Impresión (Salida del sol), Monet

ASPECTOS DEFINITORIOS

EL IMPRESIONISMO

El paralelismo entre el impresionismo y el modernismo es amplio y complejo: desclasamiento social, fuga hacia lo exótico, los placeres, las drogas, la sugerencia en vez de la explicación, lo inmediato, el recuerdo, etc. Pero de todos estos aspectos, sólo queremos señalar cómo los simbolistas y los modernistas hermanaron tan profundamente su arte literario con las artes plásticas del impresionismo. Nunca estas disciplinas artísticas habían estado, ni han vuelto a estarlo, tan cerca como en esta ocasión. Más aún, podríamos decir que la influencia fue del impresionismo hacia el simbolismo-modernismo, y no al revés. Esto se debe a que fueron los poetas los que quisieron hacer de muchas de sus obras cuadros impresionistas.

Los impresionistas trataron de captar lo subjetivo como una reacción contra el realismo predominante, los simbolistas y los modernistas hicieron lo mismo: hay que recordar cómo, para ellos, lo importante era el recuerdo de la cosa y no la cosas misma, incluso desprecian a la cosa por común. Cada una de estas escuelas artísticas tuvieron que echar mano de sus recursos afines para transitar de los real a lo subjetivo. En el caso del simbolismo su principales recursos fueron la luminosidad como efecto, el agua como tema y la disolución de imágenes como técnica. Estos elementos tendrán sus equivalentes para los modernistas en la sinestesia, el spleen y la descripción fragmentada.

La luz y sus reflejos contrastantes fue el gran efecto que explotaron los impresionistas; la luz y sus distorsiones les permitía arribar a una gran variedad cromática hasta antes no explotada. Es decir, no querían arribar a la cosa (una catedral, unos nenúfares, un puente) sino al efecto que la luz producía en ella; a esto agregaban la mayor o menor cantidad de luz, por iluminación artificial o natural, para encontrar nuevas formas de expresión de colores, tonos, sensaciones. Para los modernistas la sinestesia cumplió una función similar en la medida en que al referir un elemento diverso al aludido dejaban de lado lo aparentemente sustancial: decir la cosa; para los impresionistas dejar las dimensiones planas del realismo y transformar los volúmenes pintados en cosas entrevistas por el efecto de la luz, significó dejar de decir la cosa e ir en busca de los aparentemente insustancial.

Otro tanto sucedió con el agua como tema pictórico. Si el reflejo de la luz expresado sobre los muros de la catedral de Rouen le da muchas posibilidades cromáticas a Monet y la pinta a mediodía, al atardecer y por la mañana, el agua será un elemento muy dúctil para expresar una variedad infinita de tonos y luces imprevistas. Por eso, para ellos todas la variantes referentes al agua (como los ríos, puentes, lirios acuáticos, regatas, paseos campestres, edificios y flora reflejados en ríos y lagos) inundaran sus cuadros y se convirtieron en casi un monotema, en un tema casi obsesivo. Para los modernistas su gran monotema, su gran tema obsesivo será el spleen y sus múltiples variantes y formas. ¿Por qué fue así?, porque el spleen les permitía expresar un estado de ánimo enfermizo donde lo referido fuera producto de una sensación limitada por la melancolía, es decir, nuevamente, la subjetividad. Es decir, el spleen como deseo de fuga hacia lo exótico,  como inconformidad con el mundo, como tristeza inexplicable, como búsqueda desesperada de placeres, etc.  transmite a la poesía que trata estos temas la imagen de un yo poético estimulado (negativamente) por una condición de cierta insania mental que no le permite ver -y en consecuencia transmitir- una visión clara, realista, de las cosas.

Uno de los primeros efectos que causa en el espectador muchos de los cuadros impresionistas es la sensación de estar frente a una pintura delicuescente.  Las imágenes -apenas entrevistas, expresadas en detrimento de la precisión de la forma, primero, y después en desdoro de los contornos- nos presentan seres y cosas que parecen siluetas vistas a través de un velo o perdidas en la niebla. Esta sensación lo logran no sólo por los aspectos de la luz y el agua ya explicados, sino también por las técnicas pictóricas como el puntillismo, los  toques ligeros de pincel, (a veces fragmentados,  en otras entrecruzados y en otras más vibrantes), las largas pinceladas (a veces lentas, otras más peinadas o rápidas, para luego transitar violentamente a masas de colores contrastantes). Toda esta técnica lleva a un fin ulterior también muy importante: el movimiento. Para reflejarlo dejaron los impresionistas las posiciones caprichosas de cuerpos humanos desnudos y buscaron el efecto del movimiento a través de imágenes diluyentes, borrosas, emergentes de espacios sin luz. Esto tendrá su gran equivalente entre los modernistas a través de las descripciones interrumpidas, los gestos inconclusos, la descripción de impresiones, el retrato de figuras incompletas, o sin rostro. Se habla de volúmenes, bultos, cuerpos sin rostro, sombras, etc. El movimiento y lo fragmentado también se expresa a través de descripciones que no cesan, vertiginosas, aceleradas, rápidas.

Como un primer ejemplo de las comparaciones hasta aquí hechas podemos señalar este cuadro de Renoir “El Puente Nuevo” y el poema en prosa de Rubén Darío “En busca de cuadros”.

 

Pont Neuf (Formato grande)
Año: 1872
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 75 x 94cm.
Ubicación: Galería Nacional (Washington)
Renoir pintó este cuadro tomando apuntes de los transeúntes a los que su hermano Edmond preguntaba la hora para obligarles así a posar un instante.

  

EN BUSCA DE CUADROS

Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el chocar de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; del tropel de los comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas.

Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes, que invade los bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombrero de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las vidrieras los lindos rostros de las mujeres que pasan.

Más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol.

Donde estaba el soñador empedernido, casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los estremecimientos de abajo.  Erraba él a lo largo del Camino de Cintura, e iba pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera millonario.

Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas enamoradas; y tenía además el inmenso espacio azul, del cual—él lo sabía perfectamente—los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer como les venga en antojo.

De pronto escuchó:--“¡Mary! ¡Mary!”  Y él, que andaba a caza de impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.

 

        Como se puede notar, ambas obras comparten el mismo tema y tienen una gran cantidad de paralelismos. El repiqueteo de los caballos,  la agitación y la turbulencia es la misma. El punto de vista es también el mismo: una posición superior y, desde allá, la contemplación de la muchedumbre que va y viene. El movimiento en Darío es expresado por la descripción precipitada y sin reposo. Mientras que en Renoir este movimiento está reflejado en la posición de los cuerpos y en su condición delicuescente. El mismo Darío nos presenta a los habitantes de Valparaíso, y al mismo puerto, como elementos incompletos. Cuando atribuye al puerto y no a las personas el usar terno, sombrero, guantes, podemos hacer la rápida equivalencia a lo “incompleto” de los viandantes parisinos de Renoir. Finalmente, Darío habla de la luz y de las vidrieras a través de la cual se puede ver el rostro de las mujeres que pasan; estos son dos elementos propios del impresionismo: la distorsión de la luz y de la luz a través de los vidrios. Continúa este poema con esa hermosa e impresionista descripción del mar, la lejanía y el azul. Un último gesto de movimiento se expresa cuando el protagonista escucha voces y voltea y, violentamente, el texto se interrumpe, como si el autor quisiera dejar congelado a su personaje en el momento de volver el rostro.

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