... LA ESCLAVA
                                                               CAP�TULO II

      Ya hab�an pasado varios meses... los dos... lejos de Roma. �l hab�a pedido por conducto personal la libertad de aquella mujer al mism�simo senado popular. Y unas tantas veces no hab�a obtenido respuesta. Pero aquello no merm� su esperanza. Sabia lo que costaba y que su tenacidad era fuerte. Al final lo conseguir�a.
      Ahora se encontraban en otro lugar, todo estaba ya conquistado, la gloria de Roma era vasta y sin fin. Ahora el mundo era gobernado bajo la atenta mirada de aquel senado que �l mismo hab�a vuelto a instaurar. Por fin pudo ir de nuevo a su tierra, a su bien amada tierra.
Los recuerdos hab�an sido duramente amargos al volver a pisar aquel lugar, pero con la ayuda de su �esclava� hab�a podido mitigarlos de alguna forma. Ella era su apoyo y su consuelo. Poco a poco fue olvidando los duros d�as de batalla sumergido en los quehaceres de su finca.
      Hab�a tanto que hacer.
     M�ximus nunca la consider� una esclava y ella se lo agradeci�. Aquella noche que volvieron al campamento sus camaradas no se lo hab�an tomado muy a bien. � Por los Dioses... si era una mujer del placer � Pero �l a su buen hacer los hab�a logrado convencer y ella jam�s volvi� a conocer el amargo sabor de la violencia. De un modo u otro se convirti� en su compa�era.
     Tanto en los d�as en los que se sent�a afligido como en la felicidad... ella hab�a estado all�, a su lado. Nunca le hab�a pedido nada, �l le hab�a dado lo m�s importante. El respeto, un cari�o y un afecto que cre�a ya olvidado. �l por otra parte jam�s la hab�a obligado a hacer nada de lo que no quisiera. Y lo sab�a. Cuando le hab�a masajeado su cuerpo exhausto despu�s de cada batalla sab�a que era lo que ella quer�a. Supo que significaba algo para �l cuando ve�a las lascivas miradas de los dem�s hombres sobre ella cuando pasaba. Pero nunca ning�n hombre se atrevi� a hacerla da�o, porque todos le tem�an.
Aquellos d�as hab�an pasado ya, y el futuro se extend�a ante sus ojos con otro matiz.

       Mientras saboreaba la jugosa comida que ella le hab�a preparado se sorprendi� a s� mismo mir�ndola en la lejan�a. Se encontraba en el pozo sacando agua. Cuan duro era su trabajo y jam�s escuch� de su boca un solo resoplido de desaliento. Con que amor cog�a el cubo y se lo apoyaba en su cadera para guardar el equilibrio ante aquel peso. Sonri�, unas t�midas arrugas cercaron sus ojos. Que viejo se sentir�a sin ella. Roc�o le daba esa juventud que �l anhelaba. Su jovialidad sal�a a flor de piel cuando re�an juntos al atardecer o cuando entre risas ella le miraba con aquellos ojos del color de aquella su tierra. La deseaba, s�, lo hab�a descubierto y nunca se lo hab�a dicho. No quer�a aparecer ante sus ojos como su amo, aunque lo era. Pero su amor iba m�s all� de su posesi�n. Ella era libre a su lado y quiz� muy pronto lo fuera del todo.
       La noche lleg� con la tranquilidad del ocaso y M�ximus camin� lentamente por la senda principal de su casa. Que bello paisaje, pens� para s�. No se dio cuenta de lo que hac�a cuando se descubri� a s� mismo acuclillado en el suelo con una pu�ado de tierra en su pu�o.
-�Esperas tiempos de guerra, M�ximus?
Se gir� levant�ndose y se sacudi� el polvo en su t�nica.
-Vestigios del pasado que no se acaban de olvidar.
Ella sonri� y cogi� sus manos.
-Pero si olvidamos el pasado... olvidamos un poco de nosotros. Somos lo que somos en parte a lo que hicimos en el pasado. No se puede olvidar.
-Pero puede ser tan amargo...
Sus ojos se inundaron de l�grimas. Ella le acarici� el pelo, y le estrech� entre sus brazos.
-La amargura forma parte de todos nosotros.
M�ximus la abraz� con fuerza y llor� en su hombro.

