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            Dijo el Maestro: "Si aparentemente descuido el agra­deceros, el testimoniaros mi respeto y presentaron mis excusas por vuestros favores, vuestros esfuerzos y los servicios que me rendís, estéis presentes o ausentes, no es por orgullo o indiferencia o porque ignore cómo convie­ne recompensar con palabras o acciones a un benefactor. Pero he sabido, por la pureza de vuestra fe, que todo lo hacéis solamente por Dios. Yo también, así que a El le dejo el ofreceros mi agradecimiento, ya que es por El to­do lo que habéis hecho.

            Si yo me hubiera excusado verbalmente, o presentado mis respetos y dirigido alabanzas, significaría que una par­te de la recompensa que Dios quiere daros os ha llegado y que recibisteis una cierta compensación; ya que esta mo­destia, excusas y alabanzas, son los placeres de aquí aba­jo. Si en este mundo habéis sufrido penas, tal como renunciar a los bienes y a los cargos, es preferible que la recompensa venga enteramente de Dios. Por esta razón, yo no presento excusas, ya que ellas pertenecen a este mundo. La riqueza no se come; se la desea por otra cosa diferente que por sí misma. Con ella se compran caballos, concubinas y esclavos, se buscan posiciones elevadas, para ser alabado y cumplimentado. El mundo es tal que, si sois grande y respetado, se os alaba y cumplimenta.

 

            El Sheikh Nassaj-Nadjâri-Bokhâri[1] era un hombre importante y pleno de espiritualidad (sâhib-dil). Los sa­bios y los notables lo frecuentaban y lo visitaban. Se sen­taban (delante de él) sobre las dos rodillas (por respeto). Sin embargo, era un Sheikh iletrado. La gente quería es­cuchar de su boca la exégesis del Corán y de los hadîth. El respondía: "Yo no sé el árabe. Pero haced la traduc­ción de los versículos y los hadîth para que yo os trans­mita su sentido". La gente le traducía los textos que lue­go él comentaba y de los cuales hacía la exégesis; él de­cía que Mustafá (la salvación sea con él) estaba en esta o aquella etapa (maqam) cuando había recibido tal versícu­lo; que los estados (ahwal) de esta etapa (maqam) eran és­tos o aquéllos; él explicaba también en detalle el "grado" de la etapa referida, sus caminos y la ascensión a ésta. Un día, un Alida que hacia la presentación de la gente en su reunión, elogió a un Cadi (Juez) y afirmó que no había otro semejante en el mundo entero, que no era prevarica­dor, que rehusaba las recompensas, que era imparcial y nada temeroso, que sólo por Dios administraba justicia entre los litigantes. El Sheikh dijo: "Es mentira decir que él no pide recompensas. Tú, un descendiente de Alí, de la familia del Profeta (la salvación sea con él) lo alabas y cumplimentas por rehusar las recompensas. ¿No es esto una recompensa? ¿Hay mejor recompensa que hacer tal elogio en su presencia? ".

 

            El Sheikh-ul-Isslâm Tirmidhî[2] decía: "Sayyed Burhân-ud-Dîn[3] (que Dios santifique su alma (sirr) pronunciaba discursos profundos porque estudiaba los li­bros de los grandes maestros, sus secretos y sus palabras".

            Mawlana dijo entonces: " ¡Oh! tú también estudias. ¿Por qué no pronuncias discursos semejantes? ¿Por qué no re­cuerdas tus lecturas y las cuentas? En cuanto al origen de todo, tú lo conoces, y de eso estamos hablando".

 

            Esos hombres no tienen anhelos del otro mundo, ellos instalaron su corazón, por entero, en éste; algunos vinie­ron para comer el pan, otros para mirarlo; ellos quie­ren aprender estos discursos y venderlos. El discurso es como una recién casada ('arus), y una bella esclava. Cuando se compra una esclava para revenderla, ¿có­mo podría ella acordar su amor y entregar su corazón? El placer del comerciante consiste en vender; él es impotente; compra la esclava para revenderla, no es viril y no compra la esclava por ella misma. El hombre afe­minado y si adquiere el arco de un héroe, es también para venderlo, ya que no tiene en los brazos la fuerza necesaria para tirar con él. Luego, cuando vende el arco, con el di­nero recibido compra afeites y cosméticos. Pero, si vendió el arco, ¿puede comprar algo mejor?

