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Ese benefactor sublime,

que no tiene necesidad del universo,

El es el alma de todo lo que existe,

pero no tiene necesidad del alma.

De todo cuanto mi imaginación abarca,

El es la Qibla,

pero no tiene necesidad de Qibla.

 

 

            "Estas palabras de Sharif Pay-Sukta[1], son escanda­losas, dijo el Maestro, ellas no representan un elogio para el Rey ni tampoco un elogio para sí mismo. ¡Pobre hombre! ¿Qué goce encontrará en no ser útil para Dios? Es como un calderero de baños, que dice para sus adentros: "El sultán no tiene necesidad de mí ni de los otros caldereros". ¿Qué placer puede hallar en sus palabras? ¿Qué goce puede encontrar un musulmán enamorado, lleno de fervor, si en su éxtasis, oye a su amada que le dice: "No tengo necesidad de ti"?

 

            El que Dios se basta a Sí mismo es un hecho inamovi­ble para los impíos. Sin embargo, ante aquellos que por su desenvolvimiento espiritual adquirieron valor ante Sus ojos, El se muestra como si les fueran necesarios.

 

            El Sheikh del cuartel decía: "En primer lugar se capta la visión, luego se oye la palabra. Así ocurre cuando se vi­sita al Sultán: primero se lo ve, luego él habla con sus fa­voritos".

            El Maestro negó: "Esa afirmación es errónea, es con­traria a la verdad. Moisés (la salvación sea con él) imploró la visión sólo después de haber hablado y escuchado. El hablar (con Dios) pertenece a Moisés, el ver pertenece a Mohammad (la salvación sea con él).

 

            El Maestro dijo: "Alguien expresó frente a Mawlana Shams ud-Din de Tabriz (que Dios santifique su sirr): ‘Yo he probado la existencia de Dios con un argumento decisivo'.

            Al día siguiente, Shams ud-Din, dijo: ‘En la tarde de ayer los ángeles concurrieron para hacer sus ora­ciones en beneficio de este hombre, diciendo: ¡Alabado sea Dios! ¡Este hombre demostró su existencia! ¡Quie­ra el Señor acordarle larga vida, pues no ha hecho ningún daño a los seres humanos!' ¡Pobre iluso! ¡Como si Dios tuviera necesidad de ser demostrado! En lugar de presen­tar pruebas acerca de la existencia de Dios, él debiera al­canzar una cierta dignidad, un cierto desenvolvimiento, para probar ante el Señor que no ha derrochado la suya, ya que la existencia de Dios está demostrada por la evi­dencia "Nada existe que no cante Su Alabanza"[2].

 

            Los jurisconsultos (fiqhian) son inteligentes y conocen su ciencia. Sin embargo, entre ellos y el otro mundo se al­za una muralla. Esta muralla es como una pantalla donde se reflejan sus conocimientos de lo lícito y lo ilícito; de no ser por eso, nadie los consultaría y esos conocimientos serían vanos.

 

            Nuestro gran Maestro, Baha-ul-Haqq wa'l Din (que Dios santifique su secreto)[3] dijo: "El otro mundo es semejante al mar; este mundo se parece a la espuma". Dios el Altísimo, queriendo el progreso de la espuma, eli­gió a cierta categoría de hombres e hizo que volvieran sus espaldas al mar a fin de que se ocuparan de eso. En efec­to, si esos hombres se apartaran de su tarea, las criaturas se aniquilarían, la espuma se destruiría, la espuma no prosperaría.

            Este mundo es como la tienda que se levanta para el rey: se hace necesario un cierto número de personas para ello. Uno dice: "Si yo no trenzara las cuerdas ¿cómo po­dría levantarse la tienda?". Otro dice: "Si yo no fabrico la estaca ¿dónde atarían la cuerda?"... (y así otros mu­chos). Todos son servidores de ese rey que habrá de sen­tarse en la tienda para contemplar a su bienamada. Si el que trenza las cuerdas abandona su oficio, pretendiendo convertirse en ministro, carecerá de la habilidad necesa­ria para esa función, ya que él desarrolló la aptitud co­rrespondiente a otra profesión. Se han creado, pues, este tipo de hombres (y actividades) a fin de mantener el or­den en el mundo de la espuma; y el mundo, a su vez, fue creado por el santo.

