NÚMERO (XIV)

 

    

EL MUNDO MODERNO

1. PRECISIONES PREVIAS

   Lo que damos en llamar "mundo moderno" es un estado de cosas que tiene su origen en un proceso histórico revolucionario de paulatina destrucción de la Civilización Cristiana Medieval.

   Vamos a tratar de desenterrar las raíces de este proceso e interpretar su sentido. Pero son necesarias algunas precisiones previas.

   Decíamos al principio que la Revolución Moderna ha sido vista como una "conjuración". Se ha dicho que la transformación que significa el advenimiento de la modernidad es tan importante y tan honda que sólo pudo ser el efecto de una conspiración de grupos ocultos iniciáticos o, si se quiere, contrainiciáticos, que tramaron la modificación de la historia en un sentido revolucionario.

   Esta acción conspirativa habría sido comenzada, tal vez, a partir de la decadencia del monacato y de las órdenes medievales, operada desde adentro, y luego transmitida a lo largo de generaciones sucesivas de conspiradores, hasta llegar a las sectas masónicas y las fuerzas secretas sinárquicas modernas.

   Según nuestro modo de ver, en principio, es imposible negar la existencia de una vasta y multisecular conspiración, toda vez que la acción de fuerzas ocultas se encuentra sobradamente comprobada en la propulsión de los más importantes movimientos revolucionarios de los últimos siglos, los cuales, además, presentan una coherencia y una continuidad tales que resultarían inexplicables sin el manipuleo sagaz de agentes conscientes de sus fines y objetivos.

   Empero, nosotros no queremos exagerar demasiado la importancia de las acciones conspirativas. Preferimos más bien insistir en el análisis de los principios y energías espirituales que fueron conformando y definiendo al mundo moderno en los sucesivos movimientos revolucionarios.

   Ocurre que el movimiento de la Revolución Moderna tiene una profundidad que está más allá de lo humano. Pensamos que, muchas veces, las conspiraciones no fueron la causa sino el efecto de ciertos cambios radicales que primero se produjeron en el espíritu del hombre, y cuya explicación no es política sino metafísica. Más todavía: quizá sería el caso de preguntarse si el énfasis tan reiterado puesto por tantos autores, grupos y elementos de "derecha" en la afirmación de las teorías conspirativas como explicación unívoca o principal de la Revolución Moderna, no ha contribuido frecuentemente a encubrir a otros más altos responsables, siempre anónimos, enquistados secularmente en las principales jerarquías institucionales de Occidente.

   Sólo en la medida que sepamos discernir los principios y energías espirituales que engendraron a la modernidad, podremos divisar con cierta claridad los horizontes que se ciernen sobre el género humano en este siglo.

   La primera pregunta que surge al estudiar el nacimiento del mundo moderno es de qué modo pudo resquebrajarse la perspectiva cristiana que definía el espíritu del Medioevo. Para ello debemos analizar ciertas cosas que sucedieron en la misma Edad Media.

2. LA CATÁSTROFE DEL CISMA GRIEGO

   Uno de los sucesos más estrepitosos que marcaron el paso de la baja a la alta Edad Media fue la descomunal fractura que sufrió la Cristiandad con el llamado cisma griego o greco-ruso. En un momento dado casi todo el cristianismo oriental se escindió de la Iglesia Romana y del Pontificado Romano.

   En el plano doctrinario las causas del cisma aparecen centradas en la ardua cuestión del "Filioque" sobre la procesión del Espíritu Santo en la Trinidad.

   Según confesaba el Símbolo de Nicea y Constantinopla, el Espíritu Santo procede del Padre. En la liturgia occidental, primero en España y luego en Francia, comenzó a confesarse la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo: "Patre Filioque". La recepción de esta fórmula por Roma provocó la reacción de las Iglesias orientales que culminó en el cisma de 1054.

   La disputa doctrinaria o teológica fue conciliada en el Concilio Ecuménico de Lyon (1274) y luego en el de Florencia (1438/45), los cuales definieron que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, mas no como de dos principios sino como de un solo principio; no por dos espiraciones sino por única espiración[41].

