- CAPÍTULO 5 –

 

Ranma acababa de llegar a la sala de reuniones. Café, Té… necesitaba algo que le recargara las pilas. Si hubiera querido mantenerse despierto toda la noche, estaba convencido de que no hubiera sido capaz. Sin embargo, su cuerpo se negó a dormir aquella noche. Pero ahora le reclamaba una cama con urgencia; el problema estaba en que si su cuerpo quería seguir durmiendo en una amplia cama cómoda, seguir comiendo y seguir viviendo, necesitaba estar despierto cinco horas más, por lo menos.

 

         - ¡Eh Ranma! ¿A que no sabes quién no ha mojado esta noche con su mujer y la va a pagar con nosotros?

 

         - Sorpréndeme Matt… - se dio la vuelta con una taza de té humeante y se apoyó contra la pared, esperando la respuesta de su compañero.

 

         - Dummy – dijo pasando una hoja de la revista que estaba leyendo – Verás la que nos va a caer. Sin hacer nada, pero solo por que el muy imbécil necesita desahogarse con alguien. Podría darse cabezazos contra la pared o meter los dedos en un enchufe… y dejarnos en paz.

 

         - A ver si ahora te mosqueas tu también, que era lo que me faltaba hoy. – Hubo un silencio. Se escuchaban los teléfonos sonar, las impresoras inyectando tinta, las pulsaciones sobre los teclados… Todo aquel ruido podía convertirse en algo desquiciante para Ranma. Suerte para él que lo escuchaba poco tiempo durante el día. Miró a Matt, que estaba reclinado sobre una silla, con los pies sobre la mesa y una revista en las manos… Un momento, pero esa no era… -  ¿Qué lees Matt?

 

         - Yo no leo Ranma, tendrías que saberlo ya. Solo miro las fotos…

 

         - Vale – dijo con cierto tono cansado - ¿Qué revista es esa en dónde estás mirando las fotos, Matt?

 

         - Kawaii – dijo sin más – A mi mujer le gustan las letras, la cantidad de chorradas que dicen en este tipo de revistas. A mi me gustan la gran variedad de fotos de tías que trae.

 

         - Ahm… - Así que ahí era donde escribía Akane… - Déjamela un momento.

 

         - ¿Desde cuando miras tu este tipo de cosas? – dijo sorprendido y atrayendo hacia sí mismo la revista, como si con ese acto la escondiese – Tu siempre estás con el periódico o con el National Geographic.

 

         - Pero hoy no veo periódicos aquí, ni tampoco el National Geographic. Déjamela, anda – se acercó a Matt

 

         - No seas toca-pelotas Ranma. Mira la cantidad de revistas que tienes encima de la mesa… ¿O es que alguien te ha dicho que hay algo calentito en este número? – los ojos de Matt se abrieron de repente y empezó a mover las hojas de un lado para otro ansioso, buscando algo ‘calentito’.

 

         - No, no es eso… Da lo mismo, ya la cogeré luego – se sentó en una de las sillas que rodeaban a la enorme mesa rectangular - ¿A qué hora es la reunión de hoy?

 

         - A las 18.00, pero como te he dicho Dummy está echando humo, así que seguramente se habrá entretenido por el camino voceando a alguna secretaria o algo así…

 

         - Pobre de ella… - dio un gran trago de té y esperaron en silencio.

 

De repente, la puerta se abrió golpeando la pared. Casi se pudo escuchar como se tambaleaban los cristales que insonorizaban la sala. Ahí estaba Dummy, el terrible.

 

         - ME CAGO EN… - se contuvo, por los pelos – Estoy rodeado de incompetentes… - anduvo a paso ligero hasta su asiento, presidiendo la mesa - … no pueden dejarme las cosas en su sitio, no, tengo que ser yo quien vaya de arriba para abajo buscándolas. ¡SE SUPONE QUE TRABAJAN PARA MI!

 

         - Buenas tardes Guinns – dijo Ranma

 

         - ¿Buenas tardes? – dijo irónico y malhumorado pero controlándose – Toma – le deslizó una carpeta de color marrón sobre la mesa – Ya tienes trabajo.

