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Parte I

Y ante Rainor volvió a alzarse en la noche el fragor de la batalla.

Nuevamente, le pareció ver en la lejanía abrirse el cielo y, en medio de la gigantesca distorsión espacio-temporal, materializarse apartando la atmósfera como un viento huracanado que hacia colapsar las montañas, la temible flota de navíos Protoss. Nuevamente, en su cerebro se reflejo el rojizo cielo de Chau-Sara cubierto en segundos con las elusivas siluetas de los interceptores y el huracán de láser extenderse calcinando las construcciones, carbonizando los cuerpos en aquel mar de fuego nuclear que abrazó la décima colonia. Vio arder en la misma llama los cuerpos de mujeres, ancianos, niños, los vio arder en aquel capullo rojo que detuvo de golpe la ciega embestida de las bestias surgidas en el ácido. Fue como la furia de Dios que descendiera desde los cielos castigando por igual a ángeles y demonios. Y vio los bordes del horizonte desvanecerse como si aquel calor inhumano derritiera junto a la vida, la lejanía y la esperanza.

El ex-marine abrió los ojos a la noche cubierto de un sudor frío y pegajoso.

El silencio de los montes respondió desvaneciendo su grito en el viento.

Estaba solo... solo, se repetía intentando reprimir aquel temblor incontrolable que lo hacía apretar con fuerza el manipulador de su fusil en las manos enfebrecidas. La brisa nocturna soplaba jugueteando con los guijarros en los oscuros cañadones, a través del receptor acústico solo le llegaba, confundiéndose con la estática, el monótono repiqueteo de los granos de arena contra el casco. Rainor cerró los ojos como si intentara conjurar las imágenes del pasado.

-Dios santo -pensó- Nora, Fredy, ... es como si hubiese ocurrido ayer. Pero bien sabía que un año lo separaba ya de aquella tragedia, de sus seres queridos, del sereno rostro de su esposa y de la sonrisa contagiosa de su pequeño hijo. Ambos habían muerto durante el primer golpe. -Todo debió ser instantáneo... sin dolor -se decía buscando compasión aún en su propia mentira-. -Misericordia señor, solo tenía seis años, era solo un niño -dijo con la voz ahogada por un dolor que hacía ya mucho había secado la última lágrima en sus resecos ojos-.

La aparición de los seres del cielo había tomado desprevenidos no solo a los colonos, sino incluso a las hordas de Zergs, envueltos ambos desde hacia varias semanas en una encarnizada y desigual batalla. Todo había comenzado con las primeras desapariciones, al principio no le dieron importancia, no, ni aún cuando cesaron por completo las comunicaciones con la colonia vecina, era normal en aquellas latitudes donde la escasez de géiseres a menudo dejaba sin energía térmica a los asentamientos humanos por semanas, e incluso meses. El primer ataque de los monstruos los tomó totalmente desprevenidos. Larga fue la discusión de los mandos, pero finalmente la cuadrilla de Espectros asignada al asentamiento Rigel-B había volado rumbo sur-sureste unos días antes con la orden de obtener noticias de la colonia silenciosa. Resistieron como les fue posible con todo lo que tenían: una docena de ciberg-stalkers, conocidos en la jerga como Goliats, la mayoría defectuosos y de tercera generación y los dos únicos tanques operativos que les había dejado el mando desde la última batalla con las tropas confederadas. Aquellos cibergs se habían comportado como verdaderos héroes a pesar de ser solo un ato de máquinas defectuosas y anticuadas. Aún le parecía poder escuchar el rítmico sonido de sus dañadas articulaciones, el tableteo uniforme de las ametralladoras inmerso en la lluvia de chillidos, garras y sangre. Los pesados proyectiles fragmentarios hundiéndose en aquella amalgama de carnes, fibras y dientes, en aquel frenesí de ácido súper corrosivo que traspasaba las corazas siseante, con el empuje de aquellos seres erizados de púas que parecían desconocer el significado de la palabra piedad. Era el encuentro de dos fuerzas ciegas, la fría impersonalidad de la máquina y la no más humana furia animal.

El infierno existe... nosotros lo hemos creado. -le llegó desde lo más recóndito de su mente junto a las imágenes de las informes bestias oscureciendo con sus cuerpos los respiraderos, avanzando indetenibles a lo largo de las paredes y el techo en los pasillos.

