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Más vale no hacer preguntas a un faqir, pues se vería obligado a inventar respuestas.

            En efecto, cuando alguien lo interroga, él debe responder; pero si el oyente no fuera digno ni capaz, quedaría boquiabierto ante su contestación. Se supone, entonces, que el faqir debería dar una respuesta de acuerdo a las luces y a la disposición de su interlocutor. En ese caso, sin embargo, aún cuando el faqir no faltara a la verdad, su respuesta sería mentirosa en relación a la verdad. Mientras tanto, para el oyente, esa respuesta podría resultar superior a la verdad.

 

            Un novicio, que recogía limosnas para un derviche, lle­vó un día comida a su maestro. Este la comió y, por la noche, tuvo sueños eróticos.

            Entonces preguntó a su dis­cípulo: "¿De dónde trajiste estos manjares?".           

            Aquél respondió: "Una hermosa joven me los dio".

            El derviche dijo para sí: "Entonces, ha sido la comida; Dios sabe que hace veinte años que no tengo sueños de este tipo!”.

           

            El derviche, dada su sensibilidad, es, impresionado por todo cuanto aparezca; es como una túnica de un blanco inmaculado, sobre la cual se nota la más pequeña mancha. Por tal causa debe evitar los alimentos que provengan del mundo, de los injustos, de los que cometen actos impu­ros y carnales, ya que esos alimentos obran sobre él y lo impregnan de malos pensamientos. ¡Bien sabe Dios que los manjares que le enviara la joven, le suscitaron sueños eróticos!

 

 

 

 

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