La historia: conjuro y fundamento

Marco Alejandro Sifuentes

 

Por la defensa de la traza y el patrimonio edificado de la ciudad de Aguascalientes

Introducción

Este breve trabajo surge en el contexto de una coyuntura delicada: la precaria permanencia de dos vestigios de la traza urbana de la Villa de las Aguas Calientes. Dos rincones en peligro: la esquina que forman las calles de Palmira (hoy con otro nombre, que no recuerdo) y Díaz de León, y la esquina de las calles Hidalgo y Juan de Montoro. Una iniciativa gubernamental (en este caso municipal): demoler el alineamiento derecho (rumbo al sur) de Díaz de León para ampliar a tres (o cuatro, según la más reciente información del propio Presidente Municipal) los carriles de circulación vehicular y regenerar la zona; se aduce que para beneficiar al peatón. Una reflexión: la improcedencia histórica de semejante propuesta. Y una tesis: la historia como conjuro y como fundamento.

Lo que está en juego...

 

Lo que está en juego en esta coyuntura es, pues, la criminal destrucción (a las cosas por su nombre) de una parte de la traza urbana y de algunos inmuebles de valor histórico y artístico en las dos arterias citadas del Centro Histórico y, por consecuencia, los posibles efectos (sobre todo los negativos e indeseables) que esta iniciativa puede acarrear en el futuro, tanto para los peatones como para el medio ambiente.

A este respecto, como muestra del doble discurso que caracteriza al PAN, evoco aquí las palabras de la presentación de un libro reciente,2 que invitan, casi con lastimero tono, a “recorrer las calles de la ciudad para reconocer la diversidad de su patrimonio arquitectónico (...), para aprender a valorar y apreciar la riqueza de sus matices y detalles” (¡¡!!) (las cursivas son mías); a “disfrutar pausadamente su arquitectura y su paisaje urbano”.

Ante semejantes pronunciamientos, y dada la incongruencia entre la acción y la palabra, las preguntas inevitables empiezan a surgir: ¿cómo recorrer las calles de la ciudad y obtener de ese ejercicio un conocimiento útil, un deleite gozoso, si el discurso pregonado parece ceder a las presiones contundentes, en tiempo real (creo que ahora así se dice), de la vulgar picota destructora? ¿Cómo “disfrutar pausadamente”, “con la mirada limpia y abierta”, cómo valorar y apreciar la riqueza de los “matices y detalles” de la arquitectura heredada cuando algunas iniciativas municipales contribuyen a la destrucción del patrimonio? ¿Cómo salvaguardar la capacidad de retención de la imagen de la ciudad y de sus monumentos? ¿Será que en la conciencia de las autoridades es sólo en los libros en donde resta depositar, como reducto último, la memoria colectiva y las evidencias tangibles -como la traza urbana y su arquitecturra- que nos permiten evocarlas continuamente y traerlas a nuestra cotidianidad para asir y darle sustento al futuro incierto? ¿El reconocimiento de la arquitectura y de la traza urbana que le es connatural (y viceversa, pues la traza y su arquitectura sólo son separables en el análisis), estará condenado a su reducción a un desplazamiento visual por las páginas de un libro?

Entre los quisquillosos y acertados apuntes críticos de algunos defensores del patrimonio edificado ha faltado el examen de un aspecto que puede esgrimirse en términos irrecusables y que puede actuar, al mismo tiempo, como conjuro (naturalmente, uso el término un tanto metafóricamente) contra la anomia y la inconsciencia urbana, y como fundamento o razón histórica contra iniciativas de este tipo: me refiero a la arquitectura de paramento,3 que da a la ciudad de Aguascalientes -como a otras del período virreinal- lla singularidad que le caracteriza, generosa en el Centro Histórico en “requiebros” y cierres dictados por una lógica presumiblemente defensiva o en todo caso abierta a su clarificación por la investigación histórica. Por ello discuto aquí un nuevo trabajo que en el campo de la historia de la arquitectura se ha producido en la última década en México, y que permite contextualizar la traza de la villa de Aguascalientes y su arquitectura dentro de los procesos más generales del poblamiento novohispano en el siglo XVI.

