María Esther Pérez Pardo
9vo. semestre, Lic. en Historia

 Presentación

    La historia oral es uno de los recursos con que cuentan los historiadores para preservar la experiencia  de vida de individuos. A través de relatos de circunstancias personales podemos reconstruir la forma en que los procesos históricos van modificando ambientes, hábitos, tradiciones, modos de hacer y de pensar de un universo específico, sea una comunidad, un pueblo, una época, etcétera. La historia oral construye este tipo de testimonios a través de entrevistas. El entrevistado no tiene que ser necesariamente un protagonista destacado, cualquier individuo puede aportar elementos interesantes con los cuales se hace la historia de los hombres y mujeres comunes, quienes no suelen tener historia.
    La historia oral no es sólo una metodología ni la entrevista es una mera técnica, la construcción de la fuente histórica remite a la elaboración de un discurso especial, a partir del cual se pueden analizar innumerables procesos, prácticas sociales, génesis y desarrollo de hábitos y costumbres. No sólo es un testimonio intimista (las personas hablan de su vida, de sus experiencias y de sus sentimientos, sin obligatoriamente llevarnos a las historias de vida) sino un modo de poner en movimiento la interacción entre testimonios de archivo y sujetos sociales vivos, actuantes, y que en conjunto nos ayudan a la reconstrucción de contextos históricos y culturales, tomando en cuenta el universo de la percepción subjetiva de los protagonistas.
    El encuentro con Agapita fue sumamente emotivo1 . Me topé con una mujer que para seguir viviendo con sus 93 años a cuestas, recurre a los placeres de la memoria. Parecía que estaba esperándome para poder contar su historia. Una vida simple, caracterizada por el trabajo. A todas horas había que hacer algo para tener lo mínimo necesario con que hacer frente al hostigamiento natural de una vida campirana. Comer, vestir, medio descansar, pero sobre todo alimentar una dignidad que le da sentido a todo. Comprender la aceptación de vivir y morir pobremente, como repetidas veces dice esta mujer. Y pese a las carencias o incomodidades, que se suplían con vitalidad para trabajar, lo de antes aparece como algo bueno. Y a partir de allí percibimos que al mundo de hoy, con todo y su tecnología, carece de algo que ya no hay, el sabor, el color, el agua pura. Ni siquiera las flores son como solían ser. Mejor crítica de la modernidad no puede hacerse.

Agapita:

    Yo soy Agapita Diosdado Valandrano. Nací en Noria de Molinos, en el año 1906. Pertenece al Coesillo, Zacatecas. Era un rancho chiquito, apenas unas cuantas casas, todos se conocían y toda la gente vivía del campo, de trabajar en los ranchos como peones, entonces no había ejidos, la gente le trabajaba a los patrones. Mi papá trabajaba en el campo, aquí y allá, donde hubiera trabajo, soy la menor de siete hermanos: Carpio, Angel, Otabia-no, Margarita, Nasaria, Marceliana y yo. Mi mamá se llamaba Catalina Valandrano y mi papá Santiago Diosdado. Ahí en Noria de Molinos crecí, pero nunca me mandaron a la escuela, ni había, así que no sé leer ni escribir. Mi niñez la pasé así, nomás creciendo y ayudándole a mi mamá, en la casa entonces desde chiquillas nos enseñaban a trabajar, a tortiar, a moler el nixtamal; yo como era la más chica, pos siempre ayudaba menos. Mis hermanas, ellas sí hacían de todo. Mi mamá trabajaba mucho, con tanto chiquillo, pos como no. Nos hacía la ropa, entonces de pura manta y “tergal”, no había otra cosa. Vivíamos pobres, pero bien. La casa de adobe; me acuerdo de unos cuartitos y una cocina con un fogón, entonces pura leña. Mi mamá hacía el almuerzo y le llevábamos de almorzar a mi papá allá donde anduviera en el campo: los frijoles, el chile, el huevito, las tortillas, lo que hubiera. Era bonito ir al almuerzo y ahí en el campo se sentaba uno donde anduviera él a almorzar, luego ya nos regresábamos mi mamá y yo, y él le seguía en el trabajo hasta en la tarde, ya tarde llegaba él a la casa y al otro día igual. Ahí todos los días eran iguales, tres centavos pagaban por día; uno vivía así, pobremente.