   Con el correr del tiempo, a pesar de la conciliación de la cuestión, el cisma no sólo se mantuvo sino que se ahondó cada vez más. Ocurría que, en el sustrato del mismo, se anidaba también una profunda escisión de mentalidades entre Oriente y Occidente. No exageramos al decir que esto significó para la Cristiandad una verdadera catástrofe.

   Soloviev describe muy bien esta catástrofe y el decurso posterior de las iglesias orientales autocéfalas, separadas de Roma. Quedaron como sin rumbo, guiadas por sus propias tendencias, las cuales se caracterizaban por un predominio total de la línea piadoso-contemplativa reacia al racionalismo y al legalismo. Después del cisma, esta tendencia espiritual fijó a las iglesias cismáticas en una especie de quietismo inmovilista que forjó toda una escuela —el hesicasmo— cuyo contenido fue causa de ardientes disputas[42].

   En este decurso las iglesias cismáticas se sumieron en el apartamiento de cualquier posibilidad de acción que pudiera influir efectivamente sobre la realidad concreta de hombres y naciones.

   Sin embargo, sería torpe no advertir el desangramiento espiritual que, por otro lado, significó el cisma para Occidente. Si bien que detentador del vínculo legítimo con el Pontificado y de la verdadera ortodoxia en la Fe, al serle amputada, de hecho, la riqueza espiritual y la tradición mística del Oriente, con el correr de los siglos, el cristianismo occidental se fue deslizando insensiblemente hacia formas religiosas cada vez más comprometidas en la acción, el "apostolado" y las obras, en detrimento de la contemplación y del culto.

   A largo plazo, esta tendencia unilateral de la mentalidad occidental fue el campo propicio para que el espíritu revolucionario moderno prendiera como una chispa en la paja seca. Y finalmente vino también a derivar en cisma y herejía, y, además, apostasía. Nos referimos a la apostasía en que desembocó el conjunto visible de la Iglesia Romana en el Concilio Vaticano II: allí se sentó el principio activo de la pastoral sobre el dogma; se estableció una doctrina intrahistórica e intramundana sobre la naturaleza de la Iglesia en franca ruptura con la Tradición[43], fundada en una cosmovisión sobre Dios, el hombre, el mundo y la historia radicalmente heterodoxa.

   Y en tren de sacar las últimas consecuencias, recordemos también que del Vaticano II derivan a modo de consecuencia directa los documentos de Medellín (1968) y Puebla (1978), y toda la temática sociológica del clero subversivo que asuela Hispanoamérica en la actualidad. Tanto deseo de acción y apostolado y tantas ansias para transformar históricamente al mundo acaban por conformar una mentalidad donde la Redención y la vida del espíritu son asumidas como parte de una visión del universo, a veces muy ardiente, pero siempre de un fondo groseramente materialista.

3. LA INFLUENCIA DEL ISLAM SOBRE LA EDAD MEDIA

   Faltan aún los historiadores que sepan esclarecer plenamente hasta qué profundidades llegó la influencia del Islam sobre la Edad Media. Aún así, no creemos aventurado afirmar que esa influencia fue enorme. Ello nos obliga a varias consideraciones.

   En los siglos que abarcan la caída de Roma y el cierre de los grandes concilios griegos que definieron el Símbolo de la Fe, la Cristiandad se perfilaba con toda su potencia incontenible. Es en aquellos siglos cuando, desde las profundidades del mundo semítico, surge el Islam alzándose como un elemento de formidable presión y contradicción frente a la Cristiandad.

   En el orden de los principios, lo que ante todo debemos constatar es que existe un "oppositum per diametrum" entre el monoteísmo semítico y la divinidad trinitaria que confiesa el cristianismo. El Dios de la Ley y de las venganzas, el Dios único y terrible que emerge de las montañas y del desierto, el Dios del Antiguo Testamento, ya no puede ser la sola y exclusiva, ni siquiera la principal acepción divina para los cristianos. Para éstos Dios es Uno y Trino, se ha encarnado y ha redimido al hombre, se ha abajado hasta su creación y ha dejado su presencia real en la Iglesia.