El trabajo en cuestión es un libro4 que forma parte de un megaproyecto editorial coordinado en lo académico por el Dr. Carlos Chanfón Olmos, un erudito mexicano de reconocimiento internacional en el campo arquitectónico, que analiza el proceso de poblamiento novohispano bajo nuevos hallazgos y adelantos de la ciencia histórica en arquitectura; dicho estudio, que consta de 9 libros en total, me permite ubicar el espacio regional en el que surgió la Villa de Aguascalientes y recoger de él aquellos aspectos que proporcionen pistas fecundas para, insisto, repensar tanto el poblamiento de la villa misma, como su arquitectura. Cabe añadir que los nuevos datos, apoyados en recientes evidencias arqueológicas, han supuesto una ruptura teórica respecto al modo en que hasta el momento se han explicado las fundaciones de nuevas ciudades en territorio novohispano.

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Los estudios históricos en el campo arquitectónico y urbanístico han girado, en los últimos años, en torno a si el modelo novohispano de ciudad fue un producto original del urbanismo americano o si provino de fuentes europeas. Diversos autores han debatido la cuestión calificando al modelo como “protorrenacentista”, “renacentista” a secas, tardomedieval o francamente indígena.5 Las posiciones han tendido a polarizarse entre quienes no conceden influencia alguna de las culturas mesoamericanas en la ciudad virreinal6 (digámoslo así, la visión eurocentrista) y quienes le conceden total y absoluta injerencia, inmaculada de influencias extrañas (visión ultraindigenista).

Un dato revelador: entre 1532 y 1582 se registró la más alta curva de mortandad entre la población indígena a causa de los abusos de los conquistadores y de las enfermedades importadas por éstos. Curiosamente, siguiendo a Chanfón,7 el mayor número de fundaciones de nuevas ciudades en la Nueva España - alrededor de cien en territorio colonizado- se dio precisamente en este período. ¿Cómo explicar esto? Si se adopta la versión europeísta, ¿cómo explicar la nomenclatura indígena o mestiza de cientos -quizá miles- de caseríos, pueblos, villas y ciudades, y su persistencia a través de los siglos? ¿Posee alguna singularidad el urbanismo novohispano, más allá de toda intención chauvinista o malinchista?

Me parece que Carlos Chanfón ha introducido un aspecto clave para comprender los alcances de la discusión actual cuando advierte que hay que distinguir entre antecedentes formales y antecedentes culturales del urbanismo novohispano. Los primeros serían el producto de semejanzas de forma sin posibilidad alguna de intercambio o contacto cultural, ubicándose en esta postura buena parte de los trabajos de autores europeos, norteamericanos e incluso alguno que otro latino; los segundos implicarían verdaderas influencias mutuas entre universos culturales distintos: el español y el indígena, postura sostenida en mayor proporción por autores latinos, aunque también, y no sin reticencia, por algunos iberos. Para decirlo de una vez, Chanfón afirma que el modelo de ciudad virreinal tuvo su base de estructuración en el urbanismo mesoamericano y expone, para apoyar su argumento, que si fue posible fundar tantas ciudades en el momento mismo de la mayor mortandad indígena, fue porque las “fundaciones” constituyeron, en rigor, refundaciones sobre algo que ya existía previamente y que poseía el trazado ortogonal y la organización racional de los espacios gracias a una experiencia madurada por milenios, argumento sustentado en nuevas evidencias arqueológicas y documentales.8 La urbanística indígena aportó su claro sentido del espacio abierto urbano, en consonancia con su modo de vida al aire libre y su acentuado ceremonialismo comunitario, proporcionando una estructuración de la ciudad muy definida, con plazas y calzadas perfectamente jerarquizadas, con características de ciudad abierta, sin límites rigurosos, concebida con el horizonte como límite de responsabilidad planificadora y por ende con una integración asombrosa al paisaje circundante.

