- CAPÍTULO 8 -

Segunda Parte

 

 

Estaba a punto de retrasarse con la entrega que tenía que hacerle a su redactor jefe. Moviéndose al ritmo de la música que escuchaba a través de los auriculares inalámbricos que tenía puestos, se decidía a escribir el artículo que entraría en la edición de Kawaii de la próxima semana. Es decir, tenía un día y medio para redactar un artículo que fuera del agrado de su superior. Y si no lo tenía listo para entonces, podía prepararse para primero, no ingresar el dinero correspondiente y segundo, una reprimenda en condiciones y por otro lado bien merecida que esperaba no acabase en un despido (aunque sería la segunda vez en cinco años que se retrasase en una entrega).

Tenía dos folios electrónicos diferentes preparados para ser escritos. En uno de ellos no había tecleado ni siquiera un título aunque tenía una idea que debía desarrollar, sin embargo en el otro había un suculento y sugerente enunciado “La atracción sexual hombre-mujer: Hormonas vs. Psique”. Tenía unas ganas tremendas por preparar éste último, pero estaba segura que se le complicaría demasiado a mitad de camino y no podría tenerlo listo a tiempo. Lo guardó dentro de la carpeta en donde conservaba los borradores de lo que serían futuros artículos publicados, por orden de preferencias, y su cabeza empezó a maquinar otro diferente.

 

Después de dos horas escribiendo por fin terminó un artículo que, no la convencía del todo, pero podría servir para salir del paso. Abrió su gestor de correo electrónico y le mandó una copia a su redactor jefe. Esperaba por su propio bien que le gustase.

Se dejó caer en el respaldo de la silla, prácticamente acostándose en ella y echó la cabeza hacia atrás suspirando. Eran las ocho de la tarde y estaba muerta de hambre. Pero quería esperar a Ranma y cenar con él, así pasarían un poco de tiempo juntos antes de irse a la dormir.

Se levantó de la silla y fue al armario de su habitación en busca de una manta. El frío se había presentado de imprevisto y ya era hora acomodar la casa para el invierno. Abrió la puerta corredera, se estiró y sacó una manta de pelo largo y suave de la estantería de arriba. Caminó por el pasillo, fijándose en que todas las ventanas estuviesen cerradas, y al llegar la dejó sobre el sofá.

Anduvo hasta la cocina y rebuscó en los armarios algo para comer y no morir devorada de hambre por su estómago. Cogió dos rebanadas de pan de molde, volvió a regresar al salón, se sentó en el sofá con las piernas sobre él, se arropo con la manta y encendió la televisión. En realidad la programación televisiva no es que fuera del todo de su agrado, pero seguro que en algún canal había algo interesante. Finalmente lo dejó en el canal de Historia. Había un documental sobre el arte funerario Egipcio que parecía bastante interesante.

Al cabo de unos minutos sonó el teléfono. Se estiró en el sofá, desarropándose, hasta llegar a la mesita en donde estaba colocado el inalámbrico y lo cogió por la antena, quedando a punto de caérsele de las manos.

 

         - ¿Sí? – se cobijó bajo la manta otra vez.

 

         - ¿De qué sabor te gusta el helado? – preguntó directamente.

 

         - Nada de ¡Hola cariño! Ni ¿Qué tal estás? – bajó el volumen de televisor. Le oyó mascullar algo.

 

         - Hola cariño ¿Qué tal estas? ¿De qué sabor te gusta el helado? – Contestó con sarna - ¿Mejor así?

 

         - De chocolate con Brownie – respondió sin pensárselo dos veces - ¿Dónde estás? Creía que ibas a llegar para la hora de cenar… - su voz se graduó poco a poco hasta sonar triste.

 

         - Y voy a llegar a la hora de cenar – se escuchó el sonido de una puerta de una cámara frigorífica cerrándose y ruido ambiental – Estoy comprando unas cuantas cosas…

 

         - ¿También sabes cocinar, amore? ¿Vas a hacerme la cena? – preguntó divertida incorporándose en el sofá

 

         - Llevo cerca de cinco años viviendo solo, así que sí, se cocinar. – Su voz remarcaba una evidencia - Y no, no voy a prepararte la cena... Estoy demasiado cansado, pero llevo rica comida pre-cocinada que solo necesita quince minutos en el microondas… ¡È Fatta! - Akane rió

 

         - Vale ¿Cuánto tiempo vas a tardar? Mi estómago está a punto de devorar al resto de mis órganos vitales. Se muere de hambre…

 

         - Dile a tu precioso estómago que en veinte minutos estoy allí.