 

         - Vale… - Ranma la abrió y la ojeó por encima

 

         - ¡TÚ, Levanta el culo! – Matt pegó un respingo de la silla y tiró la revista sobre la mesa – Ahí tienes lo tuyo. – le dio otra carpeta - Os tengo aprecio, sois eficaces. No hagáis que cambie mi perspectiva sobre vosotros mientras estáis aquí, hacedme el favor. Vigilad las estadísticas, hay mucha información interesante en ellas…

 

Matt caminó hacia la salida, observando si faltaba algún documento en la carpeta. Ranma cogió entonces la revista, con la intención de revisarla más tarde… Sería interesante saber de lo que escribía Akane y cómo lo hacía.

 

Salió de la sala de reuniones y caminó por el largo pasillo hasta su despacho, que estaba al otro lado de la planta. Obvió que algunas de las secretarias le mirasen como si fuese un trozo de tarta de chocolate. Él no llegaba a comprender por qué las mujeres parecían prácticamente sumisas a él. Lo que él dijera, fuera lo que fuese, estaba bien dicho para la mayoría de ellas y eso incluía todos los aspectos. Quería entenderlo y no podía. Simplemente, él no se juzgaba a sí mismo como un hombre lo suficientemente atractivo como para atraer las insinuaciones de las féminas que trabajaban a su alrededor (o de cualquier fémina con la que se cruzase), si no más bien como un hombre del montón. Aunque, para qué negarlo, a veces utilizaba esa pequeña ventaja con alguien…

 

 

 

 

 

Akane estaba agotada. Había trabajado cuatro horas frente al ordenador, buscando la manera más sutil de corregir los “supuestos errores” que su energúmeno redactor jefe le había dicho que debía cambiar. Pero al fin, lo había terminado.

Abrió su gestor de envío de correo electrónico y le mandó la copia acabada. Esperaba por su bien que este le gustase, por que no estaba dispuesta a cambiar nada más.  Una corrección sobre su trabajo y manera de expresarse le eran más que suficientes. Si esa copia no le gustaba, se la podía tragar de un sorbo y ahogarse con ella.

 

La perra de su adorable vecino empezó a ladrar. No supo ni cómo, ni por qué ni cuándo, corrió a plantarse tras la puerta y comenzó a mirar por la merilla esperando que fuese él el motivo por el cuál, el dichoso animal comenzó a ladrar desesperado.

Torció el gesto, no hubo suerte esa vez.

Se estiró a conciencia, los músculos de su espalda estaban atrofiados y entumecidos. Apoyó las manos en las caderas y decidió prepararse un sándwich de jamón cocido y queso y después saldría a correr por el parque que había dos manzanas más allá. Un poco de ejercicio antes de cenar la vendría de maravilla.

 

 

 

Después de pasarse dos horas revisando papeles y más papeles, Ranma decidió que ya era suficiente, que era demasiado débil y le era imposible controlar su fuerza de voluntad y frenar su curiosidad.

Levantó todos los papeles y arrastró por debajo de ellos y sobre la mesa la revista. Ojeó el índice y abrió por las páginas que éste indicaba, a la vez que se reclinaba sobre la silla y cargaba los pies sobre la mesa. Se iba a dar un gustazo leyendo aquello. Y le daba igual si decía barbaridades sobre los hombres, estaba dispuesto a soportar que su ego fuese herido, con tal de conocer el tipo de trabajo y una parte de la psique de aquella preciosa mujer.

 

El título era interesante “¿Por qué los hombres nunca te hablan de su trabajo?” De acuerdo, reconocía que no hablaba con casi nadie de su trabajo, y que tampoco lo hizo con ninguna de sus antiguas parejas aunque, eso sí, para él era completamente justificado el no hacerlo. Siguió leyendo y casi le da un ataque de risa al leer lo siguiente: “La solución es simple; su trabajo es un campo de batalla y él es el jefe de un escuadrón sin soldados; acaban de abatir a todos sus hombres. Se ha tenido que enfrentar solo al enemigo, llevar arrastrando a alguno de sus súbditos, conseguir que no le abatan a él y además, al menos, eliminar a alguno de los malos” Cuando consiguió dejar de imaginar la situación, la puerta de su despacho se abrió. La revista voló por los aires contra la pared que quedaba tras su silla, y la gigantesca pila de papeles estuvo a punto de desparramarse sobre todo el suelo.

