Agapita:
Yo soy Agapita Diosdado Valandrano. Nací en
Noria de Molinos, en el año 1906. Pertenece al Coesillo, Zacatecas.
Era un rancho chiquito, apenas unas cuantas casas, todos se conocían
y toda la gente vivía del campo, de trabajar en los ranchos como
peones, entonces no había ejidos, la gente le trabajaba a los patrones.
Mi papá trabajaba en el campo, aquí y allá, donde
hubiera trabajo, soy la menor de siete hermanos: Carpio, Angel, Otabia-no,
Margarita, Nasaria, Marceliana y yo. Mi mamá se llamaba Catalina
Valandrano y mi papá Santiago Diosdado. Ahí en Noria de Molinos
crecí, pero nunca me mandaron a la escuela, ni había, así
que no sé leer ni escribir. Mi niñez la pasé así,
nomás creciendo y ayudándole a mi mamá, en la casa
entonces desde chiquillas nos enseñaban a trabajar, a tortiar, a
moler el nixtamal; yo como era la más chica, pos siempre ayudaba
menos. Mis hermanas, ellas sí hacían de todo. Mi mamá
trabajaba mucho, con tanto chiquillo, pos como no. Nos hacía la
ropa, entonces de pura manta y “tergal”, no había otra cosa. Vivíamos
pobres, pero bien. La casa de adobe; me acuerdo de unos cuartitos y una
cocina con un fogón, entonces pura leña. Mi mamá hacía
el almuerzo y le llevábamos de almorzar a mi papá allá
donde anduviera en el campo: los frijoles, el chile, el huevito, las tortillas,
lo que hubiera. Era bonito ir al almuerzo y ahí en el campo se sentaba
uno donde anduviera él a almorzar, luego ya nos regresábamos
mi mamá y yo, y él le seguía en el trabajo hasta en
la tarde, ya tarde llegaba él a la casa y al otro día igual.
Ahí todos los días eran iguales, tres centavos pagaban por
día; uno vivía así, pobremente.
Cuando tenía yo diez años nos fuimos
a vivir a un ranchito que se llama Zacatequillas, no había
mucho que hacer ahí, nomás los domingos a misa en una iglesia
que tiene al Señor del Amparo: es un crucifijo; ya nos arreglábamos
para ir a misa el domingo que era cuando venía un padre a dar la
misa, por allá nos andábamos un rato y eso era todo; los
demás días igual el puro trabajo. Yo me salía a la
calle luego a veces, estaba uno chiquillo, le daban ganas de andar en la
calle. Jugábamos todas las chiquillas un rato y luego mi mamá:
¡Agapita!, y ahí voy corriendo a la casa; entonces era uno
obediente y respetuoso para con los padres; ya nos daba mi mamá
de cenar lo que hubiera pobremente. En la noche prendíamos los aparatos
o las velas, así se alumbraba uno, oscuro que quedaba el rancho
cuando no había luna, nomás se oían los coyotes en
el monte, aullando toda la noche.
Esos tiempos fueron los de la Revolución,
cuando Pancho Villa pasó para México en su tren revolucionario
lleno de gente; ’taba yo chica, pero lo quería ver para conocerlo.
Mi papá nos llevó a la estación de Adames para mirarlo.
Nos fuimos en un carretón de mulas, entonces eso se usaba y ahí
vamos todos mis hermanos y toda la gente a mirarlo. Mucha gente que había
y llegó su tren lleno de gentes, puros revolucionarios y yo a chille
y chille que lo quería ver; y mi papá me subió en
los brazos que para que lo mirara, pero sabe cuál sería de
todos. Yo nomás vi mucha gente ese día, pero nunca supe cuál
era Pancho Villa. Eso fue ya después de la Batalla de Zacatecas,
pero de eso yo no me acuerdo. Juan, mi marido, me platicaba; a él
si le tocó mirar las calles corriendo de sangre cuando tomaron Zacatecas.
