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Uno de los presentes dijo: "He olvidado algo aquí".

El Maestro afirmó: "En verdad sólo existe una cosa que no se debe olvidar. Poco importa la negligencia del mundo si no se olvida esa cosa. Pero si tú te acuerdas de todo, si cumples con todo sin omitir nada, salvo esa cosa, en reali­dad no has cumplido nada. Es como si un rey te hubiera enviado a determinado sitio para llevar a cabo una tarea: si tú, después de efectuar cien trabajos dejas esa tarea sin realizar, en ese caso tú no cumpliste la orden. Del mismo modo, el hombre vino a este mundo para cumplir una mi­sión -esa misión es su verdadero objetivo- si no la lleva a cabo es como si no hubiera hecho nada. "Nosotros he­mos ofrecido el Depósito a los- cielos, a la tierra y a las montañas, que lo rehusaron y tuvieron temor. Mientras tanto el hombre, que lo lleva, es prevaricador e ignorante[1]. Nosotros hemos propuesto ese Depósito a los cielos, pero ellos no lo pudieron aceptar[2]. Ellos realizan mara­villas inexplicables pero, sin embargo, son incapaces de cumplir una sola cosa, de la cual solamente es capaz el hombre. Dios dijo: ‘Nosotros ennoblecimos a los descen­dientes de Adán’[3] y no: `Nosotros ennoblecimos al cie­lo y a la tierra'. El hombre debe cumplir, pues, aquello que ni los cielos, ni la tierra ni las montañas, pueden reali­zar. Y es cumpliendo con eso como evita la perversidad y la ignorancia.

Aquél que dice: ‘No llevo a cabo esta tarea pero en cambio efectúo muchas otras’ se asemeja a quien, siendo poseedor de un sable indio de acero precioso, digno del tesoro de un rey, lo utiliza, como un carnicero, para cor­tar carne podrida y afirma: ‘Yo no desaprovecho este sa­ble, lo empleo en acciones útiles’; se parece, también, a quien tiene una marmita de oro -cuyo valor es tan gran­de que con una de sus partes podría adquirir cien marmi­tas ordiarias- y la utiliza para cocinar nabos. El que así procede obra como aquel que, clavando un cuchillo del mejor acero en el muro para colgar una calabaza rota, di­ce: `Le he dado un buen uso a este cuchillo al suspender de él la calabaza, de lo contrario no hubiera servido para nada'. ¿No es ridículo servirse de un objeto que cuesta cien dinares para tal uso? ¿No es esto motivo de burla e hilaridad?

 

Dios el Altísimo ha puesto al hombre un alto precio. El dijo: ‘Dios compró, de los creyentes, sus bienes y su per­sona para darles el Paraíso[4]

 

Tú eres más precioso que el cielo.

¿Qué puedo hacer?, tú ignoras tu propio valor[5].

No te consideres mendigo. Tú nos perteneces tan sólo a nosotros.

No te vendas barato,

ya que tienes un alto precio[6]

 

Dios el Altísimo dijo: "Yo os compré, a vosotros, a vuestra persona, a vuestros bienes y a vuestro tiempo. Si Me lo consagráis y Me lo dais, el precio será el Paraíso eterno. Tal es vuestro precio ante Mis ojos". Contraria­mente, si os vendéis al infierno, es vuestra propia persona la que se perjudicará, a semejanza de aquél hombre que clavó su cuchillo de cien dinares en el muro para suspen­der una calabaza.

Supongamos que alguien pretende dedicar su tiempo al estudio de las ciencias más sublimes, por ejemplo aprende el Derecho, la Filosofía, la Lógica, la Astronomía, la Me­dicina, etc. Todo ese saber será, naturalmente, para su propio beneficio[7]. Si profundiza tales temas, los cono­cimientos adquiridos serán sus ramificaciones, la raíz siempre estará en él. Y, habiendo tantos detalles, maravi­llas, estados, mundos extraordinarios e infinitos, progre­sos y adversidades, ascensos y descensos en sus ramificaciones, consideremos cuántos estados, cuántos ascensos y descensos en el mundo del espíritu, cuántos progresos y adversidades, pérdidas y beneficios[8] habrá en él, que es la raíz.

 

Además de este alimento y este sueño, existe para no­sotros otro alimento: "Pasé la noche con mi Señor. El me alimentó y me dio de beber[9]". En este mundo ma­terial menospreciamos este alimento en beneficio de otro. Día y noche nos ocupamos de las necesidades de nuestro cuerpo. Ahora bien, ese cuerpo es la montura y el mundo es su pesebre. Es evidente que el alimento del caballo no es el de su caballero. El caballo tiene su sueño, su alimen­to y su bienestar propios; sin embargo, nos transfiere sus características animales y bestiales. De este modo nos quedamos en el pesebre de los caballos y no ocupamos nuestro lugar en la jerarquía de los emires y soberanos del mundo eterno. Aunque nuestro corazón lo añore perma­necemos cautivos y sometidos a nuestro cuerpo.

