17

 

            El Nayeb dijo: “Antiguamente los impíos adoraban a sus ídolos y se prosternaban frente a ellos, Nosotros los criticamos; sin embargo, cuando fuimos al país de los Mongoles, nos prosternamos ante ellos y les servimos; ¡y nos decimos musulmanes! Además tenemos dentro nuestro infinidad de ídolos, -tales como la concupiscencia, el deseo, el odio, los celos-, a quienes obedecemos. Obra­mos, tanto interior como exteriormente, igual que los impíos, no obstante, nos creemos musulmanes".

 

            El Maestro dijo: "Pero aquí es diferente; pues, si recor­dáis esas prácticas como malas y desagradables, ello se debe seguramente, a que el ojo de vuestros corazones ha percibi­do algo sin igual, sublime y sin calificativos, que os permi­te comprender la fealdad. El agua salada es salada para quien bebió agua dulce.  "Se conocen todas las cosas por sus contrarios"[1]. Dios el Altísimo puso en vuestra alma la luz de la fe; ésta os permite juzgar la fealdad. Por comparación con la belleza es que discernís la fealdad; si no, ¿por qué los otros no experimentan semejante pena? Ellos están satisfechos con su condición y dicen: "Todo está bien".

            Dios el Altísimo os acordará vuestro ideal y el objeto de vuestros esfuerzos. "El pájaro vuela con sus alas; el creyente con sus esfuerzos"[2].

 

            Entre las criaturas hay tres categorías: primero, los án­geles, que son la razón pura: la sumisión, la obediencia y el recuerdo de Dios (dhikr) son su naturaleza y su alimen­to, y viven en ellos, como el pez en el agua. No pesan obligaciones sobre ellos; están desprovistos de concupiscencia y son puros. Si no  ceden a la concupiscencia o no experimentan deseos carnales, ¿qué mérito tienen? Son puros y no realizan esfuerzos para evitar defectos. Su obediencia no cuenta como tal, ya que sin obediencia no podrían existir.

            A continuación, está la categoría de los animales, que son pura concupiscencia. No tienen racionalidad que los sujete ni obligaciones que pesen sobre ellos.

            Queda finalmente el desdichado hombre, compuesto de razón y de concupiscencia: mitad ángel, mitad animal[3]; mitad serpiente, mitad pez. El pez lo atrae hacia el agua, la serpiente hacia la tierra, y él está perpetua­mente en conflicto y desgarrado. Dios creó a los ángeles y los dotó de razón; creó a los animales y los dotó de con­cupiscencia; creó a los hombres y los dotó de razón y de concupiscencia. "Aquél cuya razón prevalece sobre la concupiscencia es superior a los ángeles, y aquél cuya concupiscencia prevalece sobre su razón es inferior a los animales"[4].

 

            "El ángel es salvado por su conocimiento y el animal por su ignorancia; entre los dos, el hombre permanece en litigio"[5].

 

            Hay hombres que han obedecido a la razón hasta el punto de convertirse en ángeles perfectos y pura luz: son los profetas y los santos. Están libres del temor y la espe­ranza. "No temen y no se entristecen"[6]. En otros pre­valeció la concupiscencia sobre la razón hasta el punto de convertirse en animales. Son verdaderas bestias y es­tán más extraviados aún (Corán, VII, 179). Otros final­mente, permanecen en litigio. Estos últimos son los que tienen marcado en su corazón una pena, un dolor, un la­mento, un pesar: no están satisfechos de su propia vida. Son los creyentes. Los santos los ayudan a fin de hacerles alcanzar su "morada" (manzil), y tratan de hacerlos seme­jantes a ellos. Pero los demonios tratan también de atraer­los hacia ellos, hacia los abismos. Tú quieres y Yo quiero, pero no sucede sino lo que Yo quiero.

 

            Nosotros queremos, los otros también; no se sabe quién tiene la Fortuna, ni a quien ella ama.

 

 

            "Cuando llega la victoria de Dios"[7].

            Los comenta­ristas exotéricos (zaher) comentan así: Mohammad (la salvación sea con él) tenía el deseo de islamizar el mundo, y de conducirlo por el camino de Dios. Cuando estaba próximo a morir, dijo: "Hélas, yo no viví lo suficiente co­mo para convertir al mundo entero al Islam". Dios el Altísimo le dijo: "No te apenes; en el momento en que par­tas, todos los países y todas las ciudades que hubieras conquistado, yo los volveré obedientes y creyentes. He aquí la señal: verás, sin necesidad de ejército y sin combate, ya próximo a la muerte, venir a los hombres ha­cia el Islam, grupo tras grupo. Cuando llegue esta señal, sabrás que llegó el momento de tu partida. Ahora, alaba a Dios y haz penitencia".

