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Dice el Maestro: "Luchas día y noche y buscas purificar el carácter de la mujer, en tanto que enjugas su mancha con­tigo mismo. Más vale purificarte en ella que purificarla en ti. Ve cerca de ella, y acepta todo lo que ella te dice, incluso si esto te parece imposible. Renuncia a los celos. Aunque este atributo sea una cualidad para un hombre, no engen­dra más que defectos.

Es por eso que el Profeta (la salvación sea con él) dijo: “No hay vida monástica en el lslam "[1].

Los monjes practi­can el aislamiento, el retiro en la montaña, la continencia y el renunciamiento al mundo. Dios el Altísimo mostró al Profeta (la salvación sea con él) una vía sutil y oculta, que consiste en tomar mujer para purificarse soportando su ti­ranía, escuchando sus exigencias irrealizables y sus ataques. "Tú tienes un carácter sublime" [2]. Soportar la tiranía de los otros hace que recaiga en ellos su propia impureza. Tu carácter se corrige con tu paciencia, pero su carácter empeora por su tiranía y agresión.

Cuando hubieras comprendido estos principios de­berás transformarlos en un hábito. Así purificarás tus manchas y a ti mismo. Si no puedes resistir a tu alma concupiscente, dirígete a ti mismo de manera razonable: supón que tu mujer no es tu esposa, sino más bien una pí­cara, y que cada vez que el deseo se eleva en ti, vas a su casa. Con este procedimiento, expulsarás de ti los celos, el exclusivismo y el fanatismo; hasta que, más allá de estas explicaciones que te diste, encuentres placer en la pacien­cia y en el esfuerzo; hasta que sus exigencias insoporta­bles te lleven a obtener la experiencia espiritual. A con­tinuación, sin necesidad ya de convencerte, te volverás adepto de la paciencia, del esfuerzo y de la mortifi­cación de ti mismo, pues verás en todo eso un logro preciso[3].

 

            Se cuenta que Mohammad (la salvación sea con él) ha­bía regresado de la guerra santa con sus compañeros[4]. El dijo: "Que bata el tambor o que no bata; esta no­che nos acostaremos frente a las puertas de la ciudad. Mañana, entraremos".

Le preguntaron: "¿Por qué?".

Respondió: "Puede ser que vuestras mujeres se en­cuentren con hombres extraños, os sentiréis vejados al verlas, y habrá entonces un escándalo". Uno de sus com­pañeros no lo escuchó; entró y encontró a su mujer con un extraño.

La vía del Profeta (la salvación sea con él) consiste en esto: es necesario sufrir, rechazar los celos y el exclusivis­mo, aceptar la necesidad de la manutención y de la vesti­menta de la esposa, y cien mil otras cosas, a fin de poder penetrar en el universo mahometano. La vía de Jesús (la salvación sea con él) es esforzarse en el aislamiento y la abstención de la satisfacción de los deseos. El camino de Mohammad (la salvación y la plegaria sea con él) es sopor­tar la tiranía, las ansiedades de la mujer y del mundo[5]. Si no puedes seguir el camino mahometano, sigue al me­nos el de Jesús, a fin de no ser despojado totalmente.

Si tienes serenidad suficiente para soportar cien bofe­tadas, esperando recibir una recompensa; si crees en el mundo invisible, porque se nos dijo y ha sido anunciado, debes ser paciente, a fin de que se cumpla todo lo que se te anunció; si soportas estos sufrimientos diciéndote: "Incluso si en este momento no recibo ninguna respuesta, al final llegaré a los tesoros", entonces seguramente alcan­zarás esos tesoros, y mucho más de lo que esperabas y deseabas.

            Si estas palabras no tienen efecto en ti en el presente, lo tendrán enormemente en el futuro, cuando estés más maduro. ¿Qué es la mujer, qué es esta existencia? Le ha­bles o no, permanecerá igual y no renunciará a lo que quiere hacer; hablar no servirá de nada y no hará más que empeorar las cosas.