Mucha gente que mataron, yo estaba más chica y no, pos no me acuerdo
de eso, nomás oigo que platica la gente. Allá en el Bajío
de la Vieja, que es otro rancho cerca de donde nosotros vivíamos,
ahí si mataron a un hombre que era el jefe de ahí, de ese
rancho. Y en esos días había mucha tuna y la gente hacía
melcocha y queso de tuna, pos no había mucho que comer en esos días
y el jefe de ese pueblo no dejaba que cortaran tunas ni leña, nomás
porque se le pegó la gana, y yo que ni nunca iba al Bajío
de la Vieja, ese día andaba yo allá porque una mujer, amiga
de mi mamá le dijo: “présteme a Agapita pa’ que me ayude”,
y pos me quedé en ese rancho pa’ ayudarle. Estaba yo chica, y ande
que andábamos afuera de la casa cuando la balacera. Los revolucionarios,
que eran Villistas, que dizque iban a matar a ese hombre, al jefe
del pueblo, y onde éste se les enfrentó y nomás le
dieron siete balazos. Quedó muerto ahí mismo, pero yo que
oí la balacera, pos corrí, yo pa’ meterme a la casa, pero
los mismos revolucionarios en el momento de hacer fuego me dieron un balazo
a mí. Ya era de noche, la luna estaba como a la mitad del día,
grandota, y yo nomás sentí caliente el costado pero seguí
corriendo. De pronto no me caí ni nada, porque la bala se me fue
entre cuero y carne, abajito de las costillas y luego vino a salir por
el cuadril, de modo que me quedaron dos hoyos. De pronto no me salió
sangre ni nada, me miraba yo las manos pero no, no había sangre;
me salió después la sangre, porque cuando entré a
la casa: ¡álgame (sic) Dios!, ¡ya te mataron!, me dijo
la señora, ¡sea por Dios!, y yo me dejé caer, que no
supe ya de mí. Seguramente me desmayé, no me llevaron con
doctor ni nada, entonces pos ni había. Le avisaron a mi papá
y se fue al Ojo Caliente, un pueblo que está más lejos, con
un boticario que le dio una botellita chiquita con una medicina, y dijo
que me untaran en cada herida y con eso me alivié. No me puse mala
ni nada, ¡bendito sea Dios, lo que no toca y lo que Dios no quiere!
Aquí, en Luis Moya, hice mi primera comunión
en la Iglesia de San Francisco, con mis hermanos, y aquí mismo me
casé con Juan Cárdenas. Un hombre muy trabajador que era
del rancho de la Natura. Yo ni lo quería, pero cuando Dios quiere,
aunque no quiera uno a aquella persona se casa porque se casa. No lo quería
porque apenas yo tenía 15 años y él ya 30, pero me
habló muchas veces, al fin hasta que de tanto y tanto le dije:
bueno, pero me pides, si me quieres, me tienes cariño y voluntad,
me pides y nos casamos, y me fue a pedir el patrón de él,
un hombre muy bueno que se llamaba Ramón Díaz de León,
un agricultor que tenía tierras y Juan trabajaba con él.
Ese hombre le vendió a Juan unas tierras allí, en el Charco
de la Gallina, donde viví desde entonces al principio muy pobremente,
nomás teníamos un cuartito y una cocina de adobe. No teníamos
más de un petate y una colchoneta, ahí nos quedábamos
a dormir hasta que ya fuimos teniendo de a poco a poquito y fuimos comprando
nuestras cosas y construyendo más cuartitos de adobe. Entonces eso
se usaba y el techo de tableta, son tablas de madera de mezquite y arriba
se le ponía lodo. Poco a poquito fuimos haciendo la casa más
grande, el patio, cómo me acuerdo, siempre me gustaron las macetas.
Así que fui comprando muchas. Veníamos a Luis Moya y ahí
comprábamos las macetas de barro, las cazuelas y los jarros para
el molino de agua. Compraba mis camotes de las tuberosas, que ¡cómo
me gustan a mí las tuberosas!, y me iba al monte a traer la tierra
de huizache, me la traía cargada en la espalda en un costal. Esa
tierra es la buena para las macetas; las tuberosas son muy delicadas, hay
que cuidarlas muy bien: si les pone uno mucha agua se pudren; si les falta
se secan. Hay que saber bien cómo tratar a las tuberosas.
El agua ahí no nos faltaba nunca, teníamos el río
cerca, así que Juan hizo unas norias y ahí estaba el chorrito
de agua que sacábamos con unas mulas a vuelta y vuelta con un molino
de agua. Ahí sembraba Juan de todo: ponía ajo, cebolla, maíz,
frijol, tomatillo, chícharo, jitomate, lenteja, chile, trigo, cómo
me acuerdo de aquellos trigales que nomás hacían olas con
el aire, bonitos. De todo tenía uno ahí, hasta carrizos.
