NÚMERO (XI)

 

    

I. SOBRE EL DIOS DE LOS CRISTIANOS

a) EL DIOS DESCONOCIDO

   Cuando San Pablo llegó a Atenas, estoicos y epicúreos discutían y conferenciaban sobre qué clase de divinidad enseñaba aquel hombre. La religiosidad de los griegos era muy grande, a tal punto que, entre los muchos dioses que adoraban, por temor que algún dios quedase sin la honra debida, habían erigido un altar al dios desconocido[6]:

   "Puesto en pie Pablo en medio del Areópago, dijo: Atenienses: veo que sois muy religiosos, porque al pasar y ver los objetos de vuestro culto he encontrado un altar donde está escrito AL DIOS DESCONOCIDO. Pues ése que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio".

   Aquel día se convirtieron varios en Atenas a la Fe de ese Dios desconocido, entre los cuales estaban Dionisio el Areopagita y una mujer de nombre Damaris[7]. Bien podemos decir que allí germinó la Cristiandad que después cubriría todo el orbe greco-romano.

   El altar de los griegos y el singular anuncio de San Pablo suponen algo más que una anécdota histórica o un método de predicación; encierran un misterio profundísimo: el misterio de la esencia velada de la divinidad.

   Los griegos adoraban al dios desconocido en un altar sobre el cual San Pablo les anuncia precisamente al Dios desconocido.

   ¿Es posible adorar a un Dios desconocido? ¿Cómo adorarle si no le conocemos? ¿Es posible conocer a Dios?

b) EL DIOS INVISIBLE E INEFABLE

   Cierta vez, un pagano muy instruido que exaltaba el culto a los dioses demandó vivamente a San Teófilo de Antioquía para que le hiciese ver al Dios de los cristianos. Teófilo respondió[8]:

   "¿Acaso se puede describir a Dios a aquellos que no pueden verle? Porque la forma de Dios es inefable e indecible, porque es invisible para los ojos de la carne. Por su gloria es Incomprensible, por su grandeza es Inalcanzable, por su sublimidad es Impensable, por su Poder es Incomparable, por su sabiduría es Inigualable, por su bondad es Inimitable, por su caridad es Inenarrable. Porque si le digo Luz, nombro alguna cosa que es producida; si le digo Verbo, nombro su principio; si le digo Razón, nombro su inteligencia; si le digo Espíritu, nombro su respiración; si le digo Sabiduría, es de su progenitura que hablo; si le digo Potencia, nombro el poder que tiene; si le digo Fuerza, designo su energía; si le digo Providencia, designo su bondad; si le llamo Reino, designo su gloria; si le llamo Señor, le digo juez; si le llamo Juez, le digo justo; si le llamo Padre, le digo todo... Porque todo ha sido creado de la nada para que la majestad de Dios pueda ser conocida y comprendida por la inteligencia a través de sus obras."

   He aquí, pues, una de las cuestiones más altas que ocuparon la consideración de los antiguos Padres y Doctores de la Iglesia: el misterio de lo inefable de la esencia divina que, en sí misma, constituye algo inaccesible para el conocimiento humano.

   "Deum nemo vidit unquam", dice San Juan: Nadie vio jamás a Dios[9]. "Rex regum —dice San Pablo— et Dominus dominantium, qui solus habet immortalitatem et lucem inhabitat inaccessibilem, quem nullus hominum vidit, sed nec videre potest, cui honor et imperium sempiternum": Rey de reyes y Señor de señores, que solo tiene la inmortalidad e inhabita la luz inaccesible, que ningún hombre vio, pero ni puede ver, al cual honor e imperio sempiterno [10].

   San Juan Damasceno resume así la doctrina de los Padres sobre este asunto [11]:

   "Ni los hombres —dice— ni las virtudes celestes, querubines ni serafines, pueden conocer a Dios de otro modo que por su revelación. Por su naturaleza, él está por encima del ser, y entonces por encima del conocimiento. No se puede designar su esencia sino apofáticamente, por negaciones. Lo que decimos de Dios afirmativamente no muestra su naturaleza sino sus atributos."

   Vemos, entonces, que sólo podría existir conocimiento de Dios si existiera REVELACIÓN de Dios. ¿Pero hay revelación de Dios? Y si la hay ¿dónde se encuentra?