   Nótese que el Islam surge en la historia cuando el judaísmo, como principio religioso del monoteísmo absoluto e incomunicable, parecía en franco retroceso desde la destrucción de Jerusalén y la diáspora. Precisamente en la culminación de las consecuencias de esos acontecimientos, en la caverna del Monte Híra, Mahoma experimenta su iluminación religiosa: la vida humana, tan fugaz como el vuelo de un insecto, nada vale frente a la Unidad Divina.

   El Islam se levanta y surge a la historia bajo esa inspiración indivisible, y bien pronto proclamará la teología de la "guerra santa" cuyo objeto principal, de hecho, habrá de ser la Europa Cristiana.

   Además, el Islam arrasó con el floreciente cristianismo de todo el Norte de África y, con frecuencia, las circunstancias creadas en Europa a lo largo del Medioevo con motivo de la permanente presión del Islam favorecieron las condiciones propicias para el resurgimiento del judaísmo, que dejaba de ser un principio religioso durmiente en el enigma de la diáspora para convertirse en un poder mundano de excepcional magnitud.

   Mientras tanto, obligados los cristianos a enfrentarse con el Islam, en el fervor de las batallas la temática de la guerra santa se fue transfiriendo inadvertidamente hacia el mundo cristiano donde, con el correr de los siglos, junto a grandes gestas heroicas, también produjo fenómenos de extraña factura como, por ejemplo, la inocultable recepción de elementos espirituales y disciplinarios propios del Islam en las reglas de las órdenes religioso-caballerescas que comenzaron a multiplicarse y crecer en influencia y poder.

4. LA ALTA EDAD MEDIA

   Durante la llamada Alta Edad Media —siglos XII y XIII—, mientras la Cristiandad alcanzaba en Occidente su apogeo expresivo, comienza a verificarse una transmutación espiritual bastante difícil de definir. El asunto no es simple y no debe ser simplificado.

   Seguramente, una de las mayores paradojas del tiempo es aquella por la cual el apogeo o punto culminante de una vida marca siempre el principio de su decadencia. Forma parte de los misteriosos designios que rigen el orden universal el hecho que cuando algo llega a su plenitud allí mismo inicia su decadencia.

   En la Alta Edad Media la Cristiandad parece alcanzar su plenitud expresiva y al mismo tiempo comienza a detenerse en su ascenso. El hombre medieval se detiene para ver a su alrededor y procura redondear, cerrar, culminar su civilización de un modo glorioso. Las más altas expresiones del gótico, por ejemplo, o, en el orden del pensamiento, la Suma Teológica de Santo Tomás y la Divina Comedia de Dante Alighieri, manifestaciones grandiosas, por su misma grandiosidad, dan la impresión de algo que pugna por considerarse completado, terminado, como la actitud de quien traza una circunferencia hasta cerrar el círculo.

   En la Alta Edad Media la Cristiandad parece alcanzar su plenitud expresiva y al de su existencia terrena. El peligro del Islam, al menos en su aspecto más dramático, parece conjurado; pero nadie advierte el ambiente espiritual tan enrarecido que ha dejado. Se ha resuelto definitivamente la contradicción bárbaro romana dando nacimiento a un feudalismo vigoroso; pero nadie advierte el significado del incipiente surgimiento de la burguesía como poder. Las Cruzadas, pese a todos sus vaivenes, han dado clara pauta de la fuerza desbordante del mundo cristiano; pero nadie advierte tampoco el significado del paulatino trasvasamiento del ideal monacal hacia el ideal guerrero. ..

   Es verdad que, por muchas razones, Europa podía tenerse por el más civilizado y pujante de los continentes, el más ascendente, el que de pleno derecho estaba llamado a conquistar la tierra. La luminosa plenitud del gótico, el brillo de la escolástica, la solidez de las instituciones, el bullir de los burgos, todo tendía a crear en los espíritus un clima de ansiosa espectativa. De alguna manera, confusamente, se presentía la aurora de una prodigiosa expansión europea, como luego se daría efectivamente, aunque ya fuera del Medioevo.

   Nótese que, para comprender bien la nueva mentalidad revolucionaria que a poco se iba a formar, es necesario interpretar el sentido profundo de aquella sutil atmósfera de plenitud y complacencia que se respira en la Alta Edad Media. La complacencia, aunque sea implícita, de la plenitud, importa la detención del hombre para contemplar su triunfo y cavilar sobre la expectativa de alguna novedad importante que el triunfo aportará a la vida.