 

            ...Estos términos derivan del siríaco. ¡Guardaos de decir que habéis entendido!, ya que por más que hayáis entendido y registrado, estáis lejos de compren­der. Entender no es comprender. Tus calamidades, tu desgracia y tu privación provienen de ese entendi­miento; es para ti una traba y es necesario escaparle para "ser". Tú dices: "Yo llené mi odre en el mar, y el mar está contenido en mi odre". Es absurdo. Si tú dices: "Mi odre está perdido en el mar", dices la verdad e ilustras el principio (asl). La razón es buena y deseable hasta que ella te hace llegar a la puerta del Rey. Cuando hayas lle­gado, repúdiala, ya que, como un bandolero, la razón te es perjudicial y nociva. Cuando llegas a El, abandónate a El, no tienes nada que hacer con el "como" y el "por qué".

 

            Los oídos de los amigos perciben tus gritos ocultos. La nobleza del alma, una pasión o alguna otra cualidad, se ven en quién las lleva. Entre la fila de camellos, el camello ebrio se distingue enseguida por sus ojos y su aliento, por la espuma de su boca, etc. "Sus señales están so­bre sus rostros a causa de sus posternaciones"[4]. Todo lo que absorbe la raíz del árbol aparecerá en el árbol, en las ramas, las hojas y los frutos; y si la raíz no absorbe nada, el árbol se seca: lo que se produce bajo tierra no puede permanecer oculto.

 

            Los beneficios de la lectura se manifiestan en el hecho de que a partir de una palabra se comprenden muchas, que de un término se extraen infinitas alusiones. Así; aquél que leyó el libro de Wasît [5], o el de Motawwal, cuando escucha un término del Tanbih, por analogía comprende todos los problemas. El encuentra en cada frase un tesoro, pues capta las ideas subyacentes. “¿No es verdad que hemos expandido tu corazón para ti?”[6]. La expansión del corazón no tiene límites. Cuando se han leído extensos comentarios se comprenden, por analogía, muchas cosas. En cuanto al principiante, él capta, de cada término, apenas un sentido.

 

            La medida de la palabra la da el oyente. Si él no la expande, la sabiduría no brotará; en cambio, si exige y asimila, ella llegará[7]. Si así no lo hiciera, el dirá: "¡Oh! ¡Es extraño que la palabra no lle­gue!", y recibirá por respuesta: "¡Oh! ¡Lo extraño es que tú no extraigas nada!". Aquél que no libera su capacidad de escuchar, quita al orador la capacidad de hablar.

 

            En los tiempos del Profeta[8] (la salvación sea con él), un infiel tenía un esclavo musulmán de mucho valor. Una hermosa mañana, su dueño le ordenó tomar los cubos para ir al baño. En el camino, en una mez­quita, el Profeta (que Dios esté satisfecho con él) oraba con sus compañeros. El esclavo dijo a su dueño: "Por Dios el Altísimo, cuida un instante este cubo para que yo haga dos rakats de oración, y a continuación regresaré a tu servicio". Entró en la mezquita e hizo sus oraciones, mientras el Profeta (que Dios esté satisfecho con él) salía con sus com­pañeros. El esclavo permaneció solo en la mezquita, ocupado en la invocación y la oración. El amo lo esperó hasta el mediodía, gritándole: " ¡Eh! Esclavo, ¡sal! ". El esclavo respondía: "No se me permite salir". Cuando la espera se tornó insoportable, el dueño se asomó a la mezquita a fin de ver quién era el que impedía salir al esclavo, más sólo vio una sombra y un par de sandalias. Nadie había allí que se moviera. Finalmente preguntó "¿Quién es el que te impide salir?". El esclavo respondió "El mismo que no te deja entrar; es Aquel que no ves".