    Cuando tenía yo diez años nos fuimos a vivir a un  ranchito que se llama Zacatequillas, no había mucho que hacer ahí, nomás los domingos a misa en una iglesia que tiene al Señor del Amparo: es un crucifijo; ya nos arreglábamos para ir a misa el domingo que era cuando venía un padre a dar la misa, por allá nos andábamos un rato y eso era todo; los demás días igual el puro trabajo. Yo me salía a la calle luego a veces, estaba uno chiquillo, le daban ganas de andar en la calle. Jugábamos todas las chiquillas un rato y luego mi mamá: ¡Agapita!, y ahí voy corriendo a la casa; entonces era uno obediente y respetuoso para con los padres; ya nos daba mi mamá de cenar lo que hubiera pobremente. En la noche prendíamos los aparatos o las velas, así se alumbraba uno, oscuro que quedaba el rancho cuando no había luna, nomás se oían los coyotes en el monte, aullando toda la noche.
    Esos tiempos fueron los de la Revolución, cuando Pancho Villa pasó para México en su tren revolucionario lleno de gente;  ’taba yo chica, pero lo quería ver para conocerlo. Mi papá nos llevó a la estación de Adames para mirarlo. Nos fuimos en un carretón de mulas, entonces eso se usaba y ahí vamos todos mis hermanos y toda la gente a mirarlo. Mucha gente que había y llegó su tren lleno de gentes, puros revolucionarios y yo a chille y chille que lo quería ver; y mi papá me subió en los brazos que para que lo mirara, pero sabe cuál sería de todos. Yo nomás vi mucha gente ese día, pero nunca supe cuál era Pancho Villa. Eso fue ya después de la Batalla de Zacatecas, pero de eso yo no me acuerdo. Juan, mi marido, me platicaba; a él si le tocó mirar las calles corriendo de sangre cuando tomaron Zacatecas. Mucha gente que mataron, yo estaba más chica y no, pos no me acuerdo de eso, nomás oigo que platica la gente. Allá en el Bajío de la Vieja, que es otro rancho cerca de donde nosotros vivíamos, ahí si mataron a un hombre que era el jefe de ahí, de ese rancho. Y en esos días había mucha tuna y la gente hacía melcocha y queso de tuna, pos no había mucho que comer en esos días y el jefe de ese pueblo no dejaba que cortaran tunas ni leña, nomás porque se le pegó la gana, y yo que ni nunca iba al Bajío de la Vieja, ese día andaba yo allá porque una mujer, amiga de mi mamá le dijo: “présteme a Agapita pa’ que me ayude”, y pos me quedé en ese rancho pa’ ayudarle. Estaba yo chica, y ande que andábamos afuera de la casa cuando la balacera. Los revolucionarios, que eran Villistas, que dizque  iban a matar a ese hombre, al jefe del pueblo, y onde éste se les enfrentó y nomás le dieron siete balazos. Quedó muerto ahí mismo, pero yo que oí la balacera, pos corrí, yo pa’ meterme a la casa, pero los mismos revolucionarios en el momento de hacer fuego me dieron un balazo a mí. Ya era de noche, la luna estaba como a la mitad del día, grandota, y yo nomás sentí caliente el costado pero seguí corriendo. De pronto no me caí ni nada, porque la bala se me fue entre cuero y carne, abajito de las costillas y luego vino a salir por el cuadril, de modo que me quedaron dos hoyos. De pronto no me salió sangre ni nada, me miraba yo las manos pero no, no había sangre; me salió después la sangre, porque cuando entré a la casa: ¡álgame (sic) Dios!, ¡ya te mataron!, me dijo la señora, ¡sea por Dios!, y yo me dejé caer, que no supe ya de mí. Seguramente me desmayé, no me llevaron con doctor ni nada, entonces pos ni había. Le avisaron a mi papá y se fue al Ojo Caliente, un pueblo que está más lejos, con un boticario que le dio una botellita chiquita con una medicina, y dijo que me untaran en cada herida y con eso me alivié. No me puse mala ni nada, ¡bendito sea Dios, lo que no toca y lo que Dios no quiere!