   Ahora bien, esta especie de detención expectante y cavilante del espíritu es fatal. Por un lado, el hombre detiene su ascenso porque percibe haber llegado a la plenitud; pero lo que ocurre también es que no atina a ver más alto, y por eso juzga haber llegado a lo más alto y detiene su ascenso. Esa detención supone ceder al tiempo, porque el hombre puede detenerse en su ascenso, pero el tiempo no se detiene en su curso; y entonces el hombre se sumerge en la ley de los ciclos y la plenitud deriva en decadencia.

   El punto crucial en el trasbordo a la decadencia se produce cuando la detención expectante y cavilante del espíritu ante su propia plenitud se traduce en una actitud de "mirar hacia adelante". El hombre deja de mirar hacia lo alto para mirar hacia adelante. Se produce en él una envolvente fascinación por el porvenir, por lo que el porvenir tiene de imprevisible, de nuevo, de desconocido. Y la fascinación por el porvenir trae de la mano el deseo de transformaciones. Cuando esto ocurre ya entramos en el "Renacimiento". Todavía no se ha producido ningún hecho revolucionario en el mundo, pero la Revolución ya ha estallado en las zonas más profundas del alma humana.

5 EL RENACIMIENTO

   A partir del llamado Renacimiento se inicia lo que propiamente denominamos Revolución Moderna, Revolución Anticristiana, o Revolución a secas. Un movimiento progresivo de abolición de la Cristiandad.

   El Renacimiento abarca primordialmente los siglos XIV, XV y XVI. Fue llamado así aludiendo a un supuesto renacer de la antigüedad clásica.

   Nietzsche, que veía en el cristianismo la causa de la corrupción y caída del antiguo mundo greco-romano, festejaba al Renacimiento como "una tentativa hecha por todos los medios y con todos los instintos para conducir a la victoria los valores nobles"[44].

   La disputa en torno a si el cristianismo destruyó o no, y en qué medida, al antiguo orden greco-romano no es nueva, y ya la asume con amplitud San Agustín[45]. Pero independientemente de ello, a nuestro modo de ver, carece de todo fundamento describir al período renacentista como si fuera un resurgimiento de los valores antiguos. Del Renacimiento nacieron los principios animantes del mundo moderno y una nueva perspectiva del tiempo histórico que poco y nada tienen que ver con la mentalidad propia de la antigüedad clásica.

   Es verdad que en el Renacimiento se perfila un clima espiritual cargado de cierto gusto delirante por las expresiones artísticas y filosóficas de la antigüedad clásica. Pero no creemos que ello pueda interpretarse como un regreso a la mentalidad antigua. Por el contrario, era algo exterior y superficial, incapaz de extraer ni rescatar ningún elemento valioso y profundo de la antigüedad. Más bien parecía la búsqueda de un punto de apoyo para suscitar una contradicción con la mentalidad medieval que agonizaba y se ansiaba ver muerta.

   Con el Renacimiento irrumpe en la historia un nuevo tipo humano: el hombre moderno. Es la era de los grandes artistas, de los grandes descubrimientos, de los "siglos de oro". Surge la noción de "genio", totalmente desconocida para el mundo antiguo.

   El artista ya no será más un anónimo constructor de catedrales, ni el científico un ignoto alquimista: es el tiempo de Miguel Ángel y de Galileo, de los reyes y papas mecenas. Por doquier se siente que el hombre ha comenzado a construir, con su sola fuerza, su gloria y su fama.

   Todo nace de nuevo —"re-nace"— pero ya no es uno solo el Creador, sino muchos.

6. EL REPLIEGUE INTRAHISTORICO DEL SER HUMANO

   Pero la esencia del Renacimiento no debe buscarse sólo en un clima moral o en una expresión artística. Ambas cosas son manifestaciones laterales de un centro de transformaciones que se instala en lo más hondo del corazón humano. ¿Cómo derivó en el Renacimiento aquel sutil trasbordo del espíritu que señalamos en la Alta Edad Media?