 

Dicho y hecho. Veinticinco minutos después, Ranma estaba metiendo en el microondas de la cocina de Akane la cena pre-cocinada que había comprado y guardando la tarrina de medio litro de helado en el congelador. Cerró la puerta y se dio la vuelta, encontrándose justo delante de él a su preciosa dama, con una tierna y sincera sonrisa.

 

         - Te he echado de menos… - susurró abrazándolo

 

         - Y yo a ti – correspondió al abrazo y la besó en la cabeza.

 

         - ¿Salió todo bien? – preguntó apoyando la barbilla en su pecho y mirándole desde abajo.

 

         - Sí, todo salió muy bien – se arrimó a ella y acarició con su nariz la nariz de Akane - ¿Y tú, qué tal hoy? – Susurró sobre sus labios. Cambiando de posición, pasó su brazo por sobre los hombros de ella y anduvieron fuera de la cocina, con dirección al salón.

 

         - Bien. – Dijo rodeándole la cintura - Ésta mañana estuve con Diana y Sarah tomando algo en el parque. Luego vine a casa y me puse a redactar el artículo que entra la semana que viene… He estado a punto de perder el plazo – arrugó la nariz – Mi jefe se hubiera vuelto loco – él sonrió – Y… luego me puse a ver la televisión un rato, no tenía ganas de hacer nada… - y bajando el tono de voz, modulándolo a uno más sensual, susurró - … Excepto verte a ti – elevó la mirada pare encontrarse con sus preciosos ojos azules.

 

         - Eres perversa… - reprochó dulcemente de improvisto - … con estas cosas sufriré aún mucho más cuando no estés conmigo – le dio un beso prácticamente fugaz y, de repente, la cogió en brazos mientras caminaba dentro del salón - ¿Suelo o sofá, qué prefieres?

 

         - ¿Para qué? – preguntó con una amplia sonrisa

 

         - Para cenar, por supuesto – respondió él con una voz ingenua y declarando evidencia - ¿Qué pensabas pequeña pervertida? – ella hizo una mueca y se puso seria.

 

- Sofá – La colocó sentada en el susodicho, arropándola después tiernamente con la manta.

 

- ¿Querías tomar el postre antes de cenar? – su cara estaba frente a la suya. Sus ojos parecían recrear una tormenta en medio del mar; una mirada turbia y llena de fogosidad sexual.

 

- Podríamos tomar ahora un poco y… luego… - se acercó – … otro poquito más… - su mano derecha se deslizó sobre su trabajado abdomen y comenzó a deslizarse hacia abajo. Él se retiró súbitamente.

 

- Prefiero repetir el postre después de la cena – la guiñó un ojo y caminó con dirección a la cocina.

 

Ella se le quedó mirando. Era curioso. Después de haber regresado de la otra punta del mundo de un viaje de negocios, tenía fuerzas para ir de compras, “hacerle” la cena y llevársela al sofá sirviéndosela en bandeja. De golpe, recordó lo que les había dicho a Diana y Sarah hacía unas semanas refiriéndose a hecho de llevar el desayuno a la cama: “Uf, lo que hubiera dado por que hubiesen hecho eso conmigo una sola vez” Bien, no sería un desayuno, era mucho mejor. Era una cena seguida de doble ración de postre y eso valía el doble por lo menos. Y, de repente, una amplia sonrisa se formó en su rostro y como si la vergüenza la cubriera por primera vez el cuerpo, se escondió debajo de la manta, emocionada.

 

Cenaron, arropados en el sofá, con la televisión como hilo ambiental, entre bromas, miradas, indirectas, y anécdotas del viaje de Ranma y de la semana de Akane. Terminaron prácticamente al mismo tiempo y se levantaron para limpiar la loza. Mientras ella fregaba, y él enjuagaba, a Akane le asaltó de repente la preocupación.