Por toda la orilla de la regadera teníamos los carrizos y la gente,
pos, cuando necesitaba un carrizo venía a comprarlo uno o dos o
muchos; y así se ayudaba uno vendiendo de lo que había. De
flores sembrábamos la nube y las margaritas, se cultivaban y se
vendían bien; pa’ día de finados se vendían muchas
flores, nube en principal, que era lo que la gente compraba para llevar
al panteón a los muertos, y calabazas, que también sembrábamos,
y la gente hacía su calabaza, sus camotes y los condoches.
Yo siempre hacia condoches para el día de muertos; era lo
que uno acostumbraba hacer para ese día.
Juan era muy trabajador; se levantaba a las cuatro
de la mañana a darles de comer a las mulas. A las cinco, pegaba
las mulas al molino de agua y no las despegaba hasta las diez de la noche,
y ahí estaba aquel chorrito de agua todo el día. Por eso
podía tener uno de todo, de todo cultivábamos ahí,
entonces se ayudaba Juan con el arado, con la yunta de mulas hacía
los surcos; los azadones se usaban para regar las tierras; las palas para
echar el abono y no más. Con eso se ayudaba, entonces era lo que
había para trabajar las tierras. Ya más después, le
dieron parcela los ejidatarios, allá por el Coecillo, tierras buenas,
de monte. Juan tuvo que desmontarlas para poder sembrar, él nunca
quiso cooperar para el pozo de agua, así que él seguía
trabajando aquí en las tierras de uno; allá nomás
lo de temporal. Y también se daban buenas milpas y mucho frijol
y chile, que luego vendía Juan. Cargaban los carretones de mulas,
llenos se los llevaban a la estación de Adames. Ahí se embarcaba
el chile, ahí mismo estaban los compradores; se arreglaban en el
precio y se embarcaba ahí mismo.
Animales, teníamos unas poquitas vacas, cochinos,
mulas, gallinas, guajolotes, borregos y chivas, así que uno tenía
de todo para comer hasta manteca. Cuando matábamos a los puercos,
ya tenía uno su mantequita, su carnita, la rellena de cochino. Cuando
matábamos puerco, con la sangre hacíamos la rellena, muy
buena que quedaba. Picaba uno la cebolla, hierbabuena, ruda, mejorana,
ajo y cascaritas de naranja; la revolvía uno con el munto, que es
la sangre del puerco ya cocida, y rellenaba uno las tripas del puerco,
buena que quedaba la rellena. Cuando matábamos una res, secábamos
la carne, la untaba uno con sal y limón y la tendía. Ahí
estaban los tendederos llenos de carne, secándose, la guardaba uno
en un costal y ya tenía uno su carne para después. Buenos
caldos que se hacían con esa carne, así vivía
uno, pero se trabajaba mucho, ahora ya todo es comodidad, antes no, antes
si se trabajaba. Yo molía y tortiaba, más antes a pura mano,
luego ya después con la máquina de tortiar, que era de madera
con una manta la mojaba uno para que no se pegara la masa, y sacábamos
las tortillas. Con pura leña tortiaba uno, y con pura leña
la comida en el fogón, más antes pura cazuela de barro; ora
no, puro peltre, pero más antes no, entonces se usaba puro barro
y la comida sabe más sabrosa en la leña. Hacíamos
unas gordas en el comal de pura maza de nixtamal, entonces no había
molinos, así que a puro metate molía uno el nixtamal, buenos
metates que había entonces, de piedra picada, y buenos para moler,
más antes trabajaba uno; ora que todas facilidades. Don Pancho Saldívar
puso el primer molino de nixtamal ahí en Guadalupito, nomás
cruza uno el río y está Guadalupito, entonces uno iba a moler
ahí su nixtamal, pero eso fue mucho tiempo después.
