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- CAPÍTULO 6 – Primera Parte
Era sábado por la mañana. Akane y Sarah estaban sentadas en su cafetería favorita. Habían quedado para tomar algo mientras Sarah se desahogaba con ella. Necesitaba urgentemente contarle su problema a alguien de confianza y que supiera escucharla.
- Odio a mi suegra – fue la contundente afirmación de Sarah.
- ¿Cómo? – preguntó aturdida. Siempre le había parecido que la madre de Nico y Sarah se llevaban de maravilla.
- Pues eso, que odio a mi suegra. Se pasa el día llamando a Nico, para empezar. Algo que me pone de los nervios por que la hora se la pasa por delante de las narices. Ayer nos interrumpió mientras estábamos en faena… - Sarah solo hacía que gesticular grotescamente y su cara era todo un poema trágico - Cuando viene a casa solo hace que criticar todo la decoración “Esto aquí no, esto mejor allí. ¿Cómo puedes tener ese espejo tan horrible en la entrada? Tienes que poner unas fundas al sofá. Estas sillas son muy incómodas, cámbialas. La próxima vez no le eches tanta sal, sabes que no me viene bien. Tienes que aprender a cocer las patatas se te quedan echas puré” ¿Tú crees que debo aguantar eso? Estoy harta. Y encima el muy energúmeno de Nico es como si no le importara nada. Es más ¡Le da la razón! El muy cretino…
- Tranquila Sarah… ¿Has intentado hablar con ella?
- Sí lo hago me tiraré a su yugular y después a la del hijo.
- Pues deberías intentar calmarte y hablar con ella. Seguramente no se de ni cuenta de que a ti todo eso te sienta mal – dio un trago de café – Parece una mujer razonable y muy simpática.
- Akane, tú no eres su nuera, soy yo. Y te recuerdo que me divorcié de su hijo. Algo que nunca me ha perdonado ni me perdonará.
- Uhm, en eso llevas razón – transcurrieron unos segundos en silencio - Entonces habla con Nico. Yo creo que si te sientas con él y le cuentas lo que te pasa te entenderá y hablará con ella. Eso sí, especifícale que necesitas que hable con su madre, por que si no, es capaz de no decirle nada y estamos en las mismas.
- Ese es otro problema. Ya había pensado en hablar con Nico, pero creo que no tiene huevos para enfrentarse a su madre… - bebió de la taza.
- ¿Solo es una sospecha?
- La verdad es que sí – dejó la tacita sobre el plato de cerámica - …solo es una sospecha.
- Pues mira, como solo es una sospecha, habla con Nico. Si él no te hace caso, habla con la arpía y que suceda lo que tenga que suceder.
- Calzonazos… - masculló Sarah.
- A lo mejor sufre del Complejo de Edipo.
- Lo que me faltaba… - llevó las manos al cielo, como si rogara - Con todos los hombres que hay en el mundo he ido a toparme con el más imbécil…
- Puedo hacerle unas cuantas “preguntas clave” si quieres, la próxima vez que nos veamos. Lo que pasa que eso es muy difícil de corregir por no decirte que imposible. Y más cuando la persona no reconoce que lo sufre.
- Creo que lo mejor… - suspiró - … será hablar primero con él y a ver como reacciona. Y si no reacciona, que es lo más seguro, tendré que arrimarme a la arpía. Si nada de eso funciona, que le den una patada en el culo a ese zopenco.
- Bien dicho, sí señora… - bebió café otra vez y perdió la mirada sobre la gente que pasaba a su lado.
- Y bien… ¿Lista para tu cita de esta noche?
- No soy una adolescente Sarah.
- No iba con esa intención, solo te lo preguntaba por que hace cosa de año y medio que no sales con nadie. – metió las manos en sus bolsillos, como si buscara algo y finalizó con cierto toque inocente y casual - Yo estaría nerviosa.
- Pues yo no, no lo estoy. Además, no creo que sea una cita, si no que lo considero más bien… dos amigos que han quedado para ir a ver algo que les gusta.
- Y tú te crees que yo me chupo el dedo. – Se arrimó sobre la mesa, dando un cierto toque confidente - Serían dos amigos si entre ellos no se gustasen, pero es que resulta que os gustáis.
- Corrección: me gusta, me parece atractivo, sexy… Eso no quiere decir que yo le guste a él.