 

            El hombre está siempre prendado de lo que no ve, no escucha y no comprende, y día y noche lo desea. Yo soy servidor de aquello que no veo. El hombre se cansa de lo que vio y comprendió, y lo descarta; por esta razón, los filósofos niegan la posibilidad de ver a Dios, cuando dicen: "Si tú lo ves, es posible que te sientas saciado y fastidiado". Ahora bien, esto no es justo. Los Sunnitas, los buscadores de la Verdad, dicen: Cuando Dios se muestra lo hace bajo un solo color; pero a cada instante se manifiesta bajo cien colores". "Cada día, Dios está en otro estado"[9]. Y si El se manifiesta de cien mil formas, jamás unas se parecen a las otras. Ahora bien, tú ves a Dios en un momento determinado, en Sus signos y Sus acciones, y a cada instante, Lo ves diferente. Ninguna de Sus acciones se parece a otra. En el momento del goce El tiene una manifestación; en el momento de las lágrimas, tiene otra. En el momento del temor El tiene una mani­festación; en el momento de la esperanza, tiene otra. Del mismo modo que las acciones de Dios, la manifestación de Sus acciones y de Sus señales son múltiples y no se pa­recen; y la manifestación de Su Esencia es tan múltiple como cambiante. Compara eso contigo: Tú eres una par­te de la potencia de Dios: a cada instante, tú te transfor­mas de mil maneras y no permaneces jamás igual y "cada cosa nueva trae un nuevo placer".

 

            Algunos de los servidores de Dios llegan a Dios por el Corán. Otros, los elegidos, vienen de Dios y encuentran aquí el Corán; saben que Dios los envió: "Nosotros hi­cimos descender ese Dhikr y somos su guardián"[10]. Los comentaristas dicen que este versículo concierne al Co­rán. Es justo. Pero tiene también este sentido: "Nosotros hemos puesto en ti una esencia, un deseo y un fervor y somos sus guardianes. Nosotros queremos que alcancen su objetivo".

 

            Di una vez "Dios", sin amor y reverencia, y a continua­ción todas las plagas lloverán sobre ti.

            Alguien se dirigió a Mustafá[11] (la salvación sea con él) y le dijo: "Yo te amo".

            El respondió: "Presta atención a lo que dices".

            El otro repitió: "Yo te amo".

            El dijo: "Presta atención a lo que dices".

            El otro volvió a repetir: "En verdad, yo te amo".

            El Profeta dijo: "Ahora, espera a que te mate con tus propias manos. Piedad para tí! ".

            En el tiempo del Profeta[12] (la salvación sea con él) alguien dijo: "Yo no quiero nada de tu religión. Desde que la acepté, no tuve un solo día de paz. Mi riqueza se esfumó. Mi mujer está muerta. Mi niño no está más. Ni el respeto, ni la fuerza, ni la concupiscencia duraron". El Profeta respondió: "Si nuestra religión llegó allí, segura­mente no regresará antes de haber desarraigado cuanto existía, dejando la casa limpia"

 

            "No se lo toca (al Corán) salvo con las manos puras"[13], o sea que el Bienamado, en tanto albergues una piz­ca de amor por ti mismo, no se mostrará a ti, no serás aceptado ni serás digno de unirte a El. Es necesario que renuncies, completamente, al mundo y a ti mismo, (que seas tu propio enemigo), si deseas que el Amigo vuelva Su Rostro hacia ti. Nuestra religión, antes de llevar el cora­zón hacia Dios, lo deja sin apoyos y le quita todo lo su­perfluo.

            El Profeta dijo: "No tienes paz porque la pena es como un vomitivo: en tanto quede algo en tu estómago seguirás devolviendo. Cuando te hayas librado de los vómitos tendrás tu comida, pues nadie come mientras está vomitando. Debes esperar, haciendo de las penas tu ali­mento. Después vendrá el goce despreocupado, la flor sin espinas, el vino que no embota. Noche y día tú persigues la tranquilidad y el reposo; pero, en verdad, es imposible obtenerlos en este mundo. Sin embargo, no vives un solo instante sin desearlos. La paz que encuentras en este mun­do es como un resplandor que brota y enseguida se desva­nece; además, ¡vaya resplandor...!, acompañado de lluvia y granizo, de nieve y de penas.