Hijos tuve muchos, casi una docena: cinco hombres
y seis mujeres. Se me murieron tres niños. El primero era un niño
gordo, bonito, tan gordito mi hijo. Ya tenía tres años cuando
empezó que enfermo y enfermo, primero se tapió y luego
del estomaguito. Lo llevé con doña Secundina, una mujer que
sabía curar, y le metieron una purga. Me descuidé y comió
frijoles, y se me traspurgó. Le pegó deposición y
basca. Me lo llevé a Aguascalientes, pero ya no tuvo remedio y de
eso se murió. Otro hijo ya murió de diez años,
de hemorragia de sangre porque de las anginas le pegó esa hemorragia
de sangre, lo llevamos a Aguascalientes con un doctor y lo vio muy malo.
Me lo detuvieron muchos días, luego Juan me mandó decir que
ya me regresara para el rancho porque mi hija Teresa estaba también
mala. Así que me tenía que regresar al rancho, el doctor
que estaba viendo a mi hijo me dijo: “por mí no se lo lleva”, así
que me quedé, pero ya no duró mucho. No quedó nada
de mi hijo, flaco, flaco, y blanco, blanco; nomás me lo traje a
tender. El último que se me murió fue también del
estomaguito. Me lo llevé también pa’ Aguascalientes, pero
ese luego lueguito se me murió. Una cosa triste, lloraba de a bola
yo de la muerte de mis hijos. Ahora digo: ¡dichosos ellos!, allá
donde están con la Virgen, ¿qué sería de ellos?,
ya no sabe uno el porvenir. ¡Qué suerte!, que sino train (sic)
borrachos, enamorados, jugadores, robados, robando. No sabe uno, mejor
allá con la Virgen, ¡dichosos ellos!
Me quedaron ocho hijos: seis mujeres y dos hombres.
De chicos a la escuela, a Guadalupito, nomás primero, segundo y
tercero de primaria, entonces no había más, pero aprendieron
a leer y escribir. Tempranito los mandaba yo a la escuela, nomás
crecían y los mandaba yo a que estudiaran. Les daba yo su almuerzo
y luego a la escuela, ya eran otros tiempos, ya había escuela. Yo
les hacía su ropita a mis hijos, malecha, ahí como se podía,
de manta, de tergal, sus camisitas, sus chalequitos, ya después
sus chaquetitas de mezclilla, que entonces se usaban. Primero cosía
yo a mano, luego Juan me compró una máquina de coser, es
una maquina Singer de mano, ya me ayudaba yo mucho con la máquina.
A Juan le hacía yo sus calzones y sus camisas, entonces se usaban
calzones largos hasta el tobillo de manta, con sus cordones para amarrarse
a los tobillos, ya nomás compraba sus oberoles de mezclilla con
don Heladio Cadena, que tenía una tienda en Luis Moya. Allí
se los compraba, y ahí compraba uno también la manta y el
tergal. Usaba uno guarache. Para el diario el guarache, ya cuando salía
uno los domingos usaba uno zapatos. Un par era lo que tenía uno,
no más, con don Heladio compraba uno todo, tenía de todo
don Heladio. También compraba yo la sopa, el tallarín, el
arroz, no más porque ya le digo que aquí tenía uno
de todo, hasta jitomates tenía yo.
Así se la pasa uno en el rancho, nomás
dejando pasar el tiempo, nunca sucede nada de novedad, nomás de
vez en cuando como cuando el hijo de Doña Aleja mató a un
muchacho saliendo de un baile, ahí en Guadalupito, en una borrachera,
¡cómo me acuerdo de eso!, andaba de enamorado de una hija
de José Rodríguez y por celos que bailó con otro,
pos lo mató de uno o dos tiros. Ya ni me acuerdo, la cosa que este
muchacho, agarró pa’ la carretera con la intención de huir,
pero ya le habían ido a hablar a Don Miguel Pérez, que tenía
camioneta para llevar al muchacho herido a recibir los primeros auxilios,
Don Miguel cargó al muchacho en la camioneta y ya en el camino a
la carretera se encuentra al asesino y también se lo cargó.
Don Miguel era de respeto, y él mismo lo fue a entregar a la justicia,
el herido se le murió en el camino, traía bala de muerte.
Pobre de doña Aleja, me platicó que ese día se tomó
una purga porque se sentía medio mala, y luego que le dieron la
noticia se puso muy mala, ¡pos onde no!, con la purga y luego la
noticia.
El río que pasa cerca de la casa es el río
San Pedro. Todo el tiempo llevaba agua, aquella agua ¡tan limpia
que iba!, bonita el agua, íbamos a bañarnos, a lavar la ropa.
