EL HECHICERO

 

 

NOCHE 1

 

Este pequeño cuento lo escribí durante tres noches seguidas, mientras conversaba con un ciber-amigo por chat. Yo lo retaba a que me escribiera poesía, y él me retó a que le hiciera honor a mi nick (sí, éste, el de Sherezada ;D) . Y por supuesto, me puse manos a la obra. Ya está, aquí tienen el resultado (lo separé por noche, ver arriba). El título no fue muy pensado, pero tampoco tengo ganas de pensarle uno ahora.

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Érase una vez, una princesa que estaba muy enamorada de un príncipe de tierras lejanas. El príncipe la cortejaba y le había prometido pedir su mano en matrimonio, sin embargo, el tiempo pasaba y pasaba y el Rey no recibía petición alguna de parte del príncipe. Un día, mientras la princesa paseaba por los enormes jardines del palacio, oyó que dos personas hablaban :

 

— Vengo de las tierras del oeste, y dicen que nunca han visto al supuesto príncipe que viene a visitar tan seguido a la princesa.

— ¿Entonces creen que se trataría de algún bandido?

— Me temo que lo que se dice es mucho peor... Se dice que se trataría de un viejo Hechicero, quien practica la magia negra, y tendría pensado enamorar a la princesa y luego marcharse, dejándola desconsolada.

— ¿Pero qué ganaría con eso?

— ...nadie lo sabe, pero dicen que ha ocurrido en varias tierras de más allá del mar.

 

La princesa  no quiso que quienes hablaban la vieran, de manera que corrió sin hacer ruido hasta el otro lado del jardín.

— No puede ser, es imposible que mi amado príncipe sea un terrible Hechicero, sé que él me ama, y prometió casarse conmigo...

Los días pasaban y la princesa se ponía más y más triste, no quería creer lo que había escuchado, pero algo le dolía en su corazón como una afilada daga. Entonces tomó una decisión: esa noche saldría por los pasadizos secretos del palacio hasta el pueblo disfrazada de mendiga, y averiguaría todo lo que le fuese posible.

Cuando se encontró fuera, se acercó cautelosamente a los grupos de indigentes que se agolpaban sobre los restos de frutas que habían quedado en donde de día se instalaba el mercado. Era cierto que los rumores corrían cada vez con más fuerza, pero también los guardias que traía el príncipe se encargaban de silenciar rápidamente a quienes escuchaban diciendo algo al respecto.

 

Al día siguiente volvió el príncipe a la Corte del rey, llevando exquisitas piezas que traía de su reciente cacería, incluidos un par de cuernos de unicornio de belleza incomparables. Luego del banquete de bienvenida, invitó a la princesa a pasear por los parques. El príncipe le decía hermosas palabras de amor, que la princesa no podía resistir y olvidaba por completo sus dudas. La sonrisa de la princesa brillaba a la luz plateada de la luna, mientras él le prometía que a la mañana siguiente pediría su mano.

 

— Te concedo la mano de mi hija, la princesa – dijo el rey, y de inmediato sonaron las campanas de todo el reino, celebrando la próxima boda real. Los preparativos fueron maravillosos, todos los adornos del castillo deslumbraban, las flores y fuentes de agua estaban por todos lados, y las calles del reino se adornaron con miles de banderas multicolores. El día llegó, y los pétalos de flores recibían la carroza en la que la princesa iba feliz y hermosamente vestida, sólo comparada con un ángel. El príncipe esperaba galante en la entrada de la Iglesia, y quedó deslumbrado al ver a su futura esposa bajar delicadamente del carruaje. Le ofreció su mano y caminaron juntos hasta llegar frente al altar.

En las calles los rumores de malos agüeros desaparecieron , y sólo se hablaba de la bellísima pareja de recién casados.

El banquete de bodas fue espectacular, la corte real lucía sus más espléndidas galas, y de todos los reinos cercanos llegaron representantes, llevando consigo magníficos obsequios. Pero sin duda alguna, lo más bello era ver a la pareja real mostrando en sus ojos la felicidad de aquel momento.

La princesa  se retiró un momento a sus habitaciones, junto a su doncella de confianza:

— Hay, querida doncella, estoy tan feliz que estoy segura de que todas las habladurías con respecto a mi marido son sólo mentiras. Imagínate, ya estamos casados, no me abandonó como se decía que lo haría.

— Sí, mi princesa, no tiene de qué preocuparse, sólo debe ser feliz.

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