 

En este tenor, Chanfón acepta que culturalmente el modelo de ciudad virreinal desde luego también se nutrió de las costumbres y el modo de vida de los españoles, en particular del sistema meritocrático andaluz o probablemente de tradiciones castellanas tardomedievales, como afirma Cómez, sólo que el análisis del autor mexicano extrae consecuencias mucho más ricas que las de otros colegas europeos, al sustentar lógica e históricamente que los españoles estaban acostumbrados a vivir en ciudades amuralladas, con un concepto espacial radicalmente opuesto basado en el retraimiento de la vida doméstica por los factores climáticos (el invierno) y por la estrechez del espacio, lo que constituye un ambiente favorable al aislamiento y la introspección reflexiva individual, más que comunitaria. Los españoles pudieron así desarrollar a detalle la arquitectura de espacio cerrado, a diferencia de las culturas indígenas, que desarrollaron la del espacio abierto.

 

Estas circunstancias cristalizaron en la ciudad hispanoamericana, heredando el modelo creado tanto la ordenación racional del espacio urbano por el lado indígena, como la arquitectura de paramentos continuos9 y espacios cerrados a que estaban acostumbrados en España, aspecto, este último, con el que coincide el autor ibero Mario Sartor,10 quien afirma que la ciudad hispanoamericana “crece como entidad arquitectónica” pero, como afirma Chanfón, bajo el “sustrato semioculto” de una ordenación subyacente y menos visible aportada por el mundo indígena. De ahí la unidad arquitectónica y la racionalidad del espacio urbano. El resultado fue, pues, una ciudad mestiza que se fue popularizando como modelo en todo el mundo a partir, hay que decirlo con toda la contundencia que sea necesaria, de su configuración en Nueva España, aunque pueda discutirse si esto posee o no un carácter renacentista, por aquello de la concreción en América de las utopías cristiano-humanistas (evidentemente, en Europa no era posible este experimento en la época de la gestación del modelo).

 

Chanfón, Sartor y Cómez coinciden en la consideración del carácter de las Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación de las Indias (conocidas comúnmente como “Cédula de Felipe II”). El primero afirma que el código filipense no es el inspirador del urbanismo novohispano, sino más bien su consecuencia. El segundo sostiene que dicho código es un corpus orgánico que consolidó y oficializó la experiencia previamente acumulada desde 1520 hasta 1573, idea que también comparte el tercero. He ahí una aportación coincidente de la mayor trascendencia, ignorada o poco valorada hasta ahora entre los estudiosos de la arquitectura y el urbanismo.

Por otro lado, bajo el proceso de poblamiento de todo el territorio de la Nueva España (me refiero a lo que luego sería la República Mexicana ya que, como es sabido, el virreinato novohispano comprendía las Filipinas y parte de Centroamérica y Las Antillas) subyacen diversas políticas y estrategias aplicadas en diverso momento y con mayor o menor grado de éxito, que pueden ser agrupadas, siguiendo a Chanfón, en tres tipos de razones: 1) razones de orden estratégico; 2) razones de orden misional; 3) razones de orden político.

En el primer caso, el poblamiento estuvo definido por fundaciones estratégicas de poca importancia urbana, ya que se reducían a “puestos de guarnición de permanencia relativa y población controlada”; en la frontera norte, en la Gran Chichimeca, estas fundaciones tomaron la forma de presidios o fuertes que al término de la guerra se transformaron en ciudades, cambiando “su forma, su organización y su administración”. Como es sabido, tal fue el origen de Aguascalientes.

En el segundo caso, el avance colonizador requirió de congregar a los dispersos pueblos indígenas creando para ello espacios inéditos, tales como las áreas-recinto-sagrado, como puntos equidistantes a una jornada (ida y vuelta) de las comunidades, a efectos de facilitar la labor de conversión de los indígenas a la fe católica. En los casos de fundaciones urbanas, éstas nacieron en rigor como refundaciones de lugares preexistentes, aprovechando tanto el trazo ortogonal de los pueblos como la mano de obra indígena, acostumbrada a las operaciones de trazado de espacios monumentales y por ende al manejo de una escala no conocida por los frailes, familiarizados más bien con espacios cerrados.

