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- CAPÍTULO 9 - Segunda Parte
- Tiene un arma – sentenció mirando fijamente hacia Diana y Sarah, quienes la observan sin comprender nada. Al percatarse de que ellas seguían como si no hubiera pronunciado palabra, volvió a repetir, vocalizando cada sílaba – He dicho que TIENE UN ARMA…
Diana y Sarah se miraron.
- ¡¡Ah!! – exclamó la última - Sí, claro que tiene un arma – comenzó a sonreír pícaramente – En los pantalones, entre las piernas. Eso ya lo sabíamos…
Akane se tapó la cara con las manos, suspirando frustrada. El restaurante estaba atestado de gente y era un lugar frecuentemente visitado por ejecutivos con cargos de medio a alto en importancia. Por eso, aunque estaba segura de que estaba hablando lo suficientemente claro, no se atrevía a hacerlo aún más. Tenía que hacerlas entender cómo se estaba sintiendo, que no era menos que desconcertada y horrorizada al mismo tiempo.
- No, no… no me refiero a eso – exhaló, esperando que ahora si la entendieran – Estoy hablando de un ARMA – gesticuló con las manos, colocando los dedos en la típica posición que remarcaba ese artilugio - … un ARMA de verdad.
Diana y Sarah volvieron a mirarse, preguntándose entre ellas en silencio. De repente, como si cayeran en la cuenta de a lo que realmente se refería, clavaron sus ojos, abiertos como platos, sobre Akane. Rápidamente, la primera de ellas desvió su vista hacia la mesa.
- Sabía que no podía tener tanta suerte… - susurró como abstraída - … ¡Estoy liada con alguna clase de terrorista! – murmuró como si gritara hacia sus amigas
- ¡Para el carro Akane! - Sarah titubeó - … Se supone que es un hombre con un cargo importante en una de las primeras empresas del país, así que necesitará algún tipo de protección ¿No? – miró hacia Diana, buscando un apoyo. Ésta afirmó rápidamente mirando hacia Akane.
- ¿Y por qué no me lo ha dicho? – Decía casi mezclando las palabras – ¿Por qué me lo ha escondido? Si es para protegerse, según tú, no debería de tenerlo oculto. Además ¿Tener un arma? – Su tono fue de irónica sorpresa – Entendería casi cualquier cosa exagerada que tuviera que ver con protección, pero el hecho de que tenga un arma en su casa no me da ninguna seguridad, te lo garantizo…
Silencio. Diana comenzó a prestar un especial interés en sus uñas.
- Además… - prosiguió Akane - … ¿Recordáis el mes pasado cuando se fue de viaje una semana? Pues mirad lo que he encontrado en Internet… - Cogió su gabardina y rebuscó en los bolsillos, dejando, a continuación, unos papeles sobre la mesa - … esa misma semana cogieron a un grupo de delincuentes que traficaba en el sur y se especifica que dos de los cabezas del grupo consiguieron huir…
- ¿Qué quieres decir? - Diana de repente recobró la atención sobre Akane
- ¿No lo ves Diana? Uno de esos tipos tiene que ser Ranma – Sarah se echó a reír estrepitosamente - ¡No tiene gracia! ¡Esto es serio!
- La que tiene gracia eres tú Akane – dijo con las manos sobre las costillas y con una enorme sonrisa en su rostro – Siempre eres la más racional de las tres, pero ahora mismo estás actuando como una auténtica loca. Una psicóloga completamente paranoica – volvió a reír
- ¿Has pensado en hablar con él? – preguntó Diana ignorando a Sarah quién no paraba de reírse ante lo absurdo de ver a Akane de esa manera – En vez de sacar tus conclusiones, tendrías que pedirle explicaciones
- ¡Oh, si claro! Y me dirá – agravó la voz imitándole - “Sí cariño, soy un terrorista y un asesino y cómo me has descubierto, voy a tener que meterte un tiro” ¡Tará! – finalizó con cantinela
- A lo mejor es policía – declaró mirándola fijamente. Sarah paró de reír de inmediato y se hizo el silencio entre las tres.
