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EL HECHICERO
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NOCHE 3 |
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En el palacio era todo un caos. Gente
corría para un lado y otro, ejércitos de soldados salían cada hora en
busca de nuevas pistas sobre la princesa. Nada, ninguna noticia
favorable llegaba a oídos del príncipe o del rey, y una amarga
tristeza inundaba sus corazones. De repente, cuando el príncipe se
disponía a salir nuevamente, apareció ante él un pobre leñador,
quien le dijo con desesperación que la princesa era prisionera de un
ogro repugnante. El príncipe no esperó a su hueste, siguió las
indicaciones del hombre y a todo galope llegó a la entrada del castillo
del brujo. Gracias a las fórmulas mágicas, la
mascota del brujo se había transformado en la princesa, encadenado a un
muro a orillas de un pozo sin fondo, ubicado en los sótanos del castillo. El príncipe entró al castillo que estaba
extrañamente sin guardia alguna, y lleno de rabia se apresuró a
encontrar al ogro que tenía a su amada. — ¡Sal,
bestia del infierno, ven a pelear conmigo, te estoy esperando! El brujo, que estaba observando desde
un rincón, se transformó en un enano de tosco rostro, y se mostró
ante el príncipe muy sorprendido. — ¿Q...quién es usted? ¿Cómo se atreve a entrar
de este modo...? — ¡Tú, pobre viejo, debes ser quien sirve al ogro
dueño del castillo! ¡Pues bien, prepárate que correrás la misma
suerte de tu amo! Y el brujo, aún con la apariencia de
enano, corrió escaleras abajo llamando al ogro, y atrayendo al príncipe
hacia su trampa... Cuando vio
a la princesa, a punto de caer al vacío, el príncipe quedó pasmado en
la orilla opuesta. Tal fue su angustia por salvarla que no se dio cuenta
que el brujo ya había tomado su forma original, ni se dio cuenta que lo
esperaba espada en mano. La lucha fue fiera. Príncipe y brujo
buscaban la victoria, y la estocada final parecía venir tanto de un
lado como del otro. Sin embargo, la poción bebida por el animal perdía
su efecto, por lo que el brujo se apresuró al siguiente paso de su maléfico
plan. Atacó de tal manera al príncipe que no le dio tiempo a éste de
apoyarse bien sobre sus pies, y a la siguiente arremetida cayó al suelo
con la espada del brujo frente a su rostro. El malvado hechicero levantó
su espada, y con la mayor de sus fuerzas la blandió contra su
adversario, apenas unos centímetros más arriba de su cabeza, lo justo
para cortar las cadenas que impedían que la supuesta princesa cayera al
vacío. — ¡Ahora
mira lo que has logrado al oponerte, pobre infeliz!—y diciendo esto,
el brujo lanzó la más hiriente carcajada directo al corazón del príncipe,
que miraba atónito cómo su amada esposa caía sin poder hacer nada
para impedirlo. Lanzó un grito estremecedor, y se abalanzó sobre el
brujo, que aún se reía de los resultados obtenidos. Sin embargo el
joven estaba tan destrozado por dentro, que sus fuerzas no lo acompañaron
y su voluntad fue cediendo a las cadenas que horribles gárgolas
amarraban a su cuello, manos y pies, arrastrándolo a las mazmorras. Mientras tanto, en la torre, la
princesa era atormentada por sus guardianes, quienes le informaban con
lujo de detalles lo que acontecía con su amado. Y cuando supo que la
creía muerta y que estaba prisionero, lloró desconsoladamente. De
pronto las gárgolas que la vigilaban bajaron de la torre, al mismo
tiempo, dejándola sola. Supuso que de alguna manera el brujo las había
llamado, quizás para que lo ayudasen en sus preparativos con el alma
que robarían al príncipe. Entonces, con su último atisbo de voluntad,
forzó la puerta, una y otra vez, hasta que logró que la madera
carcomida cediera. La princesa corrió, bajó la torre
casi sin saber cómo, y gracias a que no había ninguna vigilancia llegó
a la salida y montó el corcel del príncipe, que seguía esperando a su
amo. Llegó al palacio, pero no encontró a nadie del ejército, ni a su
padre ni a los caballeros de la corte, que de seguro la estarían
buscando. Entonces subió a sus habitaciones, sin saber qué hacer, y de
repente su vista se cruzó con una fuerte luz, que destellaba sobre unos
tapices. Se acercó para saber de qué objeto se trataba, pues ni la
joya más espléndida brillaba de tal manera. Entonces se acordó de su
esposo y se sintió decidida a hacer lo que estuviera a su alcance para
salvarlo. Sin pensar tomó aquel objeto tan brillante y lo guardó entre
sus ropas, saliendo minutos después a todo galope de vuelta al castillo
del hechicero. Todo estaba tal cual a como cuando ella salió del lugar;
al parecer no se habían dado cuenta de su ausencia, o quizás ya no les
importaba... Corrió buscando las mazmorras, hasta
que llegó justo en el momento en que, al parecer, la ceremonia negra
estaba en su plenitud. El brujo repetía palabras incomprensibles, al o
que un grupo de gárgolas vivientes respondía al unísono. El príncipe
estaba encadenado en un rincón, con la mirada perdida, y al parecer
estaba completamente poseído por los hechizos del brujo pues al
desatarlo hizo todo cuanto se le pidió. Se tendió de boca en el suelo,
con los brazos extendidos por delante de su cabeza. Luego fue rodeado
por gárgolas que llevaban en sus garras antorchas de fuego verde. Seguían
repitiendo una y otra vez las mismas frases, guiados siempre por el
brujo. Llegó un momento en que la princesa no veía ya al príncipe, y
desesperada apretó entre sus manos aquello que trajera sin darse cuenta
desde su palacio... De pronto
descubrió que se trataba de uno de los cuernos de unicornio que el príncipe
le trajera de sus cacerías, y brillaba tanto que lo soltó para
cubrirse los ojos. Los ritos se detuvieron, y por un momento todos
quedaron expectantes. La luz lo invadió todo, cegándolos por completo.
