Esplín e ideal, Schwabe

TÓPICOS MODERNISTAS

EL ESPLÍN

El esplín, taedio vitae, fue una actitud de vida propia del romanticismo.  La revolución romántica introdujo muchos cambios en  el sentido de la vida que el racionalismo propio de la ilustración se había negado a ver, o bien, había tratado de ocultar. Como parte del punto de vista pesimista de la condición humana, el romanticismo desveló las necrofilias y las patologías de la vida humana y una de ellas fue el llamado esplín. El término proviene del inglés (spleen) y a su vez éste lo tomó del griego (también spleen) y se refería, inicialmente, al bazo.

El esplín era la melancolía, sentimiento y estado anímico atribuido a una causa moral, más que física del vivir; los hombres de la Edad Media lo llamaban acedia, los románticos franceses ennui de vivre. Desde la antigüedad  este estado de ánimo fue conocido. Los griegos lo llamaban “bilis negra” (melankolia: melas=negro, kholê=bilis) y se suponía que dicha bilis era producida por el bazo, de ahí que en inglés el nombre dado a este estado surja por asociación del órgano que lo produce.  Si en español, y otras muchas lenguas, (incluido el mismo inglés) el término melancolía ya formaba parte del lenguaje común, el romanticismo incorporó el término esplín para referir este mismo estado de ánimo.  Quizá decidieron disociar el término esplín del de melancolía porque entonces éste significaba una enfermedad mental y el esplín era otra cosa: una especie de “tocamiento divino”, donde la vulgar locura era demasiado poca cosa.

Con el paso de los años, por causas diferentes, ambos términos han caído en desuso. Esplín es una palabra propia de época, que al pasar las modas literarias se olvidó, mientras que melancolía fue sustituida por el actual término depresión. En nuestros días vendría a ser, cuando mucho, el síntoma, más que la cosa en sí. De cualquier forma nos parece conveniente mostrar la siguiente descripción de melancolía que los médicos, en la época de Darío, daban a ese término.

MELANCOLÍA

Estado frenopático caracterizado por periodos de tristeza  derivado de estados mentales como el alcoholismo, el delirio de interpretación, demencia senil, etc. Lo caracteriza la angustia, las concepciones delirantes de curso largo y pronóstico muy grave. Comienza como una sensación vaga de malestar, cefalalgia, insomnio, irritabilidad y tristeza, paulatinamente el enfermo comienza a interpretar sus sensaciones en el sentido delirante de una culpabilidad por su parte. Así, atribuye lo que le ocurre a pecados cometidos en su juventud, a descuido en sus negocios y a malas acciones en contra de sus deudos y amigos. Se cree solo y despreciado, aborrecido de todos y pide que acaben con él, que los juzguen y castiguen.. Otras veces, por el contrario, teme que le van a acusar sin motivo, de robo, de asesinato, de sacrilegio y pide que no lo condenen, que se apiaden de él, protestando su inocencia.

El delirio asume también la forma hipocondriaca, creyendo el enfermo que padece enfermedades incurables, que va a morir en breve, que está perdido y arruinado. Gradualmente se asocia a este síndrome delirante al de angustia, hallándose el paciente presa de una gran ansiedad que le atormenta de continuo exhalando quejas inarticuladas, o prorrumpiendo en ayes y suspiros que le roban el sueño día y noche.

