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            Llegó alguien y el Maestro dijo: "El es amable y mo­desto; estas cualidades provienen de su naturaleza". Así, una rama que tiene muchos frutos se inclina hacia la tie­rra, mientras que una rama sin frutos mantiene la cabeza alta, como el álamo. Cuando los frutos son abundantes, se colocan soportes con el objeto de que la rama no caiga por tierra. El Profeta (la salvación sea con él) era muy modesto, ya que todos los frutos del mundo, del comien­zo al fin, fueron reunidos en él. También era el más mo­desto de todos. "Nadie precedió al Enviado de Dios en la salvación"[1], y agregó: "Jamás nadie podía saludar al Profeta antes de que el Profeta (la salvación sea con él) lo hubiera saludado primero, ya que el Profeta le precedía por exceso de cortesía. Suponiendo que él no lo hubiere saludado primero, era sin embargo modesto, y tomaba la delantera en la palabra".

            Cuantos han alcanzado la salvación, del primero al úl­timo han sido sus seguidores, son como su sombra. Si la sombra de alguien penetra en la casa antes que él, en realidad él entró antes aunque su sombra lo haya precedido. En Verdad, aunque la sombra esté adelante, es sólo en apariencia que ella lo precede, porque está subordinada a él.

            Las características que poseemos no provienen de hoy. Todas estas partículas ya existían en los átomos de Adán, algunas eran luminosas, otras semiluminosas, y otras som­brías. En este momento aparecen todas. Pero las partí­culas, en Adán, eran más claras, más luminosas y más modestas.

            Algunos consideran el principio y otros el fin. Los que consideran el fin son amados y respetados, ya que su mi­rada está fija en el fin y en los últimos tiempos; sólo un pequeño núcleo considera el principio. Los que lo consti­tuyen dicen: "¿Qué necesidad hay de mirar el fin? Si al principio se sembró trigo, al final no germinará cebada; y si se sembró cebada, al final no germinará trigo". En con­secuencia, su mirada se fija sobre el principio; Otra cate­goría, aún más selecta, es la de los que no miran ni se inquietan por el principio ni por el fin: están unidos a la Verdad (Haqq). Ellos no se inquietan por ninguna co­sa en este mundo. Nosotros no nos inquietamos más que por el amor del Amigo, y no por nosotros mismos ni por el misterio de la Creación. Hay también los que están absorbidos por el mundo de aquí abajo: no miran ni el comienzo ni el fin, pero es por negligencia. Esta gente es el combustible del infierno.

            Evidentemente, la fuente fue Mohammad (“Si tú no hu­bieras estado, Yo no habría creado los cielos”)[2]; y to­do lo que hay de honor y modestia, de sabiduría y de ele­vación, procede de su don y de su sombra, ya que esas cualidades provienen de él. Así ocurre con la mano, que todo ló hace a la sombra de la inteligencia, aun cuando es­ta sea invisible y no proyecte sombra alguna; ya que, co­mo el verdadero sentido, tiene existencia sin ser tangible. Si la sombra de la inteligencia se extiende sobre el hom­bre, todos sus miembros actúan de manera conveniente, útil y justa, pues los miembros son los instrumentos de la inteligencia.

 

            Del mismo modo, un gran hombre de su época es como la Inteligencia Universal, y la inteligencia de los hombres como sus miembros: todo cuanto hacen lo hacen bajo su protección. Sus obras dejan de ser correctas cuando esta Inteligencia les retira su asistencia. Si su razón lo abandona el hombre se vuelve loco y comete acciones desagradables pues ha perdido la ayuda y la protección de la inteli­gencia.

            La inteligencia es del mismo género que el ángel: el án­gel tiene un rostro, alas y plumas; la inteligencia no los tie­ne, sin embargo son idénticos, ambos actúan de la misma manera, y tienen la misma naturaleza. Esta semejanza no se reconoce en su forma, pero en verdad tienen una acción idéntica. Descartando la forma, los ángeles son inteligencia pura -nada queda de sus alas y sus plumas- y nosotros sabemos que no eran sino inteligencia pura antes de su encarnación. Es como si modeláramos un pájaro de cera, con alas y plumas, con pico y con garras. Si lo derretimos, de sus alas y plumas, de su pico y sus garras, sólo nos quedará cera pura, sin ningún aditamento. El pájaro era cera "encarnada", modelada, pero, no obstante, sólo cera. Así sucede con el hielo, cuando se lo funde vuelve a ser agua. Antes de convertirse en hielo, nadie podía retenerla en la mano ni llevarla en el faldón de su vestido, mientras que, congelada, se la puede transportar. La diferencia no es muy grande: el hielo no es otra cosa que agua.

            La condición del hombre es ésta: se han toma­do las plumas del ángel y se las ha atado a la cola de un asno, con la esperanza de que este asno, por la luz y la gracia del ángel, se convierta en ángel.

 

            Jesús tenía las alas de la inteligencia y voló al cielo; si en su mano hubiera tenido la mitad de un ala, no habría permanecido asno [3].

