Mi país es como una espiga de trigo,
es como la estela que dejan los pingüinos
en el mar.
Es como la línea de colores en el volar
de los flamencos.
Es como el salto de los delfines en sus
encuentros de amor.
Es como un largo tren que tiene
por rieles a sus cordilleras y que
son como los pechos de la mujer
que amo.
Los primeros granos de la espiga
se encuentran en el norte y están llenos
de lagunas y de montañas
y de colores y de hombres que desaparecieron
y que aparecen de nuevo.
El vientre de estos primeros granos estuvieron
plenos de harina blanca del salitre y de sangre
en la explotación de ella, también tiene el color
rojo del cobre y el color moreno de los que
trabajan en él.
Cuando revientan estos granos en el atardecer
o en un amanecer lo hacen con todos los colores
de los flamencos, del cobre, del salitre y el color
de las manos y de las esperanzas de los hombres
del norte desértico y están los colores de las
lagunas perdidas en la altura y tienen
la fuerza de sus volcanes.
Los granos que germinan hacia el sur
se pintan de verde con la alegría
del mar y de los árboles y sueltan sus cabelleras
convertidas en sauces que se besan
con los ríos y canales
y se transforman en cuentos de fantasías
con el hombre que trabaja la tierra.
Y también tiene el color negro del carbón
que se une con el color de la sangre
de los hombres del carbón en Lota.
Los últimos granos de esta espiga se transforman
en leyendas brotando en miles de islas en Chiloe
y sus colores son blancos de los hielos eternos
y en azules de lagos y en verdes de los bosques
y rojo de los copihues y en colores perdidos
de los yaganes, onas, alacalufes y de tantos
hombres perdidos en los tiempos
en que germinó la espiga.
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