- ¡Oh si claro! – Exclamó irónicamente - Por eso te invita al teatro a ver ‘Hamlet’ habiéndote visto únicamente un par de veces. ¡Por supuesto! Los hombres hacen eso constantemente, sí – Se recreaba en la ironía.
- Mira, no quiero hacerme ilusiones, ya te lo dije. – Afirmó queda - No, por que luego salgo escaldada.
- Vale, vale. ¿Pero te vas a vestir de putón verbenero o elegante y discreta?
Akane lo dejó por imposible. Al cabo de media hora más se despedían y se dirigió a casa. Tendría que avanzar algunos artículos más, revisar su cuenta de correo, hacer la compra, limpiar la casa y comer, todo eso antes de las cinco.
Mientras subía por el ascensor fue ojeando la publicidad. No sabía por que la acosaban con esa constante y tediosa publicidad. Ella no se subscribía más que a los clubes de lectura ¿Por qué tenía que recibir panfletos de “cómo satisfacer sexualmente a una mujer”? ¿Qué se suponía que era ella entonces? ¿Alguna clase de híbrido? O por ejemplo “¿Quieres perder dos tallas en quince días” ¡Prueba nuestro método!” Ahí estaban otra vez los patrones que cortaban los hombres, acosándote incluso en tu propio buzón, obligándote inconscientemente a perder esos “kilos que ellos entienden por de más”.
Escuchó ladrar a Kira. Sabía que aquella perra la iba a llevar por el camino de la amargura. No es que a ella los perros no le gustasen, que le gustaban, solo que el asunto de ladrar era distinto…
Entró en el apartamento y fue directa a encender el ordenador. Después abrió todas las ventanas y fue a por un vaso de agua. Al cabo de unos minutos, ya tenía los documentos abiertos y estaba sentada frente al monitor. No podía dejar de pensar en lo que habían hablado Sarah y ella. Era cierto que el causante de muchísimas rupturas matrimoniales eran las suegras y casi siempre por parte del hombre. Eso le hizo replantearse la siguiente pregunta: “¿Hasta que punto las mujeres somos posesivas?”.
Ranma había salido del edificio con la hora más que justa. Eran las cinco de la tarde, tardaría en llegar una hora como mínimo, tendría que sacar a Kira y correr con ella otra hora más. Después tendría que ducharse, comer algo y arreglarse. Dudaba muy mucho de que pudiera estar listo para las 19.00, pero por intentarlo que no quedara.
Akane comenzaba a mostrar un pequeño grado de histerismo pre-cita. Caminaba de un lado para otro en el salón del apartamento. Eran las cinco y media, tenía tiempo más que suficiente para prepararse a conciencia si así quisiera. El problema estaba en que no sabía cómo vestirse. Tenía serias dudas. No quería causarle una impresión equivocada; si se arreglaba demasiado no era ella misma, pero el lugar a donde iban requería una vestimenta que graduaba un poco más allá de lo corriente. Además, él era ejecutivo, siempre que lo había visto llevaba puesto un traje impecable y que le hacía un culito muy mono.
- ¡Mierda! ¿En qué estás pensando? – Se asomó a la venta. Aire, un poco de aire.
Era curioso porque, había dado por sentado hacía unas horas que aquello no era una cita, si no algo como… “dos amigos que han quedado para ir a ver algo que les gusta.” Pero caía en la cuenta por segundos que aquello era lo que era, una cita y punto. ¿Para qué engañarse? Estaba temblando, aterrada. Era la primera desde hacía casi dos años y a eso había que sumarle el hombre que la había invitado.
Fue al armario y sacó un montón de ropa que dejo sobre la cama. Un traje pantalón-chaqueta de color oscuro y raya diplomática, un vestido ceñidísimo de color burdeos y que dejaba poco a la imaginación. Un vestido negro y largo, una mini-falda y una camiseta de lycra con escote de barco.
Era increíble. Su guarda-ropa se componía básicamente de ropa de “putón verbenero” o “elegante y discreta” ¿Eran esos los dos cánones de la mujer? ¿No podía vestirse de manera sensual y elegante sin necesidad de resultar sexual? ¿Y si se ponía el traje de raya diplomática? Dios, pero seguro que él estaba harto de ver a mujeres vestidas de esa manera, así que descartado. Entonces, le quedaba la opción del vestido largo, que para ella resultaba demasiado elegante para la primera cita. Por que claro, luego estaba el asunto de los zapatos… Si se ponía el traje largo tendría que utilizar los tacones de aguja, lo que supondría demasiado sufrimiento para una primera vez. Descartado también.