 

         - Señor Saotome – la joven secretaria entró ruborizada – Le esperan en el despacho del Señor Yuno. Debe tramitar…

 

         - Sí, lo se Naomi, lo sé. Ahora mismo voy.

 

         - De acuerdo – la joven sonrió y se perdió tras la puerta.

 

Ranma suspiró y volvió a reír. Acababa de evitar que le abatiesen en el campo de batalla. Los malos estaban controlados… por ahora.

 

 

Hacía tiempo que no salía a correr una hora al completo. Normalmente lo hacía durante media hora y la otra media restante volvía caminando a casa. Pero hoy había decidido cansarse en extremo. Una hora al completo corriendo y media hora andando hasta llegar al apartamento.

Estaba esperando en la acera de enfrente de su portal a que dejaran de pasar coches para poder cruzar la calle. Estiró el cuello y balanceó los brazos de adelante a atrás mientras permanecía allí, como un pasmarote. Teóricamente era más fácil que un coche la dejara cruzar si estuviera en un paso de peatón, pero para su desgracia, el más cercano estaba a unos doscientos metros y estaba demasiado cansada como para sumarle medio kilómetro más a su recorrido extra-largo de hora y media. A eso había que añadirle el hecho de que los conductores solo hacen caso a las señales y respetan las normas el primer mes de ser nóveles, después, como si éstas no existieran. Es más, parecía que asustar a un peatón, hacer un amago de atropello o atropellarle directamente era una manera de ganarse unos puntos extras en alguna especie de nuevo bono de tráfico que consistía en “eliminar el exceso de población”, por que el número de accidentes de ese tipo se había incrementado en la ciudad un 13%.

 

Después de dos minutos haciendo amagos para cruzar, finalmente lo consiguió echando a correr. Cuando llegó a la acera del portal, se dio cuenta como de un lujoso coche negro salía su vecino, Ranma.

 

Sí, lo suyo podía calificarse como un caso de mala suerte crónica. Estaba en chándal, sudada y cansada. Y no hubo momentos en todo el día más que ese para encontrarse con su vecino del alma. Podía quedarse en la calle durante unos minutos más, así le daría tiempo a él para que subiera al sexto y pudiera meterse en su casa, evitando de esa manera encontrárselo en el portal.

Pero ¿Qué más le daba? No era la primera vez que la veía en chándal y con mala cara. Además ¿Sabía acaso si él quería algo más que ir a ver Hamlet con ella? Nada la indicaba por el momento, que ese hombre tan interesante, atractivo y sexy quisiera algo más con ella que una relación cordial. Quizá solo buscaba a alguien para ir al teatro y punto. Seguramente no habría nada más de trasfondo. Igual era gay. ¿Quién podía saberlo?

 

Así que, durante un minuto de calibraciones mentales, decidió no esconderse y dirigirse al portal. Si se encontraban bien y si no, también.

Buscó las llaves en el bolsillo, abrió la puerta y entró. Subió los escaloncitos canturreando y al llegar al descansillo del ascensor observó que éste estaba en marcha. Suspiró aliviada al no verle.

 

         - Hola – dijo él tras de sí.

 

Akane dio un respingo y creyó que le daba un infarto al corazón. 

 

         - ¡Joder, que susto! – se dio la vuelta y le miró. Vaya, él no parecía haber tenido el mejor de los días – ¿Eres siempre tan sigiloso?

 

         - Solo a veces… - respondió acercándose a la puerta del ascensor.

 

         - La próxima vez haz un poco de ruido… Mueve las llaves o canturrea algo…

 

         - ¿Cómo tú? – su mirada era un poco turbia. A Akane le sorprendió.

 

         - ¿Qué?

 

         - Que si la próxima vez quieres que canturree como lo estabas haciendo ahora tú. Que por cierto, no creo que lo hicieras precisamente para advertir de tu presencia… - el ascensor seguía en funcionamiento pero sin llegar a la planta baja.