El ruido del segundo desprendimiento lo devolvió a la realidad, de forma casi automática, como un reflejo incondicionado adquirido en la casi diaria lucha con aquellos seres de pesadilla, activó el generador de impulsos de su fusil de plasma. El fulgor en la cifra del marcador digital lo tranquilizó devolviéndole un agradable calor que se extendió en una ola tibia de seguridad por todo su cuerpo. Con una agilidad poco usual para su amodorrado cuerpo bajo la escafandra de combate se deslizó tras un saliente de roca y quedó inmóvil.

Lo que sucedió a continuación tomó al humano de sorpresa a pesar de haber visto escenas parecidas durante meses. La primera bestia surgió del recodo en la pared rocosa con la velocidad de un rayo. La propia inercia del salto la hizo estrellarse contra los peñascos y ya Rainor colimaba al animal en la mira de su fusil cuando vio saltar sobre las peñas el gigantesco cuerpo del guerrero. Fanáticos los llamaban los de su propia raza, y en verdad habría que serlo para lanzarse a la carrera con solo dos inversores psiónicos sobre una avanzada de tanques al asedio. Al unísono dos nuevos monstruos hicieron su aparición a grandes saltos en el estrecho cañadón. Para asombro del humano, solo una de los tensores en los brazos del protoss brillaba con luz mortecina, clara señal de desperfecto en el generador de campo del guerrero. Los dos zerlings se lanzaron sobre este a una vez desde posiciones opuestas, un método bastante común en el ataque de aquellas criaturas. Un humano no habría podido resistir semejante embestida viniendo de dos cuerpos, uno solo de los cuales bastaba para superarlo ampliamente en peso, pero una vez más, Rainor fue testigo del extraño estilo de lucha de los hijos de Aiur. El fanático giró la parte superior del dorso de forma violenta e inesperada y la cuchilla en su brazo vibró azulada cruzando limpiamente a través del grueso caparazón del animal, la segunda criatura pasó como un bólido tras los inmensos flancos sin encontrar el odiado blanco, rebotó apoyando sus garras en la pared de roca pero el protoss se dejó caer de espaldas siguiendo el impulso de su atacante y el haz del inversor alcanzó al zerling en el vientre trazando junto a este un semicírculo de sangre y energía psiónica a lo largo de la caída. Unos metros más allá el guerrero se incorporaba sobre el cuerpo destrozado de la criatura a una batalla perdida, sobre él se arrojaron de golpe dos nuevos zerlings y una inmensa Hidra a la que Rainor no había notado inmerso en la violenta escena que se desarrollaba ante sus ojos. La fuerza del encontronazo fue tal que el Aiuriano se fue de espaldas sobre el precipicio envuelto por los cuerpos zigzagueantes de los monstruos, en un segundo de tiempo detenido Rainor pudo ver el amasijo de colas azotar el aire en un abrazo de muerte y para su asombro en plena caída la luz azulenca se apagó en el brazo del protoss al tiempo que los negruscos cuerpos de sus atacantes se apartaban de este como rechazados por una fuerza sobrenatural estrellándose contra las peñas un centenar de pies ladera abajo, el cuerpo del fanático en cambio pareció rebotar despedazando las rocas a su paso y rodó entre las afiladas aristas que mordieron la coraza del protoss con la misma ferocidad de los Zergs.

-¡Hummm!, no es nada tonto ese loco. -no pudo evitar exclamar el terran. Había notado como en el último momento el guerrero, sabiéndose perdido había optado por jugárselo todo a una sola carta, consciente de que el generador estaba a punto de apagarse, se había dejado caer sobre el abismo con sus enemigos y desconectado la cuchilla, de forma que toda la potencia que le quedaba al generador se invirtiera en el escudo, el campo de fuerza había curvado el espacio en torno suyo despidiendo a los desprevenidos Zergs en todas direcciones a la vez que le había salvado de un impacto mortal contra las rocas. La burbuja invisible había logrado asimilar la energía potencial del primer impacto sobre las peñas, pero con el segundo golpe se produjo la inevitable sobrecarga.

-Debe estar medio muerto. -se dijo Rainor mientras echaba una ojeada sobre el borde del abismo. Con incredulidad pudo comprobar como, allá abajo en el fondo del barranco, el protoss hacia aun esfuerzos por incorporarse.

-Maldito fanático de mierda. -soltó en un gruñido y comenzó a descolgarse por la abrupta pendiente quitando el seguro a su arma.