Después, poco a poco, la princesa abrió los ojos y se sorprendió aún
más con lo que tenía frente a ella :
de pie, resplandeciendo como una joya, había un magnífico
unicornio blanco azulado. Tanto el brujo como las gárgolas estaban en
el suelo, al parecer atacados por el unicornio. Y el príncipe se
hallaba de pie, frente al enorme animal que le hablaba: — Soy aquel unicornio que cazaste en tierras
lejanas, el que tanto trabajo te dio ya que
desaparecía en el bosque. ¿No sabías que soy una criatura
sagrada? — Lo
siento. Mil perdones, gentil unicornio. En realidad escuché algunos
relatos, pero no creí que fueran verdad... — Pues sí
lo eran, príncipe. Hay otros unicornios, bestias apacibles y frágiles,
pero nada más que simples bestias. Yo soy distinto, llevo la Magia
conmigo. Somos muy pocos,
pero infinitamente importantes... nosotros resguardamos los sentimientos
más nobles de la humanidad, he ahí nuestra importancia. El príncipe escuchaba apenado lo que
el unicornio le decía, arrepentido de su acto y temeroso de lo que le
pudiese costar. Bajó la cabeza, sin dejar de escuchar cada palabra que
le decía con una voz profunda y serena. — Dejé
que me atraparas sólo para ver qué sentimiento te impulsaba a cazarme,
si serías un vil comerciante o tendrías un sentimiento más noble. No
es razón que valga el que quisieras cazarme sólo para cortejar a una
mujer; sin embargo hoy he descubierto que en realidad es un inmenso amor
el que te movió a aquel acto, y no sólo a ti, sino que también a tu
esposa. En ese
momento el príncipe se volvió hacia donde la princesa escuchaba con
visible emoción lo que el unicornio decía, y corrió a su lado para
abrazarla con todas sus fuerzas. El
unicornio siguió hablando: — Es amor verdadero el que hay entre ustedes, y por
eso he querido olvidar todo lo que ha pasado y ayudarlos en este
momento... Y diciendo esto, arremetió contra
algunas gárgolas, que se venían incorporando. De una estocada tres gárgolas
quedaron reducidas a pequeños trozos de roca, y poco a poco el resto
corrió la misma suerte. Sin embargo, y con gran preocupación, no veían
por ningún lado al brujo. Resultó que éste se había escondido, pues
sabía cuán poderosa era la magia de un unicornio. Pero rápidamente
fue descubierto, y poco a poco retrocedía hasta el pozo sin fondo. — ¡Maldito animal , no podrás conmigo, he luchado
demasiado para obtener todo lo que tengo! —Deberías temerme, hechicero, pues sabes más que
todos que tu magia es más débil que la mía, no podrá salvarte esta
vez. Y el unicornio se enlazó en una fuerte
lucha con el brujo, cada cual enviando rayos más poderosos en contra
del otro. El hechicero ocupó todas las pócimas que tuvo a mano, junto
a una serie de conjuros malignos que el unicornio respondía con
poderosos rayos provenientes de su cuerno. Parecía que la lucha no terminaría
nunca, pues ambos contendores contestaban con igual fuerza, aunque se veía
inseguridad en los ojos del brujo. De pronto, y sin que se alcanzaran a
dar cuenta, algo salió desde el pozo sin fondo, cayendo de lleno sobre
el brujo, que cayó al suelo junto con el animal que no era otro que su
horrible gato. Resultó que el animal se había sujetado con sus garras
a un saliente de las paredes del pozo, y estaba esperando el momento
justo para su venganza, pues el brujo no había tenido problemas en
sacrificarlo para concretar sus planes. Usó todas sus fuerzas para
arrastrar a su amo hacia el pozo, con todas las intenciones de lanzarlo.
Pero la fiera estaba aferrada a él con tanta fuerza, que no alcanzó a
soltarse y tanto brujo como mascota cayeron y cayeron gritando
desesperadamente. Luego, solo silencio...
ººººººººººººº ººººººº º ººººººº ºººººººººººººººº En el Palacio Real todo era fiesta. Los
cortesanos mantenían alegres grupos de conversación, y el banquete
estaba pronto a comenzar. Los jardines se iluminaban de múltiples
colores por la inmensa variedad de fuegos artificiales preparados
especialmente para la magnífica celebración, y las orquestas llenaban
todo de hermosas melodías. Dentro, en los salones, el príncipe y
su esposa recibían a los invitados de todo el reino y alrededores,
aceptando sus saludos y buenos augurios.
El
unicornio, después de ayudar a la pareja, desapareció sin dejar
rastro, no sin antes soltar sobre sus cabezas algo del polvo de
estrellas que traía en sus crines, diciéndoles que siempre estarían
protegidos y unidos por el verdadero Amor...
FIN
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