            El que pretende dirigirse hacia Anatolia, pero marcha hacia Cesárea, jamás alcanzará su objetivo aunque no re­nuncie a él; en cambio, aquél que orienta sus pasos hacia Anatolia, incluso débil y cojo, llegará, pues está en el buen camino.

 

            Las cosas de este mundo, así como las del otro no pue­den adquirirse sin sufrimiento. No digas, entonces: " ¡Oh Mohammad! ¡Reprende a nuestra religión pues no encuen­tro paz!", ya que nuestra religión no deja a nadie antes de haberlo conducido a su objetivo.

 

            Se cuenta que un maestro de escuela, por causa de su pobreza, estaba en pleno invierno vestido con ropas de al­godón. Mientras tanto, la inundación había arrastrado con su fuerza, a un oso de la montaña; su cabeza estaba bajo la superficie, y sólo se veía su lomo. Los niños que acompañaban al maestro, dijeron, al ver al oso: " ¡Oh, maestro! El río arrastra una piel y tú tienes frío. Tóma­la". El maestro, entonces, se arrojó al río para atrapar la piel. Pero el atrapado fue él, pues el oso, lo aferró con sus garras aceradas. Los niños gritaban: " ¡Oh, maestro! Trae la piel; y si no puedes sal del agua". El maestro contestó: "Yo dejé la piel, pero ella no me deja a mí ¿qué debo ha­cer?". Así es la nostalgia de Dios; y conviene dar gracias por no haber sido librados a nosotros mismos. Tal como niños que, cuando recién nacidos sólo conocen la leche y a su madre, que más tarde juegan y cambian su alimenta­ción, que después crecen y comienzan a razonar, así so­mos, en manos de Dios, en relación con el otro mundo. No hay más dios que Dios. El nos amamanta en otro se­no, cuida de nosotros y nos conduce a ese nivel en que comprendemos que todo lo precedente no fue sino algo propio de la niñez.

 

            "Yo estoy asombrado por cierto tipo de gente, que es atraída hacia el Paraíso, con sus lazos y cadenas"[14]Atrapadla y atadla"[15]. Arrojadlos al Paraíso, arro-jadlos a la Unión, a su Belleza y a su Perfección.

 

            Los pescadores no sacan al pez con violencia, sino que, una vez prendido el anzuelo en su garganta, recogen y sueltan repetidamente el sedal hasta dejar al pez cansado e impotente por la lucha y la pérdida de sangre. Así co­mo ocurre también con el hombre cuando es atrapado por el Amor: Dios el Altísimo lo mata poco a poco, agota paulatinamente sus fuerzas y hace brotar gota a gota la sangre impura. "Es Dios quien tira y afloja"[16]. La ilâha illa Llâh (no hay más dios que Dios) es para la fe del hombre común. Para la fe de los selectos es La Huwa illa Huwa (sólo El es), lo cual puede ejemplificarse a través de una persona que, en sueños, se ve convertido en rey, sentado en su trono, mientras pajes, chambelanes y emi­res permanecen de pie a su alrededor. "Yo debo ser el rey; no hay más rey que yo", se dice entonces, pero lo di­ce en sueños. En cambio, cuando despierta y no ve a na­die en su cámara, entonces sus palabras son: "Soy yo mis­mo; no hay nadie más". Sólo el ojo despierto puede ver esta verdad; el ojo del dormido no puede verla".

 

            Cada uno de los diferentes grupos humanos niega a los otros. "Nosotros tenemos razón; nuestra inspiración es verdadera, la de aquellos es falsa". Y el otro grupo afirma lo mismo. Así, setenta y dos sectas se niegan las unas a las otras y se juzgan, recíprocamente, carentes de la ilumina­ción. En verdad ellas coinciden en lo que respecta a la fal­ta de iluminación, lo cual significa que alguien la posee, en lo cual también concuerdan. Sólo que es necesario un hombre con discernimiento e inteligencia para reconocer al iluminado. "El creyente posee discernimiento, inteli­gencia, prudencia y sabiduría"[17], o sea la fe, ya que en eso consiste el discernimiento y la comprensión.