   He aquí lo que, desde nuestra óptica, caracteriza con mayor exactitud el inicio de la modernidad: una suerte de reversión del espíritu, lo que llamamos un repliegue intrahistórico del ser humano sobre sí mismo y sobre el mundo que él se ha lanzado a construir; una internación dentro de su propia existencia.

   Se trata de un fenómeno absolutamente universal por cuanto inficiona todas las manifestaciones humanas.

   Debemos distinguir dos líneas bien marcadas en la evolución de este fenómeno espiritual. La una se desarrolla en franca ruptura con el dogma de la Iglesia Católica y asume rumbos abiertamente heterodoxos con relación al catolicismo. La otra línea, más sutil y profunda, se desarrolla sin romper con el dogma católico, permanece en la Iglesia visible y crece dentro de ella transformando su rostro y vaciando su espíritu con el correr de los siglos.

   La ruptura con el catolicismo y la Iglesia medievales se plantea con suma claridad en el espíritu renacentista. En este sentido es característica la obra de Miguel de Montaigne; él expresó con acabada precisión, y hasta con cierta gracia, ese repliegue o recogimiento del hombre sobre sí mismo, como si quisiera hacer girar todo el universo desde su propio interior. En cierto lugar llega a decir que él desea ocuparse de aquello que hasta ese momento hubiera sido muy mal visto: hablar de sí mismo[46]. La realidad exterior al hombre, que antes era contemplada con admiración, pasa a ser considerada de un modo trivial, mientras el hombre comienza a tomarse a sí mismo, aun en los aspectos más banales, como algo importante, o al menos interesante.

   Sin duda el punto de maduración en la manifestación intelectual de esta tendencia al repliegue intrahistórico del ser humano, fue alcanzado por Descartes. Cuando pronuncia su famoso "Cogito ergo sum" significa que ha invertido en todos sus términos el orden del pensamiento y del espíritu humanos con relación al pasado antiguo y medieval. Significa, lisa y llanamente, que el universo comienza a ser descubierto, o más aún, construido, y tal vez creado, a partir de la absoluta subjetividad humana.

   Nosotros pensamos que todas las escuelas de pensamiento modernas —el racionalismo de Kant, el idealismo de Hegel, el marxismo, el existencialismo— pese a sus diferencias aparentemente abismales, están siempre concebidas desde la misma subjetividad humana que se forjó en el Renacimiento y que tan bien expresó Descartes.

   Pero está demás decir que la Revolución no permaneció durante todos estos siglos en el ámbito de la especulación teórica. Apenas el subjetivismo penetró en el clero como tendencia espiritual definida, fueron posibles las condiciones necesarias para que Martín Lutero proclamara el "libre examen" de las Sagradas Escrituras. Con ello se arribó a un vértice de ruptura tal con respecto a la mentalidad tradicional que inevitablemente debía trasladarse al plano de los hechos: fue la Reforma Protestante, con su secuela de guerras y revoluciones que quebraron para siempre la unidad de Europa e hicieron caducar el orden sacro medieval.

   A partir de allí, quedó por completo allanado el camino que, con el transcurso de los siglos, conduciría inexorablemente a la formación de las ideologías liberales y socialistas que provocaron el estallido de las grandes revoluciones modernas: la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Rusa de 1917. El triunfo de ambas operó la abolición prácticamente total del orden político y social de Occidente.

   Por encima de sus contradicciones, no cabe duda que los idearios liberales y socialistas, en sus diversos grados y matices, conforman una conjunción coherente de postulados y expectativas en donde la comunidad humana es concebida como la perfecta realización de los ideales de libertad completa e igualdad absoluta. Ello cristaliza en la práctica el principio de la autosuficiencia del hombre moderno y de la autocontemplación humana que guía y dirige la Revolución Moderna en su trama más profunda.

7. EL DESMORONAMIENTO DE LA ESPIRITUALIDAD TRADICIONAL EN LA IGLESIA CATÓLICA

   Decimos que hay otra línea más sutil y profunda en la evolución del fenómeno espiritual moderno, que se desarrolla sin llegar a una ruptura abierta con la doctrina católica. El desarrollo de esta línea fue el que permitió el desmoronamiento de la espiritualidad tradicional. La piedad antigua y medieval fue paulatinamente cediendo paso a lo que se conoce como "devotio moderna".