El tercer caso marca el surgimiento de verdaderas fundaciones urbanas, necesarias a la organización de la sociedad novohispana, a la economía y a la instauración de los poderes provinciales. Estas ciudades recogieron el ordenamiento urbano indígena e incorporaron las tradiciones feudales fundacionales. Así pues, a partir de aquí, el modelo se fue decantando a través de sus dos componentes originarios: el componente mesoameri-cano y las diversas Ordenanzas que desarticula-damente rigieron por muchos años (cientos, incluso, si hemos de considerar el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio), particularmente desde las Instrucciones dadas a Nicolás de Ovando para la fundación de Santo Domingo.

En la frontera de guerra los presidios se transformaron en el núcleo de ciudades que consolidarían lo avanzado y que a la vez propiciarían el desarrollo agrícola y el ganadero, necesarios para soportar la minería. Nuevamente, Aguascalientes es paradigmático en este sentido.

La expansión de la frontera hacia el norte encontró la seria dificultad de los aguerridos chichimecas. Para pacificarlos se intentaron varias estrategias, unas belicosas y sangrientas, otras pacíficas y humanitarias. Finalmente, según Powell, la pacificación se fundó en: a) la “paz comprada” o la diplomacia para atraer a los indómitos nómadas a “discutir y experimentar la paz”;11 b) la intensa campaña misional de los frailes conversores; c) el trasplante de pueblos de indios de paz sedentarios;12 y d) el financiamiento real de colonos sedentarios y de “nómadas en experimento”.13

En “los chichimecas”, región de las bandas guachichiles y zacatecas, y parcialmente habitada por cazcanes, tecuexes, chichimecas blancos y guamares, se consideró desde mediados del siglo XVI la posibilidad de construir presidios que resguardaran los caminos reales por los que se transportaban toda clase de mercancías y pertrechos (no sólo metales), y por los que circulaban toda clase de individuos (gambuzinos, frailes, soldados, indios cristianizados, negros y mulatos esclavizados), protegiéndolos sobre todo de los ataques de los guachichiles y los zacatecos. De hecho, el inicio de la guerra chichimeca, tras el alzamiento del Mixtón, tuvo lugar en las cercanías de la sierra de Tepezalá (en Morcinique), cuando una banda de zacatecos atacó la conducta de Diego de Ibarra, en el año de 1550. Un segundo ataque tuvo lugar por Las Bocas hacia 1551.

En la región entre Zacatecas, San Luis Potosí y Aguascalientes, a la vera de la Ruta de la Plata, se fundaron los fuertes de Ojuelos, Bocas, Ciénega Grande, Cuicillo y Palmillas, convirtiéndose, junto a la infraestructura de caminos (no es ocioso recordar que Fernand Braudel otorga a las rutas un papel primordial en el desarrollo de la humanidad), en bastión del avance septentrional de los peninsulares. Hacia 1570 se habría levantado en Aguascalientes el fuerte que Alfonso Reséndiz14 denomina “El Refugio” y que José Antonio Gutiérrez15 nombra como de “San Sebastián”, quizá confundiendo la ermita erigida a ese santo y que probablemente estaría ubicada en el cruce del camino real a Zacatecas (hoy calle 5 de Mayo) y el camino que iba para Guadalajara a través de Teocaltiche.

Sin embargo, a la postre, lo que en definitiva abrió para la comarca la etapa de colonización franca fue la estrategia “pionera”, esto es, la mercedación de tierras (estancias ganaderas) a colonos y soldados que quisieran poblar la zona y hacer rendir la tierra para abastecer al real de minas de Zacatecas. Esto propició la consolidación del reiteradamente incierto núcleo urbano de la villita de Aguascalientes, que según Reséndiz se fundó en el “Valle de los Romeros”16  y según Gutiérrez17 en el “Valle de Nuestra Señora de los Remedios”. Como sea, la cédula (no el acta fundacional) que autorizó la villa, de octubre 22 de 1575, fue precedida por el asentamiento de un grupo de hortelanos encabezados por Hernán González Berrocal, “fiscal de los chichimecas”18 y procedente de la Villa de Santa María de los Lagos, quien fue mercedado por Don Luis de Velasco padre hacia 1564-65, en lo que hoy es el barrio de El Encino, antiguo de Triana.

