David Ricarte Reynoso
Lic en Historia, 3er. semestre


     Y en verdad el camino a la Villa de Ahumada se hacía cada vez más difícil, las horas de camino se tornaban eternas, tan eternas que el reloj de bolsillo que llevaba conmigo se había detenido. Deseaba con todas mis fuerzas llegar a dicho pueblo para tomar el tren que me llevaría a Torreón. Temí por mi vida, me aterraba el abandono en que dejaría a mi hija y esposa; no sabía si llegaría a casa sano y salvo. Morir en el desierto es horrible…sólo sirves de carroña para los animales nocturnos, comencé a repetir esto una y otra vez, mientras mi caballo empezaba a bajar la cabeza lentamente, como si su alma ya no pudiera más con el peso de su cuerpo ni con el mío.
    Así proseguí durante un rato, hasta que lo esperado sucedió: mi caballo se derrumbó como una pesada piedra lanzándome a varios metros de distancia, sembrándome en la arena con tal fuerza, que ésta casi me cubrió el rostro; sentí un ardor terrible, producido por lo caliente de la arena. Me levanté lentamente, las piernas me dolían de una manera punzante y desgarradora.
     --Creo que tengo sed-- pensé en voz alta, mientras sin meditarlo sacaba la vieja Colt que llevaba entre mis ropas, apunté a la cabeza del caballo moribundo y disparé. De ésta manera continué a pie mi camino.
    Al poco tiempo, el calcinante sol comenzaba a colocarse en su cenit, y no observaba cerca de mí la más pequeña traza de sombra donde protegerme.
    --¡Maldito Villa!-- susurré recordando la entrevista que acababa de tener con él. Recordando su mirada pesada e inquisitoria; su ensanchada alma llenaba toda la cabaña donde hablé con él, y que incluso opacaba la enorme personalidad de Felipe Ángeles, también ahí presente.
    --¿A qué se dedica don Eulalio?-- me preguntó en tono feroz pero amable a la vez.
    --Trabajo en el express y tengo esposa y una hija mi general-- Villa entrecerró los ojos, que ante todo, nunca apartó de los míos, jugueteó con su enorme mostacho y agregó:
    --A mí me gusta usté pa’ coronel Don Eulalio--. En ese momento algo dentro de mí chisporroteó como pólvora, la emoción me embargó…de pronto recordé las risas de Teté por el jardín y la amorosa sonrisa de mi esposa Trinidad; y por su futuro, dudé en tomar dicha proposición. No podría entregar mi vida a tan afable causa, por que mí vida ya no era mía solamente… sino de mis dos amores.
    ¡Mal nacido Villa!, seguramente me quiso hacer pagar la ingratitud hacia él, por no aceptar su atractiva proposición, al perderme en el desierto. En esos momentos, mi lengua estaba seca y trataba de refrescar mi boca al respirar con ella, pero el aire caliente me laceraba de manera horrible la garganta. La necesidad de beber agua crecía a cada paso que daba.
    --Agua, agua, agua...-- comencé a repetir de una manera constante, primero en voz baja, luego solamente lo pensé. Si no hubieran asaltado el tren donde yo laboraba, no hubiera vivido tal experiencia; todo pasó tan rápido, todo funcionaba bien, hasta que nos detuvimos. Gritos, disparos, caballos corriendo a toda velocidad, mientras que dos hombres con rifle en mano golpeaban con todas sus fuerzas la puerta del vagón express donde me encontraba.
    --Abran la puerta jijos de la …, abran la puerta o prendemos juego al vagón-- tuve que abrir, pensé que me fusilarían, ahorcarían o torturarían, pero sobreestimé los sanguinarios métodos que los soldados de Villa utilizaban  para eliminar a quienes les caían mal. Me tomaron preso, y después de que saquearon el vagón express, llevándose correspondencia oficial y mucho dinero en joyas, oro y bilimbiques, desnudaron a los soldados que custodiaban el convoy y también a varios pasajeros, dejándolos abandonados a la mitad del trayecto. Me asignaron un caballo, y más tarde, junto con algunos compañeros, nos adentramos en la sierra, donde después de cabalgar por un buen rato, fui amarrado y encerrado en un jacal por dos días. Pasados éstos, un soldado de no muy amigable apariencia, entró en donde me encontraba.

    --Mi general Francisco Villa quere parlar con asté-- me dijo en tono amenazador, por lo que tuve que acceder.
    De ésta manera fui conducido a la cabaña donde me esperaba el general Francisco Villa, quien era acompañado por varios de sus colaboradores como Urbina, Chao, Raúl Madero, entre otros, que se encontraban sentados en círculo.
    En el centro de la cabaña había una mesita con dos sillas, una ocupada por Villa, la otra la ocuparía yo; en el centro de ésta, un mugroso quinqué daba un ambiente tétrico al asunto, junto a éste había una pistola y una botella de licor, siempre pensé que Villa era abstemio, pero el licor era para mí; éste me ofreció un trago, pero me negué, así que hizo la botella  a un lado, tomó la pistola, la acarició con cariño y me preguntó por mi nombre mientras la guardaba en su funda.
    --Me llamo Eulalio Chávez mi general-- varios segundos de silencio sepulcral se hicieron en la cabaña. En esos momentos creí que sería hombre muerto.
    El tiempo en el desierto pasa muy lento, pero comenzó  a caer la tarde en tan desolado lugar. La cabeza me estallaba de dolor, mis pies se tornaron insensibles, mientras que mi necesidad de beber agua se había transformado en una obsesión. En mi mente daban vueltas y vueltas los recuerdos familiares entremezclados con la sed.
    --Maldito Carranza, ¡traidor de la causa y de la Convención!…maldito barbastenango-- repetí un par de veces.
    --Si no fuera por su culpa, esta guerra no se habría alargado tanto y yo no estuviera aquí-- recuerdo que ese fue mi último pensamiento lógico que aquel día pasó por mi mente. Lo demás, se ha perdido en mi memoria.
    Varios días después, desperté en casa de un arriero llamado Eutanasio, que me encontró cerca del pueblito de Janos. Fue curioso saber que la dirección seguida por mí, días antes, era en sentido contrario a la Villa de Ahumada. Me quede un tiempo considerable en Janos mientras me reponía. Después me dirigí a Casas Grandes y de ahí a Juárez, en donde tomé el tren que me llevaría a Torreón, lugar donde por fin me reencontré con mis dos amores. Finalmente puedo afirmar que: en realidad viví para contarlo.
 
 

Hosted by www.Geocities.ws

1