Y para qué hacer conciencia

Gerardo Martínez Delgado

Lic. en Historia, 6to. Semestre

 

A un año de la aparición del primer número de Conciencia, parece pertinente hacer algunas reflexiones en torno a su función; señalar algunas cuestiones que me parecen deben tomarse muy en cuenta para que este proyecto mejore y pueda continuar, partiendo de una rápida y sencilla evaluación sobre el panorama actual de la Historia como profesión en Aguascalientes.

Para comenzar, es necesario advertir aunque sea obvio, que los estudiantes que hemos estado involucrados en la revista Conciencia tenemos ideas y perspectivas distintas sobre su origen, funcionamiento, objetivos y futuro. Creo que todos estamos más o menos de acuerdo, o lo deberíamos estar, en que esta revista es un laboratorio donde los estudiantes que pretendemos obtener el grado de licenciados en historia podemos experimentar en las actividades de nuestro futuro desempeño, desde la investigación con todas sus implicaciones (leer, sistematizar datos, analizar, interpretar, escribir, etcétera), la difusión, así como la relación y el contacto con medios y personas a fines a nuestro campo de trabajo.

De este modo, si Conciencia es un medio para alcanzar un fin – el desempeño en la investigación, docencia y difusión de la historia – parece necesario tener algunas ideas sobre las posibilidades que tendremos que afrontar el día de mañana que alcancemos nuestro título.

 

De entrada, me parece claro que nuestro medio marca como línea a seguir la historia regional, que si bien es cierto que no es la única posibilidad, y mucho se puede debatir sobre esto, sí es una de las más fuertes y la que se nos inculca frecuentemente en nuestra formación, por lo menos en esta universidad. De nosotros, individual y colectivamente, y de las generaciones próximas dependerá el seguir por esta línea o buscar otras, o lo que parece más viable, buscar nuevas perspectivas para enriquecer los estudios regionales.

 

Ojalá que los caminos historiográficos a seguir se renueven y sean más plurales, pues el panorama actual es más bien de luces y sombras.

Una perspectiva de la carrera de Historia en Aguascalientes

Si nos centramos en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, que si bien no es la única institución que ofrece la licenciatura en historia en el estado (también varias normales en el estado cuentan con esta opción, pero hasta donde entiendo su nivel es todavía muy deficiente y sus estudios se encaminan exclusivamente a la labor docente), es sin duda donde se concentra la mayor parte de la investigación histórica en Aguascalientes, y donde en teoría se forman los profesionistas en este campo.

 

En esta institución nos encontramos que sus investigadores, por diversas razones, son cada vez menos, y sus temas y perspectivas de estudio se han ido limitando. No niego de ninguna manera que la investigación histórica en el estado ha tenido un auge impresionante y fructífero en los últimos 20 años, pero siento que en este momento se está deteriorando ese boom.

 

En el campo de la docencia la situación no es más alentadora, pues muchos maestros con capacidades sobresalientes acuden a las aulas sólo a cumplir; los cubículos están cada vez más vacíos porque no se ha sabido o querido retener a profesores destacados, ni se han cubierto las vacantes que por diversas circunstancias han quedado.

 

Alguna explicación a esto puede encontrarse en que probablemente en la universidad no se estén dando las condiciones propicias para un armónico desempeño de sus miembros.

 

Si miramos la situación desde el lado de los alumnos, parece existir también en este sector un momento de crisis, pues si bien es cierto que la licenciatura en Historia se ha distinguido desde sus inicios - hace alrededor de 12 años - por su poca atracción para los estudiantes de nuevo ingreso, es evidente que a últimas fechas su matrícula se ha reducido notablemente, y algunos de sus estudiantes muestran una profunda apatía por su formación.

 

Evidentemente falta mucho en la carrera de Historia, quizás empezando por una reestructuración a fondo del plan de estudios; creo que se omiten materias tan importantes como: Paleografía; algunos buenos cursos de Historiografía, y no simplemente lo que se nos imparte con frecuencia: relación de autores y el nombre de sus obras más importantes ¿a qué nos lleva eso?; contenidos reales de Teoría y métodos de la Historia; por lo menos un curso adicional al que plantea el actual plan de Taller de Manejo de Fuentes, en donde se lleve a los alumnos a varios archivos, por lo menos de la región y de ser posible al AGN (Archivo General de la Nación), y no que se limite como se hace actualmente, que se acude prácticamente una sola vez al AHEA (Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes) y algunos otros en la ciudad, lo que evidentemente no nos ayuda mucho para conocer las fuentes y las posibilidades documentales de los archivos. Esto sólo por sugerir algunas materias.

 

No me parece que actualmente sobren materias del plan de estudio, lo que sugeriría es que se replantearan sus contenidos y que se tuviera una planta de profesores más plural, pues resulta que algunos profesores tienen que hacerla de todólogos y experimentan con los alumnos, como si se tratara de un juego.

