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Dijimos a Mawlana: "Aquél tiene deseos de verte y repite: "Yo quisiera ver al Maestro".
El Maestro respondió: "En verdad no ve al Maestro porque el mismo deseo que tiene de verlo es el velo que cubre sus ojos. De la misma manera los hombres creen razonables todos los deseos, los afectos, las ternuras y las inclinaciones que tienen para con el padre, la madre, los amigos, los cielos, la tierra, los jardines, los palacios, las ciencias, las acciones, los alimentos, las bebidas. Sin embargo todos esos deseos no son más que máscaras y velos. Pero los hombres recién comprenden esto cuando salen de este mundo y ven el verdadero rostro del Rey. En verdad esa única Cosa era su ideal y al producirse la total desnudez, todas las dificultades son resueltas. Todos los problemas e interrogantes que los hombres llevan en su corazón recibirán solución y serán develados. La respuesta de Dios no consiste en atender cada dificultad; individual y separadamente. El, con una sola respuesta esclarecerá todos los interrogantes y resolverá todos los conflictos. Por ejemplo, en el invierno, algunos se visten con gruesas vestimentas o con pieles; unos se colocan frente a una hoguera, otros se refugian en una gruta caliente. También los árboles, por temor al frío, permanecen sin hojas y sin frutos, ocultando sus atavíos, pero cuando llega la primavera con su esplendor, (y sopla la brisa), se resuelven conjuntamente los problemas de todos los seres vivientes, hombres, bestias y plantas. Todos alzan la cabeza y reconocen la causa del infortunio que los azotó.
Dios el Altísimo estableció esos velos con fines útiles ya que si la Belleza divina se manifestara sin velos, no podríamos soportarla ni regocijarnos con ella. Gracias a tales velos somos ayudados y reconfortados.
Así, cuando Dios el Altísimo se manifiesta veladamente en la montaña, torna bellos a los árboles, las flores y la hierba. Pero cuando lo hace sin velos, El trastoca y pulveriza todo. "Y cuando el Señor se manifestó en la montaña, la hizo caer pulverizada"[1].
A continuación, alguien preguntó: "Pero en invierno, ¿acaso el sol no es el mismo?". El Maestro respondió: "Mi deseo era hacer una comparación. No hay ni ‘camello’ ni ‘cordero’[2]. El ejemplo es una cosa y la comparación otra. A pesar de los esfuerzos que hace la razón ella no puede comprender, sin embargo, no renuncia a estos esfuerzos, ya que si lo hiciera dejaría de ser razón. La razón, incesantemente, noche y día, está inquieta y atormentada por el pensamiento, el esfuerzo y las tentativas para alcanzar a Dios el Altísimo, aun cuando El sea inalcanzable. La razón es como la mariposa, y el Bienamado como la llama. Cuando la mariposa se arroja sobre la llama, se quema y aniquila. La mariposa representa a aquél que, a pesar de ser quemado y torturado, no puede soportar estar alejado de la llama. Todo ser viviente que se apasiona por la llama y se arroja sobre ella, es también una mariposa. Pero si la mariposa se arroja sobre la llama sin quemarse, la llama no es tal. Del mismo modo, si el hombre no está apasionado por Dios y no hace esfuerzos para alcanzarlo, no es un hombre. Más, si pudiera ser alcanzado por la razón, El no seria Dios. El hombre es el que se esfuerza y gira alrededor de la luz de la Majestad divina sin tregua ni reposo. Y Dios es Aquél que quema al hombre y lo aniquila. Ninguna razón puede alcanzarlo.