| ... LA ESCLAVA |
| �l volvi� a desear tener su fiel espada en sus manos, pero ya era tarde. Si retroced�a, quiz� una lluvia de flechas atravesar�an su espalda. �Y si fuera as�? �Por qu� no lo hab�an hecho ya? �Lo quer�an con vida con alg�n otro prop�sito? Est�pidas ideas cruzaron su mente experimentada en la batalla y trag� saliva mezclada con agua salada. Apel� a su tranquilidad y sangre fr�a y continu� avanzando hasta que not� las primeras rocas bajo sus pies. Aquel no era el lugar propicio para batallar, pero �l sab�a que deb�a aprovechar hasta el m�ximo su potencial. Una duda atorment� su cabeza. �Era una maniobra de distracci�n? Se gir� y escuch� el sonido de la noche. Nada... excepto el sonido del mar y unas risas que la brisa arrastraba hasta all�. Eran de sus propios hombres, ajenos a lo que estaba ocurriendo. De nuevo escuch� un leve susurro. Hab�a alguien agazapado en un oscuro hueco entre las piedras. - Sea quien sea... salga... no le har� ning�n da�o. Y pese a sus buenas palabras... continu� a la defensiva. Nada, ninguna se�al. Ella lo escuch� y algo en el sonido de su voz le dijo que era verdad. �Pero como pod�a confiar en alguien si cada hombre que se hab�a acercado a ella le hab�a hecho da�o? Pero, pens�, no ten�a escapatoria alguna y si ofrec�a resistencia tal sus d�as acabar�an all� mismo. De nuevo le escuch�... su voz, aquella voz le imploraba a que saliera de all�. �Deber�a hacerlo? Dud� unos instantes y cuando sinti� su respiraci�n cerca de ella, tanto se sobresalt� que un gemido escap� de sus labios al tiempo que sinti� que una mano se agarraba con fuerza a uno de sus pies y la arrastraban hacia fuera. Se sumergi� en el agua al caer. Por un instante sinti� liberada su pierna y trat� de escabullirse. Pero de nuevo sinti� esa mano que se cog�a a su brazo y la obligaba a salir a la superficie. - � No me haga da�o, por favor � Grit� asustada. En ese momento �l comprendi� que no se trataba del enemigo. Se trataba de una mujer joven, tal vez unos pocos a�os menor que �l. Y se encontraba asustada. La solt� al tiempo que ella trataba de defenderse. - �Qu� hace aqu�? Entonces repar� en que ella tambi�n se encontraba desnuda como �l. Sus ropas flotaban en el agua junto a �l. Maliciosamente sonri� cogi�ndolas. - �Son tuyas? Ella se las arrebat� con fuerza de sus manos y como pudo se las puso encima de su cuerpo mojado. Entonces �l repar� en la belleza de aquella mujer que ten�a ante sus ojos. El contorno de su cuerpo mojado, sus ropas mojadas sobre su cuerpo. Se dio cuenta de lo sucedido. - �Vienes del campamento? Ella asinti� t�midamente. Ser�a mejor no mentirle. Le hab�a demostrado su fuerza con creces y ser�a mejor no hacerle enfadar. - Sabes que est� prohibido alejarse de �l. Esta zona no es del todo segura. Y ella sonri�. Su voz grave no demostraba amenaza para ella. Sonri�, simplemente porque vio que �l se encontraba desnudo como lo hab�a estado ella antes. Y �l repar� en ese detalle al ver su sonrisa. - Si lo sabes... �por qu� has venido t� tambi�n? Le dijo ella divertida. - Es... distinto. Logr� decirle �l ligeramente turbado. - �Quieres que te traiga tu ropa... soldado? As� que ella no le hab�a reconocido. Bien. Pero tarde o temprano lo descubrir�a al ver su armadura. Se dar�a cuenta de qui�n era. - S�. Si me prometes que no saldr�s corriendo. Ella acept� y sali� del agua lentamente disfrutando de la desnudez de su casual compa�ero nocturno. Fue hasta donde se encontraba la t�nica y cogi�ndola volvi� a la orilla. - Sal del agua... si te la pones dentro... se mojar�. A rega�adientes acept� y con toda la naturalidad que pudo sali� del agua mostr�ndose tal y como su madre lo hab�a parido. Las �nicas mujeres que lo hab�an contemplado as� hab�an sido su madre y su desaparecida mujer. Y ahora aquella mujer que le embriagaba los sentidos. �C�mo pod�a re�rse de �l en aquella situaci�n? Su turbaci�n fue a menos cuando sinti� la tela sobre su piel. Y mir� a los ojos a aquella mujer. Por todos los dioses... era tan bella. No tenia nada que ver con las otras mujeres que hab�an en el campamento. �Qui�n era ella? Lo mismo se preguntaba ella al observar sus ademanes. No, no era un simple soldado. Todos eran rudos e inmaduros. No hubieran dudado en hacerle da�o a la primera oportunidad, tal vez se trataba de alg�n mando superior, pero sab�a que no pod�a ser porque aquellos hombres se encontraban en aquellos momentos en una de las tiendas disfrutando de los placeres que sus compa�eras les estaban proporcionando tras una dura batalla. - Dime... Dijeron los dos a la vez. Sonrieron. - Ven conmigo. Le medio susurr� �l. La cogi� de la mano y la acerc� al resto de sus pertenencias. La antorcha estaba apagada, pero con audacia volvi� a encenderla de nuevo. El calor lleg� hasta sus cuerpos. �l trat� de esconder su armadura pero ella la descubri� con sigilo. - �C�mo te llamas? Pregunt� �l tratando de desviar su atenci�n. Ella le respondi� con naturalidad. - Me llaman Ros, aunque me gustaba m�s mi nombre hispano... Roc�o. Y antes de que �l pudiera contestar ella prosigui�. - Y t�... debes ser M�ximus. �l se qued� helado. �C�mo pod�a saberlo? - Se habla de ti por todos lados. El recto general, el que siempre est� en su sitio. Eres el �nico mando por el que tus hombres dar�an su propia vida. Aquel comentario incomod� un poco a M�ximus ya que su naturaleza era humilde. -La tropa sabe elegir lo que les conviene. Contest� t�midamente. �C�mo aquella mujer... Roc�o pod�a leer tan bien sus sentimientos? Tal vez los dioses la hab�an tra�do para probarle. Estaba emocionado y desconcertado a la vez. La brisa comenz� a levantarse vigorosamente. Ella se estremeci�, sus ropas mojadas a�n no se hab�an secado. M�ximus lo vio. |