TÓPICOS MODERNISTAS
LA EVASIÓN
La evasión ha sido una constante a lo largo de toda la historia de la literatura. Muy diversas son las formas que asume dicha actitud y también diversas son las interpretaciones que se han dado a este hecho. Convencionalmente se ha dicho que la evasión es una forma que tiene el artista de negar su realidad y el tiempo en que le tocó vivir. Se dice, también, que es una forma de inconformarse con el mundo, de vivir a espaldas de él, ya que no es posible abolirlo. En el caso del modernismo la evasión cumplió otros propósitos más. Fue una manera de realizar su cosmopolitismo. A través de la evasión -que para ellos fue en el espacio, más que en el tiempo, a diferencia de los románticos- incorporan a sus gustos y cultura personal los tópicos de las culturas orientales, en principio de China, Japón, India, Persia, Arabia, e incluso de las culturas tribales de África.
La presencia de lo exótico, es decir de lo ajeno, también se concretizó en el gusto de algunos modernistas por las antiguas mitologías nórdicas. La visión idílica de lo primitivo (en África o en Oceanía, como Rimbaud, o como Gauguin) o lo portentoso de lo oriental se refleja sobre todo en los temas y el ambiente de muchos poemas modernistas. Desde las princesas rubendarianas, pasando por los Hai-ku de Tablada, los desiertos arábigos en Casal, los dioses nórdicos en Jaimes Freyre, las geishas de Rebolledo, etc.
Curiosamente, casi ninguno de estos poetas tuvo conocimiento de los países orientales, todos sus referentes son librescos, quizá por eso pudieron hacer una recreación nostálgica y contradictoria de sus gustos por la evasión. Un poema que deja claramente reflejada esta ambivalencia ante la evasión es “Nostalgia” de Julián del Casal, cuando dice: “Así errabundo viviera/ sintiendo toda quimera/ rauda huir,/ y hasta olvidando la hora/ incierta y aterradora/ de morir./ Mas no parto. Si/ partiera/ al instante yo quisiera/ regresar”.
Se dice que de todos los poetas modernistas sólo Efrén Rebolledo conoció a fondo Japón, por ejemplo; mientras que en el caso de José Juan Tablada (quien más cultivó esta veta orientalista), tenemos que hizo un viaje entre ficticio y real, ya que unos críticos, socarronamente, afirman que su incursión al lejano oriente sólo tuvo aliento para llegar hasta Nueva York, mientras que otros aceptan que hizo un corto viaje, un tanto epidérmico, por las tierras del sol naciente. Quizá el poeta mexicano prefirió conservar en la memoria su visón idílica del oriente, negándose a conocer la cotidiana y anónima vida de Tokio.
En este plano de lo vital, más que de lo literario, la evasión tuvo diversos grados y efectos en los poetas modernistas; por ejemplo, de Julián del Casal José Emilio Pacheco dice que “Viajó a España; no quiso llegar a París por miedo de que la realidad decepcionara su fantasía”. Mientras que el otro extremo lo representa José Asunción Silva, que para aliviarse de sus fracasos económicos y emocionales decide darse un tiro en el corazón, máxima evasión y máxima agresión a un mundo que, de esa forma, el colombiano abolía.
Formas intermedias de evasión son -las más socorridas- las fugas a través de los placeres y las drogas; en fin, la vida bohemia que tanto elogiaron y a la vez padecieron. Desvinculación, desintegración, alienación, enfermedad, fue la cosecha negativa de esta actitud; lo positivo fue el vivir la vida como un programa artístico, ser congruentes con unos postulados estéticos donde el arte por el arte es un espejo que refleja al placer por el placer. Como ejemplo de los placeres como evasión y sus claroscuros podemos poner dos ejemplos: en el plano biográfico la caída en el alcoholismo de Rubén Darío -por sólo mencionar un poeta-, en el plano de la obra artística el interminable recorrido nocturno de Max Estrella por los tugurios de Madrid (incluida la inspección de policía), en Luces de Bohemia de Valle-Inclán.