 

         - Sabrás tú por qué estaba canturreando acaso… - masculló Akane cruzándose de brazos y mirando a la puerta del ascensor.

 

         - Tengo mi teoría, sí – recargó todo su peso sobre su mano derecha que yacía sobre el mármol que recubría la pared - ¿Por qué coño tarda tanto? – susurró

 

         - Alguien lo estará usando. Ahí tienes una respuesta lógica a tu pregunta.

 

         - Lo lógico sería que ya hubieran terminado de utilizarlo. El ascensor tarda veinte segundos en llegar al último. Si sube y baja tardaría cuarenta segundos. Llevo aquí un minuto y cuarenta segundos, lo que le da al menos para subir al último y bajar dos veces y añadirle una subida al tercero.

 

         - ¿Y te has parado a precisar y sumar los segundos que tarda alguien en salir del ascensor? – Akane estaba sorprendida por el cálculo que había trazado él. Era muy curioso.

 

         - Ya lo incluía en los veinte segundos. – De repente golpeó la puerta metálica del ascensor con la palma de la mano izquierda.

 

         - ¿Qué haces?

 

         - Llamar al ascensor – señaló él en un tono que advertía evidencia - ¿De dónde vienes? – preguntó arrastrando la mirada por toda ella.

 

         - De correr un poco – ella también le chequeó. Aquel traje le sentaba de maravilla - ¿Y tú?

 

         - De trabajar – notó como él llevaba una mano hacia la espalda y se recolocó la americana – Y dentro de cuatro horas me voy otra vez – él mismo se sorprendió por darla esa información.

 

         - Vaya horario más extraño – y ella se sorprendió por el horario – No sabía que los funcionarios tuvierais esas horas de trabajo tan raramente repartidas. – dijo con sarna.

 

         - Ya te dije que no soy funcionario – por fin la luz del ascensor se apagó. Él presionó el botón de llamada – Soy ejecutivo.

 

         - Y vuelvo a preguntar…  ¿Desde cuando los ejecutivos tienen esas horas tan raras para trabajar?

 

         - Desde que hacemos viajes de negocios y nuestros vuelos salen a las tres de la mañana.

 

         - Al menos dormirás en el avión ¿No? – el timbre que indicaba que el ascensor había llegado a la planta baja chirrió.

 

         - ¿Y eso, a qué viene? – abrió la puerta y la dejó entrar.

 

         - No tienes muy buena cara. Pareces bastante cansado – pulsó la tecla del sexto al mismo tiempo que él y sus dedos se rozaron. A ella la relampagueó un escalofrío. Él no parecía afectado.

 

         - Mal día en el trabajo.

 

¿Acaso pensaba hablarla del trabajo? Eso si sería una sorpresa a parte de muy extraño. Solo se conocían de cuatro veces que se habían visto, dudaba que fuese a contarla algo de su trabajo tan pronto… Pero también le parecía al menos curioso, la manera en que ya se estaban hablando, como un matrimonio que no tiene ganas de verse el uno al otro.

 

         - Ohm… - gimoteó ella – Espero que descanses.

 

         - Gracias. – se hizo el silencio durante unos tres segundos – Sigue en pie lo del sábado ¿No?

 

         - Sí, claro. ¿Por qué no?

 

         - Podría comerte… 

 

Ella le miró extrañada. Ranma tenía una ligera sonrisa afectada, que la removía las tripas de placer. Desvió la mirada hacia la puerta.

 

         - Te caparía solo por intentarlo.

 

Él echó a reír, abrió la puerta y la sujetó hasta que ella salió. Levantó una mano en señal de despedida mientras le daba la espalda. La perra empezó a ladrar.

 

         - Que descanses, Akane. – ella le miraba desde la entrada de su apartamento. Él abrió y entró sin decir nada más.

 

         - Hasta mañana… - susurró ella con una amplia sonrisa en los labios. Estaba claro, ya no le tendría un setenta por ciento de veces rondando en su mente, ahora le tendría un ochenta.

 

<< Atrás  ·  Siguiente >>

Hosted by www.Geocities.ws

1