De repente, recordó que tenía una falda larga de color negro. Se ajustaba a las caderas como un guante, pero a partir de ahí perdía la ceñidura y caía hasta la mitad de las rodillas, en donde comenzaban a descender los picos desiguales que la terminaban cerca de los tobillos. Esa falda era perfecta. Podría ponerse unas botas que le llegasen hasta la mitad de los gemelos, con lo que estaría cómoda a la vez que elegante. Y la camiseta de lycra en escote de barco que tan bien le quedaba, era el cierre necesario para el conjunto. Sí señora, había encontrado la combinación perfecta. Estaría elegante, pero a la vez sensual.
Se metió bajo la ducha y dejó que el agua cayera por todo su cuerpo. Necesitaba relajarse y no había terapia mejor que dejar correr el agua tibia o caliente sobre su piel. Al terminar, se enrolló una toalla a la altura del pecho y otra en la cabeza. Caminó hasta el salón y apagó el ordenador, obviando el haber visto un e-mail de su editor jefe. Después fue a la cocina a por un yogur. No habían aclarado si iban a cenar fuera o no, así que, por si acaso, comería un poco antes.
Se peinó el cabello húmedo y dejó que se secara al aire. Le quedaba mucho más bonito y por supuesto natural. Guardó la ropa que había sacado y dejó fuera la que iba a ponerse. Eran las 18.30, así que comenzó a vestirse. Buscó unas medias de un color no muy oscuro pero tampoco demasiado claras y que tuvieran un poco de brillo. Se las puso con extremo cuidado de no rasgarlas, por que casi siempre terminaba haciéndolo. Después la falda. Se miró en el espejo de pared que tenía al lado del armario y se la probó a varias alturas. Y terminó dejándosela justo en donde comienzan las caderas. Se probó varios sujetadores, quería uno que realzara sus pechos. No quería uno del tipo ‘wonder-bra’, no le encontraba sentido a utilizarlos, ya que si lo que estaba pretendiendo era gustarle, lo mejor es que desde un primer momento se mostrara tal cual era. Así que, terminó poniéndose uno que realzara la forma. Después se ajustó la camiseta de lycra de escote de barco. Buscó las botas más adecuadas, que no fueran demasiado altas pero tampoco de tacón plano. Se puso las escogidas y se miró de nuevo al espejo. Se encontraba bien, muy bien.
A los dos minutos llamaron a la puerta. Las rodillas le flaquearon. Sintió unas terribles ganas de ir al baño. ¿Cómo podía estar tan nerviosa? Tenía veintiocho años, la pre-adolescencia y la adolescencia quedaron atrás hacía mucho tiempo. Ella era una mujer sensata, equilibrada, con un buen estatus social y que se enfrentaba sola a sus problemas… ¿Por qué le costaba tanto entonces hacerle frente a “ese problema”? ¿Quizá por que era un problema demasiado atractivo y sugerente? ¿O quizá por que la palabra ‘sexo’ parecía intrínseca en esa cita? Sí, eso podía ser. Ella ansiaba y añoraba el buen sexo, para qué negarlo. Akane lo necesitaba y él era terriblemente perjudicial para su salud sexual, sobre todo si con aquello con lo que chocó la primera vez era su atributo. Estaba segura que al más mínimo roce de sus manos, ella se entregaría a él. Se sentiría como una fiera sin domar, la lujuria correría por sus venas de manera desbocada, se descontrolaría sin remedio alguno.
Respiró hondo y recordó la norma “no te acostarás con él hasta la tercera cita al menos, a no ser que quieras que pierda el interés por ti”. Camino con paso altivo y de manera decidida hacia la puerta. Preparó los músculos de su rostro para ofrecerle una sonrisa brillante. Cogió el pomo y…
- Joder… - susurró él, arrastrando la mirada de arriba abajo, imaginándola desnuda. Cargaba el peso de su cuerpo, apoyado con el brazo derecho, contra la pared y la otra mano permanecía dentro del bolsillo izquierdo del pantalón. Cuando la miró, pestañeó rápido y la sonrió – Buenas Noches – dijo entonces, recobrando la compostura.
- Son Buenas tardes… - Akane se recargaba sobre el pomo, ladeando un poco las caderas, acentuando sus curvas - … aún no son las nueve… - Creía que no podría verle más atractivo que las otras veces, pero se superaba con creces. Su mirada era tan lujuriosa, tan sexual… Podría invitarle a pasar y hacer su propia versión de ‘Hamlet’ sobre su cama.