    Aquí, en Luis Moya, hice mi primera comunión en la Iglesia de San Francisco, con mis hermanos, y aquí mismo me casé con Juan Cárdenas. Un hombre muy trabajador que era del rancho de la Natura. Yo ni lo quería, pero cuando Dios quiere, aunque no quiera uno a aquella persona se casa porque se casa. No lo quería porque apenas yo tenía 15 años y él ya 30, pero me habló muchas veces, al fin hasta que de tanto y tanto  le dije: bueno, pero me pides, si me quieres, me tienes cariño y voluntad, me pides y nos casamos, y me fue a pedir el patrón de él, un hombre muy bueno que se llamaba Ramón Díaz de León, un agricultor que tenía tierras y Juan trabajaba con él. Ese hombre le vendió a Juan unas tierras allí, en el Charco de la Gallina, donde viví desde entonces al principio muy pobremente, nomás teníamos un cuartito y una cocina de adobe. No teníamos más de un petate y una colchoneta, ahí nos quedábamos a dormir hasta que ya fuimos teniendo de a poco a poquito y fuimos comprando nuestras cosas y construyendo más cuartitos de adobe. Entonces eso se usaba y el techo de tableta, son tablas de madera de mezquite y arriba se le ponía lodo. Poco a poquito fuimos haciendo la casa más grande, el patio, cómo me acuerdo, siempre me gustaron las macetas. Así que fui comprando muchas. Veníamos a Luis Moya y ahí comprábamos las macetas de barro, las cazuelas y los jarros para el molino de agua. Compraba mis camotes de las tuberosas, que ¡cómo me gustan a mí las tuberosas!, y me iba al monte a traer la tierra de huizache, me la traía cargada en la espalda en un costal. Esa tierra es la buena para las macetas; las tuberosas son muy delicadas, hay que cuidarlas muy bien: si les pone uno mucha agua se pudren; si les falta se secan.  Hay que saber bien cómo tratar a las tuberosas. El agua ahí no nos faltaba nunca, teníamos el río cerca, así que Juan hizo unas norias y ahí estaba el chorrito de agua que sacábamos con unas mulas a vuelta y vuelta con un molino de agua. Ahí sembraba Juan de todo: ponía ajo, cebolla, maíz, frijol, tomatillo, chícharo, jitomate, lenteja, chile, trigo, cómo me acuerdo de aquellos trigales que nomás hacían olas con el aire, bonitos. De todo tenía uno ahí, hasta carrizos. Por toda la orilla de la regadera teníamos los carrizos y la gente, pos, cuando necesitaba un carrizo venía a comprarlo uno o dos o muchos; y así se ayudaba uno vendiendo de lo que había. De flores sembrábamos la nube y las margaritas, se cultivaban y se vendían bien; pa’ día de finados se vendían muchas flores, nube en principal, que era lo que la gente compraba para llevar al panteón a los muertos, y calabazas, que también sembrábamos, y la gente hacía su calabaza, sus camotes y los condoches. Yo siempre hacia condoches para el día de muertos; era lo que uno acostumbraba hacer para ese día.