 

El propósito, desde luego, y quiero subrayarlo, no es criticar ni ofender, ni es un ataque personal contra nadie, creo que la culpa es de todos en general y de nadie en particular; ojalá que se pudieran corregir los errores, pues ¿acaso no tenemos los historiadores la doble obligación de aprender de las fallas del pasado? Debemos cambiar las prácticas actuales, en donde los administradores hacen como que administran, los maestros como que enseñan, los investigadores como que investigan y los estudiantes, en el peor de los casos, como que estudiamos.

Extendiendo nuestra visión más allá de la universidad y de la carrera de Historia, creo que la difusión también ha sufrido un importante declive; desde mi punto de vista, los años noventa fueron una época muy productiva en la difusión de la historia en nuestro estado: a través de libros, suplementos culturales y algunos otros medios. Hace algunos meses apareció un artículo en el que se da a entender, o a mí por lo menos me queda esa sensación, que este boom de producción historiográfica se debió fundamentalmente a un pequeño grupo de investigadores, pero lo que llama la atención, es que aparentemente se considera que este ciclo terminó ya “(1977-2000)”. Y ciertamente, ese singular grupo parece cada vez más disperso, y aunque sus afanes parecen no cesar, es notorio un cambio de rumbo.1

Aunque la visión es un poco pesimista, es cierto que en oposición a eso parece haber una cierta renovación con afanes particulares, y algunos aportes muy importantes de nuevas generaciones. Me parece que dentro de este marco de transición debemos ubicar los afanes de la revista Conciencia.

Si uno de los objetivos del historiador es entender el presente a través del conocimiento de lo precedente; el presente y el futuro de la labor de los estudiantes de la carrera de historia, debe ser planeado a partir de lo que se ha venido realizando.

 

Dicho de otro modo, yo he expuesto aquí un panorama general de mi visión sobre la situación que prevalece ahora en la enseñanza, investigación y difusión de la historia en nuestro estado, que es una sola perspectiva, pues cada quien tendrá la propia. Lo que yo propongo, es intentar propiciar reflexiones sobre el papel que nos corresponde jugar a los futuros historiadores, y más ampliamente, a investigadores y profesionales de las ciencias sociales. ¿Qué es lo que nos toca hacer ante un panorama que no es muy halagador?

Conciencia

Particularmente no creo que Conciencia sea un gran logro, pues muchos otros pueden sacar 5 ó mas números de una publicación periódica; así, a pesar de los evidentes alcances y de los aplausos, pienso también en enormes carencias y errores que se tienen, además de las criticas, que si no siempre son muy abiertas – lamentablemente - no por eso podemos negar su existencia. Pero sin duda, Conciencia es un espacio que puede ser de enorme utilidad para descubrirnos y para entender mejor el papel que debemos desempeñar.

 

En Conciencia no vamos a decir cuál es la línea que se debe seguir, ni vamos a dar soluciones mágicas para superar la mediocridad de los actores sociales y de los administradores, investigadores, docentes y estudiantes de nuestras universidades. El papel que en mi opinión debe jugar este proyecto es, como ya lo mencione anteriormente, el de un laboratorio para ensayar propuestas y descubrir nuevas alternativas, promover que cada vez más estudiantes se animen a participar con sus trabajos, y que la lectura de ellos nos aporten a los lectores nuevas inquietudes, nuevos temas de interés, nuevas posibilidades, y algo que todavía nos queda pendiente: ser capaces de aceptar los consejos, los puntos de vista, las críticas a nuestros trabajos, para convertirnos precisamente en críticos de los demás, porque eso significa que nos enriquecemos nosotros y se enriquecen los autores.

 

Por eso no se publica artículos con excelente redacción, con agudas reflexiones o con resultados extraordinariamente novedosos. En Conciencia publicamos los primeros experimentos de los que aún tenemos un camino inmenso por recorrer. La idea es que esto nos ayude a tener una formación más integral, que nos permita explorar nuevos caminos, nos acerque a una realidad distinta a la de los salones de clase, y nos impulse a trabajar y concebir nuestros primeros productos de investigación, a refinar poco a poco y día a día nuestras habilidades, a conocer y utilizar mejor nuestras herramientas como futuros historiadores en particular, o científicos sociales; aun más, profesionales comprometidos con nuestra sociedad.

 

Teniendo en consideración el panorama de la historia que he planteado, mi propuesta concreta es renovar la invitación a participar en Conciencia, o en cualquier otra actividad que nos involucre más en nuestro oficio. Mi propuesta es también reflexionar sobre los problemas actuales y sobre el papel que nos tocará jugar a los próximos profesionistas de la historia, teniendo una idea amplia de la realidad de la investigación, de la difusión y de la importancia de las ciencias sociales. El desafío para los que hoy estudiamos en carreras humanísticas, es acercarnos a la sociedad, ampliar nuestros enfoques y campos de estudio, fomentar la investigación y la difusión de estas actividades, no cerrarse a los colegas, sino abrirse a todos los sectores de la sociedad.