            Toma un pan y ocúltalo bajo tu axila, no lo muestres a nadie y di: "Con seguridad, no solamente no lo daré a nadie, sino que no lo mostraré". Si el pan cayera delante de la puerta de alguien los mismos perros no lo comerían, tan abundante y barato es el pan; pero, desde el momento en que comienzas a ocultarlo y defenderlo, todo el mun­do lo codicia y busca los medios de procurárselo; e insis­ten: "Ciertamente, queremos ese pan del que nos privas; tú lo ocultas, nosotros queremos verlo". Si ocultas ese pan en tu manga durante un año, insistiendo exagerada­mente en que no quieres ni darlo ni mostrarlo, se vuelve ilimitado el apetito de ellos con respecto a ese pan, por­que "el hombre está ávido de lo que se le prohíbe"[6].

            Cuanto más le ordenas a una mujer ocultarse, más es­tá tentada a mostrarse; sin embargo, el hecho de que esté oculta aumenta el deseo de verla. Te crees tranquilo, mientras que atizas el deseo de los dos lados; ¡piensas reformar las cosas, mientras que allí está la esencia de la co­rrupción! Si ella es buena por naturaleza, jamás cometerá una mala acción, se lo prohíbas o no. No actuará más que siguiendo su buena naturaleza y su carácter puro. Enton­ces, quédate tranquilo, y sin inquietud. Si es a la inversa, también hará lo que quiere, y la prohibición, en realidad, no hará más que aumentar su deseo[7].

 

            Existen algunos que pretenden haber visto a Shams­ud-Din Tabrizi: "Maestro, ¡nosotros lo vimos realmente!" Oh hombre vil, ¿dónde lo has visto? Aquél que no puede ver un camello sobre el techo, cómo podría pretender ha­ber visto el ojo de una aguja y haberla enhebrado? Se cita alegremente esta frase: "Yo me burlo de dos co­sas: de un negro que ennegrece sus uñas, y de un ciego que saca la cabeza por la ventana". Algunos hombres se les parecen: su ceguera es interior; si sacan la cabe­za por la ventana del cuerpo (los ojos), ¿qué pueden ver?

 

            Primero está la clarividencia, a continuación viene el mirar. Pero, obtenida la clarividencia, ¿cómo se podría ver un camino, en tanto que no existe? Hay en el universo muchos santos clarividentes que alcanza­ron la unión. Hay otros santos que están por encima de ellos y a los que se llama los Velados de Dios. Los otros santos suplican: "¡Oh Señor, haznos ver un Velado!" En tanto que ellos no lo deseen ni lo necesiten, no les se­rá posible verlos, pese a su clarividencia. Semejante es lo que ocurre con las prostitutas, en tanto que no tie­nen necesidad de nadie; no se las puede alcanzar ni ver. ¿Cómo se podría ver y reconocer a los Velados de Dios sin que ellos lo quieran? No es cosa fácil, incluso los án­geles están limitados por su impotencia.

 

            Dicen los espíritus celestes: "Nosotros cantamos Tu alabanza y Te llamamos Santo"[8]. Somos seres espirituales llenos de amor, luces puras, en tanto que los seres humanos son un puñado de gastrólatras, de criaturas san­guinarias "que derraman sangre''. Si los ángeles, que no poseen bienes terrenales ni dignidades mundanas, ni están cubiertos por ningún velo, sino que son pura luz cuyo ali­mento es la Belleza divina y el puro amor, dudaron entre la fe y la negación a pesar de su clarividencia; ¿cómo no habría de temer el hombre por sí mismo? En  verdad, debe decirse continuamente: "¿Qué soy yo? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo conocer a Dios? Y si desciende sobre él un rayo de luz y experimenta en sí mismo una ale­gría, debe dar mil gracias: "Oh Dios, ¿cómo fui digno de eso?".

 

            Es muy bueno que no haya malentendidos entre el amante y su amada. Todo acto de amor es lícito para el verdadero enamorado; los convencionalismos son para los extraños.

 

Nadie puede, a través de argumentos,

convencer al enamorado de la belleza de la amada

ni establecer en su corazón una prueba

del defecto de la amada,

 del odio de la amada.

 

            Podemos asegurar que los argumentos no tienen ningún valor. Es necesario buscar permanentemente el amor.

