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Hace 20 años hoy....

Sus críticos lo atacaron  y ridiculizaron por su abierta provocación hacia la URSS, pero no hay duda, Ronald Reagan sabía lo que hacia: tres años más tarde, el comunismo expiraba en Europa

JUNIO, 2007. La indignación del líder de los representantes (diputados) Jim Wright era evidente. También lo era la de Tip O'Neil, al frente del Senado. "Esta declaración amenaza por echar por tierra los esfuerzos mutuos de cooperación", dijo el primero. O'Neil, ya fallecido, musitaba, "nunca como ahora, desde el fin de la segunda guerra mundial, nuestros aliados europeos habían estado tan expuestos a la respuesta de nuestros enemigos".

¿Pero qué fue lo que había hecho que ambos personajes avizoraran una próxima guerra nuclear? Una declaración del entonces presidente Ronald Reagan hecha el 12 de junio de 1987. ¿Y lo que les hacía temer una lluvia de misiles soviéticos sobre sus cabezas? La frase "Señor Gorbachov, derribe este muro", hecha por Reagan durante una visita al entonces Berlín Occidental.

No fue el único irritado. The New York Times tituló una de sus editoriales "¿Se descongela la guerra fría?" mientras Le Monde resaltó la "irresponsabilidad" y "riesgo innecesario" por parte del presidente norteamericano. Pero con excepción de algunos textos furibundos contra el Cowboy enquistado en la Casa Blanca publicados en Pravda, por entonces diario oficial del Partido Comunista, la reacción de Kremlin fue asombrosamente tibia: la "movilización de tropas" que habían predicho los soviétologos nunca ocurrió.

En Europa Occidental únicamente la primera ministro Margaret Thatcher respaldó la declaración de Reagan; los demás mandatarios guardaron silencio; en Alemania Oriental, en poder del sátrapa Erich Honecker, se organizó una "espontánea" manifestación de repudio al otro lado del Muro donde había hablado Reagan. Pero, de nuevo, la respuesta de Moscú fue tan tibia que extrañó incluso a sus admiradores más radicales.

La razón, se supo después (y que el mismo Gorbachov recalca en sus Memorias) fue el "temor" que se sintió en el Politburó respecto a un mensaje tan directo, máxime cuando los contingentes más importantes del ejército soviético se encontraban en Afganistán mientras que del lado europeo oriental se encontraba una burocracia más que corrupta, en plena descomposición. También sorprendió al Kremlin el tono decidido de aquel discurso en Berlín. "Si el presidente norteamericano habla así debe tener la fuerza con qué respaldarse", dijo un alto jerarca del Politburó, según Gorbachov.

Por su parte, la KGB, que tantos golpes había dado a Estados Unidos aun a comienzos de los 80, corroboraba esos reportes: en caso de un enfrentamiento nuclear, la desventaja para la Rusia soviética era desoladora, y su capacidad de respuesta extraordinariamente baja. Por ello no resulta extraño que, desde la destitución de Nikita Kruschev, última vez que existió la posibilidad real de un enfrentamiento, Moscú se enfrascó en interminables pláticas y firmas de acuerdos bilaterales, como el SALT II.

Parte de la prensa norteamericana señalaba que la frase reaganiana era una mera "cortina de humo" para distraer la atención en torno al Irangate, cuyas audiencias se estaban efectuando por aquellos días. Sin embargo la idea de ese discurso ya estaba preparada desde el año anterior, cuando la información recabada en torno a Gorbachov lo perfilaba como un dirigente distinto detrás de toda esa verborrea exhibida por los otros habitantes del Kremlin desde 1917.

También se sabía que Gorbachov confiaba totalmente en la perestroika, como llamó a esas estrategia para salvar a la URSS de una debacle financiera existente desde mediados de los setenta, aunque, inexplicablemente (o quizá, explicablemente) los porristas de la URSS ubicaban como una potencia en plenas facultades y más funcional que reloj suizo.