Me llegaba el agua más arriba de las rodillas y partes más
ondas y ahora nada, en principal que no ha llovido. Siempre llevaba agua
el río, en veces más pero siempre había agua en el
río, ya no, por eso verán los barbechos pelones. Para la
fiesta de Juan, verde que estaba el campo, me acuerdo, cada año
hacíamos la fiesta de Juan, siempre mole y matábamos puerco,
cocía uno dos casos de elotes; desde en la mañana le iban
a cantar las mañanitas, hacíamos atole y semitas de trigo,
que es lo que uno daba a la gente que iba a las mañanitas, Sebastián
Padilla, el hijo de mi compadre Antonio Padilla era el músico, traía
el violín, el tololoche, el bajo y sabe qué tanto. Más
antes era más bonito, las canciones, los bailes; iba mucha gente
a comer y luego al baile. Hasta ya tarde se terminaba, pero Juan nunca
se emborrachaba, nomás dos veces lo vi borracho: una porque don
Heladio le dio un tequila y luego que otro y otro, pero no, Juan ni nunca
tomaba; la segunda, que se emborrachó fue acá con los Delgado,
en el rancho que era de Don Miguel. Cuando vendió, lo compraron
los Delgado y esos fueron lo que le dieron la bebida, no más, Juan
era de trabajo, no de andarse emborrachando, ni nunca, ¡bendito sea
Dios!.
Con el reparto de tierra se fueron acabando los
montes, antes llenos de ardillos, cachalotes, coyotes. Había también
liebres y conejos, ahora ya no; se fueron acabando, todavía hay,
pero ya poco queda de animales. Los coyotes son animales de cuidado, buenos
para llevarse a las gallinas, cómo se me perdían a mí
gallinas, que nomás amanecían las plumas, donde ya se las
había llevado el coyote. Más les gustaban las gallinas que
los guajolotes, aunque recuerdo un guajolote que tenía yo grande,
gordo mi guajolote, de tan gordo que no se podía subir a los árboles
para dormir, ande que un día ya no amaneció, ya nomás
me fui a encontrar las plumas allá por el río; ese se los
llevaron los coyotes de dos patas, porque también a la gente
le gustaba lo ajeno. Ahí mismo en el río lo desplumaron y
dejaron la cabeza y las patas, ¡tan gordo que estaba mi guajolote!
Es la vida en el campo, así nos fuimos haciendo viejos Juan y yo,
pero nunca dejamos de trabajar hasta que se murió no hace mucho,
pero ni me acuerdo que tanto hace que se murió. Nomás
le pegó un dolor en una pierna y luego se le pasó a la otra
pierna. Ocho días duró malo y se murió, por más
doctores que le llevamos, se murió. ¡Cuando Dios quiere!,
me quede sola, sola pos ya mis hijos estaban casados. Las mulas ya para
entonces no sacaban agua de la noria, con que el río se había
secado las norias se anegaron, y agua no había más de la
que traía uno de los charcos que quedaban en el río. Luz
eléctrica nunca hubo en mi casa, siempre nos alumbramos con aparatos
o con velas; yo me seguía levantando temprano y me acuerdo que barría.
Barría todo el camino que daba hasta el río porque me sentía
sola sin Juan, hasta que Margarita mi hija me trajo hace tres años
acá, pa’ Luis Moya, donde vivo ahora con ella, con mis nietos. Vendí
las tierras, baratas pero las vendí, no tenía para qué
quedarme allá sin Juan, sin agua, sin mis animales. Poco a poco
se fue acabando todo, y luego que ya no miro bien. La vista también
se me fue acabando, si me pongo lentes me mareo y está peor; así
que nomás me echo agua serenada en la mañana en mis ojos
y unas gotas, pero ya no veo bien y menos de lejos, mejor, así no
miro el monte seco, que nomás da tristezas; pero cómo
me acuerdo de todo aquello: cierro mis ojos y miro a Juan trabajando las
tierras, miro mi casa, miro mis tuberosas y miro a las mulas sacando agua,
mucha agua, a vuelta y vuelta, a vuelta y vuelta...
Notas a pie de página
1 Entrevista realizada a Agapita Diosdado Valandrano, el 20 de Noviembre
de 1999 en Luis Moya, Zacatecas. Las cintas magnetofónicas se localizan
en el archivo personal de la autora