TÓPICOS MODERNISTAS
EL DANDISMO
El dandi era la figura de alter ego de los modernistas. Ser un dandi era ser moderno, era también expresar a través de sus excentricidades y su presencia estrafalaria, una manera de marcar distancia respecto de la sociedad de su tiempo.
El símbolo de modernidad encarnado en el dandi tiene que ver con la misma inadaptación de los artistas a la nueva sociedad burguesa. Al acabar el poder político y económico de la sociedad aristocrática, en el siglo XVIII, todos los grupos sociales tuvieron que redefinir su posición dentro de una nueva sociedad, la burguesa, en la que los valores cambiaron profundamente. El símbolo máximo de este nuevo poder social será el trabajo, el capital, la producción económica. En ese esquema de desarrollo antihedonista, no queda un espacio propio para las artes, tan acostumbradas a estar protegidas por la aristocracia. Así pues el artista, al no tener un lugar asegurado junto al poderoso, y sobre todo al no tener garantizada su supervivencia, tiene que aceptar el ganarse la vida en menesteres extra profesionales. Van Gogh y su hermano, por ejemplo, se dedican al comercio de la pintura, los escritores al naciente periodismo, etc. Esta situación lleva a los artistas a negar los valores de la sociedad burguesa, a ser un grupo contra corriente, contracultural. Su inconformidad ante un mundo que les niega un espacio propio se expresa de varias maneras, muchas de ellas de alguna forma ya las hemos mencionado: la evasión, los placeres, la necrofilia, la alienación, etc. Son todas ellas muestras de una contracultura que el romanticismo acuñó y que durante todo el siglo diecinueve fueron vigentes. El dandi es la expresión externa de hacer evidente la diferencia entre lo que se es y el resto de la sociedad. Sus gestos iconoclastas los podemos ver en Baudelaire, por ejemplo, cuando lleva sobre su frac un blusón de campesino, o bien cuando decide pintarse el pelo de verde.
Estos gestos extravagantes, contraculturales, los podemos ver como un fenómeno que se sigue produciendo. Para nosotros los mexicanos es muy evidente en la figura del pachuco a mediados de este siglo XX, o en el cholo en este resto del siglo; los norteamericanos tienen una figura equivalente en el “black power”, y casi todas las formas de la cultura occidental contemporánea en los punk, los dark, y otras tantas formas externas de contracultura, expresadas entre otras formas, en el vestir.
Muchas de estas formas contraculturales desembocan en grupos violentos y destructivos, otros, no obstante, logran un espacio propio para crear su propias alternativas; muestra de ello son los pachucos y los negros en Estados Unidos, o los artistas románticos, o los simbolistas, o los modernistas. No es extraño que así suceda: el arte mismo desde esta perspectiva, según el psicoanálisis, no es más que la sublimación de pulsiones destructivas y negativas, que da como producto uno de los objetos más preciados y ambiguos llamado obra de arte.
Precisamente, desde esta perspectiva individual y anímica, y dejando de lado los aspectos sociológicos, el dandismo es una forma de compensación y de autocomplacencia ante la incomprensión que rodea al artista. El dandi es una especie de alter ego del artista que se ofrece como consuelo al yo deprimido y frustrado por una sociedad, que en efecto, lo frustra. Una imagen clara de esto lo tenemos cuando, por ejemplo, Baudelaire dice que acude al espejo cada vez que derrama una lágrima.
El dandi es, según Verlaine, el hombre moderno que gusta de los “refinamientos de una civilización excesiva, con sus sentidos aguzados y vibrantes, su espíritu dolorosamente sutil, su sangre quemada de alcohol: en una palabra, el bilio-nervioso por excelencia”. Esto inevitablemente derivará, en la mente de Verlaine, en lo que posteriormente él mismo calificará de “Poetas malditos”.
Pero el artista dandi no sólo es la persona que sabe de su marginación social, sino que también está dispuesto a defender todos los valores de una cultura aristocrática en decadencia. Los gustos refinados y el disfrute de los placeres se convierten en una premisa temática y de vida personal. Muchas de las acciones de los modernistas estarán en función de obtener el máximo placer de las cosas, con Baudelaire afirman: “Si una ocasión se ofrece de placer clandestino/ la exprimimos a fondo como seca naranja.” Esta búsqueda de los placeres está a todos los niveles: buenos vinos, hermosas piezas de porcelana, una hermosa sonata, un pintura refinada y sugerente, un poema musical y rítmico, una mujer hermosa y lánguida, un festín dionisíaco, una pipa de kif o de opio. La búsqueda del placer por el placer es una forma equivalente del arte por el arte y en este hedonismo ocupa un lugar muy destacado los placeres de las drogas.
Esta búsqueda de los placeres vía las drogas cumple varios propósitos a la vez. Por un lado tienen el gusto secreto de lo clandestino, la euforia temporal que producen esos estados, la evasión de su realidad y su mundo y, finalmente, la incursión en espacios desconocidos e incontrolables por la racionalidad. Todo esto conduce a un mismo punto: lo artificioso.
Lo no natural fue un principio propio del dandismo, ello implica elegir lo elaborado versus lo natural, el adorno frente a lo despejado, lo urbano frente a lo campestre, etc. Un dandi debería apasionarse tanto por un amigo como por una mujer, y amar a una mujer como a un camarada, los largos periodos de reclusión eran alternados con etapas prolongadas de disipación y vagabundeo sin objeto. El dandi tenía una proclividad por la generosidad excesiva ante amigos repentinamente conocidos. Las fantasías morbosas, producto de la alucinación de las drogas o del esplín, eran un elemento indisoluble del dandi, así como la propensión a la pereza y a los proyectos de vida y económicos grandiosos e inalcanzables, que inevitablemente terminaban en terribles fracasos y la quiebra económica.
El dandi también era muy dado a hacer autoanálisis enfermizos que inevitablemente caían en la autodenigración o la autoalabanza desmedida, las ideas alucinadas de Baudelaire de creerse dios están bien documentadas. También el dandi es proclive al amor por la mujer honesta e inalcanzable y, a la vez, por la estúpida y fácil. La importancia obsesiva que se concede a los recuerdos, la idealización de la infancia, el gusto por el disfraz, el adorno, los cosméticos, etc., refuerzan los principios basados en la artificialidad como programa de vida.
Así pues, nuestros primeros dandis fueron nuestros primeros modernistas. Una figura del dandi hispanoamericano lo encarna inevitablemente Manuel Gutiérrez Nájera, el Duque Job, con su atildada presencia y su refinado afrancesamiento. Desgraciadamente Gutiérrez Nájera no contaba en su acervo con esa parte que Verlaine llama “sangre quemada de alcohol”, en fin que no era el bilio-nervioso contracultura, sino por el contrario, era uno de los hombres totalmente identificados con el poder en el México porfirista.
Quizá el dandi al estilo verleniano llegará una generación después que la de Gutiérrez Nájera con gentes como Darío, Lugones o Herrera y Reissig. Todos ellos, de una u otra forma, son unos héroes verlenianos que en una extraña mezcla de conciencia política o desajuste nervioso dicen su poesía con un gesto de dolor e ira. La premisa de Baudelaire, tras la derrota de la revolución de 1848, de ser socialista o dandi, se cumple en todos ellos. Su conciencia social tiene que ceder el lugar a la figura del dandi. “La canción del oro” y “El rey burgués” de Darío expresan claramente esta ambivalencia ante la condición del artista, son entre una denuncia social y una visión autocomplaciente del desarraigo del artista.