    Juan era muy trabajador; se levantaba a las cuatro de la mañana a darles de comer a las mulas. A las cinco, pegaba las mulas al molino de agua y no las despegaba hasta las diez de la noche, y ahí estaba aquel chorrito de agua todo el día. Por eso podía tener uno de todo, de todo cultivábamos ahí, entonces se ayudaba Juan con el arado, con la yunta de mulas hacía los surcos; los azadones se usaban para regar las tierras; las palas para echar el abono y no más. Con eso se ayudaba, entonces era lo que había para trabajar las tierras. Ya más después, le dieron parcela los ejidatarios, allá por el Coecillo, tierras buenas, de monte. Juan tuvo que desmontarlas para poder sembrar, él nunca quiso cooperar para el pozo de agua, así que él seguía trabajando aquí en las tierras de uno; allá nomás lo de temporal. Y también se daban buenas milpas y mucho frijol y chile, que luego vendía Juan. Cargaban los carretones de mulas, llenos se los llevaban a la estación de Adames. Ahí se embarcaba el chile, ahí mismo estaban los compradores; se arreglaban en el precio y se embarcaba ahí mismo.
    Animales, teníamos unas poquitas vacas, cochinos, mulas, gallinas, guajolotes, borregos y chivas, así que uno tenía de todo para comer hasta manteca. Cuando matábamos a los puercos, ya tenía uno su mantequita, su carnita, la rellena de cochino. Cuando matábamos puerco, con la sangre hacíamos la rellena, muy buena que quedaba. Picaba uno la cebolla, hierbabuena, ruda, mejorana, ajo y cascaritas de naranja; la revolvía uno con el munto, que es la sangre del puerco ya cocida, y rellenaba uno las tripas del puerco, buena que quedaba la rellena. Cuando matábamos una res, secábamos la carne, la untaba uno con sal y limón y la tendía. Ahí estaban los tendederos llenos de carne, secándose, la guardaba uno en un costal y ya tenía uno su carne para después. Buenos caldos que se hacían con esa carne,  así vivía uno, pero se trabajaba mucho, ahora ya todo es comodidad, antes no, antes si se trabajaba. Yo molía y tortiaba, más antes a pura mano, luego ya después con la máquina de tortiar, que era de madera con una manta la mojaba uno para que no se pegara la masa, y sacábamos  las tortillas. Con pura leña tortiaba uno, y con pura leña la comida en el fogón, más antes pura cazuela de barro; ora no, puro peltre, pero más antes no, entonces se usaba puro barro y la comida sabe más sabrosa en la leña. Hacíamos unas gordas en el comal de pura maza de nixtamal, entonces no había molinos, así que a puro metate molía uno el nixtamal, buenos metates que había entonces, de piedra picada, y buenos para moler, más antes trabajaba uno; ora que todas facilidades. Don Pancho Saldívar puso el primer molino de nixtamal ahí en Guadalupito, nomás cruza uno el río y está Guadalupito, entonces uno iba a moler ahí su nixtamal, pero eso fue mucho tiempo después.
    Hijos tuve muchos, casi una docena: cinco hombres y seis mujeres. Se me murieron tres niños. El primero era un niño gordo, bonito, tan gordito mi hijo. Ya tenía tres años cuando empezó que enfermo y enfermo, primero se  tapió y luego del estomaguito. Lo llevé con doña Secundina, una mujer que sabía curar, y le metieron una purga. Me descuidé y comió frijoles, y se me traspurgó. Le pegó deposición y basca. Me lo llevé a Aguascalientes, pero ya no tuvo remedio y de eso se  murió. Otro hijo ya murió de diez años, de hemorragia de sangre porque de las anginas le pegó esa hemorragia de sangre, lo llevamos a Aguascalientes con un doctor y lo vio muy malo. Me lo detuvieron muchos días, luego Juan me mandó decir que ya me regresara para el rancho porque mi hija Teresa estaba también mala. Así que me tenía que regresar al rancho, el doctor que estaba viendo a mi hijo me dijo: “por mí no se lo lleva”, así que me quedé, pero ya no duró mucho. No quedó nada de mi hijo, flaco, flaco, y blanco, blanco; nomás me lo traje a tender. El último que se me murió fue también del estomaguito. Me lo llevé también pa’ Aguascalientes, pero ese luego lueguito se me murió. Una cosa triste, lloraba de a bola yo de la muerte de mis hijos. Ahora digo: ¡dichosos ellos!, allá donde están con la Virgen, ¿qué sería de ellos?, ya no sabe uno el porvenir. ¡Qué suerte!, que sino train (sic) borrachos, enamorados, jugadores, robados, robando. No sabe uno, mejor allá con la Virgen, ¡dichosos ellos!