La atención y percepción se hallan conservadas durante el curso de la enfermedad, siendo rara las alucinaciones e ilusiones ópticas y acústicas. Hay casos en que el enfermo ve sombras, fantasmas, ángeles, luces que se desvanecen luego para aparecer después. También oye a veces cuchicheos, conversaciones, voces referentes a su persona, casi siempre de carácter mortificante y desagradable. La orientación se halla conservada en todos lo periodos de la enfermedad, dándose perfecta cuenta el sujeto del lugar donde está, del tiempo en que vive y de las personas con quien trata. La memoria tampoco se altera ni se pervierte, y lo propio puede decirse de la conciencia, no observándose jamás disgregaciones ni transformaciones de la personalidad. La voluntad del enfermo se halla del todo deprimida y aun abolida, no pidiendo ni deseando nada, permaneciendo entonces aquél absorto y mudo durante horas y días enteros y respondiendo sólo por monosílabos y por gestos. Es constante en la melancolía la tendencia al suicidio, que cometen como suma facilidad y por cualquier medio: precipitación, ahorcadura, estrangulación, envenenamiento, etc. El paciente oculta muchas veces su propósito para realizarlo mejor, burlando la vigilancia con sagacidad suma y escogiendo los momentos más oportunos para su fin: altas horas de la noche, estando en soledad.

El curso de la melancolía es sumamente largo, durando años enteros y observándose periodos de calma relativa en que desaparece la angustia, pero persisten las ideas delirantes de persecución o culpabilidad. La curación puede alcanzarse a pesar de prolongarse la enfermedad durante largo tiempo. Entonces cabe que la salud mental se restaure íntegramente, o bien, queda cierto grado de debilidad de juicio. Cuando la enfermedad no cura es regular que acabe por la demencia.

La etiología de la afección es obscura y dudosa a parte de la existencia de la degeneración mental hereditaria. Así, en la familia del enfermo se cuentan casos de la misma enfermedad o de otras nerviosas y mentales (neurastenia, epilepsia, histerismo, corea, ataxia locomotriz, etc.) La anatomía patológica de la afección es desconocida todavía, debiéndose relacionar las alteraciones necrópsicas encefálicas o las enfermedades orgánicas concomitantes (arteriosclerosis, reblandecimiento, encefalitis, etc.)

El diagnóstico de la melancolía se basa en la edad del enfermo, el delirio de persecución y autoacusación, la angustia y la uniformidad y duración del cuadro clínico. El pronóstico de la melancolía es siempre grave por la larga duración de la enfermedad y su naturaleza involutiva, que supone las más de las veces un curso progresivo. El tratamiento exige, ante todo,  el aislamiento y vigilancia del enfermo para substraerle a los peligros de la inanición y sobre todo del suicidio. De aquí la necesidad de la reclusión manicomial que deberá prolongarse hasta la perfecta curación del enfermo. Son peligrosos en este concepto las salidas prematuras y las visitas de la familia al paciente, que provocan recaídas y agravaciones. El tratamiento medicamentoso se reduce al empleo de sedantes e hipnóticos cuando el caso lo exige (bromuros, cloral, sulfanol, opio, etc.) En ocasiones puede requerirse el tratamiento en cama o la balneación continua, como ocurre en los estadios o fases de excitación. Cuando la sitofobia sea intensa y continua, se impondrá la alimentación por la sonda. La hidroterapia templada y fría surte así mismo buenos efectos cumpliendo indicaciones sintomáticas.

 

Como se podrá ver, entre lo que describen aquellos médicos y lo que decían los poetas respecto de su esplín no hay diferencia, más bien, se complementan armónicamente. No por esto queremos reducir un tópico literario a una patología, es simplemente un modo de alcanzar un sentido último, que por contexto cultural y epocal, se nos escapa. Veamos pues al esplín como un acto de vida en que los poetas querían presentar, entre otras cosas, lo inaprensible para la razón.  En esos tiempos, como se pude evidenciar en el texto citado arriba, no tenía “traducción” a lo racional todo aquello que se relacionaba con el esplín; otro tanto hicieron los modernistas con temas que siguen siendo inasibles para nuestra razón: la vida después de la vida, el mundo de ultratumba, lo sobrenatural, el panteísmo, etc.

        Concluyendo, podemos decir que el esplín, aunque tomado como préstamo (acaso como evolución) de los románticos, tomó carta de naturalización en el modernismo vía los poetas malditos.

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