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El Conde de Montecristo

De Alejandro Dumas

I.
El d�a 24 de febrero de 1815, el vig�a hizo la se�al acostumbrada al observar los m�stiles de un bergant�n que se acercaba. Tal bergant�n se llamaba �Fara�n� y arribaba a Marsella despu�s de haber realizado un viaje por Esmirna, Trieste y N�poles.

Al llegar el pr�ctico abordo se entera que el Capit�n Leclerc muri� durante la traves�a a consecuencia de un derrame cerebral. Conduce la nave su joven asistente Edmundo Dant�s. La carga viene sin novedad y el nav�o empieza a fondear.

Corre el a�o de la restauraci�n de Luis XVII, poco antes del regreso de Napole�n para su gobierno de los �Cien d�as�. Napole�n est� preso en la isla de Elba y hay una situaci�n pol�tica muy inestable.

El joven Edmundo Dant�s, de unos 18 a�os de edad, ojos y cabello negros, complexi�n atl�tica y apariencia agradable, era el segundo abordo. A causa de la muerte del Capit�n, el armador y propietario de la nave, y en vista de sus excelentes cualidades como marino, lo nombra Capit�n. Se organiza una celebraci�n entre la simpat�a de los marineros y oficiales a sus �rdenes, con el doble motivo de su nombramiento y sus esponsales con una hermosa joven catalana llamada Mercedes. Pero con �ste nombramiento Dant�s se hace de dos enemigos mortales: Danglars, sobrecargo del buque, que aspiraba a se nombrado Capit�n, y Fernando, un catal�n primo de Mercedes, que desde hac�a mucho tiempo aspiraba a casarse con ella.

Danglars aprovecha el despecho de Fernando para tramara la perdici�n de Dant�s. Hace que Fernando env�e una denuncia al procurador del rey, dici�ndole que Dant�s es un peligroso partidario de Napole�n y que lleva cartas a Par�s para levantar una revoluci�n bonapartista.

II.
A pesar de que el magistrado Villefort, que ventila la causa, encuentra suficientes razones para comprobar la inocencia de Dant�s, para tapar la culpabilidad de su propio padre, env�a al joven marino al t�trico Castillo de If, fortaleza construida sobre una roca frente a la costa de Marsella. Con toda injusticia, Edmundo es encerrado en un calabozo sin conocer el delito que se le imputa. Pasan los d�as, y los a�os y Dant�s contin�a desdesper�ndose en esa mazmorra sin m�s contacto con seres humanos que el carcelero que le lleva la miserable comida.As� permanece 14 a�os.

III.
Un d�a siente el joven unos golpecitos en la pared de la celda. Al otro d�a los escucha m�s pr�ximos hasta que al cabo de cierto tiempo se abre un boquete y asoma la cabeza de un anciano de figura repugnante. Flaco y de larga barba blanca. Dant�s ayuda a agrandar el agujero para hacer posible que el anciano pase a la celda de Dant�s y vicerversa.

Este compa�ero de infortunio es el Abate F�ria, que en el mundo exterior ten�a fama de loco y que tambi�n esta preso sin motivo. El viejo empez� a cavar creyendo hacer un boquete para arrojarse al mar, pero en vez del mar lleg� a la celda de Dant�s.

El Abate F�ria es hombre de vasta y profunda cultura y traba con Dant�s una amistad afectuosa y estrecha. Un d�a el anciano Abate revela a Dant�s la existencia de un tesoro en la Isla de Montecristo cercana a la costa italiana.

Ambos traman la evasi�n y empiezan a cavar; pero la edad, la mala alimentaci�n, la humedad y el trabajo excesivo terminan por minar la salud del viejo Abate quien cae gravemente enfermo y al poco tiempo muere. El carcelero se da cuenta del cad�ver y da aviso para que sea arrojado al mar. Por la noche Dant�s cambia de celda el cad�ver, y el se enfunda en el costal en el que hab�a sido envuelto el cuerpo.

Los carcelero arrojan a Edmundo al mar en lugar del muerto. Edmundo rompe con un cuchillo la tela que lo envuelve y logra llegar a nado hasta un islote en medio de una tempestad que a punto est� de quitarle la vida.

IV.
Trepado en una oca, mojado, temblando de fr�o y de miedo, es recogido por unos contrabandistas que lo incorporan a la tripulaci�n de su nave. Dant�s les presta muy eficaces servicios. Por insinuaciones de �l, un d�a pasan por la Isla deshabitada de Montecristo, Dant�s finge que se cae de una roca. Ante la imposibilidad de sacarlo, dada la premura que tienen los contrabandistas, le arrojan algunas previsiones y le prometen pasar a recogerlo en unos d�as. Una vez que el barco se pierde y en cuanto Dant�s se siente solo de un salto se pone en movimiento y termina el enga�o de que estaba impedido.

Empieza entonces a reconstruir un mapa: 50 pasos a la izquierda de la roca, 500 pasos al sur hacia el �rbol seco, 300 pasos al oriente en direcci�n a la playa. Tiene muchas vacilaciones, hace varios intentos pero al fin, y tal como se lo hab�a indicado el Abate F�ria, Dant�s encuentra el fabuloso tesoro. Le saltaba entonces un pensamiento: si lo saca todo, cuando los contrabandistas regresen a recogerlo, seguramente lo matan, o cuando menos lo obligan a compartirlo.

De manera que s�lo toma unas cuantas piedras preciosas y las mete en una bolsita que se cose entre la piel y el calz�n. Llegan los contrabandistas, aborda la nave y va con ellos al puerto italiano de Liorna. All� les dice que ha recibido una herencia y en los mejores t�rminos se despide de ellos. Busca un joyero, vende las piedras y compra un yate en el que �l solo va a la isla de Montecristo en busca del tesoro, cuando el exprisionero cumple 32 a�os de edad.

V.
< Un d�a aparece en Marsella un rico Conde de Montecristo quien secretamente empieza a realizar investigaciones. Descubre que Mercedes, que estuvo a punto de ser su esposa, se ha casado con Fernando, el que, ahora es un rico general del ej�rcito real. Averigua, con pelos y se�ales que los culpables de su denuncia falsa fueron Fernando y Langlars y que el magistrado Villefort fue quien injustamente lo hizo encarcelar para evitar que su padre se viera comprometido y encarcelado. Pero no se apresura a cobrar venganza sino que todo lo prepara calmada y minuciosamente. Cuando es oportuno realiza una operaci�n econ�mica y arruina la Langlars que era un banquero. Lo deja tan en la ruina que tiene que huir a Par�s.

Despu�s presenta a la Asamblea a una joven y bella turca llamada Aid�e, la que descubre una antigua y repugnante traici�n, realizada a la persona de su padre por el General Fernando, quien, al ver descubiertas todas sus indignidades, opta por suicidarse. Y finalmente, vali�ndose de unos periodistas venales, el Conde de Montecristo hace publicar uno antiguos amores del Procurador Villefort, que tuvieron como fruto un hijo que fue enterrado reci�n nacido, ni�o por cierto que fue desenterrado, salvado y que sobrevivi� sin que su padre lo supiera. El Procurador Vllefort, deshonrado p�blicamente, se vuelve loco y muere.

Satisfecha su venganza, Montecristo se casa con la hermosa Aid�e y desaparece.

 

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