Un mercado es la caracterización más
pura de una cultura, de la idiosincrasia y de las costumbres de un pueblo
como el nuestro, nuestro pueblo mexicano. En él podemos respirar
nuestra historia, costumbres que venimos arrastrando desde el dios Huitzilopochtli.
Se aprecia a los tamemes sudando nuestra agricultura por sus sienes, plasmadas
de dolor, sufrimiento y trabajo.
Un mercado es un cuadro pintado por Diego Rivera
con algunos personajes puestos por Siqueiros, revolucionarios, cuyo trabajo
es la tierra en una fiesta de sabores perpetuados por los maravillosos
manjares en que terminan los frutos de nuestro suelo.
Al entrar, mujeres y hombres cuidando de sus puestos,
lo más sagrado para quien vive del comercio de hortalizas. Es una
sinfonía de colores al admirar el rojo bermejo de los rábanos,
adornados con sus hojas espinosas como queriendo decir “no me arranquen
de mi tierra”; los tonos de los racimos de las flores de calabaza que pudieran
ser el adorno de un centro de mesa en una cena de gala; las calabacitas,
que con sus epidermis a rayas, presumen de ser bicolores; los brócolies,
como árboles de la vida, y las coliflores, coronadas en blanco,
como cerebros pensantes.
Se oyen los gritos de quienes a lo lejos exclaman:
“marchanta, ¿qué quiere llevar?” Los gritos nos jalonean
de un lado para otro al ver a los vendedores con la sonrisa franca al tratar
de convencernos; el alarde de los murmullos entre voces subidas de tono
de quienes ofrecen tacos de carne en medio de aquella pequeña gran
urbe; la mujer ofrece las “gorditas”, no agraviando a la dueña del
puesto, hechas con sus manos de piel gruesa; la que vende quesos, queriendo
presumir qué tan buena es la leche que dan sus vacas.
Es un aplaudir a los dioses cuando admiramos a la
verdura que es la más nuestra: el nopal, apilándose en montones
cobijados por un lienzo de yute, para que no haya duda de que es muy mexicano;
las papas con superficies sinuosas en donde se esconde la tierra de nuestro
México; zanahorias como casi pintadas a mano con un tono no fácil
de igualar; los racimos de cilantro, hermanos de los nopales, cuyo aroma
nos trasciende a las cazuelas que solían preparar nuestras abuelas.
No faltará quién nos ofrezca el trabajo
de los artesanos, para tomar el café o el atole, pues no hay mejor
sabor que el que se mezcla con la tierra de nuestra tierra. Puestos tirados
en el suelo con los ancestros de nuestras licuadoras: metates y molcajetes.
Los puestos de chiles ofrecen un deleite para la
vista, los colores, las formas, los olores, ingrediente que no falta en
ningún hogar de este suelo, ligados siempre con el mole, en donde
se perpetúan los sabores y los olores de nuestro México.
Cada uno resalta su forma, su color o intensidad, cascarones que envuelven
su regazo abrazando las semillas de una nueva vida para ser reproducidos.
Un mercado es una representación de una fiesta
popular que se realiza todos los días, con cintas amarradas de lado
a lado con papeles picados representando en algunas ocasiones la muerte,
de
quien hacemos mofa, ridiculizamos, pero cuando ella nos toca a un ser querido
nos vestimos de plañideras con atuendos de lágrimas; en ocasiones,
a algún héroe de nuestra Independencia o de la Revolución,
porque en ellos se ve plasmado la hombría y el machismo que caracteriza
a nuestros hombres.
Carnicerías, cuyos dependientes con delantales
embarrados de sangre y de inocencia, lucen colgadas las perfectas disecciones
de las reses, vemos carnes que pululan entre ellas en actitud de pordioseros
para ver si algo les cae a sus vientres vacíos.
Puestos que lucen jitomates como si los hubieran
ungido con la cera de una procesión silenciosa al Señor de
Chalma; los chayotes, originarios de nuestro suelo nos representan, con
su pulpa verde y tierna como el corazón de compatriotas, y pieles
espinosas que no dejan que nadie los magulle; los camotes listos para ser
envueltos con mieles sacadas de las cañas de los ingenios, de tierras
que son bañadas por la brisa del mar.
Frutas que han sido regalo de los dioses, las piñas
coronadas igual que Acamapichtli, Izcoátl o Moctezuma; la sandía
que lleva en toda ella plasmada a una bandera emblema de un pueblo, verde
por fuera para hacer de la esperanza un símbolo de armonía;
blanca, con una pureza que separa a la esperanza de la sangre de nuestros
héroes; la pulpa, la que da el sabor, salpicada con puntos negros
de crisis que hay que removerlos o escupirlos para poderla saborear; algunas
frutas raras como los zapotes simbolizando el saltapatrás de tiempos
de la colonia.
Puestos de flores que son un canto al amor y a la
belleza, en donde danzan los colores y las texturas: claveles, rosas, cempazuchil,
gladiolas, nube; variedades tantas como tonos de piel de nuestros congéneres.
Un puesto en donde lucen las racimos de uvas puestas
en montones; unas amoratadas por el sol, dando a su piel un color violáceo,
caracterizando a una piel morena curtida por los rayos solares, su apelativo
es Salvador, nombre escogido por Colón al tocar una tierra nueva,
desconocida, ajena; las otras, claras, rubias, de color verde tierno, casi
transparentes, que dan la impresión de haber sido plantadas a la
sombra para no maltratar sus epidermis. Son dos razas distintas, una de
color cuando su corazón es arrancado y machacado en sacrificios
a los dioses; las otras dan el sabor al ser ofrecidas en holocausto al
dios Baco.
No puede faltar un altar a la Virgen de Guadalupe,
Coatlicue cristianizada, madre, completándose así una conquista
en todos los aspectos, objetivo bien trazado por el pueblo español,
mientras veladoras de Fe arden a los pies de las imágenes en donde
la llama no parece menguar por la confianza depositada, o en su defecto
bombillas de tres colores. Flores de papel cuelgan alrededor de la
imagen de la Salvadora de un pueblo, de la Madre, de la depositaria de
las penas y necesidades, símbolo de unión de una raza y fortaleza
de todo un sistema.
El fruto base de nuestra alimentación, con
el cual se hace el pan del mexicano, el maíz, dientes que se muestran
en el sonreír de una mazorca, a pesar de ser separados de su madre,
las cañas, que espigando hacia el cielo piden a Dios no ser cortadas
todavía. Elotes con pelo largo de indígena listos para ser
trenzados, manjar de dioses y fruto de la tierra que pisamos, envueltos
en jorongos para cubrirse de las inclemencias del tiempo.
Un mercado es una orquesta dirigida por un pueblo,
cultura bien arraigada en nuestras almas, oraciones esculpidas entre nubes
y cánticos de amor, unión y de esperanza.