UNA Y DOS

Cómic:Andrés Texto: Ramón Pérez

Anterior Página (2a)

Pudiera parecer broma, pero ella se comprometió entonces a ir a verle jugar el siguiente domingo. Era algo genial, pensaba, sobre todo porque estaba seguro de que ella no fallaría.
Desde ese momento, hasta que ella se bajó en la parada de V. -donde la recogería su prima para pasar el puente-, dos únicos deseos se apoderaron de él: no llegar a la parada nunca, y que una vez ella bajara del tren, el tiempo volase rápidamente hasta el siguiente domingo.

Como es lógico, ninguno de los dos se cumplió. El tren hizo su correspondiente parada en V., y los días restantes hasta el siguiente domingo continuaron teniendo veinticuatro horas; cada hora sesenta minutos; y todos esos minutos estuvieron formados por sus habituales y terribles sesenta segundos.

Los días y las noches que le sucedieron en S. resultaron desconcertantes. No sintió la necesidad de contar a sus amigos lo que le había ocurrido en el tren que le llevó hasta allí. No se preocupó excesivamente por si todo estaba yendo como esperaba, ni por si sus expectativas a cerca del puente se cumplían o no. Había llegado a un punto en que ni siquiera la compañía de sus mejores amigos le decía nada -al menos nada nuevo, nada que no supiera ya-. Les oía hablar, reir, brindaba con ellos, compartía sus risas, pero nada más. Su mente viajaba sin descanso aun en aquel vagón, sin destino final. En cada instante, se imaginaba cómo sería aquel momento si ella estuviera ahora con él allí mismo, sentados en esa terracita o tumbados sobre la arena de la playa. No tenía muy claro qué harían o qué se dirían; únicamente experimentaba un irracional deseo: sentirse como se sintió en el tren, y eso era algo que ahora sólo una persona podía provocar. Ella. Nadie más.

 

II

A pesar de lo nervioso que estaba, el partido no salió malo y consiguieron ganar, aunque con un pírrico 1-0. Ese domingo fue el último en entrar en vestuarios, el último en abandonar el campo. Se tumbó en la cama al llegar, ni siquiera se molestó en echar a lavar la ropa sudada. A Dios gracias que estaba solo en casa. Había una pregunta que era imposible borrar de su mente, ¿por qué? Estaba totalmente seguro de que se lo dijo con sinceridad, además la idea partió de ella misma, entonces ¿por qué no había ido a verle ese domingo?

Era del todo improbable que se hubiera equivocado de fecha. Quizá surgió algún imprevisto, o le había ocurrido algo; tal vez hubo una confusión; o peor aun, a lo mejor aquella promesa tenía el mismo valor que la que él hizo al despedirse la primera noche que se conocieron.

Para una imaginación tan ociosa como la suya, la búsqueda de una explicación convincente a aquel desencanto presentaba un reto magnífico; además, tratar de encontrar las causas de los comportamientos humanos más extraños siempre le resultaba de gran interés. No obstante, la sensación de desengaño que padecía le inutilizaba mentalmente, le restaba cualquier reserva de fuerza oculta que pudiera emplear para salir de ese pozo de desilusión. Desde luego fue un completo estúpido no preguntándole dónde vivía o estudiaba o trabajaba, ¡joder!, cualquier cosa que le permitiera localizarla, un simple número de teléfono por lo menos. Pero en aquel momento, entre risas y vaivenes del tren no se le ocurrió, tampoco a ella.
Recordaba el nombre del equipo de rugby en el que jugó, si aun existiese podría preguntar por ella allí; otra posibilidad era ir a la estación de nuevo el viernes por la tarde y desear que pasara los fines de semana en V. Una opción más drástica era la de sacarse los ojos por imbécil. Tras diambular indeciso durante un rato de una posibilidad a otra, como un borracho de farola a farola, abandonó todos esos pensamientos inútiles y decidió que lo mejor que podía hacer era dormirse, así el mundo seguiría su curso sin necesidad de que él hubiera de tomar una determinación. De esa manera no podría meter la pata, no tendría que aguantar las consecuencias que provocaban sus errores.

Le costó quedarse dormido. Los reproches que se hacía circulaban de lado a lado en su mente -zapatos de tacón repiqueteando su cabeza a una velocidad de vértigo-. Poco a poco, sin embargo, la decepción inicial volvió a anegar todo su cuerpo, debilitándolo hasta el punto de no poder torturarse más.
Ya prácticamente rendido y justo antes de dormirse, una cuestión le taladró súbitamente la cabeza: qué debió de sentir ella, años antes, cuando él no acudió a ver aquel partido de rugby. A continuación se durmió.

 

Principio Relato
   

 

 

1
Hosted by www.Geocities.ws