- Tampoco tiene sentido… - susurró Akane como saliendo de un shock – Si fuera policía ¿Por qué va a ocultarlo? Los polis no van haciendo eso – declaró con tono indiferente - ¡Al contrario! Alardean todo lo que pueden y más por que saben que a las mujeres nos gustan los hombres con “uniforme” – y entrecomilló con los dedos la última palabra
- ¿Traficante de armas, tal vez? – Sugirió Sarah llena de ironía – Yo creo que lo mejor que puedes hacer es pedirle explicaciones. Y si no te convence, le dejas – elevó los hombros, restándole importancia
- ¡Oh, si claro! – obligó una sonrisa, dando a entender un “¿Cómo no he caído antes?” – Cómo si fuera tan fácil dejar a alguien de quién estás enamorada… - afirmaba con la cabeza, con los labios fruncidos - … sí, es facilísimo… - chasqueó los dedos - ¡Uy, mira! Si ya se me ha olvidado quién es…
- Pues entonces ¿Qué piensas hacer? – Diana parecía ligeramente enfadada - Si no se lo preguntas, no vas a saber nunca la verdad y si lo haces te arriesgas, según tu locura transitoria, a que sea un terrorista y te mate… Lo que ha sugerido Sarah es lo mejor y por tus razonamientos no te quedan más opciones – la observó fijamente y sentenció – O se lo preguntas o le dejas.
Después de una charla poco fructífera, y que no solucionó nada, con Sarah y Diana, Akane decidió pasear por el centro de la ciudad y entrar en la librería de Sam de camino a casa. La verdad es que, al meditarlo un poco, se daba cuenta de que lo que había pensado era una completa locura ¿Un terrorista? Sin darse cuenta se rió en alto en medio de la calle. Seguramente que aquel arma que encontró en el cajón de la cocina tenía una explicación razonable. Pero, no pudo evitar encontrar coincidencias, demasiado coincidentes, que le habían llegado a razonar que él estaba metido en algún asunto no muy límpido. Entonces, si estaba casi convencida de que era una locura ¿Por qué le daba tanto miedo preguntar? La respuesta era muy sencilla; tenía miedo de la respuesta. Porque ¿Y si estuviese verdaderamente metido en algo turbio? ¿Seguiría con él? Evidentemente que ella no quería ningún tipo de problema de ese estilo así que, la solución inminente era dejarle, pero ¿Cómo? Si ella estaba totalmente enamorada de lo que había conocido… ¿Cómo iba a dejarle? ¿Se arriesgaría a continuar con su relación aún sabiendo que él pudiera ser problemático? ¿Llegaría hasta ese punto? ¿Arriesgaría todo por él? Su mente gritaba un rotundo NO, alto y claro. Pero su corazón, ese sincero y acallado sabio, traidor, decía que debía continuar… A la única conclusión a la que llegó es a la que ya concluyó hacía tiempo: el ignorante es el más feliz sobre la faz de la tierra. El problema era que ella, para su desgracia, había descubierto algo que le había cerrado las puertas de la ignorancia. Que había trastocado esa, por una vez en su vida, perfecta y reconfortante relación. Antes de darse cuenta, estaba frente a la librería de Sam. Y todo lo que había en su mente es como si se hubiera borrado. Entró y sintió añoranza al ver algunos libros apilados en el suelo, nada más entrar a la izquierda. Ese sitio era su salvación para los problemas. Era pequeño, pero podía encontrar cualquier libro que quisiera, de todas las clases, géneros, en casi todos los idiomas. La librería de Sam gozaba de mucha fama entre los apasionados a la lectura, era por eso que debía dejar los libros apilados en el suelo. Tenía tantísimos encargos que a veces le sobrepasaban.
- ¡Sam! – gritó caminando hacia el mostrador - ¡Sam, soy Akane!
- ¡Un momento, ahora salgo! – se escuchó la voz del hombre, amortiguada.
