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El emir Pervana dijo: "Noche y día, mi alma y mi corazón están a vuestra disposición, sin embargo, por ocuparme de los asuntos de los Mongoles, no estoy en situación de serviros".
El Maestro dijo: "Esos trabajos también están dedicados a Dios, ya que aseguran a los Musulmanes la paz y la seguridad. Eres sacrificado, de bienes y de cuerpo, a fin de que ellos puedan obedecer, en toda quietud, la voluntad de Dios. Se trata de una obra buena para la cual Dios te dio inclinación; tu extremo ardor (para su cumplimiento) es una prueba del favor divino. Del mismo modo, cuando esa inclinación languidece, es señal de rechazo del favor divino. Dios no quiere que las obras importantes se cumplan por intermedio de hombres tibios a quienes debería dar recompensas y altas dignidades.
Tomad el ejemplo de un baño caliente. Su calor proviene del (material) combustible (no siempre agradable) utilizado en la caldera, tal como hierba seca, madera, excrementos, etc. De la misma manera, Dios el Altísimo se vale de medios que, aunque malos o repugnantes en apariencia, son en realidad los instrumentos del favor divino; y, así como el baño, el hombre inflamado por esos medios se torna ardiente y trabaja por el bienestar del pueblo entero".
En ese momento llegaron amigos. El Maestro se excusó, diciendo: "Si yo no me ocupo y no me dirijo a vosotros, si no os pregunto cómo estáis, se trata, en realidad, de una muestra de respeto, pues el respeto por algo es el que conviene a cada ocasión. Así, cuando un hombre está orando, no debe pedir noticias acerca de su padre o su hermano ni testimoniarles respeto. En consecuencia, la falta de atención hacia sus amigos y parientes, constituye, en verdad, la cima de la atención y la cortesía, ya que no se inquieta ni se aparta, por su causa, de la plegaria y el recogimiento. De ese modo, ellos no se hacen acreedores de reproches ni castigos. La cima del respeto y la atención se alcanza, pues, cuando se evita (al prójimo) aquello que podría acarrearle un castigo".
Alguien preguntó: "¿Existe un camino más corto que la oración para aproximarse a Dios?".
El respondió: "Sí, la oración". Pero la oración no es solamente su forma exterior. Ese es el "cuerpo" de la oración. La oración formal implica un comienzo y un fin, y todo aquello que tiene comienzo y fin, es un cuerpo. El takbir es el principio y el salam su fin.
“Del mismo modo, tampoco la profesión de fe (shahada), consiste solamente en lo que se pronuncia moviendo los labios, pues, a pesar de que todo aquello que se expresa por letras y sonidos, que tiene un principio y un fin, es una forma y un cuerpo, el alma de la oración es incondicionada e infinita, sin comienzo ni fin.
Sólo los profetas (la salvación sea con ellos) alcanzaron la oración, y el Profeta que nos la enseñó, dijo: “Tengo momentos con Dios que ni un profeta enviado ni un ángel próximo a Dios pueden lograr”[1]. Por lo tanto, la esencia de la oración no es su forma, ella solamente prepara para la absorción en Dios y la pérdida de la conciencia. De este modo, todas las formas permanecen en el exterior y el alma queda tan absorta que no hay lugar en ella ni siquiera para Gabriel, que es un espíritu puro”.
Se cuenta que nuestro Maestro, el Sultán de los Sabios, el Polo del Mundo, Baha al Haqq wa'l-Din[2] (que Dios santifique su gran alma) al llegar la hora de la oración, fue encontrado un día por sus compañeros en total recogimiento. Algunos le gritaron llamándolo, pero él no hizo caso de sus palabras. Entonces los otros se levantaron y se pusieron a orar, excepto dos, que siguiendo el ejemplo del sheikh, no se levantaron. En ese momento, Dios mostró a los ojos interiores de otro de los discípulos, llamado Khahagi, que todos los compañeros que oraban con el Imán habían vuelto la espalda a la Qibla, y solamente los discípulos que habían seguido el ejemplo del sheikh tenían su rostro vuelto hacia la Meca. El sheikh había superado la distinción del tú y el yo, su yo se había aniquilado en Dios y sumergido en su Luz -"morid antes de morir[3]"- mientras se convertía, él mismo, en la Luz de Dios. Es así que, cualquiera que vuelva su espalda a la luz divina y la dirija hacia el muro, ha vuelto en realidad su espalda a la Qibla, ya que Dios es el alma de la Qibla. La Qibla (de la Meca) verdadera, está constituida por El solo.
El Profeta (la salvación sea con él) un día dirigió un reproche a uno de sus compañeros: ¿"Por qué no respondiste cuando te llamé?".
El otro respondió: "Estaba orando".
El Profeta continuó: "¿No fui yo quien te llamó?".
Su compañero replicó: "No soy más que un pobre miserable".
El Maestro le dijo entonces: “Está bien. Si tú permaneces siempre como un pobre miserable, tanto en la prosperidad como en la impotencia, es porque por encima de tu poder hay otro poder, el divino, al que estás sometido cualquiera sea el estado en que te encuentras. Tú no estás dividido, no eres, ora miserable, ora feliz. Observa ese poder y considérate, siempre, miserable e impotente, débil y pobre. Si los leones, las panteras, los tiburones, todos son impotentes y tiemblan ante Dios, ¿qué puede hacer un débil hombre? El cielo y la tierra, impotentes, son dominados por Su orden. El es un gran Rey: Su Luz no se parece a la de la luna ni a la del sol; cuando ella se manifiesta sin velos, desaparecen el cielo y la tierra, el sol y la luna, y nada existe salvo el Rey”.
Un monarca dijo a un derviche: "Cuando Dios se manifieste y se aproxime a ti, acuérdate de mí". El derviche respondió: "Cuando llegue a Su presencia y los rayos del sol de Su belleza me iluminen; no me acordaré más de mí mismo: ¿cómo podría acordarme de ti?". Sin embargo, cuando Dios el Altísimo elige a un servidor y lo consume en Sí mismo, si cualquiera se acerca al faldón del vestido de este servidor y le hace un pedido, a pesar de que ese intermediario no lo llevará ante Dios para que exponga su deseo, Dios igualmente se lo concederá.
Se cuenta que un cierto rey tenía cerca suyo un servidor favorito. Cuando este servidor tenía la intención de dirigirse a la Corte, las personas que deseaban presentar demandas le confiaban sus historias y sus cartas, a fin de que las sometiera al rey. El colocaba todo en su cartera, pero, en presencia del soberano, al no poder soportar su esplendor, se desvanecía. El rey introducía entonces la mano en su bolsa[4], en su talego y en su portafolios con confianza, diciendo: "¿Qué es lo que mi servidor, que está desvanecido y absorbido por mi belleza, trae?". Tomaba luego las cartas y escribía al dorso de las peticiones la orden de resolver favorablemente los deseos de todos los solicitantes; después las colocaba nuevamente en el portafolios, a fin de que ninguna demanda fuese olvidada, sino, por el contrario, para que todos los deseos fueran doblemente atendidos. De este modo, sin que el servidor expusiera los problemas de cada uno, todos eran resueltos. En cuanto a las demandas que los otros servidores, que permanecían lúcidos y tenían posibilidad de contar al rey las respectivas historias de cien asuntos y cien demandas, ellas raramente eran satisfechas.
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