   Santo Tomás de Aquino, en su propósito de demostrar la existencia de Dios, reconoce que el hombre por sus propias fuerzas no puede alcanzar el conocimiento del Creador sino mediante las creaturas [12]. Por eso elabora sus famosas "cinco vías" a partir del orden creado, es decir, de lo que el hombre puede ver y tocar, y reconoce, citando a San Ambrosio, que "es imposible conocer el secreto de la generación: la mente flaquea, calle la voz [13]."

   Sucede que la esencia divina siempre permanece inaccesible para la inteligencia humana por más que ésta se esfuerce. Parece que Dios ni siquiera participara del ser, sino que fuera aquello que es participado por el ser [14], que está fuera del alcance de todas nuestras facultades [15].

   ¿Como la naturaleza humana creada —pregunta San Juan Crisóstomo— podría ver lo que es increado [16]?

   Platón confiesa en un impresionante pasaje que "es laborioso hallar al hacedor y padre de todo el universo, e imposible que el que lo encuentre pueda darlo a conocer a todos[17]."

   Y no hablemos de los textos del Antiguo Testamento que a cada paso remarcan lo inaccesible e inalcanzable que está Yavé, en una columna de nube, en una columna de fuego. "No seas precipitado en tus palabras, y que tu corazón no se apresure a proferir palabra delante de Dios, que en los cielos está Dios y tú sobre la tierra; sean, pues, pocas tus palabras [18]."

c) NECESIDAD DE LA TEOFANÍA

   Vemos que todas las consideraciones que realizamos son como líneas que convergen desde distintos puntos hacia el misterio del Dios desconocido, invisible e inefable, incomprensible e inaccesible para griegos y judíos, y para todos los pueblos del orbe, para todos los hombres, que necesitan de la manifestación divina para conocer a Dios.

   Ahora bien; si existe manifestación divina, necesariamente habrá de encontrarse en el orden cosmológico, es decir, en el universo de todo cuanto existe, incluido el hombre. Este es un principio que subyace en toda la Tradición Apostólica como heredado de la más primigenia sabiduría que advierte el origen del cosmos en la divinidad. El problema reside en descubrir el arcano de la cosmogonía, la clave, el punto central del universo que manifieste de un modo pleno y perfecto a Dios.

   Si el universo es obra de la divinidad (opus Dei), en él debe encontrarse la plena y perfecta manifestación de Dios; porque si Dios es pleno y perfecto, habrá de ser plena y perfecta su manifestación. Pero si no encontramos en el universo referencia de una plena y perfecta manifestación de Dios, entonces no es posible la religión.

   El movimiento religioso que existe en el ser humano, que brota de las zonas más profundas de su alma, está dirigido a re-ligarse, a re-unirse, con la divinidad, y consiste en una búsqueda incansable de la re-velación divina y de la teofanía.

   Una iluminación pura de la inteligencia se produce cuando el ser humano advierte, en las creaturas que integran el universo, la imagen real de principios esenciales de orden absoluto y divino: la belleza, la nobleza, la gloria. Cuando estos principios son hallados y cultivados en las creaturas, entonces la faz de Dios resplandece en el mundo.

   No obstante, siempre subsiste la dificultad de ascender a Dios que remarcaban los antiguos Padres y Platón. Esta dificultad proviene de la necesidad de una manifestación plena y perfecta de la divinidad, de una encarnación real y verdadera de la divinidad dentro del orden universal, que es imprescindible para que exista religión.

   El hombre puede percibir los reflejos de Dios, pero no puede llegar a Dios; puede percibir los destellos de los principios absolutos, pero una vez que los percibe, él quiere llegar a la fuente, quiere buscar el manantial de la belleza, de la nobleza y de la gloria, y quiere beber allí hasta saciarse. Este es el movimiento religioso del ser humano. No sólo quiere percibir la luz, quiere también mirar al sol.

   Pero no es posible mirar al sol: Nadie ha visto jamás a Dios. Este es, sin duda, el misterio del dios desconocido de los griegos.

   El cristianismo irrumpe en el mundo anunciando al Dios desconocido; precisamente viene a darlo a conocer, porque Dios ya se ha manifestado perfectamente. Nadie ha visto jamás a Dios, pero "el Hijo Unigénito que existe en el seno del padre, él mismo le ha dado a conocer[19]."

   El cristianismo, pues, adviene como la religión de la perfecta manifestación divina.

d) EL DIOS HUMANADO  [20]

   "Le dijo Tomás: Señor, no sabemos dónde vais: y ¿de qué modo podemos seguir el camino? Le dijo Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí. Si me conocisteis, ciertamente conocisteis a mi Padre: y en adelante le conoceréis y le veréis.