Parte II

El dolor avanzó invadiendo cada fibra de su ser, haciendo latir sus sienes con espasmos titánicos que crecían a cada nuevo segundo, como si toda la energía de la montaña sagrada se hubiese vertido de pronto sobre su cerebro intentando hacerlo estallar bajo la enorme presión de su peso. Cerrando los ojos, se llevó las manos a la cabeza en un gesto por detener la lluvia de fragmentos en que le parecía estar a punto de convertirse su cráneo y permaneció allí, arrodillado sobre las rocas, mientras el inclemente viento del desierto rojo azotaba sus poderosos flancos filtrando arena a través de la coraza semidestrozada. En algún momento presintió la presencia ajena. Comenzaba a volver la cabeza cuando lo alcanzó la patada en pleno rostro. Su pesado cuerpo calló levantando una nube de polvo cobrizo en medio de las ráfagas de viento.

-¡Acaba de morirte de una vez, perro! -rugió Rainor, la voz cascada por el odio y con un giró de la culata volvió a golpear al ser caído en la cara. Sentía un regocijo casi obsceno en hacer aquello, en humillar a aquel desgraciado, en pisotearlo, en ver los inútiles esfuerzos que hacia por no quedar tendido, en verlo intentando incorporarse con el cuerpo lleno de abolladuras, trazas de ácido, arañazos y el pómulo sangrante roto por sus golpes.

-¡Ahora no eres nada!, ¿entiendes?... ¡nada! -gritó el ex-marine golpeándolo una vez más con todas sus fuerzas. -¡Háblame! ¿Dónde están tu fuerza y tu orgullo ahora? -repetía iracundo.

En la mente del terrícola aquel guerrero se convertía en el chivo expiatorio de toda su maldita raza, el pagaría por las muertes de Rigel-B, el pagaría por su esposa, por su hijo, pagaría por las noches de insomnio junto a las goteras en los búnkeres, por el frío, por el hambre en los transportadores, por todo lo que hubiese echo y por lo que no hubiese echo en su miserable vida.

Sudaba bajo la escafandra y su propia voz le parecía extraña, sobrenatural, era la voz de un odio acumulado durante meses, de un resentimiento que mordía sus entrañas pidiendo venganza con cada amanecer. Alzó su arma, sus dedos corrieron por la escala de potencia y los dígitos saltaron progresivamente del habitual rojo a un violeta intenso. Uniendo los dientes apuntó.

Contempló por ultima vez a aquel ser, a solo unos pasos, encorvado sobre la arena, aquel extraño gigante, nacido como su antigua raza, en la noche de los tiempos, un ser cuya oscura mentalidad quizá no lograría entender nunca, ignorando la cercanía de su propia muerte, se sujetaba la cabeza con ambas manos, presa de un dolor incomprensible para la mente humana.

Rainor cerró los ojos y el viento azotó el vidrio del casco, trayéndole en cada soplo un pasado cargado de ajenos recuerdos... vio correr una vez más a aquel coloso bajo la luz de su cielo, lo vio moverse como el viento del desierto entre el bosque de explosiones surgiendo a su paso, desplazarse sobre las potentes piernas, la coraza amarillenta fulgurante con los rayos de los soles gemelos, llevando en su sangre y su pecho la esperanza de una raza moribunda, la esperanza de una especie caída cuya sabiduría ya atravesaba los abismos, eones antes de que el primer hombre comenzara a caminar.

Y una vez más, sobre el desierto rojo, volvió a escucharse la descarga del fusil de plasma...

Comenzaba a amanecer sobre Chau-Sara, las dunas se teñían ya, trocando su color nocturno por un naranja pálido que resaltaba las aristas de las rocas en las hondonadas. El viento de la noche trocado en brisa batía sobre la escafandra del terran produciendo un sonido acompasado como el de un oleaje seco y continuo.

Rainor echó una última ojeada a la temblorosa línea del horizonte y recogiendo el casco se dirigió de regreso al lugar donde el proto permanecía arrodillado, inmóvil, la vista fija en el algún lugar indefinido en la lejanía, las manos atadas a la espalda con un cable de acero al boro que el ex-marine había encontrado hurgando en la mochila auxiliar.

-Levántate ya estúpido... -soltó con desprecio golpeando al prisionero en la espalda, el proto casi le llegaba por el hombro a pesar de encontrarse arrodillado, pero no mostró signo alguno de agresividad o temor ante el humano.

-En unas horas esto estará lleno de alimañas como las que te seguían, y no quiero estar aquí para recibirlas...

 
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