            ¿Qué hay de sorprendente en que se convirtiera en hom­bre? Dios es poderoso sobre todas las cosas. Un niño que acaba de nacer es peor que el asno: pone su mano en la su­ciedad y la lleva a la boca para chuparla; su madre lo repren­de y se lo impide. El asno posee un cierto discernimiento: cuando orina, abre las patas para que el líquido no las salpi­que. Ya que del niño, que es peor que el asno, Dios el Altísi­mo puede hacer un hombre, ¿sería sorprendente que hiciera de un asno un hombre? Para Dios, nada es imposible.

            En el Día del Juicio, todos los órganos, todos los miembros del hombre, uno por uno, las manos, los pies... hablarán.

            Serán las manos y los pies tangibles los que hablarán tal como lo hace la lengua. En el Día del Juicio, el hom­bre podrá negar que robó pero la mano testimoniará con elocuencia: "Sí, tú robaste, fui yo quien lo hizo". Esta persona podrá dirigirse a su mano y a su pie: "No habléis; ¿cómo es que habláis?" Y le responderán: "Dios nos hizo hablar como hace hablar a todas las cosas"[4]. El me hi­zo hablar, Aquel que ha hecho hablar a todas las cosas, a la puerta, a los muros, a las piedras y a los montes. El Creador, que ha otorgado la palabra a todos, hizo que hablara como también hizo hablar a tu lengua. Tu lengua es un pedazo de carne, la mano es un pedazo de carne, la palabra es un pedazo de carne. La lengua no es sensata, pero como la has visto hablar a menudo, la palabra te pa­rece posible para ella. La lengua, para Dios, es un medió; cuando El le ordenó hablar, ella habló como habla todo aquello a lo que. El ordena y manda hablar.

            La palabra es a la medida del hombre. Nuestra palabra es como un agua que hace correr el mirab (jefe de la irri­gación). ¿Cómo sabría el agua que es el mirab quien la hace correr en el campo, en una huerta de pepinos, coles y cebollas o en un jardín de rosas? Yo sé solamente que cuando el agua corre en abundancia, es que allá abajo hay muchas tierras sedientas; cuando corre escasamente, sé que hay pocas tierras. ¿Tal vez haya un huertecillo o un pequeño recinto cerrado por cuatro muros? "El inspira la sabiduría a la lengua de los predicadores según la recep­tividad de los oyentes"[5]. Yo soy zapatero, tengo mu­cho cuero, pero corto y coso a la medida de los pies.

Yo soy la sombra de un hombre y su medida.

Yo soy de la misma dimensión que su estatura[6].

 

            Existe un pequeño animal que vive bajo tierra y en ti­nieblas. El carece de ojos y de orejas pues, en el lugar que habita, no tiene necesidad de ellos: entonces ¿para qué ojos y orejas? Para Dios no hay escasez de ojos y de orejas. El no es avaro, pero da según la necesidad. Si El otorgara alguna facultad sin necesidad, produciría una sobrecarga (para aquél que recibe). La sabiduría, la gracia y la generosidad de Dios evitan esta sobrecarga. ¿Cómo pondría El una sobrecarga sobre alguien? Si tú das las he­rramientas del carpintero -el hacha, la sierra, el cepillo, y otros- a un sastre, diciéndole: "Tómalos", él no puede trabajar con esos útiles que se transforman para él en una molesta sobrecarga. Si El da lo que se necesita, lo que El da permanece. Semejantes a los gusanos bajo la tierra que viven en la oscuridad, los hombres que viven en las tinie­blas de este mundo, están satisfechos y contentos; no tie­nen necesidad de la promesa del otro mundo y no tienen la nostalgia de la visión de Dios. ¿De qué servirían a estas personas, el ojo interior y las orejas de la inteligencia? Pa­ra los asuntos de este mundo, sus ojos carnales son sufi­cientes. Ellos no tienen el deseo de retornar hacia el otro mundo ¿para qué darles la visión interior, si ella no les servirá de nada?

 

No lo dudes: hay Sufís en el Camino.

No lo dudes: hay hombres perfectos aun cuando no sean conocidos.

El hecho de no ser tú, confidente de los Secretos,

no debe hacerte suponer que otros no lo son [7].

 

            Este mundo se apoya en la indiferencia. Si la indife­rencia no existiera, este mundo no existiría. El deseo de Dios (chawq), el hecho de recordar el Día del Juicio, la embriaguez espiritual (sokr) y el éxtasis son los arquitec­tos del otro mundo. Si todos los hombres volvieran su rostro hacia el otro mundo, irían todos hacia él y no residirían aquí. Dios el Altísimo quiere que nosotros per­manezcamos aquí a fin de que los dos mundos subsistan. El ha ungido a dos jefes: la indiferencia y la vigilan­cia, para que las dos casas permanezcan prósperas.

 

 

 

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NOTAS

 

 

 

[1] Cf. 'Ihyâ', II, p. 250.

[2] Hadith qudsî. Cf. Mathnawî, I, 589, I I, 974.

[3] Cita de Sanâ'i, Diwân, p. 497.

[4] Corán, XLI, 21.

[5] Cf. Mathnawi, VI, 1656.

[6] Verso del mismo Rumi (Diwân, II, p. 90)

[7] Origen desconocido.

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