TÓPICOS MODERNISTAS
EL COLOR AZUL
El azul como símbolo fue consagrado por el romanticismo. Fue Novalis quien recreó el símbolo a través de la llamada “die blaue blume”, la flor azul. En su novela Enrique de Ofterdingen se hace del arte, y de la poesía en particular, el modelo de la perfección, cuya encarnación estaría en esa misteriosa flor azul. El deseo del héroe debe consistir en hacer del mundo un lugar de belleza a través del poder de la imaginación creativa. Esa imaginación es la flor azul.
Así, de la flor pasará a la poesía, y de ésta, a ser por antonomasia, el símbolo del cielo, del agua (“la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos”) de lo divino (“a divina hora azul”) , de lo verdadero (“el vasto azul suaviza con límpida mirada”), de la fidelidad; pero también de lo irreal (“su pensamiento se azulaba hondamente”), de lo fantástico (“sueños azules”), e incluso de la tristeza (“las azules noches pensativas”), ya que todo aquello que el azul simboliza en primer término es lo inalcanzable para la condición humana pues pertenece (la perfección, la imaginación, lo divino, la verdad) al mundo ideal.
Como ya dijimos respecto del cisne, hubo tópicos que se desgastaron más que otros. Eso fue lo que pasó con el azul como modelo modernista. Su agotamiento fue tal, que los últimos modernistas no les quedó otra solución que hacer una parodia del mismo. Y así Lugones llega a decir: “se azulé la hierba” o “su alma en lo azul navega”. Otro tanto hace Herrera y Reissig cuando dice que uno de sus personajes, lánguido y enfermo de melancolía, tenía: “un gran cerebro azul”.