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Pervana dijo: "Cierta vez fui a visitar al Maestro, y éste, a través de Mawlana Baha-ud-Din Walad[1], se excusó de verme diciendo: "Que el emir Pervana no venga a visi­tarme, que no se enfade; puesto que hay en nosotros dife­rentes estados espirituales (hal), a veces discurrimos, a ve­ces callamos. En un hal recibimos visitas, en otro preferi­mos permanecer en el retiro y la soledad, en otro alcanza­mos el éxtasis y la absorción en Dios. Puede haber, por lo tanto, días en que no estemos predispuestos para discu­rrir y conversar con el emir. Es más provechoso que nos ocupemos de nuestros discípulos, enseñándoles algo útil".

"Yo respondí a Mawlana Baha-ud-Din Walad que no ha­bía venido para que el Maestro se ocupara de mí y conversara conmigo, sino para tener el honor de ser in­cluido en el número de sus servidores. Como el Maestro estaba ocupado me dejó esperando un cierto tiempo y, durante ese lapso, comprendí el fastidio y la pena que yo mismo ocasionaba a los Musulmanes y hombres de bien que llamaban a mi puerta al hacerlos esperar sin ser reci­bidos.

El Maestro me hizo gustar la amargura de la espera y me dio una lección que me enseñó a no dar semejante disgusto a los demás".

El Maestro dijo: "Si te dejamos esperando, es como consecuencia de nuestra solicitud. Se cuenta que Dios el Altísimo dijo[2]: "¡Oh mi servidor! Yo me habría ocupa­do al instante de tus plegarias y tus súplicas, pero ellas me son gratas y demoro en satisfacerlas a fin de que conti­núes gimiendo, pues me place la voz de tu gemido".

Podemos considerarlo así: Dos mendigos llaman a una puerta. Uno es amado y se desea su visita, y el otro, de­testado en gran medida. El amo de la casa dice a su doméstico: "Da sin retraso un pedazo de pan al que es detestado a fin de que se aleje rápidamente de nuestra puerta". Y promete al que ama: "El pan todavía no está listo, aguarda a que esté cocido".

 

Mi mayor deseo es ver a mis amigos, recrear mis ojos y hacer que ellos me miren también. Cuando aquí abajo muchos amigos de noble origen se ven y se unen perfecta­mente los unos a otros, al resucitar en el otro mundo, este conocimiento refuerza y les hace reconocerse rápida­mente entre sí. En efecto, ellos saben que estuvieron jun­tos en este mundo, y se reúnen con alegría, ya que el hombre pierde pronto a su amigo en este mundo; cuando él simpatiza con una persona, la encuentra tan seductora como José, pero una sola acción desagradable basta para que la aleje de sí, perdiendo al amigo. El rostro de José se convierte, entonces, en un rostro de lobo[3], y así sucede con la persona que se le parecía aunque en realidad su rostro no haya cambiado. Este hombre ha perdido a su amigo por un solo gesto accidental, pero mañana, en el Día de la Resurrección, esta apariencia se disipará y, como no lo había conocido bien ni penetrado bien en su esen­cia, no podrá reconocerlo. Por eso es que se hace necesa­rio verse perfectamente el uno al otro dejando de lado las cualidades buenas y malas -que son accidentales en cada persona- para penetrar en su esencia pura, ya que en realidad las cualidades que los hombres se otorgan no son las verdaderas.

 

Uno declara: "Conozco muy bien a tal persona y pue­do dar sus datos". Si alguien se los pide, él responde: "Era mi criado en la hacienda y tenía dos vacas negras". Del mismo modo, muchos hombres dicen que tienen un amigo al que conocen muy bien; pero en realidad lo que pueden decir de él es tan poco esclarecedor como la his­toria de las dos vacas negras. Todo esto no sirve para na­da. Es necesario dejar de lado los hechos buenos y malos del hombre para buscar cuál es su esencia y su realidad, y es de este modo como se puede ver y conocer verdade­ramente. Causa asombro escuchar a los que dicen: "¿Có­mo pueden los santos y los enamorados de Dios amar el mundo espiritual que no ocupa lugar, que no tiene forma y carece de calificación? ¿Cómo pueden recibir fuerza, asistencia e impresiones, estando pendientes día y noche de ese mundo?" No obstante, el hombre que ama a al­guien y recibe asistencia del amado, de hecho obtiene, a la vez, ayuda, gracia, belleza, ciencia, recuerdo, pensa­miento, gozo, pena. Todas estas cualidades pertenecen también al mundo intemporal del cual recibe asistencia y ayuda, pero eso no le produce asombro; sin embargo, queda maravillado ante la idea de que se pueda amar al mundo intemporal y extraer ayuda de él.

 

Un sabio negaba este hecho. Un día se debilitó y enfer­mó. Su mal duró largo tiempo. Otro sabio lo visitó y le preguntó: "Dime lo que deseas".

El respondió: "La sa­lud".

El sabio le replicó: "¿Cuál es la apariencia de la sa­lud? Dímelo a fin de que la obtenga para tí.

El enfer­mo contestó: "La salud no tiene forma".

-“Pero, si la salud no tiene forma, ¿cómo la buscaré?" "Dime, agregó, ¿qué es la salud?"

El otro dijo: "Sólo sé que cuando llega la salud, retomo fuerzas, engordo y tengo el semblante fres­co y alegre".

