y la violación...

 

Ella se relajó con aquella confesión. Sonaba hasta interesante… ¡Aquello parecía tener hasta buena pinta! Pero, debía concentrarse en sacarle el significado. Tenía que comprender el motivo de aquella fantasía que comenzaba con tranquilidad y se desbocaba hasta la violencia casi inexplicablemente. Meditó unos momentos, mientras él la observaba serio, desde el sillón, en completo silencio, refugiado, resguardado, esperando a que ella comenzase hablar y juzgara. Y, finalmente, Akane encontró una posible causa…

 

          - ¿Tienes… - carraspeó - … tienes algún problema en el trabajo?

 

         - ¿Por qué? – preguntó, intentando aparentar indiferencia cruzando las manos sobre el regazo, en una pose de autosuficiencia. Su trabajo en sí, era todo un problema.

        

         - Porque el hecho de que tengas fantasías que incluyan violencia de ese extremo, suele ser por algún tipo de problema reprimido o guardado. Estrés, presión social ó laboral, remordimientos de conciencia por algún hecho cumplido que te atormenta, acoso... Tu mente busca una manera de relajarse y liberarse, y tener ese tipo de fantasías es una de las formas - Akane le observó en silencio. Él parecía mirarla, pero sabía que no lo estaba haciendo. Su vista grisácea estaba perdida. Su respiración pausada y relajada. Eso era un buen síntoma.

        

         - O puede ser… - Ranma habló con voz tosca y neutral al mismo tiempo -… que sea algo que deseaba hacer y no hice... – y entonces volvió a enfocar su vista sobre ella -…como hacer daño…- Esperando una vez más su juicio.

 

Akane encontró la llave para entrar en su mente. Por fin había localizado un punto débil, por llamarlo de alguna manera. Ahora, solo esperaba que su falta de experiencia, después de años de no hacer algo semejante, no le causara problemas y pudiera así conseguir que él se desahogarse.

 

         - No – susurró ella con ternura - Porque tú no querías hacer daño a nadie... – y fue casi como una pregunta, más que una afirmación.

        

         - Eso es lo que todos pensáis... – inmediatamente después de decir eso, y habiendo ahogado una risa irónica en su garganta, desvió la vista de ella y la llevó hacia la izquierda. Sus manos cayeron sobre sus cuadriceps, frotándolos con firmeza.

 

Al escuchar aquello, ella se preocupó. Ahora sabía dos cosas; la primera que Ranma había deseado hacer mucho daño a alguien o quizá a varias personas y eso no era en absoluto algo bueno. Y segundo, que el tema le estaba incomodando sobremanera. Es más, intuía una tercera que es de donde derivaría el problema… Pero aún con toda la incomodidad que pudiera estar sintiendo, parecía dispuesto a hablar con ella. Y eso la satisfacía tantísimo… Ni siquiera él podía imaginarse lo que significaba para Akane que él decidiría hablarla de aquella manera.

Lo mejor que podía hacer, es parecer sorprendida ante todo lo que dijera a partir de ese momento. Pero una sorpresa llena de curiosidad y confidente, de tal forma que le incitara a hablar. Así que, empleando ese tono particular, continuó.

        

         - ¿Qué quieres decir con eso? – se acomodó mejor en la cama, cruzándose de piernas y dejando que la cabeza cayera ligeramente a un lado, acentuando así su interés.

 

         - Que a lo mejor sí que quise hacer daño a alguien... – reprochó con cierta evidencia. Su vista volvió a clavarse sobre ella. Y su voz seguía ligeramente remota. Los recuerdos le azotaban como si fuera la proyección de una película - …y por eso huí de Italia a Japón...

        

         - ¿Has hablado de ese sentimiento alguna vez con alguien? – si era la primera vez, se sentiría doblemente honrada, además de haber ganado un trabajo extra que estaría encantada de cumplir. Lo que más estaba comenzando a preocuparla es que, si él acarreaba ese problema desde hacía tiempo, como trabajando en dónde trabajaba, nadie se había percatado de ello. Ni los psicólogos, ni los psiquiatras… Ya no solo porque él necesitaba ayuda, si no por que podría interferir en su trabajo negativamente, lo que conllevaría a mayores problemas e involucraría a otras personas y sus vidas.

Le vio sonreír, con una mezcla de exasperación y autocontrol.

        

         - ¿Si estás borracho sirve? – contestó con un tono juguetón, arqueando una ceja y volviendo a entrelazar las manos sobre su regazo.

 

         - Depende de quién te estuviera escuchando… - “primero ganarse su confianza y después atacar directamente” se aclaró mentalmente.

 

         - Mi madre me escuchaba – sin siquiera darse cuenta, dejó escapar un ligero acento italiano. Las escenas se repetían en su cabeza una y otra vez, y el italiano era la versión original de aquella parte de su vida.

 

Cuando oyó aquello, Akane comenzó a encajar las piezas del rompe-cabezas. Su tercera sospecha era cierta, no había posibilidad para la duda.

 

         - ¿A quién querías hacer daño? – preguntó. Lo único que quedaba por resolver era a cuál de los dos individuos deseaba lastimar.

 

Ranma agachó la vista mientras su respiración se alteró por unos segundos. Apretó el entrelazado de sus manos, hasta que los nudillos se le quedaron prácticamente blancos. Las mandíbulas tensas. La furia quería invadirle de un momento a otro.

 

         - No quería hacer daño – masculló con pesar – Quise matarle – levantó la vista un segundo hacia ella. Con una mezcla de angustia y odio frotó sus ojos. No podía comprenderse y eso le asustaba – Quise matar a mi hermano.