Mientras esperaba, observó la estantería que tenía en frente. Giró la cabeza hacia un lado para leer con más facilidad los títulos y uno de ellos captó toda su atención. Arte clásico Europeo. Su cabeza volvió a su posición normal, y su gesto tenía el ceño y los labios fruncidos. Quizá, fuese buena idea comprar algún libro de Arte clásico Italiano. Al fin y al cabo, era posible que viajara a Italia ¿No? Tampoco quería llegar delante de su suegra y ser una auténtica inculta en lo que a arte se refería. “Tú posible suegra, recuerda que él…” decía su mente, y entonces su corazón la interrumpió gritando “¡Cállate, no haces más que molestar! ¡Claro que será mi suegra!”
- ¡Dichosos los ojos! – dijo el hombre con una sonrisa, dejando una pequeña pila de libros sobre el mostrador - ¿Cómo estás?
- ¡Hola Sam! – Se dieron un tierno abrazo - ¡Vaya, estás más joven!
- No me halagues, que no se me olvida que has estado más de un mes sin venir… - movía la mano, haciendo el gesto de que la pegaría - … ¡Con el montón de libros que te he traído! Te portas muy mal conmigo, jovencita – su tono era de enfado, pero fraternal, con inmenso cariño.
- Lo sé, lo sé Sam… - Akane se apoyó en el mostrador, observando como él colocaba algunos libros en las estanterías, dejando entrever culpabilidad en su gesto - … Soy la peor persona en todo el universo. Pero he estado muy ocupada con… - dudó en si debía decirlo o no pero, Sam debía ser la única persona en la faz de la tierra que no conocía su romance con el que fuese su vecino - …un hombre.
Sam se giró despacio, como no terminando de creerlo.
- ¿De verdad? – Preguntó con asombro dejando unos cuantos libros sobre la mesa - ¡Cuéntamelo todo! – Akane rió. Al fin y al cabo los hombres eran igual o más cotillas que las mujeres - ¿Se porta bien contigo? ¿Te trata bien? Puedo darle una paliza si se porta mal… ¿Cómo se llama? ¿De dónde le conoces y desde cuándo? – hablaba tan rápido que parecía que la lengua se le trababa. Akane rió.
- Voy a por unos cafés al bar de Jin ¿De acuerdo? – Dijo ella aún con la sonrisa, guiñándole un ojo y caminando hacia fuera – Y ahora te lo cuento todo… ¿Con leche, verdad?
- ¡Sí y dile que deje de ser tan tacaño y que ponga dos sobrecitos de azúcar!
Cuando regresó, Sam ya tenía preparadas un par de sillas al lado del mostrador. Conversaron prácticamente durante toda la mañana. No solo del romance de Akane, por supuesto, había muchas más cosas que contarse. Trabajo, familia, salud, proyectos… Fue ahí que Akane se enteró de que su librería favorita estaba a punto de desaparecer tal y cómo la conocía. Sam había pensado en adquirir el local que quedaba al lado del suyo y así ampliar el espacio, para poder tener, según sus propias palabras, “los libros más presenteros. Ya sabes que la gente ahora mira mucho cómo está todo, dando igual la eficacia, o la variedad que tengas… Se vende con la vista” Akane lo entendía porque, incluso a ella le pasaba lo mismo en ocasiones. No lo hacía muy a menudo pero es cierto que a veces no podía evitarlo. Juzgar por las apariencias… Uno de esos enormes defectos que tenía la sociedad moderna… Se alegró por él, sobre todo por que el hecho de ampliar el local significaba traer más libros, lo que equivalía a una mayor clientela y por la ley causa-efecto garantizaba la continuidad de la librería. Sam era la persona más entrañable y maravillosa que había conocido en la ciudad. Se merecía lo mejor y sin duda esa noticia era la más agradable que podía darla.
Al llegar a casa, después de la hora de la comida, se encontró en su contestador con tres mensajes. Parecía que aquel número era algún tipo de profecía por que, cada vez que tenía ese simbolito parpadeando en rojo en aquel dichoso aparato era para darle alguna noticia que no le gustaba.