La villa de Aguascalientes fue un poco posterior a la expedición de las Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación de las Indias, firmadas por Felipe II en el Bosque de Segovia el 13 de julio de 1573. A juzgar por los vestigios que quedan (cuya irregularidad respecto a las normas desconcierta), a juzgar también por el hecho de que la villa de Aguascalientes no se levantó sobre un asentamiento indígena preexistente, sobre el que se sobrepusiera el nuevo asentamiento (lo que explica en parte su traza tan peculiar, al parecer realizada más para controlar los ingresos y defender a la población contra los ataques chichimecas);19 y a partir asimismo de documentos de los que tenemos conocimiento, puede concluirse que la arquitectura de paramento, por su capacidad de delación, posee un valor histórico incalculable que es testigo depositario de procesos generales de poblamiento, planeación, diseño y construcción de ciudades en la frontera chichimeca, y que se ha mantenido por siglos más allá de las intervenciones más o menos afortunadas sobre las unidades individuales que en conjunto forman los alineamientos de las calles del Centro Histórico. Sobre el particular lanzo dos hipótesis para Aguascalientes: 1) o el modelo de ciudad novohispana, en su formulación canónica definitiva, fue conocido pero rudamente ejecutado por las autoridades o por el “jumétrico”;20 2) o el modelo no fue conocido y la traza fue ejecutada en forma pragmática y discrecional por constructores improvisados, posiblemente soldados agrimensores. La segunda opción me parece más probable, ya que la interpretación discrecional de las Ordenanzas vigentes (pero anteriores al código filipense),21 limitadamente conocidas y peor aplicadas ante la falta o insuficiencia de autoridades y especialistas competentes, es congruente con la evidencia documental disponible a través de varias fuentes de la época, que se refieren a la villa como un precario asentamiento con una escasa población y por ende una organización civil muy limitada. Más tarde, el núcleo central quedó configurado definitivamente por el Oidor Gaspar de la Fuente, que llegó en 1609 a corregir las operaciones de la traza en lo que José Antonio Gutiérrez afirma podría ser el “primer plan regulador” de Aguascalientes,22 ratificado después en 1644 con la visita de Cristóbal de la Torre (o de Torres), para hacer cumplir las ordenanzas, a raíz de la fijación de límites y mercedes definitivas.23

Al margen de ello, una cosa es evidente: sobre la base del código, bien o mal conocido, bien o mal ejecutado, los españoles respetaron la arquitectura de paramento y espacio cerrado que habían desarrollado como respuesta climática y cultural a condiciones específicas, y por si fuera poco la adecuaron a las condiciones particulares dictadas por la “frontera de guerra” y los belicosos chichimecas.24 Desde entonces la traza del primer cuadro de la ciudad presenta esos recovecos defensivamente necesarios (como el de la calle Carranza esquina con la calle del Codo, y otros), y esos remates visuales sobre lienzos de pared paisajística y urbanísticamente encantadores, pues el efecto de cierre y apertura le da a la traza un encanto singular y un carácter identitario que permitía a sus habitantes saber que se estaba todavía a “intramuros” de la villa.25 En esos quiebres del paisaje urbano está la propia historia de la ciudad congelada en piedra, perennemente resucitada en cada desplazamiento peatonal y repetidamente vulnerable a los atentados.

No pocas veces -y en ocasiones demasiado frecuentemente en Aguascalientes- la reinvención de la ciudad ha ocultado graves crímenes cometidos y otros en proceso de consumarse, que hay que denunciar como CRÍMENES DE LESA URBANIDAD. Yo sostengo, como hipótesis, que el primer gran ciclo de destrucción masiva del patrimonio urbano-arquitectónico inmueble en Aguascalientes coincidió con la dirección proliberal burguesa de la Revolución Mexicana (opuesta a la dirección igualmente liberal pero con sentido social), y con su apuesta, en la capital del estado, por el desarrollo de un voraz capital comercial, más que productivo. Los comerciantes y los empresarios-constructores de dentro y fuera del gobierno de ese entonces, muchos de estos últimos ingenieros civiles, tuvieron una responsabilidad mayúscula en la destrucción del patrimonio. Hoy, al parecer, estamos ante otro nuevo ciclo.