- Uhm, tienes razón. ¿Estás lista?
- Sí… - Akane dejó de recargarse sobre el pomo - …solo dame un minuto – le sonrió y se dio la vuelta.
¡Por Dios Santo! Iba a costarle mil vidas mantener el tipo a su lado. Era endemoniadamente… ¡PERFECTO! De acuerdo, iba a hacerle una prueba. Estaba claro que su físico era fascinante, arrollador y que tenía un culo que bien merecía un monumento y cuatro o cinco Oscars, pero tenía que probar la fruta pelada. Tenía que saber cómo era él, así que, le haría preguntas clave para conocerle en el menor tiempo posible. Tenía la irrefrenable necesidad de sentirle en su interior y odiaba padecerla por que era condenadamente vulnerable.
Ranma pensó en entrar, cerrar la puerta y decirla que si le invitaba a tomar una copa. De ahí en adelante el resto era solo tantear el terreno. Podrían olvidarse en menos de cinco minutos de la obra de ‘Hamlet’ y hacer algo más productivo y satisfactorio. La necesidad de acariciarla y saciarse de ella se querían hacer presentes y notables en un lugar comprometido. Se inclinó un poco hacia delante mientras enfriaba (o lo intentaba) sus países bajos. Cuando ella se dio la vuelta y caminó hacia dentro del apartamento creyó quedarse sin respiración. ¡Menudo ‘donde la espalda pierde su nombre’ tenía! Y el contoneo era de lo más hipnotizante y atrayente. Si le diera solamente una señal, UNA, no dudaría en abalanzarse sobre ella y tenerla allí mismo, contra la pared. Presentía que aquella mujer le iba a dar más de un quebradero de cabeza. Y le iba a traer más de un problema a una parte concreta de su anatomía que quería mostrarla, en ese preciso momento, lo contento que estaba de verla.
Akane cogió su bolso, metió el móvil, pañuelos, dinero en efectivo y las tarjetas de crédito. Con las llaves en la mano caminó hasta él.
- ¿Nos vamos? – preguntó con una sonrisa. Él se ladeó.
- Claro – volvió a mirarla lascivamente, solo que esa vez ella no se dio cuenta. Cuando le miró… - ¿Andando o en coche?
- ¿Qué tenías pensando tú?
- Andando, si te parece bien - ella sonrió y él creyó desarmarse. ‘Calma’ se dijo a sí mismo.
- Perfecto… - caminó hasta el ascensor - ¿Qué haremos después del teatro?
Él quiso decir algo como “Te tumbaré sobre mi cama y haré contigo mil glorias”. Pero en su defecto y como todo un caballero…
- Podemos ir a cenar. Conozco un sitio interesante. – abrió la puerta del ascensor.
- El término interesante me ha resultado curioso. – afirmó - ¿A qué llamas tú interesante? – se mordió el labio inferior y entró en el cubículo.
- A todo lo que sea diferente a lo que haya visto anteriormente. ¿Te gusta la respuesta? – prefirió apoyarse contra la pared, quedando frente a ella. No muy cerca, pero tampoco muy lejos.
- Acertada, diría yo. – Unos segundos de silencio - ¿Qué tal fue tu viaje?
- Bien, gracias.
Salieron del edificio y caminaron juntos por la acerca.
- ¿Dormiste bien en el avión? – Akane cruzó los brazos bajo sus pechos.
- Digamos que… no puedo dormir en los aviones.
- ¿Cómo es eso? – Akane se paró y se giró para verle - ¿No puedes dormir?
- No, no puedo – agregó parando él también, observándola con una pícara sonrisa - ¿Podrías seguir andando? Soy capaz de conversar y andar al mismo tiempo. No correspondo con el perfil de hombre que solo puede hacer una cosa a la vez.
- La excepción que confirma la regla ¿eh? – canturreó caminando de nuevo
- Correcto – recolocó la americana.
Y vaya regla confirmaba; juró y perjuró que jamás se acostaría con un hombre la primera vez que saliesen juntos. Pero él era la excepción y sería capaz de hacerlo allí mismo si él se lo pidiese.
- No puedo dormir en los aviones, por que me pongo de los nervios. Así que, durante los vuelos trabajo.
- Ah, vaya… pánico a las alturas.