 

He insistido entre algunos compañeros que la revista es sólo un pretexto para mejorar y tener una formación más integral, pero que sin duda existen muchas opciones alternas, las cuales nosotros mismos podemos y debemos desarrollar a la par de la actividad editorial: algún programa de radio que nos permita ver esa interesante alternativa de difundir la historia; ciclos de conferencias que enriquezcan nuestra visión sobre nuestro pasado y sobre nuestra realidad presente, invitando a personalidades destacadas en los diferentes sectores de la sociedad y/o historiadores e investigadores sociales del estado y de otros puntos del país; mesas de trabajo en donde los estudiantes expongan sus trabajos, y algo que es prioritario, ser capaces de criticar y de asumir las críticas. Nos hemos formado en el hábito de dar y recibir sólo palabras de elogio, y nos cuesta muchísimo darnos cuenta de los errores y las omisiones de lo que hacemos nosotros y lo que hacen los demás. A los humanos no se nos dio la facultad de percibir todas las opciones y darnos cuenta de todos los detalles. Sin duda que un gran reto para que las investigaciones y nuestro trabajo diario sea más fructífero, es la introducción de la crítica como hábito común, no sólo entre los historiadores, sino incluso en toda la población y en todos los ámbitos de nuestra vida.

 

Me parece que es también pertinente hacer algunas reflexiones sobre la revista en términos más particulares. Por principio, y en relación un poco con lo anterior, creo que la crítica que no se vale es la que nace del simple afán de fastidiar o de destruir. En este sentido, creo que es muy fácil criticar a la mala, querer estar cerca del “poder”, querer sobresalir, ser tomado en cuenta sin trabajar, sin participar y sin proponer. Conciencia no es un coto de poder monopolizado por unos cuantos, como lo quieren hacer creer quienes viven en la pasividad y en la cómoda pasarela. Conciencia es un campo completamente abierto para los que estén comprometidos con su carrera, para los que se comprometan a trabajar, no por ese supuesto poder -que no está en juego- sino para integrarse a un simple proyecto que busca enriquecernos intelectualmente de mil maneras y acercarnos a nuestra profesión.

 

En otro sentido, valdría la pena reiterar, aunque creo que la mejor reiteración la da la revista misma, Conciencia NO es un espacio de lucha política ni bastión de alguna fuerza de intereses, como absurdamente se le ha querido señalar; Conciencia no habla por nadie, ha tratado de ser y es un espacio en donde se acepta y se pide la pluralidad, en donde es necesaria la colaboración de un número creciente de estudiantes, y es ante todo, un espacio abierto para la práctica de habilidades y para la participación. Ojalá que nuestro trabajo se enriqueciera con mayores comentarios de parte de los maestros, no sólo los “está bien”; mejor sería lograr una mayor interacción, que nos comentaran nuestros errores y lo que realmente piensan de lo que hacemos, eso sería de gran utilidad, aunque les parezca demasiado bisoño lo que decimos, la crítica de su parte nos ayudaría bastante.

 

Por otro lado, creo que Conciencia nos ha ayudado a reforzar nuestra convicción de que los jóvenes podemos y debemos manifestar nuestras opiniones e inquietudes, y que cuando la razón está de nuestro lado no debemos bajar los brazos. Esa es otra de las funciones primordiales que debe jugar esta revista, ser un espacio de expresión, como lo dice su nombre; un lugar abierto a las opiniones de los jóvenes que denuncien problemas y propongan soluciones.

 

Casi para terminar, a muchos les puede disgustar el que yo siga pensando que entre alumnos, maestros y todo aquel al que le llega nuestra revista, debe haber un porcentaje alto de personas que no la leen, o a lo mucho la hojean y leen 1, 2 ó 3 artículos; el reto es buscar poco a poco, pero persistentemente los medios de hacerla más atractiva y, aunque se vea muy utópico, crear Conciencia para incrementar la lectura y lograr que la historia tenga una difusión extensiva.

 

Ojalá que Conciencia viva por muchos números más; pero sólo si esa vida es sostenida por estudiantes comprometidos, no con una revista sino con un proyecto; por estudiantes que sean capaces de tener los ojos abiertos a todas las posibilidades; por estudiantes que sean capaces de crear y de aportar ideas todos los días; por estudiantes que se atrevan a hacer público sus experimentos que si no serán tan afortunados en sus primeras etapas, sin duda deberán producir mejores resultados con la insistencia y la terquedad; por estudiantes que sean capaces de dar y de recibir críticas que enriquezcan los trabajos, las visiones y las perspectivas de los demás, que al fin y al cabo enriquece también su propia experiencia; y finalmente, por estudiantes dispuestos a buscar alternativas para construir un panorama más decoroso en la investigación, la docencia y la difusión de la historia y de las ciencias sociales.

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Notas:

1 Me refiero al artículo del Lic. Enrique Rodríguez Varela, La Generación «Zeta.Libertad», 1977–2000, aparecido en: www.agseso.com

 

 

 

 

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