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            Ibn Muqri[1] recita el Corán de manera exacta, lee las frases correctamente pero ignora su sentido; esto se comprueba cada vez que, en cualquier lugar, en­cuentra a otro lector, pues lo rechaza, no comprende la lectura, y si descubre su significado, en su ceguera lo descarta. Se parece a un hombre que tenia en la mano un qundoz[2], y cuando le llevaron uno mejor, lo rechazó. Vemos así que este hombre no sabía lo que era un qundoz y al informarle alguien: "es un qundoz", él lo tomó en su mano por imitación, como los niños que juegan con las nueces. Cuando se les da las nueces verdes o el aceite de nuez, no lo quieren, ya que, para ellos, la nuez es lo que hace ruido cuando se golpea, el aceite y las nue­ces verdes no hacen ruido. Los tesoros de Dios son innu­merables así como las ciencias de Dios. Si él recita el Co­rán con exactitud, ¿por qué rechaza al otro?[3]

 

            Yo hablaba con un recitador del Corán, diciéndole: "El Corán declara: "Si el océano fuera tinta para escribir las palabras de mi Señor, se agotaría antes de haber escrito una sola palabra de mi Señor"[4]. Con cincuenta dirhams de tinta, se puede escribir todo el Corán; este es un secreto de la ciencia de Dios, pero no es toda la ciencia de Dios.

            Un boticario pone un poco de droga en un pedazo de papel." Si se dice: "Todo el negocio del boticario se en­cuentra allí", es una necedad. En la época, de Moisés, de Jesús y los otros profetas, existían, también, el Corán y las palabras de Dios, pero no estaban en lengua árabe".

 

            Se cuenta que en el tiempo del Profeta (la salvación sea con él) cada uno de los que memorizaba un sura, o la mitad, era muy estimado y distinguido, y se exclamaba:

 

"Este sabe de memoria un sura" -ya que ellos se nutrían en el Corán. Comer tres o seis kilos de pan es una gran ha­zaña; pero si sólo se lo pone en la boca y se lo arroja lue­go sin masticar, se puede comer mil harvars[5] de pan.

 

"Cuántos recitadores hay del Corán que el Corán mal­dice"[6]:

Se refiere a quienes ignoran su sentido y, sobre todo, a los que el Corán no transforma. Pero la simple lectura es buena y es posible que actúe sobre ellos.

No obstante, es bueno que Dios haya cerrado los ojos de cierta categoría de hombres por negligentes, a fin de que contribuyan a la prosperidad del mundo material[7]. Si algunos no se olvidaran del otro mundo, éste no sería de ningún modo próspero. En consecuencia, el pilar de es­te mundo es el olvido, siendo la vigilancia una disciplina para él. Es por el olvido (del otro mundo) que se constru­ye y cultiva. El niño crece sin tomar conciencia; crece en estatura, y cuando su razón se perfecciona, no crece más. La prosperidad material se debe a la negligencia (ghaflat) y a la destrucción de la vigilancia. Pero no debe ser así hasta el punto de que esta negligencia se transforme en una montaña y que no quede nada de la vigilancia.

 

Todo cuanto decimos obedece a dos móviles: hablamos ya sea por celos, ya sea por caridad. No se trata segura­mente de celos: ya que los celos con respecto a alguien que es superior son lamentables, los celos no valen un centavo; ¿qué decir de los celos con respecto a quien es inferior? Es por extrema caridad y misericordia que quiero atraer a mi querido amigo, de la forma hacia el ver­dadero sentido.

 

Se cuenta que una persona, en camino de peregrinaje, penetró en un desierto y sintió una gran sed. A lo lejos, el hombre percibió una pequeña tienda deteriorada. Se diri­gió hacia ella y vio a una joven mujer a quien dijo: "Soy vuestro huésped. ¡Estoy en la necesidad!".

Se detuvo allí y pidió agua. Y cuando se la dieron com­probó que el agua estaba caliente como el fuego y más salada que la sal; desde los labios hasta la garganta, todo ardía a su paso. Este hombre, por compasión, quiso aconsejar a esa mujer: "Os soy deudor por esta ayuda que me habéis dado", le dijo. "Mi compasión se despierta con respecto a vos; prestad atención a lo que os digo. Bagdad está próxima, así como Joufa, Wasit y otras grandes ciudades. ¿Qué hacéis en el desierto? Incluso si estáis enferma, podéis llegar a ellas arrastrándoos. Hay allá un río que corre y aguas dulces y frescas, manjares di­versos, baños...", y describió cuales eran los placeres, y el bienestar y las alegrías de estas ciudades.