El segundo sabio preguntó: "¿Cuál es en realidad la esencia de la salud?"

El primero respondió: "No lo sé. (No tiene calificaciones)".

-"Si te conviertes, dijo el sabio, te curaré y devolveré la salud".

 

A Mohamad (la salvación sea con él!) se le pregunta: "Si las realidades no tienen limitaciones y son incondicionadas ¿se puede extraer de ellas la forma para compren­derlas?".

El responde: "He aquí la forma del cielo y de la tierra: es por medio de la forma que comprendes el sentido universal. Al contemplar el movimiento de la rue­da de los cielos, las nubes que producen la lluvia, el vera­no, el invierno y los cambios de estaciones, cuando ves que esos fenómenos se desarrollan con armonía, razón y sabiduría, quieres saber cómo una nube inanimada se ha­ce lluvia en el momento propicio? Cuando ves que de esta tierra brotan las plantas y se centuplican, dices que Al­guíen preside estos despliegues. Entonces, lo ves por inter­medio del mundo y tomas conciencia. Así como el cuer­po del hombre te ayuda a comprender su realidad, del mis­mo modo extraes, de la forma del mundo, su realidad para comprenderla".

 

Si quieres conocer a un hombre, hazle hablar: aún cuando fuera un ladrón astuto, que se mantiene vigilante y atento reteniendo intencionalmente sus palabras para no desenmascararse, sabrás quién es por sus dichos.

 

Similar es la historia de un niño que dice a su madre[4]: "En la noche, una sombra negra y terrible se me apa­rece, y tengo mucho miedo".

La madre dice: "No tengas miedo. Si ves esa aparición, atácala osadamente. Tal vez percibirás que no es más que el producto de tu imaginación".

El niño responde:"Y si la madre de esta sombra negra le hubiera prodigado el mismo consejo ¿cómo podré conocerla? ¿Qué haré si le hubiera recomendado no hablar, a fin de no descubrirse?"

La madre responde: "Permanece quieto ante su presencia; aguarda que las palabras broten de su boca y déjala hablar. Si no lo hiciera, entonces, quizá involuntariamente, tú romperás el silencio. Pues bien, por ese pensamiento y esas palabras que nacieron en tu conciencia podrás reconocerla, ya que, al estar impre­sionado por la aparición, el poder de su espíritu ha penetrado en tu propio espíritu" .

 

El Sheikh Sar-razi[5] (la bendición de Dios sea con él) estaba sentado en medio de sus discípulos. Uno de ellos tenía deseos de comer la cabeza de un carnero asa­do. El Sheikh indicó que se le trajera. Los discípulos pre­guntaron: "Oh Sheikh, ¿cómo sabes que él tiene deseos de comer carnero asado?" El Sheikh responde: "Porque desde hace treinta años no tengo más necesidades, me he purificado de todos los deseos y me volví claro como un espejo, unido y sin imágenes. Cuando surgió en mi con­ciencia la idea de una cabeza de carnero asado, capté in­ mediatamente quien me había transmitido ese deseo. Soy un espejo sin imágenes y si en el espejo aparece una ima­gen, es porque otro la ha suscitado".

Un querido amigo se había retirado por cuarenta días para lograr un objetivo espiritual. Pero constantemente, una voz resuena en su interior, diciéndole: "Tan elevado objetivo, no puede alcanzarse en un aislamiento de cua­renta días: sal de tu soledad, a fin de que la mirada de un gran santo (se pose sobre ti) y alcanzarás la meta desea­da".

"¿Dónde encontraré a ese gran personaje? pregunta.

Y la voz le dice: "En la mezquita, el viernes a la hora de la plegaria".

El pregunta: "¿Cómo lo reconoceré en me­dio de tanta gente?"

La voz le contesta: "Ve, es él quien te reconocerá: te mirará, el  cántaro caerá de tus manos y te desvanecerás. Entonces sabrás que su mirada te tocó".

Así lo hace: toma un cántaro lleno de agua y la ofrece a todos los asistentes; luego  se ubica en medio de aquellos que están orando. Súbitamente lanza un grito y el cántaro cae de sus manos: todo su ser es arrebatado por un elevado estado espiritual y permanece así, inconsciente, en un rincón. Al volver en sí se encuentra solo, no ve al que, mi­rándolo, le había hecho alcanzar su objetivo. Dios se vale de hombres que no se hacen notar, pero de tal grandeza y valor que su sola presencia otorga a los buscadores la gracia de alcanzar sus fines. Ta­les Maestros son extremadamente raros y pre­ciosos.

 

 

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[1] Sultán Walad, hijo primogénito de Rumi, nacido en el 1226, muerto en 1312. Se convirtió en el sucesor de su padre a la cabeza de la orden de los Mawlavis después de la muerte de Tchelebi Husam ud-Din. Escri­bió Walad-Nama, Rebab-Nama, Kitab Ma' arif, en prosa, y un Diwan de ghazales.

[2] Tradición profética.

[3] Cf. la historia de José y sus hermanos tal como está contada en el Corán, XII, 7 y sig. particularmente en el versículo 17.

[4] Cf. Mathnawi, VI, 4912 y sig.

[5] Se trata de ese sheikh de Ghazna en el Mathnawi, V, 2667, 2779, así como en el Ma'arif de Baha-ud-Din Walad, p. 264.

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