 

         - ¿Dónde está Kira? – dejó de fregar y le miró acusadoramente.

 

         - En casa de unos amigos míos ¿Por qué? – dejó el plato que tenía entre las manos en el escurre-platos.

 

         - ¿Por qué no me la has dejado a mi? – su boca permanecía entre-abierta, afianzando su expresión, mostrando ofensa.

 

Él la miró con los ojos un poco más abiertos de lo normal y pestañeando un par de veces más pesadamente de lo corriente. Se apoyó con la mano derecha sobre la encimera y dejó la izquierda cerrada en un puño sobre su cadera. Se ladeó para dejar su cuerpo de forma frontal al de ella.  

        

         - Siempre me ha dado la sensación de que tú y ella no es que os llevéis a las mil glorias, precisamente… Además, no tienes por que ocuparte de eso. Kira es mi responsabilidad, no la tuya.

 

         - ¿No confías en mi para cuidarla? – el vaso estuvo a punto de escapársele de las manos por el jabón.

 

         - Dama… - susurró con hastío - … No es que no confíe en ti, al contrario, de la que no me fío es de ella. No te conoce salvo de dos o tres veces que te ha visto y ha pasado un corto periodo de tiempo contigo… - hizo una pequeña pausa mientras colocaba el vaso en el armario - … más o menos alrededor tuyo. No se como podría reaccionar ante una orden tuya o ante algún gesto diferente a los que está acostumbrada a ver… Podría interpretarlo de mil formas y no se hasta donde sería capaz de llegar.

 

         - ¿Es agresiva? – susurró ella con un poco de miedo, sin mirarle.

 

         - No, no me entiendes… - ‘Claro que no te entiende’ se auto-apuntó él - … No es agresiva, al contrario. – Observó como ella permanecía quieta, mirando a lo que tenía entre sus manos, con un deje de tristeza - Pero es una perra guardián, adiestrada para alejar a los extraños y tú mia bella dama – le propinó un cachete en las nalgas, sacándola de su ensoñación - …aún eres una extraña para ella.

 

         - Espero terminar por caerla bien, por que si no, tendremos un problema… - se enjuagó las manos y cogió un trapo para secárselas.

 

         - Seguro que sí – su tono de voz era tranquilizador – Aunque tienes que tener en cuenta… - El se deslizó detrás de ella y la abrazó por la espalda, besándola el cuello y susurrándola sobre la piel - … que eres la intrusa que ha venido a robarle a su dueño…

 

         - ¡Oh! Así que es posesiva – se dio la vuelta quedando cara a cara -…y no le gusta que anden otras feromonas sueltas por la casa ¿Eh? – sintió como una mano de él recorría su silueta, con intenciones de invadir su entre-pierna.

 

         - Benditas Feromonas… - susurró besándola ardientemente, cogiéndola de la cintura y sentándola sobre la encimera.

 

Los besos eran variables; de repente suaves, tiernos, dulces y entonces sedientos, agresivos, anhelantes, sexuales… combinándose con pequeñas mordidas que erizaban toda su sedosa piel, con caricias en lugares erógenos concretos. La hacía temblar y llegar al límite de su capacidad racional. Era capaz de desearle hasta límites inimaginables para ella. Llegar hasta los mismísimos límites prohibidos de una mujer para amar a un hombre.

Y poco a poco el deseo fue en decrescendo convirtiéndose en ternura.

Akane estaba agitada, lista para entregarse, cuando sintió como la calidez masculina se alejaba unos centímetros de ella.

 

         - Casi olvido que… - susurró él con costosa dificultad, apoyándose con ambas manos en la encimera y quedando ligeramente inclinado - … te he traído una cosa… – apretó los labios y se separó un poco más de ella. A sabiendas de que, si se quedaba tan cerca, ya no saldría de aquel apartamento en toda la noche. Sería totalmente incapaz de controlarse. Y aún así, dudaba de poder mantener a raya los impetuosos deseos de su cerebro… ó de otra cosa. Había sido una semana sin ella; demasiado tiempo. Elevó los parpados y la observó; sonrosada y con una mirada almizcle de sexualidad, necesidad, ira y emoción.