 

            "Los que no saben son numerosos; los que saben son pocos. ¿No nos llevará mucho tiempo aprender a distin­guirlos?", preguntó uno.

            El Maestro respondió: "Aun cuando las personas que no saben sean numerosas, sin embargo, basta conocer algunas para conocer a todas, pues un puñado de trigo te permite conocer todos los gra­neros -del mundo. Del mismo modo, si alguna vez has gus­tado el azúcar, aunque te fuera ofrecida en cien diferentes tipos de halva, reconocerás su sabor. Aquél que mordió una vez la caña de azúcar, si luego no reconoce su gusto, ¡sin duda tiene dos cuernos!

 

            Si antes de tomar -nuestro alimento decimos: " ¡Ala­banzas a Dios, Señor de los mundos", esto no significa que el pan y la prosperidad sean escasos. En verdad, el pan y la prosperidad son ilimitados, pero el apetito ha desaparecido y los comensales están satisfechos. Se dice: " ¡Alabanzas a Dios!" porque este pan y esta prosperidad no se asemejan a las de este mundo, con las cuales puedes beneficiarte sin tener verdadero apetito. Tú puedes, es­forzándote, tener cuanto quieras, pues estás tratando con cosas inanimadas. Tú puedes hacer con ellas lo que te plazca, ya que no tienen alma y no pueden apartarse de un lugar, aún cuando no sea su lugar.

            Lo contrario sucede con la sabiduría divina, que es una prosperidad viviente: en tanto exista en ti el apetito, en tanto manifiestes un deseo perfecto, ella vendrá y- se con­vertirá en tu alimento; sin embargo, apenas desaparecie­ran ese apetito y ese deseo perfecto, no podrás atraerla ni aún con el mayor de los esfuerzos. Ella se ocultará tras sus velos y ya no podrás verla.

 

            El Maestro hablaba acerca de los karamat (prodigios) y decía: "No es sorprendente, ni es un prodigio, que al­guien, partiendo de aquí, llegue a la Kaaba en un día o en un instante. El simún también puede, en un día o en un instante, ir a cualquier parte. Pero sí es prodigioso el que puedas ser llevado de un estado inferior a otro supe­rior; el que se pueda pasar de la ignorancia a la sabiduría; el que algo inanimado se transforme en algo vivo. En efec­to, tú fuiste, en primer lugar, sólo polvo; luego mineral y después vegetal; del reino vegetal pasaste al reino del germen, y de allí al embrión animal; finalmente, del reino animal, llegaste al mundo de los hombres[18]. Dios el Altísimo resumió este viaje para ti. Durante todo su trayecto nada hubo en tu conciencia ni en tu imaginación que te indicara el objetivo o te mostrara el camino[19]. Fuiste conducido y estás acá; así también serás conducido a través de cien mundos diferentes. No niegues, pues, esos prodigios, y si te hablan de ellos, acéptalos.

 

            A Omar (¡Dios esté satisfecho con él!) se le ofreció una copa llena de veneno[20].

            El preguntó: "¿Para qué sirve esta bebida?».

            Se le respondió: "Es para matar con discreción. Aquél que probara un sorbo, morirá en silen­cio. Cuando existe un enemigo, si no se le puede dar muerte por la espada, se lo hace con un poco de este ve­neno".

            Omar dijo entonces: "Es algo excelente, esto que me habéis traído. Pasadme la copa para que beba de ella, ya que hay en mí un gran enemigo al que no puedo dar muerte por la espada. No existe en el mundo peor enemi­go para mí".

            Ellos dijeron: "No es necesario que bebas todo su contenido. Una gota es suficiente, ya que esta co­pa alcanza para cien mil personas".

            "Pues este enemigo, dijo Omar, no es una sola persona, en verdad, equivale a mil adversarios", luego alzó la copa y la bebió de un trago.

            Los que estaban allí presentes afirmaron: "Tu religión es verdadera", y se convirtieron en musulmanes.

            Omar di­jo entonces: "Vosotros os habéis convertido, pero este enemigo que llevo en mí, no lo ha hecho todavía".