      No sab�a como hab�an llegado hasta all�... pero ah� estaban los dos abrazados, desnudos bajo una c�lida y suave manta. Aunque era verano, las horas previas al amanecer tra�an consigo una sutil humedad, el roc�o, que depositaba una fina capa de agua.
        Con los ojos entornados mir� a su alrededor sin moverse. Estaban en su habitaci�n, las ventanas abiertas... un ligero mont�n de ropa a los pies de su lecho verificaban lo que �l ya sab�a. Hab�an compartido sus cuerpos en aquella maravillosa noche. Cerr� los ojos y entonces record�... suaves murmullos, ligeros suspiros que hab�an ido aumentando hasta desencadenar la total pasi�n que ambos escond�an en sus interiores.
        No pudo menos que sonre�r. A�n sent�a el c�lido aliento de su amante en su cuello, sus delicadas manos posadas en su cuerpo. Lentamente se gir� y la observ�. Su cabello ligeramente revuelto reposaba dulcemente sobre la almohada en una interminable cascada de color bronce. Sus labios medio abiertos... aquel pecho que se mov�a al leve ritmo de su respiraci�n relajada en sue�os. El contorno de su cuerpo se dibujaba bajo aquella manta. Que imagen tan sensual y excitante. Sonri� al recordar los placeres que ella le hab�a suministrado con todo su amor. Y ni un solo momento se cuestion� de donde era su procedencia. Acarici� su rostro apart�ndole un mech�n de su frente y la bes� dulcemente en los labios. Ella se removi� y sintiendo el fr�o de la ma�ana se acurruc� a su lado y abraz�ndole con fuerza. Su respiraci�n volvi� a tornarse sosegada. Y �l se abraz� a ella para sumirse de nuevo en el universo de Morfeo junto a su amada.
          La c�lida luz del sol acarici� sus p�rpados despert�ndole suavemente. Con dificultad, por la claridad, abri� los ojos poco a poco. El ligero cortinaje que decoraba las ventanas se mov�a gr�cilmente por la brisa de la ma�ana. Cerr� nuevamente los ojos y suspir� aletargada. Inesperadamente sonri� y record� la noche anterior. No, no se encontraba en su habitaci�n, estaba en la habitaci�n de M�ximus. El coraz�n se le aceler� al evocar lo acontecido en aquel mismo lugar hac�a unas horas. Suavemente se gir� y lo busc�... no estaba a su lado. Pero no har�a mucho que hab�a partido, el lecho a�n estaba caliente.
          Se desperez� lentamente sintiendo que sus m�sculos hab�an descansado de aquella batalla particular. Se incorpor� y se sent� en la cama. Observ� a trav�s del gran ventanal los campos que nuevamente �l hab�a levantado. Dej� que la brisa acariciara su rostro y cerr� los ojos recordando un c�ntico que hab�a aprendido a�os atr�s. Su mente lo reproduci� con exactitud y pens� d�nde se hab�a metido aquel hombre que la hab�a tratado con respeto desde el primer d�a que se conocieron.
M�ximus se hab�a levantado antes de que el sol hubiera salido por completo tras los montes que rodeaban sus tierras. Con cuidado se hab�a vestido y hab�a salido al exterior a recibir un nuevo d�a. Todav�a estaba acostumbrado al horario del ej�rcito, as� que, aunque la noche hab�a sido corta, �l se sent�a completamente recuperado de la acci�n.
Sin �l haberlo planeado se hab�a dirigido a la cerca que circundaba sus dominios. M�s all� s�lo se ve�a el vasto horizonte, nadie ir�a all� a molestarlos.
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