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La traza es monumento. Atentar contra la traza es atentar contra la historia, contra lo que le da sentido al propio ser, contra los cimientos, contra la identidad que permite preservar lo propio en la diversidad, sin que ello implique negar los logros de la cultura universal (que hoy se dice globalización). Necesitamos levantar esta historia, este fundamento, como conjuro que inmunice o exorcise contra la modernidad depredadora26 (aceptando que hay modernidad inteligente y no excluyente). ¿Por qué nos empecinamos en no aprender de la historia si ésta es el mejor bastón de apoyo contra la ceguera del futuro intransitado? ¿Por qué hemos de repetir los mismos y sempiternos errores? La respuesta parece ser, otra vez, la inconsciencia.

Ojalá no lo lamentemos.

Desde las montañas de libros del cubículo 51,

Subcomandante Markovich.

 

Notas:

 

1 Profesor-investigador de Teoría e Historia de la Arquitectura y el Urbanismo del Centro de Ciencias del Diseño y de la Construcción.

2 Cfr. J. Jesús López García, Perfiles arquitectónicos. Una mirada a la ciudad de Aguascalientes. Ayuntamiento de Aguascalientes, 2000, particularmente el texto de la presentación del libro, firmado por Luis Armando Reynoso Femat, Presidente Municipal.

3 Ver nota 9, infra.

4 Carlos Chanfón, Historia de la Arquitectura y el Urbanismo Mexicanos, Tomo I: “El encuentro de dos universos culturales”; Vol. II: “El Período Virreinal”, UNAM-FCE, México, 1997.

5 Varios autores, La ciudad hispanoamericana. El sueño de un orden, CEHOPU, Madrid, 1989; Chanfón, Op. cit., pp. 201 y 184. La idea del origen de la traza novohispana como producto de la tradición urbanística de la “puebla” tardomedieval, tras la reconquista española, en Rafael Cómez, Arquitectura y Feudalismo en México. Los Comienzos del Arte Novohispano en el Siglo XVI, UNAM, 1989, pp. 30-44.

6 Pedro Lluveres y Erwin Walter Palm, ambos autores citados en Carlos Chanfón, Loc. cit.

7 Ibid., p. 210.

8 Incluso, sobre la base de estas evidencias, ha sido posible cuestionar un argumento que se había vuelto la “piedra de toque” de las objeciones de otros autores a los planteamientos de Chanfón, y que consiste en invocar la fundación (algunas décadas antes de que los españoles conocieran las ciudades mesoamericanas) de la ciudad de Santo Domingo en 1502, que poseía ya un trazo ortogonal, según Cómez muy probablemente derivado de la ciudad de Santa Fe de Granada en España (1491), el último eslabón del proceso de transformación de los campamentos militares góticos tardíos en asentamientos humanos. Lo que hace endeble esta argumentación, por mucho que se sustente en cierta documentación histórica, es el olvido imperdonable de una crónica de Luis Joseph Peguero, en donde se asegura que Ovando (de quien Cómez afirma su probable participación en Santo Domingo) ¡se estableció sobre un asentamiento indígena preexistente!, que bien pudo haber sido ortogonal. Como dice acertadamente Chanfón: la arqueología, y no los prejuicios, podrían definir el punto. Ver Ibid., p. 201.

9 La “arquitectura de paramento” es, para simplificar, la sucesión de fachadas continuas a lo largo de las calles. La traza no sólo se conformaba, entonces, por las operaciones (casi ritos) a cordel y regla de los solares, plazas y calles, sino también por la línea continua de fachadas según lo establecían las ordenanzas 132, 133 y 134 de la Cédula de Felipe II, en las que se manda edificar las casas “con buenos cimientos y paredes”, disponiéndose “de manera que sirvan de defensa y fuerza” contra los que quisieren atacar la ciudad (para lo cual sólo una arquitectura de paramentos continuos y con pocos huecos podía resultar eficaz), y procurando que los edificios “sean de una sola forma”, a lo cual se arreglan convenientemente las fachadas continuas con su gran unidad arquitectónica.

10 Mario Sartor, Arquitectura y Urbanismo en Nueva España. Siglo XVI, Col. Arte Novohispano, Grupo Azabache, Italia, 1992.