            Esto significa que si bien, él ya poseía, tanto la fe del hombre común como la del verdadero creyente (sadiq), trataba sin embargo, de alcanzar la de los profetas y los elegidos. El esperaba la verdadera evidencia.

 

            (Ilustrando lo antedicho, os diré que) se había difundi­do, hace tiempo, la fama de un león. Presa de curiosidad, un hombre llegó desde muy lejos, y pasó un año reco­rriendo los caminos. Finalmente, alcanzó la espesura en que moraba el león y, al verlo, quedó inmovilizado. Uno de sus acompañantes le dijo: "Tú has recorrido un largo camino para ver al león, acércate pues, a él. Ten en cuen­ta que tiene una característica: si alguien avanza sin te­mor y lo acaricia con ternura, el león no le hace daño; en cambio, si se le tiene miedo, se enfada, y a veces mata, a causa del recelo que experimenta. Otros le dijeron: "Has pasado un año en su busca ¿y ahora permaneces inmó­vil?". Sin embargo, nadie se adelantó. El hombre dijo en­tonces: "Me fue fácil recorrer tan largas distancias; pero ahora no puedo dar un solo paso". El objetivo de Omar, o sea la fe de los profetas y elegidos, consistía en poder dar ese paso, en avanzar hacia el león, lo cual es privilegio de aquellos que renuncian a la propia vida.

 

            Este mundo se sostiene por la imaginación[21]. Tú crees que es real porque lo ves y es tangible; sin embar­go, está subordinado a realidades más profundas (maní), a las cuales calificas de imaginarias. En verdad, la Realidad puede crear cien mundos semejantes a éste, que se dete­rioran, que se pudren Y aniquilan; y también puede crear un mundo que no envejezca; no obstante, todos esos mundos le estarán subordinados. Ellos tendrán la cualidad de ser nuevos o viejos, pero el creador de ambas cualida­des permanecerá más allá de ambas. Así ocurre con el ar­quitecto que proyecta una casa: él se forma imágenes de las habitaciones, de su longitud, .de la entrada y del pa­tio... y todas esas imágenes no son su imaginación, sino que la realidad brota y depende de ella.

 

 

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NOTAS

 

 

[1] Cf. Diwân de Rûmî I, 1534.

[2] Cf. Faridun, Risala, p. 121.

[3] Borhan ud-Din mohaqqiq, maestro de Rûmí.

[4] Corán, XLVIII, 29.

[5] El Wasit es sin duda el tratado de Ghazali sobre la jurisprudencia de Shafi'i; el Tanbih debe ser el manual shafi'ita de Abu Ishaq ash-Shira­zi (X I, después de J.C.).

[6] Corán, XCIV, 1.

[7] Esta palabra es semejante a la leche en el seno del alma, si no se la ma­ma, no brota fácilmente. Cuando el oyente está sediento y en la búsque­da, el predicador, si estaba muerto, resucita. Cuando el oyente está vi­vo, atento, el orador mudo se siente dotado de cien lenguas.

[8] Cf. Mathnawî, I II, 3055 y sig. Ma'arif de Baha-ud-Din Walad, p. 77.

[9] Corán, LV, 29.

[10] Corán, XV, 9.

[11] Cf. Ghazáli,'Ihya, IV, p.209.

[12] Cf. al-Wahidí, Asbab un-nuzúl, p. 231

[13] Corán; LVI, 79.

[14] Cf. cap. 1.

[15] Corán, LXIX, 30.

[16] Corán, II , 245.

[17] Tradición profética. Cf. al-Munawî; Kunûz, p. 136; Suyuti, al-Djam'as -Saghír T. II, p. 184.

[18] Cf, supra, cap. 5.

[19] Tú llegaste de la no existencia a la existencia

Dime ¿de qué manera vi­niste? Tú llegaste ebrio

De los caminos que recorriste, no te acuerdas

Pero yo te develaré un misterio:

Tápate las orejas y a continuación es cúchame

Deja allí a la inteligencia y a continuación compréndeme

No, yo no te lo diré: tú estás aún inmaduro

Estás en la primavera, no llegas­te al verano.

[20] Mathnawî, V. 4238 y sig.

[21] 20. Mathnawî, I, 70.

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