Momentos más tarde, llegó un árabe; era el marido de la joven mujer, trayendo algunos animales que había atrapado; ordenó a su mujer hacerlos cocinar y se los sir­vieron al huésped. Este comió con buen apetito, y a medianoche se acostó fuera de la tienda. Momentos después escuchó que la mujer decía a su marido: "¿Escuchaste a nuestro huésped contar esas historias y sus hermosas descripciones? Y pasó a repetir lo que aquél había dicho. El árabe dijo a su mujer: "No escuches seme­jantes tonterías. Hay muchas personas celosas en el mundo. Cuando ven a alguien en la prosperidad y la for­tuna, lo envidian y quieren que se vaya lejos de su casa, y que se lo vea privado de su fortuna".

 

Los hombres son así: cuando alguien, por caridad, les da un consejo, creen que lo impulsan los celos. Sin embar­go el que tiene sentido común, terminará por descubrir la verdad; ya que desde el día de Alast (el Pacto primordial) se hizo llover sobre él algunas gotas (de sabiduría). Estas gotas lo guardan de los problemas y las penas. Veamos, ¿cuánto tiempo permanecerás lejos de Nosotros, ajeno, sumergido en los problemas y las inquietudes? Pero ¿có­mo hablar con ciertos hombres que no han escuchado es­ta clase de palabras ni de su sheikh, ni de nadie?

 

Como no había nobleza en su origen, no podía comprender el nombre de los nobles[8].

 

Retomar progresivamente; el verdadero sentido, pese a las dificultades iniciales, resulta más fácil que permanecer en la forma, cosa que al principio es agradable, pero, con el tiempo se hace indiferente por causa del hábito. ¿Dónde está la forma del Corán, donde está su sentido? Mira al hombre: ¿dónde está su forma, dónde está su sentido? Si la forma del hombre perdiera el sentido, él no permanecería en su morada[9] (9); la muerte se­para la pureza de la arcilla y sólo deja carroña para sepultar. Mawlânâ Shams-ud-Din Tabrîzî (que Dios santifique su sirr) decía: "Una gran caravana viajaba sin encontrar poblado y sin descubrir agua. Finalmente encontraron un pozo, pero no tenía cubo. Tomaron una olla y la amarraron con cuerdas, para hacerla descender a la profundidad del pozo. Arrojaron la olla, pero la cuerda se rompió. Busca­ron otro recipiente que también perdieron. Luego des­cendieron algunos hombres que, pasado el tiempo, tampoco regresaron. Entre los que formaban la caravana había un hombre razonable que dijo: "Yo voy a bajar".

Así lo hizo, y había casi llegado al fondo del pozo, cuan­do apareció un negro atemorizante. Este hombre sensato se dijo: "No salvaré la vida, pero es necesario que actúe inteligentemente y que no pierda la cabeza, a fin de ver lo que me va a suceder".

El negro dijo: "No hables. Eres mi cautivo y no te salvarás a menos que respondas correcta­mente a mi pregunta".

El hombre respondió: "Habla".

El negro dijo: "De todos los lugares, ¿cuál es el mejor?".

El hombre se dijo: "Yo estoy cautivo e impotente en sus manos. Si digo Samarkanda o Bagdad u otra ciudad, es co­mo si testimoniara menosprecio por su morada". Enton­ces respondió: "El mejor lugar es aquél donde el hombre tiene placer y un amigo íntimo, incluso si se encuentra en el fondo de la tierra o en una cueva de ratones".

El negro dijo: "Bravo, bravo, te salvaste. En este mundo eres un verdadero hombre. Eres libre y, gracias a ti, también los otros, de ahora en adelante no cometeré más críme­nes. He perdonado a todos los hombres del mundo por amor a tí". Después le dio agua a todos los hombres de la caravana".

 

El objeto de esta historia es mostrar el significado verdadero. Se puede explicar este sentido bajo otra forma,.. pero los que imitan pasivamente adoptan siempre la for­ma exterior. Es difícil hablar con ellos: si les das esta prédica, bajo la forma de otra historia, no escuchan.

 

 

 

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NOTAS

 

[1] Se trata sin duda del Sheikh Said ud-Din Muqri, uno de los siete céle­bres recitadores del Corán, que era contemporáneo de Rumi, y del que habla con frecuencia Aflaki.

[2] Especie de perro de mar utilizado por su piel.

[3] Seguramente, si hubiera escuchado con discernimiento no lo habría desestimado.

[4] Corán, XVlll, 109.

[5] 1 harvar = 100 man, o 300 kilos.

[6] AI-Ghazali, Ihya, I, p. 195 atribuye esta palabra a Anas ibn-Malik.

[7] Cf. cap. 25, infra, y Mathnawi, I, 2063 sig. IV, 123 sig., 2608.

[8] Cita acerca de la sátira sobre Mahmud le Ghaznavide de Firdousi.

[9] Cuando llega el momento de la muerte esta porción de pureza se sepa­ra del terrón de arcilla.

Lo que resta, tú te apresuras en enterrarlo:

cómo puede existir tal fealdad?

Cuando se manifiesta la belleza del alma, desligada de esta carroña,

no se cómo podría describir su perfección.

Cuando brilla el rayo de sol sin nubes,

¿cómo podría describir su grandeza sublime?

 

 

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