 

         - ¿Qué me has traído una cosa? – preguntó agradablemente sorprendida, acariciando con sus finas y largas manos los bíceps de su acompañante masculino, intentando enlazar y ponerse en situación.

 

         - Sí – acompañó la afirmación con un leve gesto de cabeza. Akane empezó a removerse, dando ligeros saltitos sobre la encimera. Él sonrió.

 

         - ¿Qué es, qué es? – quería levantarse y registrarle. Estaba tan emocionada porque él hubiera tenido ese detalle, que su enfado por haberla dejado tan excitada sin terminar de satisfacerla en esos momentos, pasó a un segundo plano. Consiguió escurrirse en el espacio que quedaba entre Ranma y la encimera. Y se escapó de la ficticia prisión en donde la tenía encarcelada, pasando por debajo de su brazo - ¿Qué es? – volvió a repetir y echándosele encima para cachearle - ¿Dónde está? – Le vio reír. Le encantaba verle reír.

 

         - Lo tengo en la maleta – confirmó reposando la barbilla en su brazo, que ahora le sostenía gracias al apoyo en uno de los muebles de la parte de arriba – Tenía tantas ganas de verte que olvidé cogerlo.

 

         - ¡Ohh…! – exclamó ella con ternura acercándosele y besándole. Escurrió las manos, casi sin quererlo, dentro de los bolsillos del pantalón de Ranma y sacó las llaves de su apartamento - ¡Voy! – Gritó levantando las manos en señal de victoria y echando a correr fuera de su propio apartamento para llegar al de él.

 

         - ¡Espera! – dijo saliendo tras de ella. La rodeó la cintura entreteniéndola, justo cuando estaba introduciendo la llave para pasar al apartamento – No seas mala, o no te lo doy… - su gesto era serio, como si ella hubiese hecho la peor de las maldades.

 

         - Perdón… - dejó los ojos en blanco por un segundo - … es que me ha hecho mucha ilusión saber que me has traído algo… - bajo la mirada. A la vez que hablaba, apretaba los labios para controlar la sonrisa de enamorada que su cerebro se empeñaba en ordenar a sus músculos faciales que mostraran.

 

         - No te disculpes, anda… - le ofreció una tierna sonrisa y la besó en la frente - … vete al apartamento, ahora voy yo -  abrió la puerta y se metió dentro de su piso mientras Akane corrió al suyo dando brincos.

 

Ranma caminó hasta su dormitorio, al llegar, se puso de cuclillas en el suelo y descorrió la cremallera de uno de los bolsillos laterales de la oscura maleta. Sacó una pequeña bolsa de plástico de color marrón, la abrió, extrayendo un saquito de terciopelo negro que mantuvo en su mano izquierda, y arrugó la de color terracota metiéndosela en el bolsillo del pantalón. Dio al vuelta sobre sus pasos para regresar al apartamento de Akane pero, antes de salir definitivamente por esa noche del suyo, recordó descolgar el teléfono fijo.

 

Al traspasar el umbral de la puerta del apartamento de Akane la vio esperándole en el pasillo de entrada con una amplia sonrisa. Adoraba su sonrisa, era tan inocente, tan especial. Estuvo a punto de decirle “Kira también me espera en la puerta” pero prefirió no arriesgarse a estropear el momento. Llevaba el saquito en las manos, tras su espalda. Lo cogió con la izquierda y lo dejó colgando frente a su rostro. A Akane se le iluminó la mirada cuando lo sostuvo entre sus manos. Toda ella parecía resplandecer.

Una vez que lo tuvo, volvió a abrazarle susurrándole un ‘gracias’ en el oído.

Caminó dentro del apartamento mientras deshacía el nudo del cordón dorado que cerraba la bolsita. Ranma cerró la puerta y fue tras ella.

 

         - ¡Dios Mío! – Exclamó Akane extrayendo el exquisito cordón argentado del que prendaba el colgante de forma rectangular. La piedra engarzada justo en el centro era de color azul claro, brillante como las preciosas piedrecitas blancas que la ensalzaban - ¡Es precioso!