   A fines del siglo XIV se constituye en los Países Bajos y Bajo Rin la escuela espiritual que ya entonces fue llamada "devotio moderna". Sus fautores visibles fueron los Hermanos de la vida común y los canónigos regulares de San Agustín[47], que seguían una novedosa línea espiritual inspirada en Gerardo Groot y su discípulo Florencio Radewinjs.

   Bajo el impulso de estos religiosos la nueva escuela se extendió rápidamente por los Países Bajos, Alemania, Francia e Italia. En España fue recogida por el abad montserratino García Cisneros[48].

   "En el fondo —dice un autor— la "devotio moderna" fue un ramal de aquel movimiento que llamamos Humanismo y Renacimiento y que dio relieve a la personalidad humana. Huelga decir quo la personalidad toma un relieve ascético en el sentido de conocerse a sí mismo y convertir el alma humana en el centro del consorcio con Dios y campo de batalla contra el maligno. Su principio fundamental es que hay que encontrar a Dios dentro de la propia alma mediante el recogimiento y la meditación"[49].

   La "devotio moderna" funda la vida espiritual en una suerte de interioridad individual que implica un planteo religioso bien diferente al cultivo de la liturgia y la contemplación con fundamento cosmológico que proponía la piedad antigua. Paulatinamente, el universo va dejando de ser objeto de contemplación como reflejo de las energías divinas; la propia interioridad de cada alma pasa a ser el principal objeto de consideración religiosa y la moral individual adquiere desmesurada importancia.

   En la "devotio moderna" el hombre ejercita un permanente autoanálisis de su subjetividad como ámbito en el que se verifican las realidades espirituales. En la práctica ello se manifiesta en un desmedido crecimiento de la emotividad, los impulsos sensibles y, en general, todos los elementos del psiquismo inferior que pasan a constituirse en los ejes de la vida espiritual en detrimento de otros factores más sólidos y profundos.

   Ciertamente sería insensato concluir que en el ámbito de la "devotio moderna" absolutamente nadie puede obtener frutos espirituales ni alcanzar grados de santidad, ya que también deben tenerse en cuenta otros factores inconmensurables como, por ejemplo, el milagro, o las gracias extraordinarias que una persona pueda recibir en su vida. Pero nótese que aquí precisamente es donde resulta ostensible una de las consecuencias más graves de la "devotio moderna": su desarrollo a través de los siglos no sólo ha vaciado de substancia al mundo cristiano, sino que ha convertido a la santidad (para la cual están llamados pueblos, naciones y continentes) en un fenómeno extraordinario y limítrofe.

8. LA PERSPECTIVA MODERNA DEL TIEMPO HISTÓRICO

   En resumen, la perspectiva del tiempo histórico que ha forjado el mundo moderno es enteramente distinta de la perspectiva antigua y, por cierto, de la cristiana. Se trata de algo complejo, y a veces, confuso, difícil de estudiar en todas sus variantes. Sin embargo, creemos que bien puede definirse a través del concepto de progreso lineal, horizontal y cuantitativo.

   Para el hombre moderno la historia comienza a ser vista como un progreso lineal y horizontal en el tiempo, un avance, un camino que está recorriendo hacia objetivos cada vez más ambiciosos. Este progreso requiere el esfuerzo y el dolor humanos, pero el hombre no puede evitar recorrer este camino ya que al final espera encontrar, justamente, la eliminación del esfuerzo y del dolor.

   Es una perspectiva histórica que casi no tiene antecedentes en la antigüedad, si exceptuamos la visión profética del pueblo judío que recorre el camino hacia la tierra prometida. Una consecución lineal, una senda, un tránsito hacia las promesas mesiánicas.

   "Se puede considerar el mundo desde dos puntos de vista según que se insista en su aspecto cósmico o bien en su aspecto histórico. Para los antiguos griegos el mundo era cosmos, para los antiguos hebreos él era historia. Mirar el mundo como un cosmos es ser cosmocéntrico; considerarlo como una historia, esto es ser antropocéntrico"[50].