 

            Los buscadores de la verdad dicen que este versículo significa que el hombre se imagina poder arrojar fuera de sí mismo los caracteres viles, por su propia acción y su propia lucha (jihad). Cuando ha realizado muchos esfuer­zos y agotado infinitos recursos, está cansado y desilu­sionado. Dios el Altísimo le dice: "Habías imaginado po­der liberarte por tus propias fuerzas y acciones. Estos son los preceptos que Nosotros impusimos: que gastes en Nuestro camino todo lo que posees; a continuación vendrá Nuestra absolución, Nosotros te ordenamos viajar en Nuestro camino sin fin, con esas  manos y esos débiles pies. Sin embargo, resulta evidente que con ellos no po­drás recorrer este camino, y que en cien mil años no lle­garás a una etapa. En tanto marchas en este sendero, te agotarás, caerás y no te quedará más fuerza; entonces la gracia de Dios vendrá en tu ayuda. De este modo se toma al niño en los brazos, se lo cuida y cuando crece se lo deja libre para partir. Ahora tus fuerzas han desaparecido; cuando estés listo y hagas esfuerzos de tiempo en tiempo, en el sueño y en la vigilia, Nosotros te otorgaremos las gracias a fin de que recibas las fuerzas para buscarnos sin perder la esperanza. En el momento en que tus fuerzas desfallezcan, mira Nuestras gracias, Nuestras absoluciones y Nuestros favores que descienden en abundancia sobre ti, y de los que no verías ni un átomo por cien mil de tus esfuerzos. "Alaba a tu Dios y pídeLe Su perdón"[8].

 

            Si nosotros amamos al emir, no es por sus atributos de este mundo. Los otros lo aman por su rango, por sus co­nocimientos, por sus acciones, ya que ven sus espaldas y no su verdadero rostro.

            El emir es como un espejo y sus cualidades como las perlas y el oro que lo adornan por detrás. Los enamora­dos del espejo miran siempre el frente -aman al espejo por ser espejo- y este les muestra, permanentemente, un bello rostro que no dejan de contemplar.

            Aquellos que aman el oro y las perlas, al mirar el espejo, ven reflejadas en él unas facciones feas y defectuosas; en­tonces lo dan vuelta procurando las joyas incrustadas al dorso.

            Semejante gesto no estropea el frente del espejo. Dios el Altísimo ha creado la animalidad y la humanidad a fin de que las dos se manifiesten. "Las cosas se identifican por sus contrarios". La definición de una cosa sin su con­trario es imposible. Sólo Dios el Altísimo no tiene opues­tos. El dijo: "Yo era un Tesoro oculto y quise ser conocido"[9]. Por eso, para ser conocido, El hizo nacer a las criatu­ras; y para que Su Luz se hiciera manifiesta, extrajo de las tinieblas a este mundo. Dio a luz a los profetas y a los Santos, y creó a Adán según Su propia imagen. "Presénta­te con Mis atributos ante Mis criaturas"[10]. Los profe­tas y los santos son, entonces, la manifestación de la luz de Dios y, a través de esa luz se distingue al amigo del enemigo, al hermano del extraño. Así, frente a Adán está Iblis; frente a Moisés, el Faraón; frente a Abraham, Nem­rod; frente a Mohammad (la paz sea con él y con los su­yos) Abu Jahl[11]; y del mismo modo hasta el infinito. Como dijimos antes, gracias a los santos lo opuesto a Dios se manifiesta; aunque en la realidad Dios no tenga contrarios.

            Si los hombres les testimonian hostilidad, las realizaciones (de los santos) prosperan y se conocen mejor. "Ellos quieren extinguir de sus bocas la luz de Dios; pero Dios hace per­fecta Su luz, incluso si los incrédulos se oponen a ello"[12].

 

Cuando la luna brilla en la oscuridad

la reacción del perro es ladrar:

¿es esto culpa de la luna?

La naturaleza del perro es así.

La luna clara satura el firmamento;

el perro no es más que un hálito salido de la tierra[13].

 

            Hay muchos hombres a los que Dios castiga por medio de la abundancia, el oro, la dominación, pero sus almas huyen de esas riquezas. Un derviche[14] vio en Arab a un príncipe cabalgando un corcel -su frente irradiaba la luz de los profetas y los santos - entonces dijo: "¡Gloria a Aquél que castiga a Sus servidores por medio de la pros­peridad!”.

 

 

 

capítulo 16 - Índice - capítulo 18

 

 

 


 

NOTAS

 

[1] Cita de al-Mutannabi, Diwan, I, p.15.

[2] Citado en Marzuban-Nama. ed. de Leyde, p. 127.

[3] Cf. Pascal, Pensamientos.

[4] Palabra atribuida a Alí y al Profeta. Cf. Mathnawi, I I I, 1497.

[5] Verso del mismo Rumi (Diwan, ed. Furuzanfar, I I, 9669).

[6] Corán, X, 63

[7] Corán, CX, 1

[8] Corán, CX, 3.

[9] Hadith qudsi, citado frecuentemente por los Sufis.

[10] Palabras de Bayazid Bistami, citadas en el Risalat an-Nur de al-Sahlaji, p. 149.

[11] Tío y enemigo del Profeta.

[12] Corán, LXI, 8.

[13] Esta misma idea fue expresada en los versos de Sayyed Hasan Ghaz­mavi, Diwan, ed. de Teherán, p. 31-32.

[14] Según Faridun Sepahsalar, Risala, p. 124, y también Aflaki, op. cit., este último era Shams ud-Din de Tabriz.

Hosted by www.Geocities.ws

1