Y en verdad el camino a la Villa de Ahumada
se hacía cada vez más difícil, las horas de camino
se tornaban eternas, tan eternas que el reloj de bolsillo que llevaba conmigo
se había detenido. Deseaba con todas mis fuerzas llegar a dicho
pueblo para tomar el tren que me llevaría a Torreón. Temí
por mi vida, me aterraba el abandono en que dejaría a mi hija y
esposa; no sabía si llegaría a casa sano y salvo. Morir en
el desierto es horrible…sólo sirves de carroña para los animales
nocturnos, comencé a repetir esto una y otra vez, mientras mi caballo
empezaba a bajar la cabeza lentamente, como si su alma ya no pudiera más
con el peso de su cuerpo ni con el mío.
Así proseguí durante un rato, hasta
que lo esperado sucedió: mi caballo se derrumbó como una
pesada piedra lanzándome a varios metros de distancia, sembrándome
en la arena con tal fuerza, que ésta casi me cubrió el rostro;
sentí un ardor terrible, producido por lo caliente de la arena.
Me levanté lentamente, las piernas me dolían de una manera
punzante y desgarradora.
--Creo que tengo sed-- pensé en voz
alta, mientras sin meditarlo sacaba la vieja Colt que llevaba entre mis
ropas, apunté a la cabeza del caballo moribundo y disparé.
De ésta manera continué a pie mi camino.
Al poco tiempo, el calcinante sol comenzaba a colocarse
en su cenit, y no observaba cerca de mí la más pequeña
traza de sombra donde protegerme.
--¡Maldito Villa!-- susurré recordando
la entrevista que acababa de tener con él. Recordando su mirada
pesada e inquisitoria; su ensanchada alma llenaba toda la cabaña
donde hablé con él, y que incluso opacaba la enorme personalidad
de Felipe Ángeles, también ahí presente.
--¿A qué se dedica don Eulalio?--
me preguntó en tono feroz pero amable a la vez.
--Trabajo en el express y tengo esposa y una hija
mi general-- Villa entrecerró los ojos, que ante todo, nunca apartó
de los míos, jugueteó con su enorme mostacho y agregó:
--A mí me gusta usté pa’ coronel Don
Eulalio--. En ese momento algo dentro de mí chisporroteó
como pólvora, la emoción me embargó…de pronto recordé
las risas de Teté por el jardín y la amorosa sonrisa de mi
esposa Trinidad; y por su futuro, dudé en tomar dicha proposición.
No podría entregar mi vida a tan afable causa, por que mí
vida ya no era mía solamente… sino de mis dos amores.
¡Mal nacido Villa!, seguramente me quiso hacer
pagar la ingratitud hacia él, por no aceptar su atractiva proposición,
al perderme en el desierto. En esos momentos, mi lengua estaba seca y trataba
de refrescar mi boca al respirar con ella, pero el aire caliente me laceraba
de manera horrible la garganta. La necesidad de beber agua crecía
a cada paso que daba.
--Agua, agua, agua...-- comencé a repetir
de una manera constante, primero en voz baja, luego solamente lo pensé.
Si no hubieran asaltado el tren donde yo laboraba, no hubiera vivido tal
experiencia; todo pasó tan rápido, todo funcionaba bien,
hasta que nos detuvimos. Gritos, disparos, caballos corriendo a toda velocidad,
mientras que dos hombres con rifle en mano golpeaban con todas sus fuerzas
la puerta del vagón express donde me encontraba.
--Abran la puerta jijos de la …, abran la puerta
o prendemos juego al vagón-- tuve que abrir, pensé que me
fusilarían, ahorcarían o torturarían, pero sobreestimé
los sanguinarios métodos que los soldados de Villa utilizaban
para eliminar a quienes les caían mal. Me tomaron preso, y después
de que saquearon el vagón express, llevándose correspondencia
oficial y mucho dinero en joyas, oro y bilimbiques, desnudaron a los soldados
que custodiaban el convoy y también a varios pasajeros, dejándolos
abandonados a la mitad del trayecto. Me asignaron un caballo, y más
tarde, junto con algunos compañeros, nos adentramos en la sierra,
donde después de cabalgar por un buen rato, fui amarrado y encerrado
en un jacal por dos días. Pasados éstos, un soldado de no
muy amigable apariencia, entró en donde me encontraba.
--Mi general Francisco Villa quere parlar con asté--
me dijo en tono amenazador, por lo que tuve que acceder.
De ésta manera fui conducido a la cabaña
donde me esperaba el general Francisco Villa, quien era acompañado
por varios de sus colaboradores como Urbina, Chao, Raúl Madero,
entre otros, que se encontraban sentados en círculo.
En el centro de la cabaña había una
mesita con dos sillas, una ocupada por Villa, la otra la ocuparía
yo; en el centro de ésta, un mugroso quinqué daba un ambiente
tétrico al asunto, junto a éste había una pistola
y una botella de licor, siempre pensé que Villa era abstemio, pero
el licor era para mí; éste me ofreció un trago, pero
me negué, así que hizo la botella a un lado, tomó
la pistola, la acarició con cariño y me preguntó por
mi nombre mientras la guardaba en su funda.
--Me llamo Eulalio Chávez mi general-- varios
segundos de silencio sepulcral se hicieron en la cabaña. En esos
momentos creí que sería hombre muerto.
El tiempo en el desierto pasa muy lento, pero comenzó
a caer la tarde en tan desolado lugar. La cabeza me estallaba de dolor,
mis pies se tornaron insensibles, mientras que mi necesidad de beber agua
se había transformado en una obsesión. En mi mente daban
vueltas y vueltas los recuerdos familiares entremezclados con la sed.
--Maldito Carranza, ¡traidor de la causa y
de la Convención!…maldito barbastenango-- repetí un par de
veces.
--Si no fuera por su culpa, esta guerra no se habría
alargado tanto y yo no estuviera aquí-- recuerdo que ese fue mi
último pensamiento lógico que aquel día pasó
por mi mente. Lo demás, se ha perdido en mi memoria.
Varios días después, desperté
en casa de un arriero llamado Eutanasio, que me encontró cerca del
pueblito de Janos. Fue curioso saber que la dirección seguida por
mí, días antes, era en sentido contrario a la Villa de Ahumada.
Me quede un tiempo considerable en Janos mientras me reponía. Después
me dirigí a Casas Grandes y de ahí a Juárez, en donde
tomé el tren que me llevaría a Torreón, lugar donde
por fin me reencontré con mis dos amores. Finalmente puedo afirmar
que: en realidad viví para contarlo.