Ana Luisa Topete Ceballos
Lic. en Letras Hispánicas, 3er. semestre


    Un mercado es la caracterización más pura de una cultura, de la idiosincrasia y de las costumbres de un pueblo como el nuestro, nuestro pueblo mexicano. En él podemos respirar nuestra historia, costumbres que venimos arrastrando desde el dios Huitzilopochtli. Se aprecia a los tamemes sudando nuestra agricultura por sus sienes, plasmadas de dolor, sufrimiento y trabajo.
    Un mercado es un cuadro pintado por Diego Rivera con algunos personajes puestos por Siqueiros, revolucionarios, cuyo trabajo es la tierra en una fiesta de sabores perpetuados por los maravillosos manjares en que terminan los frutos de nuestro suelo.
    Al entrar, mujeres y hombres cuidando de sus puestos, lo más sagrado para quien vive del comercio de hortalizas. Es una sinfonía de colores al admirar el rojo bermejo de los rábanos, adornados con sus hojas espinosas como queriendo decir “no me arranquen de mi tierra”; los tonos de los racimos de las flores de calabaza que pudieran ser el adorno de un centro de mesa en una cena de gala; las calabacitas, que con sus epidermis a rayas, presumen de ser bicolores; los brócolies, como árboles de la vida, y las coliflores, coronadas en blanco, como cerebros pensantes.
    Se oyen los gritos de quienes a lo lejos exclaman: “marchanta, ¿qué quiere llevar?” Los gritos nos jalonean de un lado para otro al ver a los vendedores con la sonrisa franca al tratar de convencernos; el alarde de los murmullos entre voces subidas de tono de quienes ofrecen tacos de carne en medio de aquella pequeña gran urbe; la mujer ofrece las “gorditas”, no agraviando a la dueña del puesto, hechas con sus manos de piel gruesa; la que vende quesos, queriendo presumir qué tan buena es la leche que dan sus vacas.
    Es un aplaudir a los dioses cuando admiramos a la verdura que es la más nuestra: el nopal, apilándose en montones cobijados por un lienzo de yute, para que no haya duda de que es muy mexicano; las papas con superficies sinuosas en donde se esconde la tierra de nuestro México; zanahorias como casi pintadas a mano con un tono no fácil de igualar; los racimos de cilantro, hermanos de los nopales, cuyo aroma nos trasciende a las cazuelas que solían preparar nuestras abuelas.
    No faltará quién nos ofrezca el trabajo de los artesanos, para tomar el café o el atole, pues no hay mejor sabor que el que se mezcla con la tierra de nuestra tierra. Puestos tirados en el suelo con los ancestros de nuestras licuadoras: metates y molcajetes.
    Los puestos de chiles ofrecen un deleite para la vista, los colores, las formas, los olores, ingrediente que no falta en ningún hogar de este suelo, ligados siempre con el mole, en donde se perpetúan  los sabores y los olores de nuestro México. Cada uno resalta su forma, su color o intensidad, cascarones que envuelven su regazo abrazando las semillas de una nueva vida para ser reproducidos.
    Un mercado es una representación de una fiesta popular que se realiza todos los días, con cintas amarradas de lado a lado con papeles picados representando en algunas ocasiones la muerte, de quien hacemos mofa, ridiculizamos, pero cuando ella nos toca a un ser querido nos vestimos de plañideras con atuendos de lágrimas; en ocasiones, a algún héroe de nuestra Independencia o de la Revolución, porque en ellos se ve plasmado la hombría y el machismo que caracteriza a nuestros hombres.
    Carnicerías, cuyos dependientes con delantales embarrados de sangre y de inocencia, lucen colgadas las perfectas disecciones de las reses, vemos carnes que pululan entre ellas en actitud de pordioseros para ver si algo les cae a sus vientres vacíos.
    Puestos que lucen jitomates como si los hubieran ungido con la cera de una procesión silenciosa al Señor de Chalma; los chayotes, originarios de nuestro suelo nos representan, con su pulpa verde y tierna como el corazón de compatriotas, y pieles espinosas que no dejan que nadie los magulle; los camotes listos para ser envueltos con mieles sacadas de las cañas de los ingenios, de tierras que son bañadas por la brisa del mar.
    Frutas que han sido regalo de los dioses, las piñas coronadas igual que Acamapichtli, Izcoátl o Moctezuma; la sandía que lleva en toda ella plasmada a una bandera emblema de un pueblo, verde por fuera para hacer de la esperanza un símbolo de armonía; blanca, con una pureza que separa a la esperanza de la sangre de nuestros héroes; la pulpa, la que da el sabor, salpicada con puntos negros de crisis que hay que removerlos o escupirlos para poderla saborear; algunas frutas raras como los zapotes simbolizando el saltapatrás de tiempos de la colonia.
    Puestos de flores que son un canto al amor y a la belleza, en donde danzan los colores y las texturas: claveles, rosas, cempazuchil, gladiolas, nube; variedades tantas como tonos de piel de nuestros congéneres. 
    Un puesto en donde lucen las racimos de uvas puestas en montones; unas amoratadas por el sol, dando a su piel un color violáceo, caracterizando a una piel morena curtida por los rayos solares, su apelativo es Salvador, nombre escogido por Colón al tocar una tierra nueva, desconocida, ajena; las otras, claras, rubias, de color verde tierno, casi transparentes, que dan la impresión de haber sido plantadas a la sombra para no maltratar sus epidermis. Son dos razas distintas, una de color cuando su corazón es arrancado y machacado en sacrificios a los dioses; las otras dan el sabor al ser ofrecidas en holocausto al dios Baco.
    No puede faltar un altar a la Virgen de Guadalupe, Coatlicue cristianizada, madre, completándose así una conquista en todos los aspectos, objetivo bien trazado  por el pueblo español, mientras veladoras de Fe arden a los pies de las imágenes en donde la llama no parece menguar por la confianza depositada, o en su defecto bombillas de tres colores. Flores de papel cuelgan alrededor  de la imagen de la Salvadora de un pueblo, de la Madre, de la depositaria de las penas y necesidades, símbolo de unión de una raza y fortaleza de todo un sistema.
    El fruto base de nuestra alimentación, con el cual se hace el pan del mexicano, el maíz, dientes que se muestran en el sonreír de una mazorca, a pesar de ser separados de su madre, las cañas, que espigando hacia el cielo piden a Dios no ser cortadas todavía. Elotes con pelo largo de indígena listos para ser trenzados, manjar de dioses y fruto de la tierra que pisamos, envueltos en jorongos para cubrirse  de las inclemencias del tiempo.
    Un mercado es una orquesta dirigida por un pueblo, cultura bien arraigada en nuestras almas, oraciones esculpidas entre nubes y cánticos de amor, unión y de esperanza.
 
 

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