- No, no es eso. Puedo tirarme con paracaídas de un avión y no tendría miedo. De hecho ya lo hice alguna vez. Es otra cosa, que nunca he sabido explicar.
- Puedo intentar averiguarlo… - ahora fue él quién se paró y la miró, Akane contuvo las ganas de empezar a reírse a carcajadas en mitad de la acerca, más con nervios que por la gracia de la situación - ¿No decías que podías andar y hablar a la vez? – pero dejó que su sonrisa reluciera en sus labios. Era encantador.
- Olvidé que hablaba con una tres cuartos de psicóloga. A partir de ahora tendré más cuidado con lo que digo… - caminó y a su altura la dijo, mirándola a los ojos con cierto toque de falsa amenaza - No me psicoanalices sin mi permiso.
- Vale, no lo haré… - puso en blanco los ojos por un momento, pensado un “Adiós a mi plan”, y continuó caminando a su lado. Se sentía tan bien, tan confortable… De repente calló en algo - ¿Te tiraste en paracaídas? – y preguntó casi antes de pararse a pensar en lo que había dicho.
- Sí, cuando tenía veinte años. Ya sabes, una de esas cosas de orgullo masculino “¿A que no hay huevos a tirarse en paracaídas?” – Puso una voz aún más grave y de tono burlesca - Y nos ves a todos un mes más tarde en un avión y listos para tirarnos.
- Oh sí, el temible orgullo masculino. Es oír “a que no hay huevos” y ponéis todos la antenita ante el reto.
- Para qué negarlo, somos así.
Akane se sorprendió. No la rebatió, le dio la razón por el contrario. Era excepcional.
- Así que… ¿Te gusta Shakespeare? – preguntó él de seguido.
- Sí, mucho. Es uno de mis autores favoritos. Supongo que a ti también te gusta, por lo que dijiste el otro día en el ascensor.
- No - sonó despreocupado, enmarcando una tenue sonrisa -, la verdad es que solo lo dije para camelarte y después llevarte a la cama o llevarte primero a la cama y luego camelarte.
- ¿Perdona? – volvió a pararse, con los ojos como platos y con fuego hirviéndole las entrañadas.
El empezó a reír, con lo que Akane pensó que se desmayaría, y notó como posó su brazo izquierdo por encima de sus hombros tirando de ella e impulsándola a andar.
- Era broma. Claro que me gusta Shakespeare. Tengo toda su obra – hizo un gesto con la mano recalcando así lo que acababa de decir – Desde “Venus y Adonis” hasta “La Tempestad”. – se acercó a su oído y la susurró - Me encanta Shakespeare.
- He estado a punto de darte una patada en… un sitio indecente y que te habría dolido más de lo que pudieras imaginarte.
- ¿Ya ibas a caparme? ¡Si todavía no he intentado comerte!
- ¿Y los vas a intentar? – Akane le miró y se echó ligeramente hacia la izquierda, apartándose un poco de él.
- Si me dejas… - él por el contrario la apretó más contra sí – Estás muerta de frío, tendrías que haber cogido una chaqueta – frotó su brazo tiernamente, intentándola resguardar del frío.
- Si vas a ser tan dulce como ahora, puede que lo haga… - ella se perdió en su mirada y volvió a morderse el labio inferior, sonriente.
Él se perdió en sus preciosos ojos pardos y quiso, ansiaba besarla. Se acercó el espacio reglamentario, el resto del espacio que faltaba por cubrir tendría que hacerlo ella si en verdad quería besarle. Akane se acercaba lentamente, necesitaba hacerlo y lo haría. Deseaba sentir sus labios sobre los de ella, explorarle, tenerle. Y entonces a escasos milímetros de besarse, cuando toda la magia se encontraba entre ellos dos, un hombre chocó con ella. Lo que aceleró el proceso. Akane fue empujada abruptamente sobre Ranma. Y toda la sensual atmósfera se transformó en torpeza. En vez de ser un beso suave, delicado, tierno, precioso y preciso digno de disfrutarse, se convirtió en un roce de cálidos labios rápido y casi sin sabor.
- Disculpe – dijo el hombre que cruzaba la calle a toda prisa.
- No importa… - respondió ella observándole con una sonrisa cordial, aún en brazos de Ranma. Saboreó sus propios labios y después volvió su vista hacia él – Vamos a llegar tarde al teatro… - susurró
- Sí… - el afirmó con la cabeza y se separó de ella, de ese dulce licor que poseía y que a él tanto le atraía, le hipnotizaba - … Vamos.