   Le dijo Felipe: Señor, muéstranos al Padre, y es suficiente para nosotros. Le dijo Jesús: ¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me conocisteis? Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo dices: muéstranos al Padre? ¿No creéis que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os hablo a vosotros, no las hablo de mí mismo, mas el Padre en mí permanece, él mismo hace obras ¿No creéis que estoy en el Padre y el Padre está en mí?"

   He aquí el núcleo de la Fe Católica, cuya profesión ha sido unánime a través de toda la Tradición Apostólica. El punto central del universo, el arcano del cosmos, el ápice de toda teofanía, la cima de todo lo visible e invisible, está en la hipóstasis divino-humana de Jesucristo, Verbo Eterno de Dios que, por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó en las entrañas purísimas de María y nació de ella "verdadero Dios y verdadero hombre[21]". El Dios desconocido se ha dado a conocer en el "Mysterium Christi"[22], y ahora sí que le podemos conocer "porque somos linaje suyo" [23].

   San Clemente Romano resume en una sola sentencia el significado de este gran Misterio ("Mysterium Magnum") del Verbo Encarnado, vértice de toda nuestra Fe: "A través de él —dice— contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios"[24].

   "In principio —reza el Génesis— creavit Deus caelum et terram": En el principio creó Dios el cielo y la tierra [25].

   Pero los cristianos decimos mucho más: "In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum": En el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y Dios era el Verbo. Y añadimos: "Et verbum caro factum est, et habitavit in nobis": Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS [26].

   No existe algo más admirable y maravilloso. El Verbo se hizo carne, y en este Dios humanado el tiempo se ha entrelazado con la eternidad, lo visible con lo invisible, lo terreno con lo celeste, lo humano con lo divino.

   Fue en la "plenitud de los tiempos" [27], mientras imperaba Augusto y reinaba Herodes, cuando una criatura enteramente especial y paradisíaca —"ab initio et ante omnia saecula creata"[28]— ante el mensaje del nuncio divino pronunció aquellas palabras absolutas: "FIAT MIHI SECUNDUM VERBUM TUUM" [29]. El Espíritu Santo advino sobre ella y la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra: "Spiritus Sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbrabit tibi"[30].

   La Creación toda pendía de aquel obediente y libérrimo "Fiat" de María[31]. El mismo "Fiat Lux" del Génesis[32] pendía de este "Fiat" de María, porque de este "Fiat" de María nos viene la Encarnación del Verbo, la hipóstasis divino-humana de Nuestro Señor Jesucristo, "Pastor Bonus"[33], cuya Vida, Pasión, Muerte y Resurrección contienen el sentido de todo cuanto existe.

e) LA DIVINIZACIÓN HUMANA

   Conforme la doctrina de los Padres, el Verbo Encarnado produce una divina transmutación en toda la naturaleza, porque él es la piedra angular —"caput anguli"[34]— de la arquitectura universal. Por él, y en comunión con él, todo ser permanece en el ser. "Porque si el hombre que es intermediario entre el espíritu y la materia —dice San Juan Damasceno— es vínculo de toda la creación visible e invisible, el Verbo creador de Dios, uniéndose a la naturaleza humana, se ha unido por ella a la creación entera"[35].

   La manifestación humana de Dios a los eones deshace toda magia, borra todo vínculo de malicia, elimina la ignorancia, deshace el reino antiguo y da comienzo a lo que Dios había preparado[36]. "El Verbo se hace portador de la carne, para que los hombres puedan tornarse portadores del Espíritu"[37].

   En el Misterio de la Encarnación reside el sentido pleno del "Faciamus hominem ad imagínem et similitudinem nostram" (Hagamos al hombre a imagen y similitud nuestra) [38], pues se interpreta como que por la Encarnación, por el advenimiento visible del Verbo de Dios, cima de toda la condición humana, el hombre se torna semejante al Padre invisible[39].

   Pero más aún: por la Encarnación del Verbo el hombre se torna partícipe de la Vida Divina, pues esto es la gracia y la santidad. Es lo que los Padres griegos denominaban con una expresión asombrosa: DIVINIZACIÓN ("THEOSIS"), lo mismo que reza con meridiana claridad el rito de la Misa Romana [40]:

   "Dios, que maravillosamente formaste la humana substancia y más maravillosamente la reformaste: danos por el misterio de esta agua y este vino, ser consortes de la divinidad de aquel que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad, Jesucristo, Hijo tuyo, Señor Nuestro, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo Dios por todos los siglos de los siglos."