De la misma manera, Majnun -cuya intención era la de visitar el país de Layla- cuando estaba consciente im­pulsaba su camello hacia su amada. En cambio, cuando estaba absorbido en el pensamiento de Layla, olvidaba su propia persona y su camello. Este, que había dejado des­cendencia en otro lugar, aprovechaba esos momentos para retornar sobre sus pasos. Cuando Majnun recobraba la lu­cidez, se daba cuenta de que había perdido dos días. Así, su viaje duró tres meses. Finalmente, se dijo: "Este came­llo es para mí una calamidad", entonces descendió del camello y partió a pie.

El motivo del deseo de mi camello está detrás suyo, el mío adelante: uno y otro son opuestos[10].

El Maestro contó que una vez, mientras Sayyid Borhan -ud-Din Mahaqquiq[11] (que Dios santifique su secreto) hablaba, alguien entró, comentando: "Escuché que tal persona te elogiaba".

El respondió: "Veamos, ¿quién es ese tal? ¿Tiene, en verdad, la autoridad espiritual ne­cesaria para conocerme y hacer mi elogio? Si solamente me conoce por mis discursos entonces no me conoce en absoluto, ya que esos discursos, esta boca y estos labios no perduran: no son sino accidentes. Por el contrario, si él conoce mi ser, si conoce mi esencia, él puede hacer mi elogio, y su elogio es el mío".

 

Esta historia es semejante a la de aquel rey que confió su hijo a los sabios a fin de que le fueran enseñadas las ciencias de la astronomía, de la geomancia y otras. El muchacho, pese a su incapacidad y poca inteligencia, lle­gó a maestro. Un día el rey, queriendo probar a su hijo, tomó una sortija en su mano y le preguntó: "Dime ¿qué hay en mi mano?".

El hijo le respondió: "Lo que tienes en tu mano es algo redondo, amarillo y hueco".

El rey re­plicó: "Esos detalles son precisos, pero dime ¿qué es en realidad?"

"Eso debe ser un tamiz", respondió el prínci­pe.

El padre dijo entonces: "Has enumerado tantos deta­lles precisos que mi razón se asombra ante el poder de tu ciencia y tus estudios, pero ¿cómo no comprendes que un tamiz no puede ser contenido en una mano?".

 

Así también, como el príncipe de la historia, los sabios de nuestra época, para sus investigaciones, cortan un cabello transversalmente en cuatro partes y conocen per­fectamente lo que no les concierne. Ellos abrazan cual­quier conocimiento; sin embargo, en lo que respecta a su propia persona lo ignoran todo. Distinguen lo lícito y lo ilícito diciendo: "Esto está permitido, aquello no". Pero, en relación consigo mismos, no saben qué es lícito o ilíci­to, permitido o prohibido, puro o impuro.

El que un objeto sea hueco, amarillo o redondo, sólo es un accidente. Si se lo arroja al fuego nada queda de esas cualidades, se transforma en pura esencia. Lo mismo ocurre con los atributos concernientes a la ciencia -la acción o la palabra. Por eso es que los sabios hablan acerca de to­das las cosas, las explican y emiten su juicio, por ejemplo, que en la mano del rey se encuentra un tamiz, sin que to­do eso tenga relación alguna con la esencia del objeto considerado.

 

 

 

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NOTAS


 

[1] Corán, XXXIII, 72.

[2] Ahora bien, el sol es uno de los habitantes del mundo celeste.

[3] Corán, XVII, 70.

[4] Corán, I X, 111.

[5] Cita del Hadiqat al-haqiqa de Sana'i, p. 1140.

[6] Cita de Rumi mismo (Ghazaliyat, Teherán, 1956, p. 5651.

[7] Todo esto tiende nada más que a hacerte alcanzar tu objetivo. Si te alejaste de tu objetivo, ¿qué utilidad tiene para ti esas cosas? Cuando se llegó al objetivo, se ha adquirido todo esto.

[8] Si es la medicina, / tú estudias /, para tu propia salud, que tal remedio posee tal propiedad o que tal hierba conviene a tal enfermedad.

[9] Tradición profética relatada por Muslim y Bukhari.

[10] El dice: ¡Oh camello! Ya que estamos los dos enamorados, somos dos compañeros que no se convienen

[11] Maestro espiritual de Rumi, muerto en 638 de la Hégira. Cf. Walad-Nama, p.261

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