Y caminaron hacia el teatro. Él con un brazo por sobre los hombros de ella y Akane acurrucada a su lado, temblando de frío.
Dos horas y media después, y con un descanso entre medias de quince minutos, la obra finalizaba:
- “Y vosotros haced que salude con descargas todo el ejército” – el escenario se vuelve negro y se corre el telón.
El público se levantó y aplaudió entusiasmado. Akane estaba encantada. Había sido una representación maravillosa y había disfrutado como una niña pequeña. Lo más agradable es que él también se lo había pasado bien. Esperaron hasta que algunos de los asistentes se marcharon para salir.
- ¡Me ha encantado! – dijo caminando de espaldas para poder mirarle a la cara - ¡Gracias por traerme!
- De nada. Me alegro de que te lo hayas pasado bien. Pero te recomiendo que te des la vuelta a no ser que pretendas caerte… - el tenía las manos a la espalda y lucía una tenue sonrisa.
- ¿Dónde vamos ahora? – se paró frente a él y ella también echó los brazos a su espalda - ¿A ese sitio interesante?
- ¿Te gusta la comida china? – preguntó acercándose un poco a Akane.
- No, no mucho – arrugó un poco la nariz, pero sin borrar la sonrisa.
- Olvida el sitio interesante, entonces. Sugiere tú.
- Qué tal si vamos a… - pensó durante unos segundos y entonces dijo - D’angello. – apretó los labios, esperando que el pusiera un gesto terrible ante la proposición del caro lugar.
- Uhm, comida italiana ¿eh? – Él comenzó a andar y ella le siguió - ¿Has estado en Italia alguna vez?
- No, nunca – para remarcar el hecho, movió negativamente la cabeza – No es una de mis prioridades de todos modos. Pero me gusta la comida italiana. Además, te puede gustar la comida típica de algún país y no entusiasmarte el susodicho país.
- Precisamente ragazza. – Arrulló con una sonrisa en sus labios - Lei è la donna più attraente che io mai ho visto. (1)
Akane se colocó delante de él y le frenó en seco apoyando una de sus manos en medio de sus pectorales. Tenía los ojos abiertos como platos, totalmente sorprendida y fascinada.
- ¿Sabes italiano? – sus labios permanecían ligeramente separados, con asombro.
- La mia mamma è dell'Italia.
- ¿Qué? – arrugó de nuevo la nariz y mantenía una sonrisa extrañada. Él empezó a reírse.
- Que mi madre es Italiana – dijo aún riendo y volviendo a caminar.
- Y ¿Qué es lo que has dicho antes?
- Que tenías razón con eso de que el hecho de gustarte la comida de un país no significa que te guste el susodicho. – hubo unos segundos de silencio - Te veo entre sorprendida y aturdida…
- No sé… La verdad es que no me imaginé ni por un segundo que fueras de origen italiano… - Se sintió torpe y un poco avergonzada, por haber dicho que Italia no era una de sus preferencias. Evidentemente que iba a ser sincera, pero no quería ofenderle…
- Tampoco es tan grave ¿no? Si hubiese matado a alguien entiendo que…
- No seas tonto. Es una forma de hablar… Evidentemente que no es algo grave, es solo que no lo imaginé. Igual que tampoco me esperaba que hubieras saltado en paracaídas.
- Entonces… ¿La mia ragazza vuole andare a D'angello? (2)
- Erm… - Akane arqueó una ceja ante la duda - ¿Sí?
El volvió a sonreír, atraído por su toque de inocencia y dulzura.
- Tranquila, has acertado – volvió a pasarle un brazo por los hombros – No te volveré a hablar en ningún idioma que no entiendas, lo prometo.
- ¡Ah! ¿Qué sabes más? – preguntó con ironía, sin terminar de creerle.
- Alguno que otro… - contestó con cierto tono incómodo
- ¿Por ejemplo?
- Ich spreche Deutsch.
- ¡Uh! – apretó los labios - A sonado a enfado, eso es alemán – ella masculló una risa.
- Perfektionieren Sie!
- Ya, déjalo. – Le dio un golpecito en el abdomen - Has prometido que no me hablarías en ningún idioma que no conozca…
- Lo siento – dijo conciliador – Tienes razón. Pero nunca le digas a un alemán “verdammter Hurenbock” a no ser que quieras problemas.