 

Pero por mucho que ella intentara no dar ni una muestra en su rostro de lo que pensaba y sentía mientras él explicaba, ante esa terrible revelación no pudo más que quedarse sin respiración y agrandar los ojos. No era una forma de hablar, aquello había sido una confirmación de un deseo real y que parecía haber estado a punto de cumplirse.

 

         - ¿Por qué quisiste hacer eso? – era señalar una evidencia. Estaba segura de cuál era la respuesta.

 

         - ¡Porque estaba con ella! – Elevó la voz y se levantó de improvisto del sofá, con las manos tensamente anidadas en sus caderas - De ella podía esperar cualquier cosa… - caminó de un lado a otro de la habitación, en silencio, meditando. Y cuando sintió que necesitaba continuar hablando, se paró frente a Akane y exclamó – cualquier cosa… - agregó, como haciéndola entender - ¡¡¿Pero de mi hermano?!! – elevó aún más la voz, llevando la vista al techo, exasperado - ¡Lo único que esperas de un hermano es lealtad! – y clavó sus ojos grises sobre ella. El acento italiano se escapaba sin control - ¡Y yo me lo encontré en la cama con mi mujer! – bajó la vista y ahogo una carcajada en su garganta - ¡A mi propio hermano! ¡Mi sangre, joder! – el tono empleado fue una variante de un intensa mezcla de odio reprimido y sorpresa - ¡Cazzo! ¡Stronzo! – masculló con tensión en la voz – Seguro que lo hicieron antes… - caminó hasta el sillón y se sentó – Seguro que mientras me pasaba los meses fuera jugándome la vida en cualquier rincón de mierda, se la estaba tirando… Y yo muriéndome por regresar y verla… - apoyó los codos en las rodillas y se sujetó la cabeza con las manos. Aquello se le escapaba de control – Estuve a punto de matarle, Akane… - agregó en aquella posición que remarcaba su frustración - ¡Saqué el arma, por Dios! – y volvió su cerebro a proyectar aquella parte de su vida - ¡Le apunté! - frotando su rostro levantó la mirada, observando a la que ahora era el centro de su vida – Creí que me estaba volviendo loco. Cuando abrí la puerta y la llamé, ella se giró y se asustó. Me miraba aturdida, casi como si no me conociera, presa del pánico. Entonces, al apartarse a un lado, le ví a él, tumbado e intentando sentarse cuando me escuchó. Fue como si el tiempo transcurriera despacio… permitiéndome ver y apreciar cada detalle – su ‘Dama’ asintió levemente, con un gesto comprensivo y doloroso, esperando que continuara – Créeme, si hubiera sido alguien que no conocía, me hubiera largado sin más y el tema estaría zanjado. Pero ver a mi hermano me descontroló totalmente… - hizo una breve pausa, tragando pesadamente - Recuerdo que las manos me temblaron, por la ira que comenzaba a apoderarse de mi. Y casi como un acto reflejo, llevé la mano atrás, saqué el arma y le apunté, mientras me preguntaba a mí mismo una y otra vez un “por qué tú, por qué tú”… - volvió a tragar el nudo que se le formaba en la garganta – Le escuché decir el típico “esto no es lo que parece Ranma” y fue sólo entonces cuando tuve la idea de salir corriendo de allí y no cometer la locura de matar a mi hermano…

 

            - Pero no lo hiciste… - susurró Akane levantándose, acercándose con cuidado - … Ranma, no lo hiciste.

 

           - ¡Estuve a punto! – dijo quejumbroso, con voz temblorosa

 

         - No lo hiciste – volvió a susurrar, arrodillándose en el suelo quedando frente a él, quién desvió la vista hacia otro lado dada la cercanía. Ella sabía que aquello le atormentaba – Mírame – ordenó cogiéndole las manos, heladas como el témpano – Mírame, Ranma – y él obedeció – No lo hiciste y eso es lo que importa.

 

         - Me destrozaron… - dijo derrotado, tensando las mandíbulas - … y si él hubiese tardado un segundo más en hablar…

 

         - Pero habló y no lo hiciste. – Le interrumpió con severidad - Tienes que dejar de torturarte Ranma. Tu hermano está vivo y no le lastimaste. No lo hiciste y eso es lo que tienes que pensar… - de repente sintió como la estrechaba entre sus brazos, casi con desesperación.

 

         - Dime que nunca me engañarás. Promételo – susurró en su oído con voz pausada y grave – Que ante la más mínima duda sobre lo que sientas por mi me dejarás, no importa donde esté. No quiero que estés conmigo si no estás cómoda. Si te desenamoras, o encuentras a alguien… - Apretó los labios y suspiró - Prométemelo. – Sintió como ella correspondía al abrazo, con suavidad y ternura, frotándole la espalda, en un dulce e íntimo intento por reconfortarle - Júrame que nunca me engañarás con otro... No lo soportaría, Akane. Y no se si podría controlarme una segunda vez…

 

         - Yo nunca te haría algo así – deslizó sus manos por su espalda, abordando los hombros y después, retirándose el espacio necesario, acariciando su rostro y mirándole fijamente a esas perlas grisáceas que desprendían una oleada de tristeza y angustia. Con determinación, admiración y un profundo amor susurró con extrema seguridad, delicadeza e ínfima ternura– Nunca. – Y, afianzando su mirada de color tierra y gotitas de miel sobre sus grisuras, sentenció - Jamás.

 

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