    Me quedaron ocho hijos: seis mujeres y dos hombres. De chicos a la escuela, a Guadalupito, nomás primero, segundo y tercero de primaria, entonces no había más, pero aprendieron a leer y escribir. Tempranito los mandaba yo a la escuela, nomás crecían y los mandaba yo a que estudiaran. Les daba yo su almuerzo y luego a la escuela, ya eran otros tiempos, ya había escuela. Yo les hacía su ropita a mis hijos, malecha, ahí como se podía, de manta, de tergal, sus camisitas, sus chalequitos, ya después sus chaquetitas de mezclilla, que entonces se usaban. Primero cosía yo a mano, luego Juan me compró una máquina de coser, es una maquina Singer de mano, ya me ayudaba yo mucho con la máquina. A Juan le hacía yo sus calzones y sus camisas, entonces se usaban calzones largos hasta el tobillo de manta, con sus cordones para amarrarse a los tobillos, ya nomás compraba sus oberoles de mezclilla con don Heladio Cadena, que tenía una tienda  en Luis Moya. Allí se los compraba, y ahí compraba uno también la manta y el tergal. Usaba uno guarache. Para el diario el guarache, ya cuando salía uno los domingos usaba uno zapatos. Un par era lo que tenía uno, no más, con don Heladio compraba uno todo, tenía de todo don Heladio. También compraba yo la sopa, el tallarín, el arroz, no más porque ya le digo que aquí tenía uno de todo, hasta jitomates tenía yo.
    Así se la pasa uno en el rancho, nomás dejando pasar el tiempo, nunca sucede nada de novedad, nomás de vez en cuando como cuando el hijo de Doña Aleja mató a un muchacho saliendo de un baile, ahí en Guadalupito, en una borrachera, ¡cómo me acuerdo de eso!, andaba de enamorado de una hija de José Rodríguez y por celos que bailó con otro, pos lo mató de uno o dos tiros. Ya ni me acuerdo, la cosa que este muchacho, agarró pa’ la carretera con la intención de huir, pero ya le habían ido a hablar a Don Miguel Pérez, que tenía camioneta para llevar al muchacho herido a recibir los primeros auxilios, Don Miguel cargó al muchacho en la camioneta y ya en el camino a la carretera se encuentra al asesino y también se lo cargó. Don Miguel era de respeto, y él mismo lo fue a entregar a la justicia, el herido se le murió en el camino, traía bala de muerte. Pobre de doña Aleja, me platicó que ese día se tomó una purga porque se sentía medio mala, y luego que le dieron la noticia se puso muy mala, ¡pos onde no!, con la purga y luego la noticia. 