11 El caso del capitán mestizo Miguel Caldera en la región es ejemplar en este sentido.

12 En Aguascalientes los pueblos de indios de San Marcos, Jesús María y San José de Gracia.

13 Cfr. Phillip W. Powell, La Guerra Chichimeca (1550-1600), FCE, México, 1977, p. 213. La mercedación de tierras en la región de Aguascalientes fue abundante.

14 Alfonso Reséndiz, “Las casas-huerta en Aguascalientes. Origen, Desarrollo y Decadencia”, en Disertaciones, Año 3, No. 3, Supremo Tribunal de Justicia, Aguascalientes, abril de 1992, p. 16.

15 José Antonio Gutiérrez, Aguascalientes y su región de influencia hasta 1810. Sociedad y Política, U. de G.-Amigos de la Historia de Los Altos de Jalisco, A.C., México, 1998, p. 180.

16 Reséndiz, Op. cit., p.13.

17 Gutiérrez, Op. cit., p. 130.

18 Ibid., p. 127.

19 La plaza, por ejemplo, medía 100 varas en cuadro, aunque esta información corresponde a las operaciones de la traza mandadas hacer por el Oidor Gaspar de la Fuente en 1609; al respecto, ver Ricardo Corpus Alonso, La Catedral y su Cabildo, edición del autor, Aguascalientes, 1969, p. 16.

20 O geométrico, el que realizaba o supervisaba las operaciones de la traza. No sabemos si lo hubo en Aguascalientes.

21 Que ordenaba, por ejemplo, que la plaza se trazara en un compás proporcional de 1 a 1.5 o de 1 a 2; es decir, el largo sería una vez y media o dos veces el ancho (no menor de 200 pies de ancho y 300 pies de largo, ni mayor de 800 pies de largo y 400 de ancho, lo que daba una plaza rectangular).

22 Gutiérrez, Op. cit., p. 83.

23 Humberto Durán y M.Alejandro Sifuentes, “Ensayo sobre el origen y evolución de la Ciudad de Aguascalientes, inédito, Aguascalientes, 1987, p. 6 del Capítulo II.

24 Un elemento decisivo a favor de la influencia del urbanismo mesoamericano en la estructuración de la ciudad virreinal, incluso en el caso de poblaciones en la frontera chichimeca (y sin demeritar los antecedentes castrenses bajomedievales, que era lo que constituía la experiencia castellana), es el hecho de que la ciudad novohispana, como la prehispánica, se abre al horizonte a los cuatro rumbos (o vientos), reservando las funciones de defensa estratégica a la propia configuración de la traza (como en Aguascalientes) y no a monumentales murallas que encerraban un núcleo urbano más bien de modestas proporciones (como en Europa o incluso como en las “pueblas” tardomedievales castellanas, por más que su trazado fuera ortogonal). De tal suerte que la trasposición del universo de experiencias fundacionales del gótico tardío no es tan mecánico como lo afirma Cómez; la evidencia lo contradice, pues los peninsulares tuvieron que adaptarse a las condiciones particulares del clima y la sociedad locales y hasta a la preexistencia, en la mayoría de los casos, de un trazado milenario ortogonal.

25 Expresión que no implica la existencia de murallas propiamente dichas, a la manera europea sino, a lo más, “palizadas” o “trincheras” (ordenanza 128), cuyo carácter efímero es apuntalado por la ordenanza 110, que ordena que la planta del lugar, comenzando desde la plaza, deje tanto compás abierto “que aunque la población vaya en crecimiento, se pueda siempre proseguir en la misma forma”.

26 Y con mayor razón ahora que tras la fachada del Cine Colonial se descubrieron los vestigios del Hotel Washington, cuyo paramento original, del lado de Díaz de León, se alineaba más o menos con el paramento que va a ser demolido entre la calle Palmira y la Avenida López Mateos. Los planos históricos revelan que dicha traza y su paramento existen al menos desde 1855, y muy probablemente desde el siglo XVI, aunque su arquitectura esté muy alterada. Parafraseando a Chanfón, sería la arqueología colonial y no los prejuicios (o la pulsión modernizadora y el apresuramiento), la que tendría la última palabra sobre la procedencia de demoler o no este trozo de ciudad.

 

 

 

 

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