El discurso, preparado por Peter Robinson, asesor de Reagan, era la manera más directa de comprobar si Gorbachov estaba realmente decidido a seguir adelante con la perestroika; lejos de una provocación, era un mensaje cifrado; de ser cierto, contaría con el apoyo absoluto de Washington. "Era una situación difícil, peligrosa incluso, pero decidimos jugarla", escribió Robinson años después. "El silencio del Kremlin al discurso nos indicaba un 'sí' inequívoco". Si el presidente ya no volvió a tocar el tema en los meses siguientes, añade Robinson, fue para no dar excusas a los "duros" del Kremlin para frustrar la apertura. "Los críticos lo atribuyeron a la idea que Reagan reconocía que había metido la pata... Nunca fue así".

Gorbachov lo acepta en sus Memorias: "el discurso fue una señal de apoyo a lo que proponía la perestroika".

Las declaraciones fueron las mismas durante los meses posteriores al discurso. Gorbachov visitó a casi todo el bloque oriental donde se refirió a Estados Unidos como "imperio decadente", pero también, algo inusitado, pidió audiencia con el Papa Juan Pablo II, en El Vaticano, sitio que Stalin había definido como "sucursal de las supercherías celestiales". No sería la última reunión entre ambos.

Más significativa aún fue la visita de Gorbachov a Cuba en 1989. Pese a que durante la recepción dijera "la relación y cooperación entre nuestros países es indestructible", la despedida fue fría, poco amistosa, tanto así que las reuniones ya no se repitieron. Como respuesta por demás absurda, Castro prohibió la circulación en la isla del Novedades de Moscú, un semanario editado por Pravda que se había convertido en principal vocero de la perestroika.

De ahí en adelante las cosas tomaron un ritmo frenético. Millones de húngaros comenzaron a emigrar a Alemania Oriental. Sin embargo lo hacían por la relativa facilidad conque se podía pasar a Austria a través de la RDA. Las manifestaciones a favor de una mayor apertura comenzaron a ser frecuentes en Alemania Democrática, con el curioso dato que nunca se realizaban en horas de trabajo, sino tras salir de las fábricas. Todas ellas, asimismo, fueron pacíficas. Como había ocurrido en 1956 y luego en 1968, los países satélites habían pedido refuerzos militares a Moscú para sofocar las "rebeliones" y arrestar a sus organizadores. Pero esta vez el mutis del Kremlin no pudo ser más elocuente.

Las manifestaciones se multiplicaron por toda Europa Oriental hasta que, poco más de dos años del discurso "provocativo" de Reagan sucedió lo increíble cuando el 9 de noviembre de 1989 fueron retirados los guardias de Berlín Oriental y el muro comenzaba a ser derruido. Más aún, al año siguiente también desaparecía la URSS.

Pero pese a constituir una de las victorias políticas más impresionantes de la historia --sin disparar un solo disparo y sin darse la salvaje represión como la de la Primavera de Praga, en el 68-- el desdén de Hollywood, de los grandes medios informativos norteamericanos y de la industria editorial ha sido notorio, como si jamás hubiera habido una URSS, un sistema que encarceló o liquidó a millones de personas o regímenes que superaban lo que George Orwell había descrito en su novela 1984.

Pero la caída la aceleración de ese proceso se dio, hace 20 años, un 12 de junio. La posibilidad que sin ese discurso, y sin un presidente decidido a pronunciarlo, la URSS aún existiría es bastante grande.

El alzheimer fue destruyendo las memorias de Reagan. Pero en los países del Este (lo dijo alguna vez el ex presidente polaco Lech Walesa) el discurso del ex presidente norteamericano fue un apoyo moral invaluable para echar abajo a las dictaduras del proletariado. "Sin (él), nada de lo que logramos hubiera sido posible", dijo Walesa poco después de las exequias de Reagan, en el 2004.

© copyright, Derechos Reservados, 2007 

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1 comentario

dragonball_celeste escribe 18.06.07

Ronald Reagan fue un gran presidente. Recuerdo que hace 20 años se burlaban abiertamente de él, le llamaban viejito caprichoso, cowboy, tarado y belicoso, EXACTAMENTE lo mismo que hoy se le dice a George W. Bush. Sin embargo al final Reagan tenía razón y evidenció a la URSS como una pantomima corrupta y anodina. ¿Irá a pasar lo mismo con George W. Bush cuando se le recuerde dentro de 20 años?

 

 

 

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