            Dios el Altísimo da, a cada cual, satisfacción y goce en su ocupación. Si alguien viviera cien mil años y durante todo ese tiempo perseverara en su oficio, cada día aumen­taría su amor por su tarea al ir descubriendo sus ocultos secretos.

 

            "Nada existe que no cante su Alabanza": una es la ala­banza del cordelero; otra, la del fabricante de estacas; otra, la del tejedor de telas; y, otra más, la de los profetas y los santos (awlya) que, en el interior de la tienda, se entregan a la contemplación.

 

            Si guardamos silencio, muchos de los que vienen a vi­sitarnos se enojan y entristecen; si les hablamos, y lo ha­cemos a su medida, entonces dicen que nosotros somos los tristes y enojados. "El está enojado y nos huye", afir­man erróneamente. Pero ¿puede acaso, el leño encendido huir de la marmita? ¿No es la marmita, en cambio, la que no lo soporta y se aleja? El huir no condice con la natura­leza del leño y el fuego: aun cuando en apariencia se haya apartado, en verdad fue la marmita la que huyó. Nuestra huida solamente reflejó la suya. Puesto que somos un espejo, cuando ellos huyen la huida aparece en nosotros, nosotros huimos en su lugar. El espejo se limita a reflejar la imagen. Si ellos nos ven enojados, en realidad son ellos los que se enojan. El enojo es signo de una debilidad que no tenemos.

            Estando en los baños prodigué muchas cortesías al Sheikh Salah-ud-Din[4], y él, a su vez, me las prodigó a mí. Yo protestaba ante sus atenciones cuando surgió una idea en mi corazón: "Tú exageras en tus cortesías; es necesario brindarlas progresivamente a fin de que pasen inadvertidas. El otro se habituará a ellas y, paulatinamen­te, no las tendrá en cuenta. Así no se sentirá obligado a retribuirlas. Del mismo modo, por acciones progresivas, se debe proceder también con los enemigos: en primer lugar, se los previene; si no escuchan, recién entonces se los ataca y aleja. Dice el Corán: “Dadles consejos y, a continuación, alejadlos de vuestra casa y atacadlos"[5].

 

            Todos los asuntos de este mundo se desarrollan progre­sivamente. Así, la paz y la dulzura de la primavera se transforman en calor y en plantas; los árboles comienzan por sonreír, luego se visten con follaje, con yemas y con frutos, para después ofrecer, como los derviches y los su­fís, todo cuanto poseen.

 

            Aquél que aquí abajo exagera en sus acciones con mi­ras a alcanzar el otro mundo, allá no triunfará en sus asuntos. He aquí cómo debe proceder el asceta: si come tres kilos de pan cada día, él disminuirá diariamente la cantidad de forma tal que, al cabo de uno o dos años, co­ma sólo la mitad. Es necesario reducir poco a poco la ración, a fin de que el cuerpo no se resienta. También se debe obrar progresivamente en lo que atañe a la adora­ción, al retiro, a la obediencia y a la oración. Cuando se llega al Camino de Dios, en primer lugar se debe observar las cinco plegarias cotidianas, luego se las podrá aumentar hasta el infinito.

 

 

 

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NOTAS

 

 

[1] Se ignora quién era ese personaje.

[2] Corán,XVll,44,

[3] Bahá ud-Dín Walad, padre de Rumi. Cf. su Ma'arif, p. 388.

[4] El Sheikh Salah-ud-Din Faridun Zarkub, de Kenya, muerto en 657 de la Hégira, amigo muy íntimo de Rumi.

[5] Corán, IX, 34,

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