Mensaje 1, su madre: “Hola cariño. Llevo toda la mañana intentando localizarte” – Sí claro, como si no tuvieras mi teléfono móvil – agregó con desprecio mientras se quitaba los zapatos y los dejaba en mitad del pasillo – “… y es imposible. Quería recordarte que tienes que darnos la confirmación de si vendrás sola o acompañada a la boda de tu hermana. – Entró en la cocina y cogió una botella de agua – “Hay que hacer la reserva y nos piden el número de invitados totales. - ¡Ah! Una mierda os van a pedir ya cuántos invitados van a ser – “¿Qué tal te va todo? ¿Vendrás a casa en Navidad? Llámame en cuanto puedas” – Como no, el qué tal estoy es mejor dejarlo al final del mensaje ¿eh, mamá? – Apretó un botón y rebobinó la cinta, escuchando otra vez ese ¿Qué tal va todo? - Ojalá hubiese ido al principio del mensaje… - susurró con tristeza - Sigue esperando…
Mensaje 2, Sarah: “Espero que – bebió un trago de agua - estés mejor que esta mañana cielo. ¡Pregúntaselo! - dio un brinco al escuchar el grito de Sarah y se atragantó – A parte de eso, mañana tengo que ir a arreglar unos papeles a comisaría y tú también deberías actualizar tu pasaporte si te quieres ir a Italia con Ranma… ¿Quedamos y vamos juntas a soportar esas enormes colas de gente irascible y rabiosa para luego estar dos minutos delante de un policía con malas pulgas? Seguro que no tienes ningún plan mejor… Un Beso… ¡¡y no pienses demasiado!! Llámame cuando puedas”– Akane sonrió
Mensaje 3, Ranma. Un momento ¡¿Ranma?!: “No sé dónde demonios te metes, pero llevo toda la maldita mañana intentando hablar contigo – sonaba molesto. Se podían escuchar sonidos de fondo, como los de un centro comercial, pero más metálicos – Y no se lo que le has hecho al móvil pero sí, sorprendentemente está muerto… - Estiró el brazo hacia la encimera de la cocina y abrió el bolso. Sí, en efecto, su pequeño trasto de color plata estaba apagado. Quizá lo que había dicho su madre era cierto - …por si habías pensado eso de… - fingió una voz aguda - ‘Te recuerdo que tengo móvil’ – Ella rió. La conocía muy bien – Era para decirte – su voz se terció más suave - …que he tenido que irme y volveré mañana sobre la hora de comer si todo sale bien. Aunque a la vuelta necesitaré dormir un poco, viciosilla – Volvió a reír, comprendiendo que ya estaba echándole de menos - ¡Ah! No te preocupes por tu bebé Kira, que ya se que la encasquetas comida a mis espaldas… – Akane abrió los ojos como platos de golpe ¿Desde cuándo sabía él que ella hacia eso? ¿Y cómo la descubrió? – te garantizo que no se morirá de hambre de aquí hasta mañana – De fondo se escuchó como un hombre le llamaba, unos segundos de silencio – Ti amo preziosa. Riposa questa notte. Ti vedrò domani, Ciao
Definitivamente era imposible que fuera un terrorista. Un hombre así, a no ser que fuera un grandísimo actor, no podía estar metido en asuntos sucios. O eso era lo que Akane quería creerse por todos los medios, a toda costa. Desactivó el contestador y cogió el teléfono marcando el número del móvil de Ranma. Mientras sujetaba el aparato inalámbrico entre su hombro y su mejilla, fue caminando hacia el interior del salón descalza y de puntillas y desabrochándose la chaqueta. La dejó caer sobre el sofá y se aproximó hasta la mesa del ordenador encendiéndolo al mismo tiempo que daba por perdida la posible comunicación con él. Colgó el teléfono y marcó el de Sarah. Un tono, Dos tonos…
- ¿Ya has hablado con él? – preguntó directamente Sarah, sin siquiera saludarla
- No, no he podido… - Akane se dejó caer pesadamente en el sofá
- ¿Y eso? ¿Por qué? – el tono que empleó fue algo parecido al sarcasmo, mezclándolo con una idea de “te da miedo hablar con él”.
Y por supuesto, rápidamente Akane captó aquel sutil matiz que su amiga había empleado.
- Pues porque se ha tenido que ir esta mañana – dijo con retintín -, no porque esté huyendo de sus explicaciones, que por otro lado te aseguro que estoy deseando escuchar… Bueno qué ¿A qué hora quedamos mañana para ver a esos policías con mala leche?
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