   Se explica entonces por qué el profetismo hebreo siempre asume un sesgo marcadamente integrado en la historia[51]

   Pero si la perspectiva moderna es comparable, o de algún modo derivara de la profética visión judaica, no cabe duda que lo haría en su sentido más estrictamente carnal y materialista, pues en la perspectiva moderna la idea de "progreso" tiene rasgos exclusivamente cuantitativos; toda ella está referida al dominio y control cada vez mayor que el hombre haga de los elementos de la Creación para afirmar su autosuficiencia.

   Esto es gravísimo porque semejante idea de "progreso" reduce la cosmovisión humana a la sola materia bruta, es decir, implica la clausura del espíritu para la consideración de las cosas invisibles. Como obvia consecuencia el ser humano va perdiendo densidad espiritual, se establece una primacía normal de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, el lenguaje se falsifica y se pierde la posibilidad de todo conocimiento simbólico, que es reemplazado por el más crudo racionalismo.

   No sabemos si el creciente manipuleo y transmutación de los elementos, cuya trama desconocemos, producirá un desequilibrio catastrófico en el orden universal, como muchos temen, sea por la promoción de ignoradas energías sutiles o por el desencadenamiento de fuerzas groseras. Pero, aunque así no fuera, hay un desequilibrio mucho más hondo y grave: es el que se produce en la naturaleza humana que, volcada enteramente a la consideración de la materia bruta, comienza a desdibujar en sí al espíritu. Y las consecuencias de ello, sin duda, serían más perversas que el caos de los elementos.

   No son pocos en el mundo quienes ya manifiestan su temor frente a dichas consecuencias que cada día se perfilan con mayor claridad. Sin embargo, la idea del progreso lineal, horizontal y cuantitativo parece prácticamente imposible de erradicar de la mentalidad del hombre moderno, al menos en las actuales condiciones. Tal idea constituye el motor activo, el principio animante del mundo moderno en todas sus facetas. De tal manera, cualquier intento de crítica es apreciado como un acto de impiedad hacia el género humano.

   Pese a la percepción cada vez más clara que el hombre moderno tiene de la crisis terrible en que se va comprometiendo el mundo, le resulta inconcebible renunciar a su idea de "progreso" como principio animante de su existencia, como perspectiva de la historia, pues en el fondo advierte que si lo hiciera contribuiría a desmoronar el estado de cosas en que se desenvuelve su vida y ello lo hundiría en la inseguridad total. Por eso sigue creyendo en la redención final del mundo por el progreso, y en que el progreso eliminará alguna vez para siempre el dolor y el sufrimiento, y en que hará reinar la felicidad completa.

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"FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA

PORTADA


NOTAS

  • [41] Denzinger, 460, 691.  

  • [42]  Vladimir Soloviev, "Rusia y la Iglesia Universal" (Santa Catalina. Buonos Aires (1936). 

  • [43]  "Breves consideraciones doctrinarias sobre la hipótesis de una interpretación tradicional del Concilio Vaticano II" ("Fidelidad a la Santa Iglesia" n° VIII, abril-junio 1979).  

  • [44] Friedrich Nietzsche, "El Anticristo" (Ed. Siglo Veinte, Buenos Aires 1978).  

  • [45] San Agustín escribe su extensa obra "Civitas Dei" precisamente para refutar a quienes sostenían que Roma había caído bajo las hordas bárbaras como castigo del cielo por haber abandonado a sus dioses y abrazado el cristianismo.  

  • [46] Miguel de Montaigne, "Ensayos".  

  • [47] Personajes tan famosos como Tomás de Kempis (a quien se atribuye la "Imitación de Cristo") y Erasmo de Rotterdam estuvieron vinculados a esta casa religiosa.  

  • [48] El abad montserratino García Jiménez de Cisneros fue autor del "Ejercitatorío de la Vida Espiritual"; en él se inspiró San Ignacio de Loyola para elaborar sus conocidos "Ejercicios Espirituales". 

  • [49] Manuel Trens, prologó a la "Imitación de María" (textos reagrupados de Kempis), Barcelona 1965. 

  • [50] Nicolás Berdiaeff, "Essai de Métaphysique Eschatologique" (Ed. Montaigne, París 1946).  

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