   Entonces, si bien es verdad que "sólo el Hijo ve al Padre y el Espíritu Santo escruta las profundidades de Dios"[41], también es verdad, como hemos visto, que quien conoce al Hijo conoce al Padre; porque el Dios invisible e incognoscible por esencia, se da a conocer, se manifiesta por el Verbo —Logos— Encarnado, y, así la DIVINIZACIÓN, a que estamos destinados, es la participación de la Vida Divina por la comunión con la hipóstasis divino-humana del Hijo.

   Es la misma Trinidad Santísima quien construye en nosotros su Templo sacrosanto: semejantes al Padre, en comunión con el Hijo y portadores del Espíritu. Esto quiere decir, que somos divinizados porque somos penetrados por la Vida Divina, como el hierro candente y rojo al fuego es penetrado por el calor del fuego, así también somos divinizados nosotros por el Espíritu Santo que, en virtud de la Encarnación del Verbo, nos torna semejantes al Padre Celeste[42].

   Por el Misterio de la Encarnación del Verbo y la comunión divino-humana que dicho Misterio importa, tenemos nuevos cielos y nueva tierra: "Et vidi caelum novum et terram novara, primum enim caelum et prima terra abiit, et mare iam non est"[43] (Vi cielo nuevo y tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y ya no existe el mar). Es la Ciudad Celeste de que San Juan habla en la cual ya vivimos por la comunión con el Verbo Divino en la Iglesia. El hombre que habita esta Ciudad es también un hombre nuevo, es el "hombre nuevo" de que nos habla San Pablo[44], es el hombre divinizado por la gracia de que nos hablan los Padres, que ciertamente no es Dios por naturaleza, pero que está divinizado porque está penetrado por la Vida Divina.

   Este hombre nuevo que habita esta tierra nueva bajo este nuevo cielo, este hombre de la buena nueva (Evangelio), entona también un cántico nuevo ("canticum novum") que jamás antes había resonado: "El canta el nombre eterno de la nueva melodía que lleva el nombre de Dios, el cántico nuevo "que aleja la tristeza y la ira, y hace olvidar todos los males" (Homero Oda 4, 221), cántico en el cual se ha mezclado una nueva droga hecha de dulzura y verdad"[45].

   Pero no es el hombre en realidad quien canta; quien canta es el mismo Logos Celeste, el eterno Verbo Divino que se ha unido a la naturaleza humana, que ha sometido el universo a la plena armonía de la belleza del Espíritu, que ha reducido la disonancia de los elementos y los ha unido como maravilloso concierto de instrumentos que exaltan la gloria divina. El más bello instrumento es el hombre: "Y el Señor, soplando en este bello instrumento que es el hombre, lo configuró a imagen suya; y ciertamente es él mismo un instrumento divino, perfectamente armónico, afinado y santo, sabiduría supraterrestre, Logos Celestial"[46].

   Así, la humanidad en su misma carne vindica la gloria de Dios, porque, como dice Tertuliano, aun siendo tan poca cosa como el limo de la tierra, llegó a encontrarse entre las manos de Dios ("in manibus Dei"), y Dios la modeló y la amasó con sus manos, en la providencia de que, aquel barro que tomaba, no solamente era una obra y criatura suya, sino una prenda de sí mismo, puesto que ese barro estaba predestinado a la Encarnación del Verbo[47].

   Los hombres no somos parte de la divinidad, como lo pretendieron los fundadores de varias herejías, pero la divinidad ha tomado carne en la humanidad, y se ha comunicado plena y perfectamente; por esto los hombres hemos devenido en hijos de Dios y consortes de la naturaleza divina ("consortes divinae naturae"), y por ello podemos recuperar con creces el Paraíso perdido por el pecado, porque el Verbo Encarnado nos restaura en la contemplación eterna, y entonces nos tornamos "dioses" porque estamos destinados a ocupar tronos de gloria debajo de Dios[48].

   "Después que hube bebido del Espíritu Celeste —dice San Cipriano— me encontré rejuvenecido con un segundo nacimiento y hecho un hombre de modo milagroso desaparecieron repentinamemte las dudas, se abrió la cerrazón. las tinieblas se iluminaron, se hizo posoble lo que antes parecía imposible..."[49].

f) LA PROCLAMACIÓN CLARA Y LIMPIA DE LA FE

   La Iglesia propone a nuestra inteligencia y a nuestro corazón principios espirituales de orden celeste y maravilloso, por el misterio de la Encarnación del Verbo, ella nos comunica la Vida Divina. Pero esto requiere una proclamación clara y limpia de la Fe. Por la Fe accedemos al conocimiento divino, por el conocimiento es posible alcanzar el amor (pues no se ama lo que no se conoce), y por el amor llegamos a la posesión de la herencia que es la Patria eterna.