- ¿Y qué significa? – preguntó curiosa - Aunque de todas formas nunca podría decírselo, ni siquiera lo puedo repetir y acabas de decirlo…
- Mejor, entonces – metió la mano en el bolsillo del pantalón.
- Pero ¿qué significa?
- Hijo de la gran puta.
- ¡Vaya! Qué tierno… - canturreó, arrugando la nariz y enmarcando una sonrisa.
- Eso pensé yo también cuando me lo dijeron la primera vez.
Silencio durante unos segundos.
- ¿Cómo se llama tu madre? – lanzó de improviso - ¿Es de Italia?
- Sí, es de Italia y se llama Nicola. ¿Y la tuya?
- Kimiko – silencio otra vez - ¿Por qué tienes nombre japonés y no italiano?
- ¿Quién te ha dicho que no tenga un nombre italiano? – el arqueó una ceja y sonrió de medio lado. Algo que Akane consideró tremendamente atractivo.
- También es verdad. ¿Así que… tienes nombre italiano? – Akane estaba a punto de reírse.
- Sí. Además de mi nombre tengo un segundo nombre italiano. Como aquí no se acostumbra a poner dos nombres, digamos que el segundo se ha perdido.
- Vale, vale… ¿Pero cuál es? – estaba impaciente.
- ¿No te interesa mi vida o qué? – dijo con sarna.
- No es eso… - sonó dulce – Es solo que siento mucha curiosidad… Anda, dímelo… - se quejó remarcando el toque infantil.
- Tiziano – masculló.
- Ranma Tiziano – dijo ella en voz alta – suena bien… - le miró de reojo, con una pícara sonrisa - Me gusta.
- Gracias… - sonó aliviado - … ahora, hazme un favor – se acercó a su oído – no lo comentes por ahí ¿Uhm?
- Vale… - ella le miró a los ojos y de nuevo volvieron esas terribles ganas de besarle - ¿De quién son tus ojos azules? – apartó rápidamente la mirada.
- ¿Míos?
- No me refería a eso… - elevó la vista al cielo -…me refería…
- Ya se a qué te referías… Relájate. – La acercó un poco más a él, en un pequeño gesto de complicidad - Los he heredado de mi padre. Aunque los de él son más oscuros…
- Tienes unos ojos muy bonitos… - susurró mirando al suelo.
- Gracias Akane, pero ¿si te parecen tan bonitos por qué no los miras? Es un poco extraño que se lo digas al suelo.
- Hablo contigo – levantó la mirada. Estaba un poco asustada y avergonzada - no con el suelo – y se encontró con sus ojos.
- Lo se, pero puedes mirarme cuando me hables. Si no lo haces da la sensación de indiferencia.
- No es indiferencia es… - se mordió la lengua, iba a decir más de lo que debía.
- Entiendo… - silencio. Siguieron caminando y estaban a punto de llegar al restaurante - … el sentimiento es mutuo.
Volvió a mirarle. Sabía que si le besaba perdería el control sobre sí misma. Producía un efecto tan brutal en ella. Era como un imán del que sabría no podría alejarse. Era todo él; sus ojos, su voz, su calidez, su ternura, su manera de hablar, de expresarse, de caminar, de seducirla poco a poco…
- Volesse baciarti (3) – se acercó a escasos milímetros de sus apetitosos labios. Y él sabía que podría perder el control – Pero prefiero tomar el postre después de cenar…
- Estoy de acuerdo… - susurró sobre su boca - … Y prometiste… - el dedo índice de él se posó sobre ella
- No me digas que eso no lo has entendido, por que lo comprendería hasta una persona que no supiera hablar, solo por el contexto… - la miraba a los ojos, pero no podía evitar que estos le traicionasen y se posaran sobre sus labios - … me muero por ti…
Akane sintió como todo su cuerpo ardía. Un escalofrío. Como una sensación explosiva, radiante corría por sus venas. El calor que te inunda justo antes de recibir al orgasmo.
- Creo que no es necesario que te confirme nada ¿Verdad? – humedeció sus labios con la punta de su lengua, coqueta y sensual, pero sin pretenderlo ser – Lo estás comprobando por ti mismo – susurró.
- ¿El sentimiento es mutuo? – agregó como una respuesta que esperaba ser confirmada. Ella movió la cabeza de arriba abajo, contentándole – Bien… - se separó un poco de ella, conteniéndose… y sonrió – Vamos a cenar…
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