 

         - Oro blanco… - él cogió el colgante y se colocó tras de ella - … Diamantes y Aguamarina… - le llevó el corto cabello hacia delante y abrochó el cordón - … dicen que es símbolo de amor y felicidad – susurró en su oído a la vez que sus manos reposaban en su cintura y la conducían frente al espejo del dormitorio – Es de Italia… – confesó observándola. La piedra preciosa quedaba justo en el lugar idóneo, bajo la unión de sus sensuales clavículas - … hecho a mano.

 

Akane acarició la joya con sus finísimos dedos, cobijándose entre los brazos de Ranma. Estaba sin habla. Era magnífico.

La delicada piedra brillaba intensamente. Incluso con la escasa luminosidad que se filtraba por la ventana desde la calle, pareciera que se proyectaba sobre ella un rayo de luz plateada. Al verse reflejada en el espejo se dio cuenta de que sus ojos avellana también estaban brillando de la misma forma. Sintió deseos de llorar de emoción y sus ojos se humedecieron rápidamente.

Le miró a él, quién retenía su preciosa mirada zafirina fija en su rostro y mantenía la cabeza apoyada en su aterciopelado hombro. Meciéndoles en una armonía indescriptiblemente perfecta.

 

         - Te quiero… - susurró ella con la voz entrecortada - … muchísimo… - se dio la vuelta despacio, saboreando con sus sentidos las caricias de él sobre su cintura y parcial de su espalda - … ni te lo imaginas… - y se sentía enloquecer.

 

         - Yo también te quiero Dama – acarició sus suaves mejillas con sus pulgares y deslizó sus manos por su cuello, sus hombros, sus brazos, pareciendo modelándolos, hasta llegar a sus manos.

 

Se abrazó a él, susurrando de nuevo ‘gracias’ en su oído. ¿Por qué se empeñaban sus ojos en querer derramar lágrimas? Ella no quería llorar. Sonrió, por la alegría y a la vez intentando contenerse. Tenía que eludir ese sentimiento tan intenso. Tenía que ignorar lo irracional de ese amor tan poderoso. Los escalofríos que recorrían su cuerpo. Debía buscar una forma de engañar a sus sentidos y obviar el padecer emociones tan profundas.

 

         - ¿Y mi doble ración de postre? – inquirió ella. Volvió a escucharle reír.

 

         - ¿Cómo que ‘tu doble ración de postre’? Será, NUESTRA doble ración de postre… - sus ojos volvían a desprender pasión, sensualidad.

 

         - Bueno sí, quería decir… - desvió la mirada de él y antes siquiera de darse cuenta, la cargaba a hombros y la dejaba caer sobre la cama – Eso – concluyó con la boca seca - … Uuuhh… - frunció un poco el entre-cejo, afianzando la sensación con una sonrisa de medio lado - ¿Estás enfadado?

 

         - Yo no diría enfadado… - su camiseta voló hacia alguna parte del dormitorio - … precisamente. – Señaló con la mirada hacia abajo - ¿Cómo lo ves tú?

 

         - Diría que… se ve interesante… - deslizó sus manos por sus pectorales desnudos, piel contra piel, guiándolas por el camino hacia el lugar “interesante”. Él las interceptó en el caminó y las aprisionó por sobre su cabeza, aplastándolas sobre el colchón.

 

Akane sintió sus cálidos besos sobre su cuello y su mano derecha dibujando su silueta, en una intensidad intermedia entre control y descontrol. Sintió el contraste de temperatura al encontrarse semidesnuda de cintura para arriba. Y aún más cuando notó las yemas de sus dedos seduciendo a sus pechos.

 

         - Eres preciosa… - susurró fascinado con voz profunda sobre su boca entreabierta, admirándola con devoción absoluta – Ti amo donna – y se apoderó de sus labios con una irrefrenable pasión.

 

Hicieron el amor durante toda la noche. Reflejándose lo mucho que se habían echado de menos, lo mucho que se necesitaban. Acariciando cada milímetro de piel, saboreando el deseo y amando cada instante. Finalmente yacieron dormidos, abrazados el uno al otro, compartiendo el íntimo calor de sus cuerpos.

 

 

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