   La Fe Católica que proclamamos, conforme nuestro vínculo con la Tradición Apostólica por el Bautismo que hemos recibido, sólo puede ser la misma y única Fe que confesaron los Apóstoles, los Padres, los Doctores, y que los Concilios y Pontífices de la Iglesia definieron a lo largo de casi veinte siglos. NUNCA NOS CANSAREMOS DE REPETIR ESTO.

   Si hoy en día el nombre de cristiano conserva algún sentido, habrá de ser porque los que así nos confesamos mantenemos intacta e inviolable la misma y única Fe que por Tradición hemos recibido desde los más primitivos tiempos apostólicos. EN NINGÚN PLANO DE LA REALIDAD, DOCTRINAL NI PASTORAL, PODEMOS ADMITIR NINGÚN TIPO DE TRANSMUTACIÓN DE LA FE.

 

REGRESAR AL ÍNDICE DE

"FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA

PORTADA


NOTAS

  • [6] Actus Apostolorum 17, 22-23

  • [7]

  • Actus Apostolorum 17, 34
  • [8] San Teófilo de Antioquía, Autólico 1, 3. 

  • [9]

  • Evangelium secundum loannem 1, 18; Epístola B. loannis Apostoli prima 4, 12.
  • [10] Epístola B. Pauli Apostoli ad Timotheum prima 6, 16. 

  • [11] San Juan Damasceno, De Fide Ortodoxa, 4.

  • [12] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica 1 q. 12 a. 14; p. 32 a. 1.  

  • [13]  

  • San Ambrosio, De Fide, X.
  • [14] Orígenes, Contra Celso VI, 64. 

  • [15] San Dionisio Areopagita, De Divinis Nominibus 1, 5.

  • [16]  San Juan Crisóstomo Evang, secundum loannem - Hom. XV. 

  • [17]  Platón, Timeo 28, c. 

  • [18]  Líber Ecclesiastes 5, 1.

  • [19] Evangelium secundum loannem 1, 18. 

  • [20] Evangelium secundum loannem 14, 5-11. 

  • [21] Concilio de Calcedonia, Denzinger 148. 

  • [22] Epístola B. Pauli Apostoli ad Colossenses 4, 3.

  • [23] Actus Apostolorum 17, 28. 

  • [24] San Clemente Romano, Epist. I Cor. 36.

  • [25] Génesis 1,1. :

  • [26] Evangelium secundum loannem 1, 1-14.

  • [27] Epístola B. Pauli Apostoli ad Calatas 4, 4. 

  • [28] Ecclesiasticum 24, 14.

  • [29] Evangelium secundum Lucam 1, 38.

  • [30] Evangelium secundum Lucam 1, 35. 

  • [31] San Bernardo, Super Misus est., homil. 4, n. 8; San Agustín, in natali domini, sermo 120, 4. 

  • [32]  Génesis 1, 3. 

  • [33] Evangelium secundum loannem 10, 11-16.  

  • [34] Evangelium secundum Matthaeum 21, 42; Me. 12, 10; Le. 20, 17.

  • [35] San Juan Damasceno, Hom. Nat. Mariae, 1.

  • [36] San Ignacio de Antioquía, Epist. Efesios 19, 1-3. 

  • [37] San Atanasio "Contra Arrio", 8. 

  • [38] Génesis 1, 16.  

  • [39] San Ireneo de Lyon, Adversas haereses 5, 16-2.

  • [40] Misal Romano, rito del ofertorio.  

  • [41]  San Cirilo de Jerusalén, Cat., 6, 2.  

  • [42] San Cirilo de Alejandría "In loan.", San Atanasio, Contra Ar. 3. 33; San Juan Crisóstomo, In Col., 1, 15.  

  • [43] Apocalypsis 21, 1.  

  • [44] Epístola B. Pauli Apostoli ad Ephcsios 4, 24.  

  • [45]  San Clemente de Alejandría, Protrep. 1, 2. 

  • [46] San Clemente de Alejandría, idem.  

  • [47]  Tertuliano, De carnis resurrectione, 7. 

  • [48] San Clemente de Alejandría, Strorn. 2, 74; 10, 55.  

  • [49] San Cipriano, Ad Donatum, 3.

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