 

            Si exagero en las líneas siguientes, esta exageración no concierne a los enamorados; harto hemos comprobado qué el discípulo sacrifica el sentido por la forma aparente de su sheikh, diciendo: "¡Oh tú cuya forma es mil veces más agradable que el sentido!"[9]. Cada discípulo que se acerca al sheikh renuncia desde el principio al "sentido" ya que experimenta necesidad de la forma del sheikh.

            Baha-ud-Din[10] preguntó: "¿El renuncia al sentido (mana) por la forma exterior del sheikh, o más bien re­nuncia a su propio "sentido" por el "sentido" del sheikh?"

            El Maestro respondió "No es así, pues, en ese caso, am­bos hubieran sido sheiks".

 

            Es necesario esforzarse por conquistar aquella luz que hará posible al hombre desembarazarse de las preocupa­ciones y vivir confiado. Un hombre que llega a dicha luz es capaz de ver pasar, como un relámpago, todos los esta­dos (ahwal) de este mundo y todo lo que le pertenece: dignidades, rangos de ministro o emir. Para los hombres del mundo, los estados del mundo invisible -el temor de Dios, la sed del universo de los grandes santos- alientan en su corazón, pero pasan, también ellos, como un relám­pago. Los hombres de Dios (Haqq) sé convirtieron entera­mente en Haqq, volvieron su rostro hacia Haqq, se preo­cuparon únicamente de Haqq y se sumergieron en Haqq. Las pasiones del mundo se asemejan a los deseos de un hombre impotente: son inestables y fugaces. Los hombres del mundo son lo opuesto de los que buscan el otro mundo.

 

 

 

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NOTAS

 

 

[1] Tradición profética.

[2] Corán, LXVIII, 4.

[3] "El hombre debe conformarse al carácter de Dios / Su misericordia pro­cede a Su cólera / Y no tener una pasividad comparable a la de un hom­bre / Cuya mujer y esclava se hacen prostitutas / Guía a la mujer con gracia y bondad hacia la decencia y la sumisión. / Ya que atormentarla, prohibirle y contradecirla producen resultados contrarios". El hombre está ávido de lo que está prohibido.

[4] Después de la batalla de Tabuk (630 después de J.C.) Cf. 'Uyûn ul­akhbar, de Iba Qutaíba, 1, p. 134, y 'Ihyâ', 11, p. 30 y 170.

[5] La comparación entre el desasimiento cristiano y el desasimiento musul­mán se reencuentra en diversas partes en el Mathnawi.

[6] Tradición profética, citada en el Kunuz de al-Munawi, p. 31.

[7] Pero es necesario ocultarla lejos de los extraños. Por otra parte, si quie­res que la mujer no cometa mala acción, cuídate tú mismo de toda ac­ción libertina, adúltera, de sodomía, y no lances jamás una mirada de traición sobre las mujeres de los otros. Dios el Altísimo no comete erro­res. Si tú no traicionas, El te preservará e impedirá que seas abusado.

No te lastimes los dedos golpeando la puerta de alguien, a fin de que otro no se lastime el puño golpeando tu puerta.

Mathnawi:

Este mundo es semejante a una montaña, y nuestra acción es el eco. Es hacia nosotros que regresa el sonido de esos ecos.

El honor consiste en mantenerse puro, a fin de que Dios el Altísimo guarde tu mujer y tu niño puros.

Aquél que busca el libertinaje con la familia de otro, aquél es el entrometido en su propia familia,

ya que su castigo se asemeja a su propia acción:

el castigo de una mala acción es de la misma naturaleza que ella. Dios nos informó de la Retribución:

él dijo: "Si vos volvéis con esto, Nosotros volveremos con eso".

[8] Corán, II, 30.

[9] Dije que lo esencial es el alma; por lo tanto si el cuerpo tiene esa belleza parecida a la luna, es el cuerpo lo esencial.

[10] Se trata ya sea de Baha-ud Din Mohammad, llamado Surtan Walad, hijo de Djalal-ud-Din Rumi o de Baha-ud Din Bahri, quien, según Aflaki, era el "escriba de los misterios" y a quien menciona muchas veces en el Manqib ul-Arifin.

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