    El río que pasa cerca de la casa es el río San Pedro. Todo el tiempo llevaba agua, aquella agua ¡tan limpia que iba!, bonita el agua, íbamos a bañarnos, a lavar la ropa. Me llegaba el agua más arriba de las rodillas y partes más ondas y ahora nada, en principal que no ha llovido. Siempre llevaba agua el río, en veces más pero siempre había agua en el río, ya no, por eso verán los barbechos pelones. Para la fiesta de Juan, verde que estaba el campo, me acuerdo, cada año hacíamos la fiesta de Juan, siempre mole y matábamos puerco, cocía uno dos casos de elotes; desde en la mañana le iban a cantar las mañanitas, hacíamos atole y semitas de trigo, que es lo que uno daba a la gente que iba a las mañanitas, Sebastián Padilla, el hijo de mi compadre Antonio Padilla era el músico, traía el violín, el tololoche, el bajo y sabe qué tanto. Más antes era más bonito, las canciones, los bailes; iba mucha gente a comer y luego al baile. Hasta ya tarde se terminaba, pero Juan nunca se emborrachaba, nomás dos veces lo vi borracho: una porque don Heladio le dio un tequila y luego que otro y otro, pero no, Juan ni nunca tomaba; la segunda, que se emborrachó fue acá con los Delgado, en el rancho que era de Don Miguel. Cuando vendió, lo compraron los Delgado y esos fueron lo que le dieron la bebida, no más, Juan era de trabajo, no de andarse emborrachando, ni nunca, ¡bendito sea Dios!.
    Con el reparto de tierra se fueron acabando los montes, antes llenos de ardillos, cachalotes, coyotes. Había también liebres y conejos, ahora ya no; se fueron acabando, todavía hay, pero ya poco queda de animales. Los coyotes son animales de cuidado, buenos para llevarse a las gallinas, cómo se me perdían a mí gallinas, que nomás amanecían las plumas, donde ya se las había llevado el coyote. Más les gustaban las gallinas que los guajolotes, aunque recuerdo un guajolote que tenía yo grande, gordo mi guajolote, de tan gordo que no se podía subir a los árboles para dormir, ande que un día ya no amaneció, ya nomás me fui a encontrar las plumas allá por el río; ese se los llevaron los coyotes de dos patas, porque también a la gente le gustaba lo ajeno. Ahí mismo en el río lo desplumaron y dejaron la cabeza y las patas, ¡tan gordo que estaba mi guajolote! Es la vida en el campo, así nos fuimos haciendo viejos Juan y yo, pero nunca dejamos de trabajar hasta que se murió no hace mucho, pero ni me acuerdo que tanto hace que se murió. Nomás le pegó un dolor en una pierna y luego se le pasó a la otra pierna. Ocho días duró malo y se murió, por más doctores que le llevamos, se murió. ¡Cuando Dios quiere!, me quede sola, sola pos ya mis hijos estaban casados. Las mulas ya para entonces no sacaban agua de la noria, con que el río se había secado las norias se anegaron, y agua no había más de la que traía uno de los charcos que quedaban en el río. Luz eléctrica nunca hubo en mi casa, siempre nos alumbramos con aparatos o con velas; yo me seguía levantando temprano y me acuerdo que barría. Barría todo el camino que daba hasta el río porque me sentía sola sin Juan, hasta que Margarita mi hija me trajo hace tres años acá, pa’ Luis Moya, donde vivo ahora con ella, con mis nietos. Vendí las tierras, baratas pero las vendí, no tenía para qué quedarme allá sin Juan, sin agua, sin mis animales. Poco a poco se fue acabando todo, y luego que ya no miro bien. La vista también se me fue acabando, si me pongo lentes me mareo y está peor; así que nomás me echo agua serenada en la mañana en mis ojos y unas gotas, pero ya no veo bien y menos de lejos, mejor, así no miro el monte seco, que nomás da tristezas;  pero cómo me acuerdo de todo aquello: cierro mis ojos y miro a Juan trabajando las tierras, miro mi casa, miro mis tuberosas y miro a las mulas sacando agua, mucha agua, a vuelta y vuelta, a vuelta y vuelta...

Notas a pie de página

1 Entrevista realizada a Agapita Diosdado Valandrano, el 20 de Noviembre de 1999 en Luis Moya, Zacatecas. Las cintas magnetofónicas se localizan en el archivo personal de la autora
 
 

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